Yo malo que obré el pecado,
merecia haber la paga.
Mis ojos sean malditos
que su hermosura miraran,
que á no mirarla ellos
todo este mal se escusaba.
No mireis, justo señor,
su pecado; pues le paga
el cuerpo que lo tal hizo
á ella haced librada.
_Rom. del rey Rod._
Luego que Fernan Perez se hubo repuesto algun tanto de su primer
asombro volvió los ojos hácia su señor, y viendo lo mal parado que
estaba entre los suyos, llegóse á él con aire resuello.
—¿Qué es esto, señor? le dijo. ¿La condesa aqui? ¿y el doncel?
—¿Qué ha de ser, Vadillo? repuso Villena: el infierno todo, que anda
mezclado en mis asuntos. Mi castillo está en manos de traidores. La
fuga es nuestra salvacion.
Dichas estas palabras, aprovechóse el conde de Cangas de la
confusion general, y salió del palenque con Vadillo, y sus caballeros
y vasallos, antes que pensara nadie en impedírselo; armándose en
seguida y montando precipitadamente á caballo, tomaron á rienda
suelta el camino de Arjonilla, donde le pareció al conde que debia
hacerse fuerte, y esperar el sesgo contrario ó favorable que
quisiesen tomar las cosas. En el camino hubo de confesar toda su
conducta el intruso maestre á Fernan Perez. A pesar de su nunca
desmentida fidelidad, no pudo disimular éste un gesto de desprecio,
hijo de la consideracion del carácter de aquel hombre, imperfecta
mezcla de ambicion y pusilanimidad. No creyó, sin embargo, oportuno
abrumarle con reconvenciones en la hora de su desgracia; desesperado
de no haber acabado como creía con el hombre que le habia ofendido
en lo mas delicado de su honor, y cuya muerte habia jurado, suplicó
al conde le permitiese adelantarse en su escelente caballo, para
advertir su llegada al castillo y tomar disposiciones de defensa,
segun le dijo, pero en realidad con ánimo de que no se escapase por
esta vez á su furor el doncel, si estaba todavia aprisionado, como
debia presumirse de su ausencia en el combate.
Advertida de alli á poco en el palenque la fuga del conde y de
los suyos, fue tal la indignacion de su alteza al verse de esta
manera burlado por su mismo pariente, á quien tantos favores habia
dispensado, que á pesar de los ruegos de doña María de Albornoz y
de Elvira, pudieron mas con él las sugestiones del pérfido judío
Abenzarsal. Este, para salvarse y no verse arrastrado en la ruina del
conde, no halló otro recurso que cortar el cable que unia su suerte
á la del caido maestre, y como buen palaciego, fue el primero que
manifestó la mayor indignacion contra Villena. Despachó, pues, el
rey en seguimiento del conde al justicia mayor con numerosa comitiva
de caballeros y hombres de armas, dándole orden de traerle á su
presencia vivo ó muerto, y de salvar á toda costa al doncel de su
venganza si existia en su poder todavia, como debia sospecharse de
las informaciones que dió sobre el caso Peransurez.
Deseosa, sin embargo, la generosa condesa de endulzar el rigor
de la ley por una parte, y por otra de cooperar á la libertad
del doncel, que tan noblemente habia abrazado su causa desde un
principio, y que por ello se veía en eminente peligro, se decidió á
seguir al justicia mayor á Arjonilla, acompañándola Elvira, Jaime y
Peransurez; aturdida todavia aquella con los singulares y opuestos
acontecimientos que por ella habian pasado en aquel dia, y fieles los
otros dos como siempre á la generosa empresa que habian abrazado. La
impaciencia que á los cuatro animaba no les permitió esperar á la
partida mas lenta del justicia mayor y de su tropa. Llevando ademas
mejores caballos, ganáronles prontamente la delantera.
En el castillo se habia aplacado entre tanto el desorden y la
confusion, producidos por la fuga de la condesa, Ferrus y Rui Pero se
habian cerciorado con satisfaccion, que solo uno de los prisioneros
se habia escapado. Era, en verdad, el mas importante; pero Rui Pero
se puso á la cabeza de unos cuantos hombres armados con no pocas
esperanzas de recobrar á los frailes fugitivos, que habiendo salido
á pie no podian haber andado mucho. Hubieran logrado su intento á no
haber tenido tiempo Peransurez para llegar á la venta de Nuño; pero
una vez alli, desnudáronse su disfraz, tomaron consigo unos cuantos
monteros cólegas de Peransurez, y rodeando por el monte y sonando
sus vocinas en son de caza, lograron burlar la vigilancia de los
emisarios de Rui Pero, que buscaban dos frailes franciscanos, y no
una compañía de cazadores. La condesa creyó oportuno avisar de su
situacion á su alteza por medio del mismo Nuño, y de su compañero
de viaje, por si se frustraba su fuga, ó por si no podia llegar
á Andujar tan presto como era su intencion, á pesar de la poca
distancia que hasta alli habia. Nuestros lectores han visto cómo
desempeñó Nuño su comision, y pueden figurarse que Rui Pero y los
suyos recorrian todavia inútilmente los alrededores de Arjonilla.
