CAPITULO XXXIX.

Yo malo que obré el pecado,

merecia haber la paga.

Mis ojos sean malditos

que su hermosura miraran,

que á no mirarla ellos

todo este mal se escusaba.

No mireis, justo señor,

su pecado; pues le paga

el cuerpo que lo tal hizo

á ella haced librada.

_Rom. del rey Rod._

Luego que Fernan Perez se hubo repuesto algun tanto de su primer

asombro volvió los ojos hácia su señor, y viendo lo mal parado que

estaba entre los suyos, llegóse á él con aire resuello.

—¿Qué es esto, señor? le dijo. ¿La condesa aqui? ¿y el doncel?

—¿Qué ha de ser, Vadillo? repuso Villena: el infierno todo, que anda

mezclado en mis asuntos. Mi castillo está en manos de traidores. La

fuga es nuestra salvacion.

Dichas estas palabras, aprovechóse el conde de Cangas de la

confusion general, y salió del palenque con Vadillo, y sus caballeros

y vasallos, antes que pensara nadie en impedírselo; armándose en

seguida y montando precipitadamente á caballo, tomaron á rienda

suelta el camino de Arjonilla, donde le pareció al conde que debia

hacerse fuerte, y esperar el sesgo contrario ó favorable que

quisiesen tomar las cosas. En el camino hubo de confesar toda su

conducta el intruso maestre á Fernan Perez. A pesar de su nunca

desmentida fidelidad, no pudo disimular éste un gesto de desprecio,

hijo de la consideracion del carácter de aquel hombre, imperfecta

mezcla de ambicion y pusilanimidad. No creyó, sin embargo, oportuno

abrumarle con reconvenciones en la hora de su desgracia; desesperado

de no haber acabado como creía con el hombre que le habia ofendido

en lo mas delicado de su honor, y cuya muerte habia jurado, suplicó

al conde le permitiese adelantarse en su escelente caballo, para

advertir su llegada al castillo y tomar disposiciones de defensa,

segun le dijo, pero en realidad con ánimo de que no se escapase por

esta vez á su furor el doncel, si estaba todavia aprisionado, como

debia presumirse de su ausencia en el combate.

Advertida de alli á poco en el palenque la fuga del conde y de

los suyos, fue tal la indignacion de su alteza al verse de esta

manera burlado por su mismo pariente, á quien tantos favores habia

dispensado, que á pesar de los ruegos de doña María de Albornoz y

de Elvira, pudieron mas con él las sugestiones del pérfido judío

Abenzarsal. Este, para salvarse y no verse arrastrado en la ruina del

conde, no halló otro recurso que cortar el cable que unia su suerte

á la del caido maestre, y como buen palaciego, fue el primero que

manifestó la mayor indignacion contra Villena. Despachó, pues, el

rey en seguimiento del conde al justicia mayor con numerosa comitiva

de caballeros y hombres de armas, dándole orden de traerle á su

presencia vivo ó muerto, y de salvar á toda costa al doncel de su

venganza si existia en su poder todavia, como debia sospecharse de

las informaciones que dió sobre el caso Peransurez.

Deseosa, sin embargo, la generosa condesa de endulzar el rigor

de la ley por una parte, y por otra de cooperar á la libertad

del doncel, que tan noblemente habia abrazado su causa desde un

principio, y que por ello se veía en eminente peligro, se decidió á

seguir al justicia mayor á Arjonilla, acompañándola Elvira, Jaime y

Peransurez; aturdida todavia aquella con los singulares y opuestos

acontecimientos que por ella habian pasado en aquel dia, y fieles los

otros dos como siempre á la generosa empresa que habian abrazado. La

impaciencia que á los cuatro animaba no les permitió esperar á la

partida mas lenta del justicia mayor y de su tropa. Llevando ademas

mejores caballos, ganáronles prontamente la delantera.

