CAPITULO XXXVII.

El rey moro de Granada

mas quisiera la su fin;

la su seña muy preciada

entrególa á don Ozmin.

El poder le dió sin falla

á don Ozmin su vasallo,

y escusóse de batalla

con cinco mil de caballo.

_Historia de Alonso XI, escrita en coplas redondillas._

Dos mil vidas diera juntas

por ser el desafiado.

_Batalla de Rugero y Rodamonte._

Curiosos estarán nuestros lectores, si es que hemos sabido hacerles

interesantes los personages de nuestra desaliñada narracion, de saber

el estado de la desdichada Elvira, á quien dejamos con la reja de su

cámara abierta, ella desvanecida en tierra, y abriéndose su puerta

para dar entrada al pagecillo, ó á su mismo esposo, únicos poseedores

de la llave. Mucho sentimos que la complicacion de sucesos, que

bajo nuestra pluma se aglomeran, no nos haya permitido sacarlos

antes de tan incómoda duda; pero todavia sentimos mas que el tiempo,

que todo lo devora, nos prive aun ahora del placer de satisfacerlos

completamente. Recordarán, sin embargo, en disculpa nuestra, que

cuando se abrió la puerta de la cámara, Elvira estaba desmayada, y

nada por consiguiente pudo ver de lo que en torno suyo pasaba: el

que entró nada contó nunca, razon que tenemos para sospechar que

fue Hernan Perez, á quien no le podia convenir que nada de ello se

supiese; y el cronista de aquellos tiempos, el famoso Pero Lopez de

Ayala, se hallaba en el sarao, y nada trae tampoco por consiguiente

en sus escritos de semejante escena. Por los resultados que esta

tuvo, volvemos á repetir que debió de ser Hernan Perez. Hubo quien

aseguró que habia visto hablar al astrólogo con él mucho despues de

haber vuelto á entrar éste en el alcázar y como ya conocemos la mala

intencion del judío; y es de presumir que alarmase al marido acerca

de lo que en su cámara pasaba; la reja abierta, la puerta cerrada y

el estado de Elvira debieron acabar de abrir los ojos á Hernan Perez

acerca de lo que alli podia haber ocurrido.

Lo único que podremos afirmar es que Hernan Perez de Vadillo, de

resultas sin duda de la violenta escena que debió tener con su

esposa, decidió aquella noche misma su separacion; buscó á su alteza,

y le espuso con voz trémula y agitada como sabia que su esposa era la

acusadora de don Enrique de Villena. Añadióle que él habia recibido

del conde de Cangas la rara prueba de confianza de que pudiese en

su nombre defender su parte en el combate; suplicóle en vista de

ello que tomase á su cargo la acusadora; y por mas que se hizo para

averiguar la causa de tan extraña conducta, solo se pudo sacar en

limpio de las cortadas razones de Hernan Perez que éste habia tenido

un rompimiento con su esposa; advirtióse desde entonces que cuanto

hablaba eran palabras de aborrecimiento y execracion, y dirigidas á

adelantar el plazo del combate, de resultas del cual debia él morir ó

morir Elvira. El odio mas reconcentrado y profundo habia succedido en

su corazon al amor conyugal. No se pudo negar don Enrique el Doliente

á la justa demanda del ofendido Hernan, y en consecuencia encargó

al judío Abenzarsal de la custodia de Elvira, la cual pasó á poder

de éste con su inseparable pagecillo aquella misma noche. Decidióse

al mismo tiempo que se verificaria el combate, donde quiera que

estuviese la corte, al quinceno dia, por cumplirse entonces el plazo

que habia dado su alteza al justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga

para presentarle el reo de la muerte de doña María de Albornoz. Si

éste le presentaba con las pruebas legales del delito, escusaríase

la prueba del combate. De lo contrario, no quedando otro medio que

recurrir al juicio de Dios, seria aquel inevitable.

Con respecto á Elvira, solo diremos que desde aquella funesta noche

en valde intentó tener con su esposo una esplicacion: negóse éste á

todas sus demandas, y la infeliz, sumida en la mayor desesperacion,

esperó en un continuo llanto y congoja el dia en que habia de

desenlazarse tan terrible drama, y en que habia de verse espuesta

á los riesgos de un combate por causa suya, y por una imprudente

generosidad, que no era ya tiempo de remediar; la vida de su

desdichado amante, si es que éste no habia perecido ya, como tenia

motivos para creerlo, en la funesta noche de su última entrevista.

Puesta á recaudo como estaba, y no permitiéndosele comunicacion

alguna sino con el page, solo pudo saber en el particular lo que todo

el mundo sabia, esto es, que el doncel habia desaparecido, cosa que

no daba poco que decir en la corte. No se le podia ocultar á Elvira

que cualquiera que hubiera sido la suerte del doncel, su tenacidad, y

el empeño con que á todo trance habia querido defender su moribunda

virtud, habian tenido gran parte en ella. No le podia pesar de ello;

pero era bien triste reflexionar cuán horrible premio daba el cielo á

su conducta. Ora pensando en su esposo, ora en su crítica situacion,

ora en un amor desdichado que en vano habia pretendido lanzar de

su pecho por todos los medios posibles, pasábase la desgraciada

Elvira los dias y las noches de claro en claro sin dar reposo á la

lucha de encontrados sentimientos, que tenian dividida su deplorable

existencia.