Ferrus poco militar todavia y aturdido con cuanto le pasaba no habia
pensado en relevar las centinelas; y habiéndose convencido por una
rejilla interior de la prision del doncel de que existia en su poder,
permanecia Hernando en su puesto con su alano, bien decidido á vender
cara su vida si no podia salvar á su señor; viendo que nadie se
acordaba de él, se determinó por último á abandonar su guardia, y á
buscar alguna otra manera de salvar á Macías. Echó á andar para esto
á lo largo de la muralla, calada la visera de la mala celada que
habia robado al difunto, y no le costó dificultad introducirse en lo
interior del castillo, que por lo desmantelado servia de cuartel á
los hombres de armas. No osaba preguntar por no delatarse á sí mismo;
pero calculando la forma del edificio, anduvo con aire resuelto
como si fuese á cosa hecha ó llevase alguna orden, y se acercó á un
corredor ancho adonde caía efectivamente la escalerilla que daba
entrada á la prision del doncel. Felizmente conservaba todavia las
llaves en su poder, y Ferrus con la mayor parte de su fuerza se
ocupaba en distribuir atalayas en las murallas, y en examinar de
continuo el campo por ver de divisar á Rui Pero, de quien no dudaba
que volviese con su presa.
Quedábale que vencer á Hernando una dificultad. En lo alto de la
escalera habia un centinela, á quien Ferrus habia encargado la
vigilancia.
—¿Quién va? preguntó éste á Hernando luego que le vió acercarse.
—Compañero, repuso Hernando, tratando de ganarle por buenas, y aun de
relevarle si podia, ¿cae hácia esta parte la prision?
—Atras. Parece que es nuevo el compañero segun la pregunta. Aqui cae;
pero atras.
—Ved que os vengo á relevar. ¡Voto va! podeis iros ya á descansar.
—¿A descansar, y hace un cuarto de hora que estoy en esta faccion?
—Malo, dijo para sí Hernando.
—No conozco yo la voz de ese compañero, dijo entre dientes el
centinela armando su ballesta. ¡Ea! atras digo.
—¡Cuerpo de Cristo! esclamó furioso Hernando, viendo que su astucia
no habia surtido efecto; si no conoces mi voz, javalí, conocerás
mi mano. Dijo, y se abalanzó sobre el contrario. Retrocedió éste
gritando, “¡traicion! ¡traicion!” y disparó su ballesta: recibió
Hernando la saeta en el brazo izquierdo; pero no haciendo mas caso
de ella que de la picadura de un insecto, levantó su mano de hierro,
y asiendo del centinela por la garganta, alzóle del suelo, dióle
dos vueltas en el aire con la misma facilidad y desembarazo que da
vueltas un muchacho á su honda, y despidiólo contra la pared del
corredor, donde produjo el infeliz un chasquido hueco, semejante al
de una inmensa vejiga que revienta, cayendo despues al suelo sin mas
accion que un costal ó un haz de fagina. Arrancóse en seguida la
saeta del brazo Hernando, y pasándola por los talones del vencido,
colgólo en la pared de una fuerte escarpia que servia para suspender
de noche una lámpara, donde le dejó cabeza abajo en la misma forma
que hubiera hecho con un venado. Sin reparar en la sangre que de
su herida corria, abalanzóse despues Hernando con las llaves á la
escalera, la cual bajó con la misma prisa y ansiedad y latiéndole el
corazon con la misma fuerza que si le esperase abajo una querida que
fuese á ver solo por primera vez.
El desdichado doncel, que ningun ruido habia vuelto á oir desde
su encierro en aquel subterráneo, si no era el monotono rumor del
torrente, que casi debajo de sus pies corria, paseaba entre tanto su
estancia con paso largo y precipitado, indicio de la agitacion de su
alma.
