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GRANADA
POEMA ORIENTAL
PRECEDIDO DE LA
LEYENDA DE AL-HAMAR
POR
DON JOSÉ ZORRILLA
TOMO SEGUNDO
NUEVA EDICIÓN
MADRID
IMPRENTA Y LITOGRAFÍA DE LOS HUÉRFANOS
Juan Bravo, 5.--_Teléfono 2.198._
1895
INVOCACIÓN
Dixit autem Dominus: si habueritis
fidem, sicut granum sinapis,
dicetis huic arbori moro: Eradicare,
et transplantare in mare:
et obediet vobis.
EVANG. SEG. LUC., CAP. XVII
Fe, de toda virtud inspiradora,
Manantial del valor y el heroísmo,
Del tiempo y de la muerte vencedora,
Espanto de los genios del abismo,
El sér en quien tu fuego se atesora
Lleva el poder de Dios consigo mismo:
Los prodigios, las glorias, las hazañas,
Herencia son de los que tú acompañas.
Nada en el mundo tu poder resiste;
Á la luz de tu antorcha luminosa
El Edén á los mártires abriste:
De Oriente á la región caliginosa
Las legiones de Cristo condujiste,
Y, á través de la mar tempestüosa
Alumbrando su espíritu profundo,
Descubriste á Colón un nuevo mundo.
Nada hay grande sin ti, nada completo;
Desde Nembrod á Napoleón, tu esencia
Del genio ha sido el talismán secreto:
Nadie logró sin ti grande existencia,
Ni fué grande sin ti ningún objeto:
Polvo fué cuanto fué sin tu asistencia:
De la fuerza de Dios tu fuerza viene
Y en tus hombros el orbe se sostiene.
Tu soplo es impetuoso torbellino
Que, al alma ardiente á quien su impulso lleva,
Hasta la eternidad abre camino
Y sobre el polvo terrenal la eleva.
Del fuego santo manantial divino
Que en el fuego de Dios sus fuentes ceba,
Tú das irresistible atrevimiento
Á sér á quien inflamas con tu aliento.
Para ese son efímeras empresas
Las más peligrosísimas hazañas:
Disípanse á su voz como pavesas
Las torres, las ciudades, las montañas:
Las marcas de su pie conserva impresas
La tierra para siempre, y sus entrañas
Cobran fecundidad bajo su paso,
Y un reino brotan donde había un raso.
Alma del universo, cuanto existe
Con tu poder se crea y robustece:
Cuanto á tu influjo creador resiste,
Como leve vapor desaparece:
Á la nación do tu favor no asiste
Sorbe otra á quien tu mano favorece:
Y así es como del tiempo en los misterios
Pasan unos sobre otros los imperios.
¡Desdichada nación la que te olvida!
Su esencia mina la carcoma lenta,
Y no siente que se hunde carcomida
La débil base que su pie sustenta;
Otra nación que aguarda su caída
La empuja al fin y en su lugar se asienta:
Y así Castilla, por su fe amparada,
Pasó como un turbión sobre Granada.
Dame ¡oh potente fe! tu auxilio santo:
Tú por quien pudo rescatar á España
La ilustre Reina cuya gloria canto,
Dame su fe para ensalzar su hazaña:
Y, el himno rudo que en su honor levanto
Al entonar, mi espíritu acompaña,
Porque me escuche en la celeste esfera
La augusta sombra de ISABEL PRIMERA.
LIBRO CUARTO
AZAEL
I
Zahara cayó: sus tristes moradores
Víctimas van de tan fatal jornada
Esclavos de los Moros vencedores,
De ganado rüin como manada.
Muley envió delante corredores
De su victoria nuncios á Granada,
Y, con victoria tal alegre y fiera,
Al vencedor Hasán Granada espera.
Preparan las familias principales,
Á los guerreros y sangrientos fines
Del anciano monarca más parciales,
Zambras, saraos, himnos y festines,
Unas en sus salones orientales,
Otras en sus balsámicos jardines:
Prodigando sin duelo sus tesoros
Para ensalzar el triunfo de los Moros.
Los cadís á su vez tienen dispuestas
De fuegos, de pandorgas y de cañas,
De sortija, de toros y de apuestas,
De bohordos, de gallos y cucañas,
Para la plebe revoltosa fiestas
Cual nunca alegres, como nunca extrañas:
Porque deje tal triunfo en su memoria
Largo recuerdo de placer y gloria.
Engalanan los altos miradores
Lujosas colgaduras y doseles,
Flotantes plumas, enredadas flores,
Lazos de palmas, arcos de laureles,
Damascos de vivísimos colores,
Tapices festonados de caireles,
Y ocupan ajimeces y ventanas
Nobles, jeques, walíes y sultanas.
Viejos, mancebos, niños y mujeres
Abandonan curiosos sus hogares:
Dejan los artesanos sus talleres,
Olvidan los sederos sus telares,
Cierran su mostrador los mercaderes,
Los armeros sus fraguas: los lugares
Vecinos se despueblan, y doquiera
Bulle la muchedumbre novelera.
Corren plazas y calles tañedores
De sonajas, adufes y panderos,
_Rawíes_ de romances narradores
Al compás de la guzla, cuadrilleros
De diversas comparsas conductores
Y parejas de enanos, y gaiteros
De Marruecos y Fez, cuyos cantares
Recuerdan del desierto los aduares.
Circulan por doquier profusamente
Roscones de Jaén, tortas de Alhama,
El alhajú de Ronda, largamente
Saturado de especias, á quien llama
El mostillo su hermano, y el caliente
Buñuelo hinchado que la sed inflama:
Y, pese al libro del Korán divino,
Templa la sed el malagueño vino.
En la jornada de tan fausto día
De fiesta real y universal holganza,
La ley á la licencia da franquía
Y destierra el placer á la templanza:
Y la plebe, sin coto en su alegría,
Canta ruidosa, descompuesta danza:
Pues nada hay que desdore ó avergüence
Al celebrar sus triunfos á quien vence.
Es ley universal. ¡Ay del vencido!
Cantad, pues, ¡oh triunfantes Africanos!
¡Ignominia y baldón para el rendido!
¡Mengua y esclavitud á los Cristianos!
Mas no olvidéis que encomendada ha sido
De la venganza á las sangrientas manos
La ley de los vencidos inhumana.
¡Ay de vosotros si lo sois mañana!
¡Gloria á Muley! La multitud que llena
Las torres y alminares ve á lo lejos,
Á través de la atmósfera serena,
De las moriscas armas los reflejos.
Un grito inmenso de placer resuena
Con nueva tal: mujeres, niños, viejos,
Se agolpan á las puertas de la Vega
Á recibir al Rey que en triunfo llega.
Ya avanzando en hileras ondulantes
Se ven los ordenados escuadrones:
Parecen con el sol cintas brillantes
Las filas de los árabes peones:
Sobre el blanco montón de sus turbantes
Tremolan sus enseñas y pendones,
Y desgarran la atmósfera sonoros
Los atabales y clarines moros.