En el castillo se habia aplacado entre tanto el desorden y la

confusion, producidos por la fuga de la condesa, Ferrus y Rui Pero se

habian cerciorado con satisfaccion, que solo uno de los prisioneros

se habia escapado. Era, en verdad, el mas importante; pero Rui Pero

se puso á la cabeza de unos cuantos hombres armados con no pocas

esperanzas de recobrar á los frailes fugitivos, que habiendo salido

á pie no podian haber andado mucho. Hubieran logrado su intento á no

haber tenido tiempo Peransurez para llegar á la venta de Nuño; pero

una vez alli, desnudáronse su disfraz, tomaron consigo unos cuantos

monteros cólegas de Peransurez, y rodeando por el monte y sonando

sus vocinas en son de caza, lograron burlar la vigilancia de los

emisarios de Rui Pero, que buscaban dos frailes franciscanos, y no

una compañía de cazadores. La condesa creyó oportuno avisar de su

situacion á su alteza por medio del mismo Nuño, y de su compañero

de viaje, por si se frustraba su fuga, ó por si no podia llegar

á Andujar tan presto como era su intencion, á pesar de la poca

distancia que hasta alli habia. Nuestros lectores han visto cómo

desempeñó Nuño su comision, y pueden figurarse que Rui Pero y los

suyos recorrian todavia inútilmente los alrededores de Arjonilla.

Ferrus poco militar todavia y aturdido con cuanto le pasaba no habia

pensado en relevar las centinelas; y habiéndose convencido por una

rejilla interior de la prision del doncel de que existia en su poder,

permanecia Hernando en su puesto con su alano, bien decidido á vender

cara su vida si no podia salvar á su señor; viendo que nadie se

acordaba de él, se determinó por último á abandonar su guardia, y á

buscar alguna otra manera de salvar á Macías. Echó á andar para esto

á lo largo de la muralla, calada la visera de la mala celada que

habia robado al difunto, y no le costó dificultad introducirse en lo

interior del castillo, que por lo desmantelado servia de cuartel á

los hombres de armas. No osaba preguntar por no delatarse á sí mismo;

pero calculando la forma del edificio, anduvo con aire resuelto

como si fuese á cosa hecha ó llevase alguna orden, y se acercó á un

corredor ancho adonde caía efectivamente la escalerilla que daba

entrada á la prision del doncel. Felizmente conservaba todavia las

llaves en su poder, y Ferrus con la mayor parte de su fuerza se

ocupaba en distribuir atalayas en las murallas, y en examinar de

continuo el campo por ver de divisar á Rui Pero, de quien no dudaba

que volviese con su presa.

Quedábale que vencer á Hernando una dificultad. En lo alto de la

escalera habia un centinela, á quien Ferrus habia encargado la

vigilancia.

—¿Quién va? preguntó éste á Hernando luego que le vió acercarse.

—Compañero, repuso Hernando, tratando de ganarle por buenas, y aun de

relevarle si podia, ¿cae hácia esta parte la prision?

—Atras. Parece que es nuevo el compañero segun la pregunta. Aqui cae;

pero atras.

—Ved que os vengo á relevar. ¡Voto va! podeis iros ya á descansar.

—¿A descansar, y hace un cuarto de hora que estoy en esta faccion?

—Malo, dijo para sí Hernando.

—No conozco yo la voz de ese compañero, dijo entre dientes el

centinela armando su ballesta. ¡Ea! atras digo.