—¡Elvira, decia hablando con su señora, Elvira, hé aqui el estado
infeliz á que ha reducido tu obstinacion á tu amante desdichado! ¡Te
lo predige! ¡No oiste mi voz! ¡No creiste mis palabras! Goza ahora,
goza tranquila en los brazos de tu esposo esa felicidad maldecida
que yo solo perturbaba. ¡Ah! ¡Traidor Villena! ¡Ah fementido Hernan
Perez! ¡De esta suerte me vencereis! ¡Yo siento su mano aun dentro
de la mia! ¡Siento su corazon latir fuertemente contra el mio; la
veo, la oigo; sus lágrimas ardientes corren aun á lo largo de mis
mejillas! Su voz trémula y agitada, su voz ronca de pasion, abogada
por el amor, pidiendo piedad y misericordia, resuena aun en mis
oidos. La estrecho entre mis brazos. Dia y noche desde entonces
siento sobre mis labios la opresion dulcísima, el calor inmenso de
los suyos, ¿No lo sientes, Elvira, tu tambien? ¡Nunca se apagará este
ardor y esta memoria! ¡Es fuego, es fuego, es el amor entero, es el
infierno todo sobre mis labios desde entonces!
El mayor abatimiento succedió á este corto estravío de la razon del
doncel. Una llave sonó de repente en la cerradura de su prision, y un
momento despues se hallaba en los brazos de Hernando. No acababa el
prisionero de creer á sus ojos.
—Ea, señor, dijo Hernando despues de una breve pausa, conoce á
tu montero. Toma esta espada. No es la tuya, señor; es la de un
villano; pero en tus manos será la del Cid. A mi me basta un venablo.
Salgamos.
—¿Adónde, Hernando? ¿Quién te trajo? ¿dónde estoy?
—Despues, despues, repuso Hernando mirando á todas partes con la
mayor inquietud. El grito del centinela puede haber dado la alarma y
urge el tiempo.
—No, Hernando; déjame morir en esta soledad, repuso el doncel con
dolor. No la veré aqui al menos acariciando á otro.
—Te ciega tu pasion, Macías, contestó el montero. Huyamos. Ven de
grado, si no quieres venir á tu pesar.
Disponíase el montero á cumplir su amenaza apoderándose á viva fuerza
del doncel, proyecto que hubiera llevado á cabo facilmente, ayudado
de su robusto brazo, cuando un sordo estruendo de armas se dejó oir
en el corredor.
—¡Voto á tal! esclamó Hernando aplicando el oido. Me han descubierto
los traidores; vendámosles caras nuestras vidas.
Dichas estas palabras asió el montero de un brazo del doncel, y
obligóle á subir con él la escalera.
—¡Traicion! ¡Traicion! gritaban en lo alto de ella varios soldados
que se preparaban á impedir la evasion de los fugitivos. De alli
á poco se trabó un combate encarnizado en el corredor. Cargaba mas
gente por momentos, y Ferrus, que habia reconocido al montero,
animaba á los suyos con promesas y amenazas.
—Ven, villano, gritaba Hernando á Ferrus, ven juglar infame: yo soy
el que ha librado á la condesa, yo el que habia de librar á mi señor.
Llega, y probarás mi venablo.
—A él, amigos, á él, gritaba Ferrus sin dar reposo á los suyos: él es
el traidor; ¡muera Hernando, muera!
Macías, animado con la pelea, se defendia valientemente haciendo
prodigios de valor, y derribando cuanto se ponia á su paso; pero era
evidente que hallándose como se hallaba desarmado, no podria resistir
por mucho tiempo al número de sus contrarios. Él y Hernando se vieron
precisados despues de haber derribado inútilmente á algunos de sus
enemigos á refugiarse hácia la prision. Acababa de entrar Macías en
ella, cuando se abrió paso por entre los que le acosaban un caballero
gritando con la espada desnuda:
—¡Ténganse todos! ¡fuera villanos! ¡A mí! ¡dejádmele á mí! El doncel
me pertenece.
—¡Fernan Perez! gritó fuera de sí el doncel cobrando nuevo valor, y
dirigiéndose hácia el enemigo que acababa de llegar.
Suspendiéronse á la voz de entrambos los combatientes, y Hernan Perez
solo se precipitó tras Macías en la prision. No pudo evitar esto
Hernando, ni menos que Fernan Perez, dentro ya con su rival, corriese
un enorme cerrojo que por dentro la cerraba. Agoviado por el número
de los que le rodeaban y querian rendirle, quedó en la escalera
jurando y blasfemando de su mala suerte, que le impedia ayudar á su
señor. Haciendo entonces el último esfuerzo, atravesó con el venablo
á dos de los que mas cerca tenia, y abrióse paso por entre los demas,
aterrados de la muerte de sus compañeros. Precipitóse en seguida
sobre Ferrus, que huía despavorido por el corredor seguido de su
alano, el cual amenazaba con los dientes hacer presa en el primero
que tocase á su amo; y asiendo al juglar de la garganta,
—Villano, le gritó, condúceme á las cadenas del rastrillo de la
prision, ó eres muerto.