He allí á Muley Abul-Hasán. Su frente
Sombrean los flotantes lambrequines
De su penacho real: cuelga esplendente
Su escudo del arzón: y, hasta las crines
Embarrado, el caballo bufa ardiente
Y piafa, conociendo los confines
De los cotos rëales y la dehesa
Donde, potro, pació la hierba espesa.
«¡Alahú akbar! ¡Loor al Rey valiente!»
Gritó la multitud al divisarle,
Y aglomeróse atropelladamente
Bajo su estribo mismo á vitorearle:
Mas la mano de Dios omnipotente
Que hasta este día se dignó ampararle
Le retiró su auxilio, y en su seno
Del infortunio derramó el veneno.
Tornóse contra él cuanto en pro era:
Cambióse en vencimiento su victoria,
Su popularidad en pasajera
Fama de un día, y en baldón su gloria.
La muchedumbre, en su verdad entera
Al leer de Zahara la sangrienta historia,
Retrocedió, por Dios iluminada,
El porvenir leyendo de Granada.
Con repugnante ostentación impía,
Un gigantesco negro de Baeza,
Del pelo asida, junto al Rey traía
Del buen Arias la lívida cabeza.
Un escuadrón entero le seguía,
En cuyas lanzas con brutal fiereza
Se ostentaba sangriento igual trofeo,
Medroso al alma y á la vista feo.
En medio de los árabes soldados
Y los Gomeles negros, lastimeros
Suspiros arrancaban despechados
Los cautivos Cristianos, por sus fieros
Vencedores heridos y arrastrados
En confuso tropel como carneros:
Y á marchar ó morir les obligaban,
Y dichosos al fin los que expiraban.
Las fuerzas de los viejos no bastando
Á soportar ultrajes tan crüeles,
Al Dios de las venganzas invocando
Caían á los pies de los corceles:
Sin compasión sobre ellos, espoleando
Sus caballos, pasaban los Gomeles,
Apresurando su postrer instante
La aguda lanza y yatagán cortante.
Traían muchas madres en los brazos
Los hijos muertos, y ocultar querían
Su fin bajo los sórdidos retazos
De los rotos harapos que vestían,
Pues sus tiernos cadáveres pedazos
Los guardias negros de Muley hacían,
Y con horror de los maternos ojos
Quedaban insepultos sus despojos.
La mora multitud, aunque villana
Civilizada, á compasión movida,
Del Rey maldijo la impiedad tirana y
En odio la alegría convertida.
Circundó á la feroz guardia africana
Con agresivo impulso, y, encendida
La furia popular, por un instante
El paso barreó del Rey triunfante.
Arrebatando las mujeres moras
Sus hijos á los míseros cautivos,
«Dádnosles, los dijeron: sus señoras
Os les tendrán esclavos, pero vivos.»
Comenzaron cien manos vengadoras
De las bridas á asirse y los estribos,
Y á brillar comenzaron los puñales
Debajo de los jaiques y almaizales.
Á cundir comenzó la infausta nueva
Entre las turbas y á crecer la ira:
Doquier la multitud, que se renueva
Y que sus fuerzas acrecienta, gira
Del Rey en torno, quien sus olas prueba
Con su caballo á hender y torvo mira
Venir la tempestad y acrecentarse
El popular furor, pronto á inflamarse.
Sus feroces Gomeles, que le vieron
Afirmarse en la silla, adivinaron
Su resuelta intención: se rehicieron,
Y á sostenerle fieles se aprestaron.
«¡Adelante!» gritó: tras él vinieron
Á alinearse y las lanzas enristraron.
Se abrió la plebe: y, rota ya la valla,
Dijo Hasán: «Dispersad esa canalla.»
La multitud, compuesta de artesanos
Inermes, de mujeres sin defensa,
De cobardes ociosos y de ancianos,
Tan débil é impotente como densa,
Se abrió ante los jinetes africanos,
Retrocediendo en oleada inmensa
Como el círculo que abre el haz del río
Ante la quilla corva del navío.
Turba que ceja un pie, fuerza vencida.
La hueste de Muley siguió adelante
Y en la ciudad entró; mas, convertida
La alegría en terror, fué con semblante
Sombrío y en silencio recibida
Por el vulgo, ó medroso ó inconstante:
Y Hasán, seguido de sus negros fieles,
Subió al trote la cuesta de Gomeles.
Deshízose del pueblo; mas siguióle
Hasta el recinto real su descontento,
Y á par con él su indignación mostróle
De modo asaz visible el firmamento.
Repentino nublado encapotóle,
Se negreció su azul, rebramó el viento,
Con la fortuna de Muley en guerra
Declarándose á un tiempo cielo y tierra.
En la Alhambra rëal los cortesanos
Le vitorearon al llegar; empero
¡Ay del Rey á quien guardan los villanos
Odio ó temor! Apenas el postrero
De los temidos guardias africanos
Transpuso el Bib-Leujar, el pueblo entero
Rompió en inmenso sedicioso grito
Que en el espacio azul vibró infinito.
Aparecieron por doquier audaces
Cabezas de motín: gestos feroces
Que revelaban ánimos capaces
De realizar los planes más atroces.
Santones venerados y sagaces
Dervichs alzaron por doquier sus voces:
Y el populacho, en grupos dividido,
Dió á sus discursos por doquier oído.
Y he aquí que, en el centro de la plaza,
Se alzó sobre las turbas de repente
Viejo santón de venerable traza,
Famoso asaz entre la mora gente.
Era el severo Aly-Mazer, de raza
Noble, de vida austera y penitente,
Quien por causas recónditas y extrañas
Retirado vivía en las montañas.
Hombre á quien solamente se veía
En los grandes peligros y ocasiones,
Y de quien siempre el pueblo recibía
Oportunos consejos y lecciones.
Siniestra aparición que precedía
Siempre á las populares convulsiones
Que, en su postrera edad desventurada,
Estremecerse hicieron á Granada.
Hombre doquier temido y respetado
Por su severidad y por su ciencia,
De la virtud muslímica dechado,
Sincero amparador de la indigencia,
Leal consolador del desdichado,
Prosternóse la plebe en su presencia:
Y callaron ante él respetüosos
Los demás oradores sediciosos.
Tomando entonces por mimbar la fuente
Que el centro de la plaza decoraba,
Paseó sus miradas tristemente
Sobre la multitud que le cercaba;
Y con lúgubre voz, cuyo doliente
Tono en el hondo corazón vibraba,
Profética, inspirada, lastimera,
El discurso rompió de esta manera:
«¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada!
»Para escarnio y baldón de las edades
»Será no más su historia consignada.
»¡Regia ciudad; sultana de ciudades,
»Estás por tus cimientos horadada!
»¡Va sobre ti á llover calamidades
»El cielo sin piedad á quien provocas,
»Y contra ti se volverán las rocas!