—¡Cuerpo de Cristo! esclamó furioso Hernando, viendo que su astucia

no habia surtido efecto; si no conoces mi voz, javalí, conocerás

mi mano. Dijo, y se abalanzó sobre el contrario. Retrocedió éste

gritando, “¡traicion! ¡traicion!” y disparó su ballesta: recibió

Hernando la saeta en el brazo izquierdo; pero no haciendo mas caso

de ella que de la picadura de un insecto, levantó su mano de hierro,

y asiendo del centinela por la garganta, alzóle del suelo, dióle

dos vueltas en el aire con la misma facilidad y desembarazo que da

vueltas un muchacho á su honda, y despidiólo contra la pared del

corredor, donde produjo el infeliz un chasquido hueco, semejante al

de una inmensa vejiga que revienta, cayendo despues al suelo sin mas

accion que un costal ó un haz de fagina. Arrancóse en seguida la

saeta del brazo Hernando, y pasándola por los talones del vencido,

colgólo en la pared de una fuerte escarpia que servia para suspender

de noche una lámpara, donde le dejó cabeza abajo en la misma forma

que hubiera hecho con un venado. Sin reparar en la sangre que de

su herida corria, abalanzóse despues Hernando con las llaves á la

escalera, la cual bajó con la misma prisa y ansiedad y latiéndole el

corazon con la misma fuerza que si le esperase abajo una querida que

fuese á ver solo por primera vez.

El desdichado doncel, que ningun ruido habia vuelto á oir desde

su encierro en aquel subterráneo, si no era el monotono rumor del

torrente, que casi debajo de sus pies corria, paseaba entre tanto su

estancia con paso largo y precipitado, indicio de la agitacion de su

alma.

—¡Elvira, decia hablando con su señora, Elvira, hé aqui el estado

infeliz á que ha reducido tu obstinacion á tu amante desdichado! ¡Te

lo predige! ¡No oiste mi voz! ¡No creiste mis palabras! Goza ahora,

goza tranquila en los brazos de tu esposo esa felicidad maldecida

que yo solo perturbaba. ¡Ah! ¡Traidor Villena! ¡Ah fementido Hernan

Perez! ¡De esta suerte me vencereis! ¡Yo siento su mano aun dentro

de la mia! ¡Siento su corazon latir fuertemente contra el mio; la

veo, la oigo; sus lágrimas ardientes corren aun á lo largo de mis

mejillas! Su voz trémula y agitada, su voz ronca de pasion, abogada

por el amor, pidiendo piedad y misericordia, resuena aun en mis

oidos. La estrecho entre mis brazos. Dia y noche desde entonces

siento sobre mis labios la opresion dulcísima, el calor inmenso de

los suyos, ¿No lo sientes, Elvira, tu tambien? ¡Nunca se apagará este

ardor y esta memoria! ¡Es fuego, es fuego, es el amor entero, es el

infierno todo sobre mis labios desde entonces!

El mayor abatimiento succedió á este corto estravío de la razon del

doncel. Una llave sonó de repente en la cerradura de su prision, y un

momento despues se hallaba en los brazos de Hernando. No acababa el

prisionero de creer á sus ojos.

—Ea, señor, dijo Hernando despues de una breve pausa, conoce á

tu montero. Toma esta espada. No es la tuya, señor; es la de un

villano; pero en tus manos será la del Cid. A mi me basta un venablo.

Salgamos.

—¿Adónde, Hernando? ¿Quién te trajo? ¿dónde estoy?

—Despues, despues, repuso Hernando mirando á todas partes con la

mayor inquietud. El grito del centinela puede haber dado la alarma y

urge el tiempo.

—No, Hernando; déjame morir en esta soledad, repuso el doncel con

dolor. No la veré aqui al menos acariciando á otro.

—Te ciega tu pasion, Macías, contestó el montero. Huyamos. Ven de

grado, si no quieres venir á tu pesar.

Disponíase el montero á cumplir su amenaza apoderándose á viva fuerza

del doncel, proyecto que hubiera llevado á cabo facilmente, ayudado

de su robusto brazo, cuando un sordo estruendo de armas se dejó oir

en el corredor.

—¡Voto á tal! esclamó Hernando aplicando el oido. Me han descubierto

los traidores; vendámosles caras nuestras vidas.

Dichas estas palabras asió el montero de un brazo del doncel, y

obligóle á subir con él la escalera.