La nueva que llegó á la corte el dia mismo que debia haberse

trasladado á Otordesillas, hizo variar de determinacion á don Enrique

el Doliente, como ya saben nuestros lectores, y el dia del combate la

cogió por tanto en Andujar.

Amaneció este dia, y nadie en la corte pudo dar razon al rey,

cuidadoso é impaciente, del ignorado paradero del doncel: don Luis

Guzman fue el único que pudo esponer sencillamente como Hernando,

fiel criado del doncel, le habia visitado en la noche del sarao,

manifestándole sus dudas y temores, y encargándole el equipage de su

amo mientras él se dedicaba á averiguar su paradero, de que tenia

vagas sospechas. Pero afirmó en seguida que desde entonces no habia

vuelto á tener noticia alguna ni del doncel ni de Hernando. Todos

los que conocian, sin embargo, el pundonor caballeresco de Macías,

no dudaban un punto que se presentaria en la lid el dia emplazado,

tanto mas cuanto que se habian publicado los convenientes edictos

y pregones; á no ser que hubiese muerto, acontecimiento que nadie

tenia motivos de sospechar. Muchos achacaron la ausencia del doncel

á alguna hechicería de don Enrique de Villena y del judío, pero de

sospecharlo á saberlo habia tanta distancia como hay de la mentira á

la verdad.

Regocijábanse en tanto secretamente aquellos dos intrigantes del

feliz éxito de su manejo; sobre todo Villena, que habia conseguido

llevar á cabo su proyecto sin necesidad de cargar su conciencia

con el peso de sangre agena, descansando en la vigilancia de su

emancipado juglar y en la fortaleza de su castillo, lleno todo de

gentes de su devocion, curábase poco ya del combate, que mal podia

verificarse sin la presencia del doncel. Verdad es que debia quedar

condenada Elvira como calumniadora, pero esperaba que su mucho

valimiento, y el que debia aumentársele sobre todo con el triunfo

que el cielo le preparaba aquel dia, le bastaria para salvar la vida

de la infeliz Elvira; cosa que intentaba pedir inmediatamente á su

alteza, proponiendo la conmutacion de la pena que imponia la ley en

un encierro perpetuo. De esta manera conciliaba el buen don Enrique,

con el triunfo de sus intrigas, la tranquilidad de su conciencia,

haciendo por una y otra parte transacciones con su ambicion, y con la

voz secreta que le gritaba en el fondo de su corazon, que no dejaba

de ser culpable por haber evitado la muerte de Elvira y del doncel.

A pesar de la ausencia de éste, anunciaron los farautes el aplazado

combate, y reunida la pequeña corte que llevaba consiga don Enrique

el Doliente, éste se constituyó en audiencia sentándose debajo del

dosel régio preparado para la ceremonia que debia verificarse.

Sentado su alteza, y rodeado del buen condestable Rui Lopez Dávalos,

de su físico Abenzarsal, de su camarero mayor, y de las demas

dignidades de palacio; compareció ante el trono, llamado por un

faraute, el ilustre don Enrique de Villena, conde de Cangas y Tineo,

precediéndole dos farautes suyos, y un escudero con el estandarte en

que se veía lucir su escudo de armas ricamente recamado; seguíanle

numerosos caballeros y escuderos de su casa, vasallos suyos.

Requerido por el faraute de su alteza, espuso brevemente la demanda

que de justicia habia hecho en otra ocasion sobre la muerte de su

esposa la condesa doña María de Albornoz. Concluida esta ceremonia,

pidió cuenta su alteza á su canciller mayor del sello de la puridad

de lo que en el asunto habia determinado: recordó éste el cargo

que habia dado su alteza de averiguar el hecho al justicia mayor

cometiéndole el cuidado del castigo. Adelantóse entonces Diego Lopez

de Stúñiga, é hizo breve relacion de los pasos que habia dado para

la averiguacion de aquel horrendo crímen, el cual sin embargo habia

permanecido oculto; sin duda, añadió, por los incomprensibles juicios

de Dios, que se reservaba el castigo de tan gran maldad. Oido el

justicia mayor, prosiguió el canciller relatando como en ese tiempo

se habia presentado una acusadora del mismo don Enrique de Villena,

achacándole aquel propio crímen del que él habia pedido satisfaccion,

y lo demas ocurrido en el caso.

Hizo entonces su alteza comparecer á la acusadora, la cual, guiada

de Abenzarsal, á cuya custodia estaba confiada, pareció y espuso de

nuevo en la misma forma que la habia hecho la funesta acusacion, no

sin acompañarla de abundosas lágrimas, que manifestaban bien á las

claras el estado en que se hallaba.

Tomósele de ella juramento, asi como á don Enrique de la denegacion

del delito, el cual prestaron ambos sobre los santos Evangelios.

Pidiéronse pruebas en seguida á la acusadora; no pudiendo la cual

presentarlas, recordó el canciller que fundado en esto mismo se habia

dignado su alteza ordenar la prueba del combate.