»Musulmanes, Hasán está hechizado
»Por el nefando amor de una cristiana:
»Aixa, de fe cual de virtud dechado,
»Es esclava en su harén y no sultana;
»El Príncipe legítimo, encerrado
»Llora en los hierros de prisión lejana.
»¿Y en provecho de quién tal tiranía?
»De una extranjera, renegada impía.»
»Ya lo veis: impolítico atropella
»Cuantos derechos y principios fijos
»Hasta hoy se respetaron, y degüella
»Los rendidos y esclavos. Tan prolijos
»Crímenes ¿á qué fin? Sólo por ella:
»Por coronar á sus bastardos hijos,
»Que, lobeznos de raza castellana,
»Como ella al fin renegarán mañana.
»¿Comprendéis? ¡oh muslimes!--Esa impía
»Que ni cree en Jesucristo ni en Mahoma,
»De nuestra desdichada monarquía
»Es con sus hijos la mortal carcoma.
»Ella al Cristiano os venderá algún día
»Si en sus proyectos incremento toma:
»Porque en el odio universal que encierra
»Incendiará, á poder, toda la tierra.
»Pero ¿creéis tal vez que los Cristianos
»La sangre olvidarán vertida en Zahara?
»Como Hasán en sus triunfos inhumanos,
»Vendrán con sed de vuestra sangre avara.
»La que hoy vertieron sus inicuas manos
»Del pueblo moro goteará en la cara:
»Y en todas ocasiones y parajes
»Nos considerarán como á salvajes.
»¿Oís ese huracán? Horrorizada
»De tan inútil y brutal fiereza,
»Truena contra nosotros indignada
»La madre universal Naturaleza.
»¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada!
»El rayo amaga su imperial cabeza,
»La ponzoña mortal hierve en su seno,
»Y Aláh se torna en pro del Nazareno!»
Dijo así Aly Mazer. Como evocados
Al són de sus fatídicos acentos,
La tierra conmovieron desatados
En furioso huracán los elementos.
Torrentes de las nubes desgajados
Inundaron las calles, y los vientos
Arrebataron arcos y doseles,
Lazos, flores, damascos y caireles.
Huyó la población supersticiosa,
Siempre en agüeros á creer dispuesta,
Y encerróse en sus casas pavorosa,
La ira de Dios creyendo manifiesta.
Desierta la ciudad y silenciosa
Quedó en redor, se interrumpió la fiesta:
Y en vez de los aplausos y canciones,
Doquier se oyeron ayes y oraciones.
Duró la tempestad la tarde entera,
Y entre el rugido cóncavo del trueno
Y el estridor de la tormenta fiera,
De los obscuros barrios en el seno
Una voz incesante y lastimera
Exclamaba aterrando al agareno:
«Aláh torna á su grey la faz airada.
¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada!»
Campo desierto de olvidadas ruinas,
Medroso despoblado cementerio
Parecían las calles granadinas
De tal desolación bajo el imperio:
Y cual si se efectuara en las divinas
legiones algún lóbrego misterio
Fatal para los Moros, agobiada
De pánico terror quedó Granada.
II
Era en verdad así: que en tal momento,
De la fortuna y la existencia mora
En la esfera inmortal del firmamento
Íbase á señalar la última hora:
Y el arcángel que rige el movimiento
De la aguja fatal, niveladora
De los tiempos, el fin del reino moro
Iba á marcar en su cuadrante de oro.
No en vano entre los cielos y Granada
Un velo de nublados se extendía:
Con la luz á sus ámbitos negada
Otra región feliz resplandecía.
Su cresta secular Sierra Nevada
Con una aureola de fulgor ceñía,
Y el misterio que Dios obra en la Sierra
Permitido sondar no es á la tierra.
En el seno glacial de aquellas cumbres
Cuya paz no turbó la voz mundana,
Lloraba celestiales pesadumbres
Ser de divina estirpe soberana.
Lanzado de las cólicas techumbres
Siglos hacía á la región humana,
Para su habitación labró en la nieve
De su helado cristal palacio leve.
Lejos de su alma patria luminosa
Fué condenado, expiación de un yerro,
Su forma pura, celestial y hermosa
Á sepultar en terrenal encierro,
Dando cima á tarea misteriosa
Por Dios impuesta en su mortal destierro;
Mas ya á su fin la expiación tocaba
Y su tarea al concluir estaba.
Treinta afanosas décadas había
En preparar el ángel empleado
Su difícil labor, y ya veía
Su éxito misterioso asegurado:
Y, para darla fin, en este día
Iba por Jehováh purificado
Á recobrar su blanca sobreveste,
Su sér divino y su poder celeste.
Tal es, en suma, el celestial portento
Que va el Señor á obrar sobre la Sierra,
Y cuya vista vela en tal momento
El nublado á los ojos de la tierra.
La tempestad que entolda el firmamento
Es un crespón que sus espacios cierra:
Y tras aquellas fulgurantes nubes
Cantan un himno santo los Querubes.
Sobre sus alas con rumor sonoro
Las cohortes angélicas descienden,
Y al dulce són de su celeste coro
Troncos y rocas de placer se hienden.
Los serafines en mecheros de oro
De la divina fe la luz encienden,
Sobre el alcázar místico de hielo
Rasgado el seno cóncavo del cielo.
Del zenit en el punto culminante,
En medio de una luz deslumbradora,
Del sumo Dios apareció el semblante
Y tronó la palabra creadora.
Al eco inmenso de su voz gigante
La celestial cohorte voladora,
Con las alas cubriéndose los ojos,
Para escuchar se prosternó de hinojos.
«¡Azäel!»--dijo Dios, al sér divino
Desterrado en la tierra interpelando,
Y al umbral de su alcázar cristalino
El ángel bello pareció temblando;
Y el eco gigantesco y montesino
De las cóncavas peñas, despertando
Al acento de Dios, volvió medroso
El nombre del espíritu glorioso.
«¡Azäel!--repitió el Omnipotente;--
»Torna á tu antiguo sér y poderío,
»Cobra tu vestidura refulgente
»Y obra sobre la tierra en nombre mío.
»Toda á tu voluntad está obediente:
»Sus destinos gobierne tu albedrío:
»Completa mis designios soberanos:
»Yo bendigo la obra de tus manos.»
Dijo el Señor. El ángel desterrado,
Recobrando su gracia primitiva,
Levantóse á su voz transfigurado,
Revestido de gloria y de luz viva.
Orna su cuerpo ceñidor alado,
Ciñe su sien inmarcesible oliva,
Y de la fe la luminosa tea
En su diestra purísima flamea.
Un séquito de espíritus potente,
Que deja sometidos á sus santas
Ordenes el Altísimo, obediente
Y á su voz pronto se ordenó á sus plantas;
Ante el Señor el ángel reverente
Se prosternó tres veces, y otras tantas
El eco del hosanna y los salterios
Conmovió con su són los hemisferios.