—¡Traicion! ¡Traicion! gritaban en lo alto de ella varios soldados

que se preparaban á impedir la evasion de los fugitivos. De alli

á poco se trabó un combate encarnizado en el corredor. Cargaba mas

gente por momentos, y Ferrus, que habia reconocido al montero,

animaba á los suyos con promesas y amenazas.

—Ven, villano, gritaba Hernando á Ferrus, ven juglar infame: yo soy

el que ha librado á la condesa, yo el que habia de librar á mi señor.

Llega, y probarás mi venablo.

—A él, amigos, á él, gritaba Ferrus sin dar reposo á los suyos: él es

el traidor; ¡muera Hernando, muera!

Macías, animado con la pelea, se defendia valientemente haciendo

prodigios de valor, y derribando cuanto se ponia á su paso; pero era

evidente que hallándose como se hallaba desarmado, no podria resistir

por mucho tiempo al número de sus contrarios. Él y Hernando se vieron

precisados despues de haber derribado inútilmente á algunos de sus

enemigos á refugiarse hácia la prision. Acababa de entrar Macías en

ella, cuando se abrió paso por entre los que le acosaban un caballero

gritando con la espada desnuda:

—¡Ténganse todos! ¡fuera villanos! ¡A mí! ¡dejádmele á mí! El doncel

me pertenece.

—¡Fernan Perez! gritó fuera de sí el doncel cobrando nuevo valor, y

dirigiéndose hácia el enemigo que acababa de llegar.

Suspendiéronse á la voz de entrambos los combatientes, y Hernan Perez

solo se precipitó tras Macías en la prision. No pudo evitar esto

Hernando, ni menos que Fernan Perez, dentro ya con su rival, corriese

un enorme cerrojo que por dentro la cerraba. Agoviado por el número

de los que le rodeaban y querian rendirle, quedó en la escalera

jurando y blasfemando de su mala suerte, que le impedia ayudar á su

señor. Haciendo entonces el último esfuerzo, atravesó con el venablo

á dos de los que mas cerca tenia, y abrióse paso por entre los demas,

aterrados de la muerte de sus compañeros. Precipitóse en seguida

sobre Ferrus, que huía despavorido por el corredor seguido de su

alano, el cual amenazaba con los dientes hacer presa en el primero

que tocase á su amo; y asiendo al juglar de la garganta,

—Villano, le gritó, condúceme á las cadenas del rastrillo de la

prision, ó eres muerto.

No osaba llegar á Hernando ninguno de los del castillo, temerosos de

que clavase el venablo en su alcaide á la menor contradiccion; Ferrus

entre tanto aterrado,—¡Ah, señor! clamó, si me perdonais la vida,

yo os llevaré donde gusteis.—Ea, pues, vamos, replicó Hernando, y

llevándole siempre asido de la garganta le siguió adonde Ferrus todo

trémulo le guiaba.

Entre tanto luchaban animados de igual furor Hernan Perez y Macías,

cerrados en la prision. Pocos golpes habrian dado y recibido, cuando

resonó por todo el castillo el rumor de varias trompetas, y el

estruendo de muchas gentes de armas que llegaban nuevamente. Don

Enrique de Villena y los suyos acababan de entrar en él. Casi al

mismo tiempo llegó doña María de Albornoz y Elvira, y al nombre de la

condesa fuéles abierto el puente.

Dirigiéronse los primeros, informados de cuanto ocurria, hácia la

prision del doncel, y hallándola cerrada por dentro, mandó el conde

que se forzase la puerta, operacion á que se dió principio con la

mayor actividad.

Doña María de Albornoz y Peransurez, no conociendo mas camino á la

prision del doncel que aquel que ellos habian andado antes de la

fuga, se dirigieron por el contrario entre la muralla y la zanja,

llegaron al frente de la prision, oyeron el ruido de las armas de

los combatientes, y el estruendo de los que por el opuesto lado

forzaban la puerta que habia cerrado Vadillo; pero cuál fue su

sorpresa cuando vieron el espectáculo que se ofreció á sus ojos.

