_De la navegacion desde España á las Canarias._
A primero de Setiembre, sosegado el tiempo, salimos de San Lucar, y
llegamos á tres islas no muy distantes entre sí, llamadas Tenerife,
Gomera y Palma, que distan de San Lucar 200 leguas[1]; muy abundantes de
azucar: allí se dividió la armada. Habitan estas islas españoles con sus
mugeres é hijos, y son del dominio del Rey. Estuvimos cuatro semanas con
tres naves en la Palma, proveyéndonos de vituallas, hasta que vino órden
de D. Pedro de Mendoza para proseguir viage. Estaba en nuestra nave un
pariente de D. Pedro, llamado D. Jorge de Mendoza, que se habia
enamorado de la hija de un vecino de la Palma: pues habiendo el último
dia levado anclas, salió á tierra D. Jorge con doce compañeros, acerca
de las doce de la noche, y la robaron, trayéndola á la nave con una
criada, sus vestidos, joyas y dinero; y ocultamente la metieron en
nuestro navio, sin que el capitan Enrique Peyne supiese nada. Solo lo
advirtieron las centinelas, que lo habian visto.
Empezamos á navegar por la mañana, y á las dos ó tres leguas de viage,
entró tan recio temporal que nos volvimos al puerto y echamos las
anclas. Enrique Peyne fué en el bote á tierra, y queriendo tomarla, vió
30 hombres armados con escopetas y espadas, que querian prenderle: y
conociéndolo sus marineros, le instaron á que no saliese á tierra.
Procuró volverse á toda prisa, aunque menos de la que él quisiera,
porque le seguian en navichuelos los de tierra, amenazándole. Al fin se
libró de ellos en otra nave mas cercana á tierra.
Viendo los Canarios que no podian cogerle, hicieron tocar á rebato, y
trageron dos tiros, que dispararon cuatro veces contra el navio mas
cercano. El primero hizo pedazos una olla de agua, de cuatro ó cinco
arrobas; el segundo quebró el último árbol de la nave; el tercero hizo
un agujero grande en el costado, y mató á un hombre, y aunque erraron el
cuarto, quedó muy maltratada la nave.
Estaba surto en el puerto otro capitan que iba á Méjico, y él en tierra
con 150 hombres: el cual, habiendo sabido el robo de la muger, procuraba
la paz entre nosotros y los de la ciudad, con que se les entregasen D.
Jorge de Mendoza, la hija y la criada; y habiendo entrado el capitan
Peyne y el gobernador de la isla en nuestro navio para egecutar lo
pactado, D. Jorge les dijo, que aquella era su muger, y ella que su
marido; y al punto se desposaron con gran dolor y tristeza del padre de
la muchacha.
[Nota 1: _En las distancias suele tener poco acierto el autor, pues
en esta, quita una tercera parte._]