Tornó Dios á sumirse en su santuario:
Tornaron los arcángeles el vuelo
Á tender, el vacío solitario
Transponiendo y los límites del cielo:
Y de la eternidad en el horario
Brillando el fatal número, hacia el suelo
Moro, dijo, la mano nacarada
Extendiendo Azäel: «¡Ay de Granada!»
¡Ay! repitió en el cóncavo y profundo
Seno del monte aterrador el eco;
¡Ay! repitió siniestro el vagabundo
Viento que rueda en el vacío hueco;
¡Ay! repitió el nublado, en tremebundo
Trueno rompiendo desgarrado y seco;
¡Ay! repitió la voz desesperada
Que gemía fatídica en Granada.
Á este medroso universal lamento,
De la voz del Señor eco en la tierra,
Desgarró con estrépito violento
Sus entrañas marmóreas la sierra,
Y abrióse el misterioso monumento
Que su cimiento colosal encierra;
Fábrica de materia indestructible,
Á los humanos ojos invisible.
Es el alcázar de Azäel: divino
Palacio transparente y encantado,
De nácar y de hielo cristalino
Entre nieves eternas fabricado.
En él oculta el ángel peregrino
Un sér, aunque mortal, predestinado
Á que con él su porvenir divida
En la terrena y la celeste vida.
En este alcázar níveo, modelo
De la oriental Alhambra granadina,
Bajo la eterna bóveda de hielo
Que corona la cumbre al sol vecina,
Envuelta yace en encantado velo
La regia sombra de Alhamar divina,
Á quien letargo místico y profundo
Encadena á este límite del mundo.
No tienen á este sér bajo su imperio
La vida ni la muerte: su existencia
Fantástica protege hondo misterio
Que sondea no más la omnipotencia.
Su sér no pertenece á este hemisferio,
Y, ni celeste ni mortal, su esencia
Tiene el poder del ángel defendida
Del poder de la muerte y de la vida.
Misterio incomprensible para el hombre,
Á toda humana explicación resiste
Y á la ciencia mortal fuerza es que asombre;
Obra sabia de Dios, por Dios existe:
No tiene historia, explicación, ni nombre,
Ni mi pluma en buscárselos insiste:
La inspiración divina del poeta
No está á mortal explicación sujeta.
Yace bajo el poder de tal encanto
De Alhamar la fantástica existencia,
De aquel alcázar luminoso y santo
Debajo de la nítida apariencia.
Todavía le cubre el regio manto,
Humean todavía en su presencia
Pebetes de ámbar, y su real persona
Circunda el esplendor de la corona.
En medio de un salón prolijamente
Decorado con cúficas labores,
Á estilo de los reyes del Oriente,
Sobre un tapiz de espléndidos colores
Y en trono de marfil, radia su frente
Bajo un dosel de plumas y de flores:
Y, símbolo del mando soberano,
El cetro abarca aún su augusta mano.
Su vista, empero, inmóvil, que no mira,
Su insensibilidad, que no percibe
Lo que en su rededor resuena ó gira,
Le delatan por sombra que no vive.
Un aura triste en su redor suspira;
Una aureola eléctrica describe
Círculos mil sobre su real cabeza,
Y aún ostenta su faz torva belleza.
Azäel, de sus ángeles cercado,
Llegando ante el Monarca Nazarita,
Sobre su pecho de calor privado
La antorcha puso de la fe bendita;
Al reflejo viviente derramado
Por esta llama que sobre él se agita,
Deshecho el hielo que su esencia pasma y
Movimiento á cobrar volvió el fantasma.
Giraron en las órbitas sus ojos,
Llenó el aire su pecho, su garganta
Paso á un suspiro dió, y, otra vez rojos
Sus labios, sonrió é irguió la planta:
Mas juzgando tal vez del sueño antojos
De aquellos seres la presencia santa
Y del encanto aún preso en los lazos,
Tendió entre él y los ángeles sus brazos.
Entonces Azäel «torna á la vida»
Dijo: «del Cielo la sentencia sabes:
»Tu existencia mortal interrumpida
»En década inmortal fuerza es que acabes.
»Alma sin cuerpo, espectro sin guarida,
»Ve de tu Alhambra á recoger las llaves.
»¡En el nombre de Dios, he aquí tu hora!
»Prevén la tumba de la raza mora.»
Al mandato del ángel obediente,
El sér de los fantasmas adquiriendo,
Incoloro, impalpable, transparente,
Su esencia de la tierra desprendiendo
Elevóse Alhamar en el ambiente:
Y, cual vapor que en él se va meciendo,
Á través de la atmósfera nublada
Se dirigió siniestro hacia Granada.
III
Era la hora en que expirando el día,
Con la sombra al luchar breves momentos,
Entre la luz crepuscular envía
Al corazón mortal presentimientos
Funestos: esa hora misteriosa
Que al hombre pensador melancolía
Infunde; al criminal remordimientos.
Y al poeta solemne, religiosa
Inspiración y santa poesía;
Era la hora, en fin, de las historias
Tristes y de las lúgubres memorias.
Tendido en los bordados almohadones
Del rico camarín de Lindaraja,
Cediendo á las sombrías impresiones
De la luz del crepúsculo, que en vano
Por repeler su corazón trabaja,
Á solas con sus negras reflexiones
Yacía de Granada el soberano.
La sombra, más espesa á cada instante,
Su manto de tinieblas desplegando
Por la arabesca estancia, condensando
Iba su obscuridad, y vacilante
La postrimera claridad del día
Al pintado cristal de las ventanas
Trémula se asomaba, y confundía
Cada momento más las africanas
Labores de oro que el cristal tenía.
Los plegados tapices de las puertas,
Los jarrones magníficos de flores,
Todos los muebles que la estancia ornaban,
Con extraña ilusión, formas inciertas
Movimiento y fantásticos colores
Á tomar en la sombra comenzaban;
Y empezaba á girar en el vacío
Recinto opaco de la estancia obscura
Ese turbión fascinador y umbrío
De objetos sin color, forma ni nombre,
Que en la superstición ó la pavura
Hacen en las tinieblas ver al hombre.
El rumor de los árboles vecinos
Y de las fuentes del jardín, los trinos
De las aves en ellos anidadas,
Y los lejanos sones campesinos
Que en revoltoso vuelo descarriadas
Allí traían las nocturnas brisas,
De la cóncava bóveda los huecos,
Los arcos, las acústicas cornisas
Poblaban con las voces exhaladas
Por misteriosos y fugaces ecos.
Por su impresión fatídica evocados,
En su febril meditación sentía
Muley, que en sombra y soledad yacía,
Tumultuoso tropel de ya olvidados
Recuerdos asaltar su fantasía,
Donde por siempre los creyó enterrados.
¡Vaporosos recuerdos aflictivos,
Irritados espectros vengativos,
Que en luengos años por la vez primera
Veía con pesar que aun eran vivos,
Acíbar para ser de su postrera
Edad y de su suerte venidera!