No osaba llegar á Hernando ninguno de los del castillo, temerosos de
que clavase el venablo en su alcaide á la menor contradiccion; Ferrus
entre tanto aterrado,—¡Ah, señor! clamó, si me perdonais la vida,
yo os llevaré donde gusteis.—Ea, pues, vamos, replicó Hernando, y
llevándole siempre asido de la garganta le siguió adonde Ferrus todo
trémulo le guiaba.
Entre tanto luchaban animados de igual furor Hernan Perez y Macías,
cerrados en la prision. Pocos golpes habrian dado y recibido, cuando
resonó por todo el castillo el rumor de varias trompetas, y el
estruendo de muchas gentes de armas que llegaban nuevamente. Don
Enrique de Villena y los suyos acababan de entrar en él. Casi al
mismo tiempo llegó doña María de Albornoz y Elvira, y al nombre de la
condesa fuéles abierto el puente.
Dirigiéronse los primeros, informados de cuanto ocurria, hácia la
prision del doncel, y hallándola cerrada por dentro, mandó el conde
que se forzase la puerta, operacion á que se dió principio con la
mayor actividad.
Doña María de Albornoz y Peransurez, no conociendo mas camino á la
prision del doncel que aquel que ellos habian andado antes de la
fuga, se dirigieron por el contrario entre la muralla y la zanja,
llegaron al frente de la prision, oyeron el ruido de las armas de
los combatientes, y el estruendo de los que por el opuesto lado
forzaban la puerta que habia cerrado Vadillo; pero cuál fue su
sorpresa cuando vieron el espectáculo que se ofreció á sus ojos.
Hernando asomado á una galería sobre la prision, desde donde se
soltaban las cadenas del rastrillo, tenia asido aun al juglar y lo
ahogaba casi con su mano intimándole que le ayudase á soltarlas.
Ferrus, sin embargo que sabia el horrible secreto del rastrillo, por
el cual no podia pasar nadie sin caer en la zanja y hacerse pedazos
en los muchos pinchos de hierro de que estaba erizada, lleno de pavor
queria esplicarse, porque no tomase luego Hernando mayor venganza
de la catástrofe que debia seguirse á la bajada del rastrillo.
No concediéndole, empero, Hernando parlamento, y viéndose Ferrus
ahogar hubo de ceder, y ayudó á Hernando como pudo á soltar las
cadenas.—¡Sálvate, Macías, sálvate! gritó desde arriba Hernando con
voz que retumbó en todo el castillo, y entonces se ofreció á los ojos
de doña María y de Elvira el horroroso combate.
—¡Cielos! esclamó Elvira. ¡Bárbaros, teneos! ¡Tomad mi vida,
tomadla! Precipitóse Elvira hácia la prision, y puesta en el borde
del abismo,—¡Macías! clamó sin podérselo nadie impedir. ¡Hernan
Perez! ¡Cesad, bárbaros, en tan cruel combate, ó este precipicio será
mi tumba!
No volvió siquiera Hernan Perez la cabeza; antes mas encarnizado
que nunca al oir la que causaba su implacable rencor, redobló sus
golpes. No sucedió asi al doncel; volvió la cabeza rápidamente, y al
ver á orillas de la zanja á Elvira, pronta á precipitarse en ella,
desasióse del hidalgo, á tiempo que caía hecha pedazos la puerta de
la prision con horrible fragor, y que se entraban dentro don Enrique
y los suyos.
—¡Elvira! gritó Macías saliendo de la prision. ¡Elvira! Lanzóse en
seguida al rastrillo.—¡Perdon! gritó con voz desesperada Ferrus á
Hernando, y al mismo tiempo, cediendo la trampa del rastrillo al peso
del caballero que la oprimia, hundióse el doncel súbitamente, y su
cuerpo destrozado llegó á lo profundo de la sima, dando de hierro en
hierro, y profiriendo sordamente _¡es tarde! ¡es tarde!_
Un chillido agudo y desgarrador, lanzado del pecho de Elvira resonó
hasta el mismo corazon de los espectadores espantados. Un momento de
pausa y de terror se siguió.