Hernando asomado á una galería sobre la prision, desde donde se

soltaban las cadenas del rastrillo, tenia asido aun al juglar y lo

ahogaba casi con su mano intimándole que le ayudase á soltarlas.

Ferrus, sin embargo que sabia el horrible secreto del rastrillo, por

el cual no podia pasar nadie sin caer en la zanja y hacerse pedazos

en los muchos pinchos de hierro de que estaba erizada, lleno de pavor

queria esplicarse, porque no tomase luego Hernando mayor venganza

de la catástrofe que debia seguirse á la bajada del rastrillo.

No concediéndole, empero, Hernando parlamento, y viéndose Ferrus

ahogar hubo de ceder, y ayudó á Hernando como pudo á soltar las

cadenas.—¡Sálvate, Macías, sálvate! gritó desde arriba Hernando con

voz que retumbó en todo el castillo, y entonces se ofreció á los ojos

de doña María y de Elvira el horroroso combate.

—¡Cielos! esclamó Elvira. ¡Bárbaros, teneos! ¡Tomad mi vida,

tomadla! Precipitóse Elvira hácia la prision, y puesta en el borde

del abismo,—¡Macías! clamó sin podérselo nadie impedir. ¡Hernan

Perez! ¡Cesad, bárbaros, en tan cruel combate, ó este precipicio será

mi tumba!

No volvió siquiera Hernan Perez la cabeza; antes mas encarnizado

que nunca al oir la que causaba su implacable rencor, redobló sus

golpes. No sucedió asi al doncel; volvió la cabeza rápidamente, y al

ver á orillas de la zanja á Elvira, pronta á precipitarse en ella,

desasióse del hidalgo, á tiempo que caía hecha pedazos la puerta de

la prision con horrible fragor, y que se entraban dentro don Enrique

y los suyos.

—¡Elvira! gritó Macías saliendo de la prision. ¡Elvira! Lanzóse en

seguida al rastrillo.—¡Perdon! gritó con voz desesperada Ferrus á

Hernando, y al mismo tiempo, cediendo la trampa del rastrillo al peso

del caballero que la oprimia, hundióse el doncel súbitamente, y su

cuerpo destrozado llegó á lo profundo de la sima, dando de hierro en

hierro, y profiriendo sordamente _¡es tarde! ¡es tarde!_

Un chillido agudo y desgarrador, lanzado del pecho de Elvira resonó

hasta el mismo corazon de los espectadores espantados. Un momento de

pausa y de terror se siguió.

—¡Malvado! ¿lo sabias? gritó únicamente Hernando desesperado, y

se precipitó sobre Ferrus, que exánime no le ofrecia resistencia

alguna. Asiéndole entonces de su cabellera roja... ¡Bravonel!

gritó, ¡Bravonel! ¡al oso! ¡al oso! y lanzó en medio de la galería

al juglar, que corrió un momento huyendo del animal. Pero Bravonel

furioso se arrojó sobre él, y haciendo presa en su garganta,

destrozólo en minutos, al mismo tiempo que Hernando le animaba

gritando: ¡Pieza! ¡pieza! No era digno el infame de morir por mi

mano. ¡Pieza! ¡pieza!

Quedó Hernan Perez mirando cruzado de brazos á la profunda sima,

envidioso de que le hubiese robado la dicha de acabar con el doncel.

Furioso como aquel que no habia satisfecho toda su ira, lanzóse por

el borde que habia quedado en el rastrillo á uno y otro lado de la

trampa hundida, bastante ancho todavia para andar por él una persona.

Elvira en tanto miraba la sima con ojos vidriados, en que se veía la

fijacion del estupor y el estravío de la demencia. Habíase secado ya

para siempre el manantial de sus lágrimas.