Recordaba las penas ignoradas
Que turbaron los últimos momentos
De su padre Ismael, ocasionadas
Por las locas empresas empeñadas
Por su fogosa juventud: los cuentos
Y pronósticos tristes propagados
Al nacer Abdilá, de cuya madre
Los numerosos deudos, apartados
De su corte, tal vez en la montaña
En bien del hijo y para mal del padre
Acopio hacían de razón y saña.
Recordaba á Abdilá que, cuando niño,
Hermoso como un ángel, le tendía
Sus tiernos brazos, con filial cariño
Su dulce abrazo paternal pidiendo,
Y que él con esquivez le repelía
En su fatal horóscopo creyendo;
Y el niño, su esquivez no comprendiendo,
Cobrándole temor de día en día,
Concluyó por llenar su sino horrendo
Y hoy su rencor nefasto le volvía.
¿Y quién sabe si, más que de su sino,
Efecto fué del paternal encono
El odio de Boabdil al Granadino
Rey? ¿Y quién sabe si el fatal destino
Que pesa sobre el Príncipe, es acaso
No más que el odio de Muley que al trono,
Fanático ó feroz, le cierra el paso?
Aún no se le ha borrado de la mente
Á Muley el amor sincero, ardiente,
De Aixa, su legítima sultana,
Altanera como él, como él prudente,
Venerada como él entre la gente
Por su pura real sangre africana:
Y aún se le acuerda el popular disgusto
Con que vió el Moro su desdén injusto
Por ella y su pasión por la cristiana.
¿Y quién sabe si el astro que preside
Á los destinos de su raza y vierte
En ella su fatídica influencia,
Triste fanal de asolación y muerte,
De destrucción y deshonor sentencia,
Que con odios sacrílegos divide
De padres y de hijos la existencia,
No es más que la influencia derramada
Por su feroz política? ¿Quién sabe
Si este arcano de sangre y de rencores,
No tiene otro secreto ni otra llave
Que del Rey los políticos errores,
Que han dado luz ¡en hora bien menguada!
Á la estrella fatal de sus amores?
Por la primera vez lo advierte acaso
Y se espanta Muley, con ansia viendo
Imposible hacia atrás volver el paso,
Por la primera vez rugir oyendo
La tempestad del porvenir horrendo.
Acordósele el torvo y silencioso
Aspecto de la plebe, cuando entraba
Aquella misma tarde victorioso
Por las puertas de Elvira, ante la esclava
Muchedumbre de Zahara: y penetrando
Su vista el horizonte nebuloso,
Comprendió que á su vez el Africano
Rehusaba, como él supersticioso,
Besar servil su ensangrentada mano.
Comprendió que las lívidas cabezas
De Saavedra y sus nobles Zahareños,
No fueron para el pueblo de proezas
Testimonios sin par, sino visiones
Que empañaron del triunfo las grandezas:
Fueron, en fin, proféticos ensueños
Que trocaron para él los corazones.
Y al fin el Moro comprendió, con pasmo
Mortal y con hondísima congoja,
Que aquella multitud, cuyo entusiasmo
Se extinguió ante su faz de sangre roja,
Y tornó sus miradas compasiva
Á la cristiana multitud cautiva,
No vió sobre el laurel de la victoria
El reflejo del astro de la gloria,
Sino el reflejo torvo y fugitivo
De la hoja de alfanje vengativo.
Comprendió que, en su ausencia, entre la plebe
Germen de rebelión vertido había
La callada traición con soplo aleve:
Y, si hasta entonces escondido y leve,
Cuanto más encubierto más seguro,
Vió que el volcán de la discordia hervía
De su regia ciudad dentro del muro.
Por la primera vez de su existencia
Tembló mirando al tenebroso abismo
De la pasada edad: de su conciencia
El primer grito oyó, y, al fatalismo
Sometido de la árabe creencia,
Cuando á solas se vió consigo mismo,
Vió su regio poder en la agonía
Y que el rostro la suerte le volvía.
Rota la tregua con el Rey cristiano,
La plebe á la revuelta provocada,
Comprendió, aunque muy tarde, el Africano
Que estaba su política burlada,
Falseado su poder de soberano;
Y, su crueldad despótica exaltada,
Trocándose de bárbaro en villano,
Del generoso Rey soltó la espada
Y se armó del puñal del Rey tirano.
«Mueran, dijo: sería empresa vana
»Cejar un paso ya: ciña en redondo
»De mi trono los pies lago sin fondo
»De sangre mixta mora y castellana.
»Mueran cuantos me busquen enemigo
»Y que avance el pendón de los cristianos:
»Los Árabes ante él se harán hermanos
»Y á la muerte ó al triunfo irán conmigo.
»Si no quiere Granada ser vasalla
»Respetuosa, intentando á cotos fijos
»Reducir mi querer: si bien no se halla
»Con mi amor á Zoraya y á sus hijos
»Y quiere de mi ley saltar la valla,
»Bajo la cimitarra vengadora,
»Nueva estirpe real, nueva señora
»Recibirá temblando la canalla.»
Dijo, y abandonando los cojines
Enderezó sus pasos á la puerta,
Que daba del salón á los jardines
Del patio de Leones; pero yerta
Sintió al umbral la planta y erizado
El cabello el Rey moro cuando, abierta
Al tenerla, miró del otro lado
Avanzar por la estrecha galería
Horrenda aparición que hacia él venía.
Pálida, lacrimosa, descompuesta,
La vaporosa imagen de un Rey moro
Era en su forma la visión funesta.
Su sien ceñía la corona de oro
Y en sus hombros traía el regio manto:
Arrastrábale empero sin decoro
Y con sus orlas enjugaba el llanto.
Vaga aureola de azulada lumbre
Radiaban los contornos transparentes
Del fantasma real, y ayes dolientes
De mortal profundísima agonía
Mostraban la angustiosa pesadumbre
Del fatídico sér que así gemía.
Enclavados los pies al pavimento
Y sostenido en el pilar apenas,
Parado el corazón, roto el aliento,
Sintió Muley paralizar sus venas
El hielo del terror. Quiso un momento
Huir de la visión que así le espanta,
Mas sus miembros halló sin movimiento;
Quiso gritar, mas muda su garganta
No acertó á producir ni aun un lamento.
Poco á poco hacia él adelantando
Por la obscura y angosta galería,
Tristísimos suspiros exhalando,
La aparición en tanto se venía;
Paralizado en el umbral estrecho
El Moro y avanzando hacia adelante
La aparición, se hallaron un instante
El fantasma y Hasán pecho con pecho.
Soplo glacial, emanación helada
Del pecho de aquel sér, penetró agudo
En el pecho de Hasán como una espada:
Y á su impresión, que soportar no pudo,
De pavura y dolor lanzó un gemido.
Entonces, acercándose á su oído,
Dijo aquella visión desconsolada
Con tristísimo acento dolorido:
«¡Escrito estaba! La postrera hora
»Llegó para la gente desdichada
»De mi gentil ciudad habitadora.