Alzóse en seguida un faraute de su alteza y en voz alta repitió que

era llegado el dia en que aquel debia verificarse; lo cual hizo por

medio de largas fórmulas, de que nos dispensarán nuestros lectores.

El canciller en seguida pidió los gages al acusado y acusadora,

que le entregaron, aquel el guante arrojado por Macías el dia de

la acusacion, ésta el anillo que en prenda de su persona habia

entregado al rey en el propio dia. Recojidos ambos por el canciller,

fuéles preguntado á los dos si se hallaban prontos para la prueba

del combate que su alteza habia ordenado: esta pregunta estremeció

á Elvira, que se vió sola en el mundo en aquel tremendo instante;

pero Villena respondió á ella con insolente sonrisa de triunfo

y de satisfaccion. Requeridos á presentarse ante su alteza los

combatientes ó sus campeones representantes, adelantóse el hidalgo

Hernan Perez de Vadillo, que se habia mantenido oculto hasta entonces

en el grupo de caballeros de la comitiva de don Enrique de Villena;

Elvira al verle no fue dueña de sí por mas tiempo, lanzó un agudo

chillido, y ocultó su cabeza entre los brazos de una dueña que la

seguia. No se alteró el implacable Vadillo; hincándose por el

contrario de hinojos ante su señor natural, pidióle la venia, dada la

cual anuncióse como el campeon de don Enrique.

Este golpe inesperado, y que pocos en la corte sabian, hizo todo el

efecto que el lector puede imaginar, reflexionando como reflexionaron

los presentes que iba á presentarse un caso singular en semejantes

combates. La muger acusadora por una parte, y el marido campeon del

acusado por otra. Elvira al recibir tan terrible golpe se precipitó

á los pies del trono esclamando:—¡Santo Dios! ¡Rey justiciero, no lo

permitirás, señor...!

Era tarde ya, empero, para deshacer lo hecho, y el faraute impuso

silencio á la acusadora, con duro gesto y ademan, separándola del

trono.

Requirióse entonces á Elvira de que presentase su campeon, y á

este requerimiento se succedió el mas profundo silencio. Leíase en

los ojos de Elvira la ansiedad con que esperaba el fin de aquella

ceremonia. En aquel momento hubiera dado su existencia porque no

compareciese el doncel. Temblaba á cada ruido que se oía; todo era

para ella preferible al espantoso espectáculo de ver pelear por su

causa á su esposo y á su amante.

Por último, vino á sacarla de su mortal angustia el tercer

requerimiento del faraute.

Apenas habia acabado éste de pronunciarle, cuando prosternándose

Elvira, y elevando al cielo las manos y los ojos,—Nadie, esclamó con

loca alegría, nadie. ¡Yo os doy gracias, Dios mio! Señor, continuó

dirigiéndose al rey, no tengo campeon: soy, pues, calumniadora; ¡la

muerte presto, la muerte!

—Señor, se adelantó á decir el canciller al rey, que se levantaba

para decidir en tan arduo caso, debo hacer presente á tu alteza que

antes de declarar infame al doncel tu favorito es fuerza esperarle en

el palenque todo el dia de hoy; si entonces no compareciere, á pesar

de los pregones que habrán de repetirse en ese tiempo tres veces, la

acusadora será ejecutada.

—Ya lo oís, señora, continuó su alteza; dentro de una hora concurrirá

la corte al sitio del combate.

Una nube de tristeza profundísima enturbió la frente pálida de

Elvira, que quedó sumergida en el silencio de la desesperacion. Don

Enrique de Villena triunfaba, y una mal reprimida sonrisa se dibujaba

en sus labios. Hernan Perez de Vadillo parecia desesperado de no

tener contrario, y de la inopinada tardanza.

—Señora, dijo don Luis Guzman, que veía con despecho triunfar á su

enemigo, llegándose al oido de la infeliz acusadora; si mi brazo

puede seros útil ved que diera mil vidas por ser el acusador.

—¡Ah! señor, repuso Elvira dirigiendo al caballero una mirada de

agradecimiento, dejad morir á una desdichada. Levantó entonces los

ojos al cielo, y añadió para si con dolorosa espresion. ¡Él ha muerto

tambien! ¡Y mi esposo me desprecia! Bajó en seguida los ojos, y dos

farautes, notando el pequeñísimo diálogo que quisiera prolongar don

Luis Guzman, la separaron, advirtiendo á éste que la ley prevenia

toda incomunicacion con la acusadora.

Bajó entre tanto su alteza del trono, y preparóse la corte á asistir

al sitio del combate, donde debia esperarse al campeon de Elvira.

Don Luis Guzman vió salir á todos con despecho reconcentrado. Su

silencio y su gesto manifestaban cuánto destrozaba su alma impetuosa

el próximo triunfo que esperaba á su rival, y que él habia tratado en

vano de impedir con su intempestiva y no aceptada generosidad.

[Ilustración]

El doncel de don Enrique el doliente, Tomo IV (de 4) Historia caballeresca del siglo quince · 第 11 / 17 题