—¡Héle ahí! le gritó Hernan Perez señalando la zanja: ¡héle ahí!

—¡Es tarde, es tarde! repuso Elvira dando una horrorosa carcajada.

—¡Bárbaro! gritó el pagecillo echándose al paso de Hernan Perez:

¡Bárbaro! y se dispuso á defender á su prima con un denuedo ageno de

su edad. En aquel momento pareció Elvira volver en sí para reconocer

á su esposo, y sobrecogida de terror, huyó despidiendo del pecho

agudos alaridos.

Precipitáronse los circunstantes sobre el hidalgo; no pudiendo éste

llegar á Elvira,—¡Maldicion sobre tí, y desprecio! la gritó; ¡y entre

nosotros eterna separacion!

Al mismo tiempo se oyeron por el castillo voces de ¡arma! ¡arma!

¡Santiago!

De alli á poco las murallas eran el teatro de un sangriento combate.

Despues de una hora de refriega, y de muy entrada la noche,

replegáronse por fin las gentes de Villena, acaudilladas por el

hidalgo, que habia peleado con desesperacion, y el justicia mayor

clavó el pendon real en una almena.

Hernando, que habia tomado á su cargo dañar á los sitiados en

compañía de Peransurez, para facilitar la entrada á las tropas

reales y defender á la condesa, peleó como aquel que acababa de

perder el único interes que le ligaba á la sociedad, y logró mantener

ilesa á doña María hasta el momento de la victoria. Restituida

aquella al justicia mayor, no se volvió á ver á Hernando ni á su

alano. Se presume que privado de su amo, que era el único que podia

hacerle soportable la existencia en la corte, se hundió para siempre

en los montes, y hay cronista que afirma que años adelante murió á

manos de un oso mas feroz que él.

Don Enrique de Villena fue llevado ante el rey Doliente, y el

impudente medio de que se valió para conservar, aun despues de lo

ocurrido, su maestrazgo; diciéndose en público impotente, solo

contribuyó á dar á todos una idea mas clara de su baja ambicion. Los

ruegos, sin embargo, de la generosa condesa, que se retiró á sus

estados á llorar su desdichada boda y la suerte de Elvira, salvaron

la vida al conde, quien desde entonces vivió en retiro filosófico

entregado á las letras, para las cuales habia nacido, mas bien que

para las armas ó la corte. Es cosa sabida que despues de su muerte

quedó hecho trozos en una redoma, como hechicero que habia sido.

Don Luis de Guzman, restablecido de sus heridas, fue elegido maestre

de Calatrava por el capítulo de la orden.

Nadie entre tanto habia visto á Elvira desde el momento en que empezó

el combate y la confusion. Buscósela de orden de la condesa muchos

dias, porque el rencoroso Fernan habia jurado no volver á recordar

nunca su nombre; fue imposible, empero, dar jamas con ella; tanto,

que el fiel pagecillo, desesperado de la pérdida de su hermosa prima,

no pudo resistir á su dolor, y tomó de alli á poco el hábito en una

orden religiosa.

Es fama únicamente que durante el combate se vió en diversos

puntos de la muralla, sin temor alguno ni á las armas, ni á los

combatientes, ni á las llamas, que consumieron aquella noche

el castillo sin saberse quien las hubiese prendido, una muger

desmelenada, agitando con ademan frenético una antorcha en medio de

las tinieblas, y gritando con feroz espresion ¡es tarde! ¡es tarde!

lema antiguo del fatal castillo.

No faltó en la comarca quien creyó que solo podia ser la mora

encantada la que parecia triunfar con bárbaro regocijo de la

destruccion de su antigua cárcel, repitiendo el fatídico ¡es tarde!

[Ilustración]

El doncel de don Enrique el doliente, Tomo IV (de 4) Historia caballeresca del siglo quince · 第 13 / 17 题