»¡Ay de la gloria de la gente Mora!
»¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»
Dijo la aparición y, suspirando,
El corredor tomó que al huerto guía,
Y el Rey hasta el balcón fuese arrastrando,
Tendiendo una mirada de agonía
Sobre el jardín.--Por él atravesando
Vió que la lenta aparición seguía:
Mas á través del murallón macizo
Sumida entre las piedras se deshizo.
El alma de Muley, amedrentada,
Abandonó un instante sus sentidos,
Derribando su cuerpo en la bordada
Alfombra del balcón: mas sus oídos
Zumbaban con la voz de la angustiada
Visión, que repetía entre gemidos:
«¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»
Sus densas sombras espesado había
Lenta la noche y silenciosa en tanto,
Y cobijada la ciudad yacía
Bajo los pliegues de su negro manto.
IV
Astro de bendición para el Hispano,
Una ardiente mujer nació en su suelo,
Y avivada la fe del castellano
Brotó cuando á su faz la trajo el Cielo.
El fulgor de su genio al Africano
En el alma infundió siniestro duelo,
Y de su luz el misterioso influjo
La estrella mora á obscuridad redujo.
Por siete siglos alumbrado había
La estrella del Islam la gloria mora,
Y en el zenit aún resplandecía,
De la región ibérica señora.
Desesperada ya, lucir la vía
La raza de Jesús adoradora,
Condenada creyéndose en el Cielo
Á partir con el Árabe su suelo.
Clara, constante, perceptible y bella,
Mostró el Señor al ánimo cristiano
Su refulgente y protectora estrella
Bajo la forma real de un sér humano;
Lábaro santo de victoria en ella
Recibió al recibirla el castellano,
Y, al ver la aureola que en su frente brilla,
Su estrella en Isabel miró Castilla.
Dios en la eternidad marcó su hora
De púrpura y de luz con caracteres,
Y esta estrella radió deslumbradora
Orgullo para ser de las mujeres.
De paz y de bonanza precursora,
Ajustó los opuestos pareceres
Y dió fin al rencor y enemistades
Que turbaban sus campos y ciudades.
Isabel, en cuya alma generosa
Puso Dios cuanto bien lo humano encierra,
Pura, modesta, noble y pïadosa,
Fué la Reina más grande de la tierra.
Dulce y tierna á la par que vigorosa,
Diligente en la paz, sabia en la guerra,
Dió al bueno premio, al infeliz consuelo,
Y de damas y Reinas fué modelo.
Dió su aliento rëal valor á España,
Gloria á su sexo y á su edad decoro:
Para empresa de honor, propia ó extraña,
No rehusó jamás fatiga ni oro.
Cada memoria suya es una hazaña:
Del cristiano fué prez, terror del Moro:
Dios, en fin, á su aliento soberano
Abrió no más el mundo americano.
Dios á su corazón dió una fe ardiente
Con una voluntad dominadora,
Para que en uno y otro continente
Derramara su luz consoladora;
Y la adoró la americana gente,
Y se humilló á sus pies la gente mora,
Y de ambos mares en la opuesta orilla
Clavó los estandartes de Castilla.
Tuvo en su alma varonil asiento
La virtud inflexible y verdadera:
Nueva edad comenzó su nacimiento:
Fué su genio la antorcha de otra era:
Su victorioso nombre llenó el viento:
Su gloria vivirá imperecedera:
Con orgullo español mi voz la canta,
Mi fe venera su memoria santa.
Tal fué Isabel. Su grande pensamiento
Concibiendo su espléndido destino,
Á su secreto y colosal intento
Con gran prudencia preparó el camino:
É invocando el favor del firmamento,
Con fe esperando en el favor divino,
Su escrutadora y perspicaz mirada
Tenía sin cesar fija en Granada.
Es ya la media noche: rasa y fría
La atmósfera ostentar al firmamento
Deja su manto azul, de pedrería
Salpicado, al fulgor amarillento
De la menguante luna; ya no pía
Ni susurra en el bosque ave ni viento;
Todo, desde el palacio hasta la choza,
Sueño reparador en calma goza.
Todo tranquilo yace en el recinto
De Medina del Campo, donde mora
Del Católico Rey Fernando quinto
La esposa ilustre, del país señora.
Doquier el fuego y el rumor extinto
Por la cristiana villa, que la adora,
Único de su alcázar centinela
El castellano honor su sueño vela.
No por barreadas puertas defendida,
Ni cercada de guardia numerosa,
Duerme Isabel inquieta por su vida
En torreón con barbacana y fosa;
En cámara modesta, guarnecida
De tapiz sencillísimo, reposa
Á la luz de una mustia lamparilla
La virtuosa Reina de Castilla.
Su aposento y su lecho no decora
De genovés brocado, ni de encaje
Flamenco, ni de seda crujidora
De Francia, cairelado cortinaje;
Lino salubre y lana guardadora
Del natural calor, de su mueblaje,
Su lecho y su vestido son la tela:
Nada allí el lujo mundanal revela.
Isabel, aunque hermosa y soberana
Y con glorioso porvenir nacida,
Reconoció desde su edad temprana
La vanidad de la terrena vida:
Y su sincera educación cristiana
De la era turbulenta transcurrida
En el aciago y anterior reinado
La experiencia ha después fortificado.
Y por eso no hay lujo en su aposento,
Y es común y modesto su vestido,
Y es frugal y sencillo su alimento,
Y su dispendio personal medido:
Y, el fausto de su alcázar opulento
Del orden de su casa dividido,
Es, digna al par de imitación y fama,
Reina opulenta y laboriosa dama.
Da á su suprema dignidad decoro
Con regia pompa y ostentoso porte,
Al extranjero al recibir y al Moro
En ceremonias y actos de su corte:
Vacía sin pena su rëal tesoro
En todo caso que al honor importe:
Mas desnuda en su cuarto su persona
Del pomposo esplendor de la corona.
Por eso su alma, que altivez no abriga.
Tiene franca y leal correspondencia
En la adhesión de sociedad amiga:
Dos afanes que agobian su existencia
De Reina amistad íntima mitiga:
Y tiene en los que admite á su presencia
Amigos fieles, defensores bravos,
No aduladores sórdidos y esclavos.
Del amor de sus súbditos por eso
Segura, y más segura que entre lanzas,
De sus regios deberes lleva el peso
Libre de rebeliones y asechanzas;
Y del pueblo el honor guardando ileso,
Y en su honor con inmensas esperanzas
Abrigando una fe que no vacila,
En su lecho Isabel duerme tranquila.
De un Crucifijo santo la escultura
Pende sobre la augusta cabecera
De su lecho real, donde segura
Reclina la cerviz: su cabellera
Recoge casta toca, y la blancura
De su cuello y sus brazos con severa
Honestidad envuelve en blanca bata,
Que su pudor ni aun para el Rey desata.