—¡Malvado! ¿lo sabias? gritó únicamente Hernando desesperado, y
se precipitó sobre Ferrus, que exánime no le ofrecia resistencia
alguna. Asiéndole entonces de su cabellera roja... ¡Bravonel!
gritó, ¡Bravonel! ¡al oso! ¡al oso! y lanzó en medio de la galería
al juglar, que corrió un momento huyendo del animal. Pero Bravonel
furioso se arrojó sobre él, y haciendo presa en su garganta,
destrozólo en minutos, al mismo tiempo que Hernando le animaba
gritando: ¡Pieza! ¡pieza! No era digno el infame de morir por mi
mano. ¡Pieza! ¡pieza!
Quedó Hernan Perez mirando cruzado de brazos á la profunda sima,
envidioso de que le hubiese robado la dicha de acabar con el doncel.
Furioso como aquel que no habia satisfecho toda su ira, lanzóse por
el borde que habia quedado en el rastrillo á uno y otro lado de la
trampa hundida, bastante ancho todavia para andar por él una persona.
Elvira en tanto miraba la sima con ojos vidriados, en que se veía la
fijacion del estupor y el estravío de la demencia. Habíase secado ya
para siempre el manantial de sus lágrimas.
—¡Héle ahí! le gritó Hernan Perez señalando la zanja: ¡héle ahí!
—¡Es tarde, es tarde! repuso Elvira dando una horrorosa carcajada.
—¡Bárbaro! gritó el pagecillo echándose al paso de Hernan Perez:
¡Bárbaro! y se dispuso á defender á su prima con un denuedo ageno de
su edad. En aquel momento pareció Elvira volver en sí para reconocer
á su esposo, y sobrecogida de terror, huyó despidiendo del pecho
agudos alaridos.
Precipitáronse los circunstantes sobre el hidalgo; no pudiendo éste
llegar á Elvira,—¡Maldicion sobre tí, y desprecio! la gritó; ¡y entre
nosotros eterna separacion!
Al mismo tiempo se oyeron por el castillo voces de ¡arma! ¡arma!
¡Santiago!
De alli á poco las murallas eran el teatro de un sangriento combate.
Despues de una hora de refriega, y de muy entrada la noche,
replegáronse por fin las gentes de Villena, acaudilladas por el
hidalgo, que habia peleado con desesperacion, y el justicia mayor
clavó el pendon real en una almena.
Hernando, que habia tomado á su cargo dañar á los sitiados en
compañía de Peransurez, para facilitar la entrada á las tropas
reales y defender á la condesa, peleó como aquel que acababa de
perder el único interes que le ligaba á la sociedad, y logró mantener
ilesa á doña María hasta el momento de la victoria. Restituida
aquella al justicia mayor, no se volvió á ver á Hernando ni á su
alano. Se presume que privado de su amo, que era el único que podia
hacerle soportable la existencia en la corte, se hundió para siempre
en los montes, y hay cronista que afirma que años adelante murió á
manos de un oso mas feroz que él.
Don Enrique de Villena fue llevado ante el rey Doliente, y el
impudente medio de que se valió para conservar, aun despues de lo
ocurrido, su maestrazgo; diciéndose en público impotente, solo
contribuyó á dar á todos una idea mas clara de su baja ambicion. Los
ruegos, sin embargo, de la generosa condesa, que se retiró á sus
estados á llorar su desdichada boda y la suerte de Elvira, salvaron
la vida al conde, quien desde entonces vivió en retiro filosófico
entregado á las letras, para las cuales habia nacido, mas bien que
para las armas ó la corte. Es cosa sabida que despues de su muerte
quedó hecho trozos en una redoma, como hechicero que habia sido.
Don Luis de Guzman, restablecido de sus heridas, fue elegido maestre
de Calatrava por el capítulo de la orden.
Nadie entre tanto habia visto á Elvira desde el momento en que empezó
el combate y la confusion. Buscósela de orden de la condesa muchos
dias, porque el rencoroso Fernan habia jurado no volver á recordar
nunca su nombre; fue imposible, empero, dar jamas con ella; tanto,
que el fiel pagecillo, desesperado de la pérdida de su hermosa prima,
no pudo resistir á su dolor, y tomó de alli á poco el hábito en una
orden religiosa.
Es fama únicamente que durante el combate se vió en diversos
puntos de la muralla, sin temor alguno ni á las armas, ni á los
combatientes, ni á las llamas, que consumieron aquella noche
el castillo sin saberse quien las hubiese prendido, una muger
desmelenada, agitando con ademan frenético una antorcha en medio de
las tinieblas, y gritando con feroz espresion ¡es tarde! ¡es tarde!
lema antiguo del fatal castillo.
No faltó en la comarca quien creyó que solo podia ser la mora
encantada la que parecia triunfar con bárbaro regocijo de la
destruccion de su antigua cárcel, repitiendo el fatídico ¡es tarde!
[Ilustración]