Su postura modesta y recogida,
La serena expresión de su semblante,
Muestran que orando se quedó dormida
Y que al remordimiento vigilante
Su corazón leal no da guarida:
De sus virtudes el vapor fragante
En torno de su lecho se respira,
Y su casta beldad respeto inspira.
¡Su aposento rëal cuán diferente.
Cuán distinto su púdico reposo
Del sueño de las reinas del Oriente,
Inquieto en camarín voluptüoso!
De torpe desnudez el aliciente
Atrae allí no más al torpe esposo,
Y sobre el cieno del placer reposa
Sólo el cariño de la infiel esposa.
Allá, en torno del áurea alcazaba,
Rugen la rebelión y el descontento,
Y asalariada muchedumbre esclava
Contiene al pueblo, de respeto exento;
Aquí, del miedo sin la odiosa traba,
Las puertas sin cerrar de su aposento,
Duerme del pueblo la Señora hermosa,
Reina querida, respetada esposa.
Allá, las salas del alcázar moro
Pueblan las inquietudes y traiciones,
La voz de la discordia, el són del lloro,
El terror y las lúgubres visiones;
Aquí, de bien y de placer tesoro,
Sólo abrigan los regios artesones
El casto amor, la plácida esperanza,
Sueños de paz y días de bonanza.
Allí, en la sombra, de la muerte huyendo,
Corre el hijo del padre fugitivo:
Allí medita parricidio horrendo
Supersticioso el Rey y vengativo.
Allí un espectro sin cesar gimiendo,
De tumba falto y al reposo esquivo,
Turba el sosiego de la real morada
Y augura el fin de la oriental Granada.
¡Cuán distinto el alcázar de Medina
En la nocturna sombra se levanta!
Vela sobre él la protección divina
Y orea su recinto un aura santa.
Aquí la paz benéfica domina,
La esperanza feliz el alma encanta,
Y de la religión bajo el imperio
Se efectúa en la noche un gran misterio.
Un ángel bello, del Señor enviado
De la Reina Isabel llegando al lecho,
Su aliento de los cielos emanado
Introduce en el fondo de su pecho:
Y con su álito puro y perfumado,
Cual del Edén con los aromas hecho,
Aleja los espíritus malignos
Y los delirios de su sueño indignos.
Es Azaël: en su rosada mano
De la alma fe la antorcha centellea:
Su vivífico soplo soberano
La faz risueña de Isabel orea:
Un canto, en cuyo són nada hay humano,
Su oído no, su corazón recrea:
Luz celestial su espíritu ilumina,
Y su alma ve la aparición divina.
De pacíficos ángeles un coro
El casto lecho de Isabel circunda:
Un suavísimo albor de grana y oro,
Como una aurora boreal, inunda
El aire: rumor plácido y sonoro
De harpas lejanas la quietud profunda
De la noche harmoniza, y la fragancia
De la mirra trasciende por la estancia.
Un misterioso encanto indefinible
Por el Palacio y la ciudad se extiende,
Cuyo mágico efecto incomprensible
De su cámara regia se desprende,
Y en sueño delicioso y apacible
Sume la población, que no comprende
La celestial incógnita influencia
Que envuelve en tal deleite su existencia.
Cuanto aliento vital goza en Medina,
Fecunda en germen y en raíz vegeta,
Esta influencia mágica y divina
Á su poder recóndito sujeta:
Y bajo este poder que la domina,
En calma universal, en paz completa,
La tierra de Isabel goza ignorante
Las dichas del Edén por un instante.
De Jehováh el espíritu en tal hora
Al alma de Isabel se comunica,
Y del Señor la fuerza triunfadora
En su valiente corazón radica.
En su pecho magnánimo atesora
Santo fuego Azäel, y centuplica
El humano vigor que en él encierra
Dios, que la trajo á dominar la tierra.
El Ángel á quien Él ha encomendado
La grande empresa que á Isabel destina,
Se la acerca, su término llegado,
Y sobre el pecho de Isabel se inclina:
Y del Señor con el poder armado,
Va de la antorcha de la fe divina
Á encerrar de su pecho en lo profundo
Chispa capaz de iluminar el mundo.
Abrió Azäel sobre el augusto lecho
Sus dos nevadas alas, abarcando
De muro á muro el camarín estrecho
Y á Isabel bajo de ellas cobijando:
Y de su antorcha, que acercó á su pecho,
Una chispa con su índice arrancando
Que, al brotar, un relámpago produjo,
En el real corazón se la introdujo.
Á su contacto abrasador sintióse
Su corazón mortal regenerado,
Y su cuerpo de barro iluminóse,
Al fuego de la fe purificado.
El sér humano de Isabel cambióse
En más sublime sér divinizado,
Y comenzó á gozar con nueva esencia
Mejor que la mortal nueva existencia.
Al soplo de Azäel, que fecundiza
En su mortal naturaleza humana
Los gérmenes celestes, la ceniza
Voló de toda inclinación liviana;
Y de materia vil y quebradiza
Exenta ya su esencia soberana,
Dijo á Isabel el Ángel, con la palma
Sobre su corazón que late en calma:
«¡En el nombre de Dios, de su fe santa
»Prenda en tu corazón esa centella!
»En su nombre inmortal la Cruz levanta,
»Y convoca á tu grey en torno de ella.
»Espanto del Islam, bajo tu planta
»La frente infame de Mahoma huella:
»Astro de los cristianos, aparece:
»Dios en tu luz sagrada resplandece.»
Al poder de este acento sobrehumano,
Levantóse Isabel transfigurada
Y al ígneo corazón llevó la mano,
Al fuego celestial no acostumbrada;
Mas de misterio tal en el arcano
Por Dios al punto penetró inspirada,
Cuando al tender en su redor los ojos
Vió á sus pies á los ángeles de hinojos.
Entonces en su mente, prevenida
Por celestial intuïción, brotaron
Los pensamientos mil que en su guarida
Hasta entonces ocultos fermentaron;
Á su vista, por Dios esclarecida,
Del porvenir las nieblas se rasgaron,
Y, al sentirse por Él predestinada
Para rendirla, dijo: «¡Ay de Granada!»
Y al salir á las auras exteriores
Las harmónicas notas de su acento,
Se transformaron en fragantes flores,
Y en mariposas áureas sin cuento,
Y en pájaros de luz de mil colores
Los átomos vivientes de su aliento:
Los genios de Azäel los recogieron
Al brotar, y en el aire se perdieron.
«Partid,» dijo Isabel, sus transparentes
Formas perderse en el azul mirando:
«Partid, y al corazón de los creyentes
»Id con los ecos de mi fe llamando:
»Mis encendidos átomos vivientes
»Por mis ciudades id desparramando:
»Id en nombre de Dios, id por Castilla
»De mi fe derramando la semilla.
»¡Espíritu de Dios! ya en mí te siento:
»Ya señalarse en el cuadrante de oro
»De la honda eternidad veo el momento
»Propicio al Español, fatal al Moro.
»Heme pronta á tu santo llamamiento:
»Obedezco tu voz, tu ley adoro.
»¿Quién me resistirá de tu fe armada?
»Yo plantaré la Cruz sobre Granada.»
Dijo Isabel. Los átomos divinos
De su aliento, por Dios purificado,
Mensajeros de su alma, peregrinos
Por la región del aire purpurado
Ya con los arreboles matutinos,
Al término que Dios les ha marcado
Partieron.--Dios, haciéndoles fecundos,
Transforma leves átomos en mundos.
V
Antes que el sol su esplendorosa hoguera,
De la luz de los astros alimento,
Mostrara en el Oriente, su carrera
Misteriosa acabando en un momento,
De Castilla hasta la última frontera
De su Señora se esparció el aliento:
Y doquier que sus átomos posaron,
Chispas de fe, las almas alumbraron.
Al influjo de este álito divino
Regeneróse la Cristiana tierra
Con nuevo sér y cambio repentino;
Los nobles turbulentos, que con guerra
Doméstica ensangrientan su destino,
Sintiendo el nuevo sér que su alma encierra,
Sintieron sus alientos belicosos
Bajo instintos brotar más generosos.
El pueblo, por sus próceres armado
En pro de asoladoras banderías,
Contempló su valor desperdiciado
En contiendas inútiles ó impías;
Y, por la nueva fe iluminado,
Pensó en borrar de tan nefastos días
Con páginas espléndidas de gloria
Del libro de los tiempos la memoria.
El soplo de los ángeles fecundo
Inoculando la feraz semilla
De la fe de Isabel en lo profundo
Del alma de los hijos de Castilla,
La progenie evocó que, un nuevo mundo
Del mar buscando en la encontrada orilla,
Iba en sus carabelas viento en popa
Las llaves de otro mundo á traer á Europa.
Un vapor luminoso, perceptible
No más á los espíritus del viento,
Á la mirada de Satán terrible,
Y á las del Hacedor del firmamento,
Alfombra en punto tal la haz apacible
Del católico reino en tal momento,
Recibiendo sus pueblos, que en paz duermen,
De la celeste inspiración el germen.
De los jefes católicos, en sueños,
El generoso corazón se agita
Á impulso de presagios halagüeños
Que el soplo en ellos de Azäel excita.
Temerarios y heroicos empeños
Ya delirando cada cual medita,
Y, á la voz de los cielos obediente,
Pronto al combate cada cual se siente.
Uno entre todos, héroe futuro
De la conquista en que la Cruz se empeña,
Con el asalto de agareno muro,
Por Azäel arrebatado, sueña,
Y el fondo ve del porvenir obscuro
Que con la fe alumbrándole le enseña.
Es Ponce de León, el caballero
Mejor, en fe, y en armas el primero.
Él, de la ira de Dios rayo inflamado,
De su divina cólera instrumento,
El primero en su mente inoculado
Percibe de Isabel el pensamiento;
Como ella, por el Ángel instigado,
Penetrar en su sér siente su aliento,
Y que en él á su soplo se levanta
De la cristiana fe la llama santa.
Del corazón le advierten los latidos
Del invisible genio la presencia,
Y el placer con que gozan sus sentidos
El soberano bien de la existencia;
Y oye en su corazón, no en sus oídos,
Una voz que relata á su conciencia
De una era de fe, de honor y gloria
La venidera y encantada historia.
El ángel Azäel, ante sus ojos
Del negro porvenir el libro abriendo,
Con sangre escrito en caracteres rojos
Del Árabe le muestra el sino horrendo.
Mensajero se ve de los enojos
De Jehováh en Granada combatiendo,
Desplegado un momento ante su vista
El cuadro colosal de la conquista.
Él, de su panorama misterioso
Reconoce los sitios y figuras,
Y ve doquiera su pendón glorioso
Tremolando el primero en las alturas;
Siempre descubre su corcel fogoso
Recorriendo triunfante las llanuras
Que abandonan ante él los Africanos
Y que tras él ocupan los Cristianos.
La fiebre de su espíritu guerrero
Á este ensueño de gloria se enardece,
Y al envidiado honor de ir el primero
En su noble ambición se desvanece:
Y soñando que blande el ancho acero,
Que tira el primer golpe le parece,
Y el rudo brazo al descargar exclama:
«En honor de mi Dios y de mi fama.»
Poniendo entonces Azäel su mano
Sobre su ardiente y generoso pecho,
Díjole, del honor y la fe arcano
Su noble corazón dejando hecho:
«El primero serás: Dios soberano
»Acuerda á tu valor ese derecho.
»Levanta el grito y el pendón de guerra:
»Tala, rayo de fe, la mora tierra.»
Dijo Azäel: y abriendo en el ambiente
Sus alas de vapor, por un momento
Dejando tras de sí fosforescente
Rastro, perdióse en el azul del viento.
Despertó el Castellano de repente
La puerta oyendo abrir de su aposento,
Y presentóse en ella á Don Rodrigo
De un cristiano adalid el rostro amigo.
Es el valiente escalador Ortega,
De la guerra avezado al ejercicio,
Donde su vida cada día juega
De _escucha_ haciendo el peligroso oficio.
Del territorio de los Moros llega,
Y su presencia siempre algún servicio
Promete al de León, quien en campaña
Siempre de él se aconseja y acompaña.
Reconoció de Dios al mensajero
En él el pïadoso Don Rodrigo,
Y el gaje espera que le trae primero
De las promesas de Azäel consigo.
Incorporóse, pues, el caballero
Diciendo alegre:--«¿Qué me traes, amigo?
--Traigo una prenda que os dará gran fama:
Traigo una villa mora.--¿Cuál?--Alhama.»
--«¡Alhama! Es la más rica del Rey moro.
--Sí, señor: de su reino está en el centro.
--¿Dicen que en ella guarda su tesoro?
--Sí, señor: y yo de ella os pondré dentro.
--¿Sabes lo que prometes?--Nada ignoro,
Señor; mas cuando ofrezco es que me encuentro
En posición de dar. Venid conmigo,
Y sois dueño de Alhama, Don Rodrigo.»
--«Ortega, en una empresa tan osada
Es preciso que Dios guíe tu huella.»
--«La voluntad de Dios está marcada
Y nos la brinda á nuestra buena estrella.
Yo no me he contentado en mi emboscada
Con rondar por la noche en torno de ella;
Señor, yo he estado dentro de la villa:
Dios por mi mano se la da á Castilla.»
--«Yo veo la de Dios tras de tu mano.
Basta: aguarda mis órdenes afuera.»
Salió Ortega: el ilustre Castellano
Del lecho se arrojó, y, con fe sincera
Puesto de hinojos, con fervor cristiano
Dijo: «Mi fe, Dios mío, en Vos espera:
Si en Alhama, Señor, me dais entrada,
Yo llevaré la Cruz hasta Granada.»
LIBRO QUINTO
INTRODUCCIÓN