CAPITULO XXXV.

Mentides, fraile, mentides,

que no decís la verdad.

. . . . . . . . . . .

Mató el fraile al caballero,

á la infanta va á librar:

en ancas de su caballo

consigo la fué á llevar.

_Rom. del conde Claros._

Al entrar los dos modestos frailes en la sala, no habia dejado de

llamar su atencion el agradable pasatiempo en que entretenian sus

ratos perdidos el antiguo y el nuevo alcaide. Habíanse mirado uno á

otro como inspirados de la misma idea, y este movimiento hubiera sido

notado de los defensores del castillo, á no ser porque no habiendo

creido estos que tendrian ya visitas con quien guardar ceremonia,

habian menudeado en realidad del tinto mas de lo que á su prudencia

convenia; su misma posicion les habia escitado á beber, y aun hay

cronistas que aseguran que deseosos uno y otro de no tener compañero

en el mando, y demasiado confiado cada cual en su propia resistencia,

se habian animado recíprocamente á beber por ver si conseguian privar

al cólega; plan que, merced á la igualdad de sus fuerzas, habia

resultado en detrimento de la razon de entrambos.

—¡Por San Francisco! perdonen vuestras reverencias, dijo Ferrus, si

les han hecho esperar á la intemperie mas de lo que ese hábito que

visten merece. Pero sepan que á él solo deben esta acogida, porque el

castillo á que han llamado no es en realidad de los mas hospitalarios

que pudieran haber encontrado en su camino.

—_Pax vobiscum_, dijo el menos corpulento de los padres con voz grave.

—Como gusteis, padres, repuso Ferrus, segun el estribillo de mi

huésped de ayer; porque han de saber sus reverencias que de dos

dignos alcaides que tienen en su presencia ahora, ninguno sabe latin.

—En ese caso, _Te Deum laudamus_, repuso el padre respirando como

aquel á quien le quitasen de encima una montaña.

—Gracias contestó de nuevo Ferrus, no queriendo ser tachado de poco

político por dejar sin respuesta una lengua que no entendia. Dos

cosas debemos suplicar á vuestras reverencias, prosiguió; primera,

que se quiten esos hábitos que traen tan mojados...

—_Et super flumina Babilonis_, dice el salmista: _vetat regula_, la

regla nos lo impide.

—Sea en buen hora; pero la regla no impedirá á vuestras reverencias

que hagan lo que vieren adonde quiera que fueren; primera regla

de hospitalidad entre caballeros, añadió Ferrus derramando vino

nuevamente en las copas, y ofreciendo una al padre que habia llevado

hasta entonces la palabra.

Miráronse los padres uno á otro como para consultar entre sí lo que

deberian hacer.

—¡Voto va! aqui se ofrece de buena voluntad, añadió Ferrus viendo su

indecision: ¿no es cierto, señor camarero?

—Vos lo habeis dicho, repuso el camarero tomando una copa. Pero si

sus reverencias no se atreven por respetos al cielo, nosotros, viles

gusanos de la tierra...

—_Vinum lætificat cor hominis_, interrumpió el padre. Nosotros

agradecemos á vuestras mercedes la buena voluntad; pero solo

beberemos en la refaccion, si teneis por bien hacérnosla servir:

vuestras mercedes beban, y mientras, nosotros _exultemus_, _et

lætemur_.

—A la buena de Dios, dijo Ferrus vaciando su copa. ¿Y este padre que

nada dice, es que no sabe latin, como si fuera alcaide?

Miraban los dos frailes á Ferrus, como buscando en sus ojos si

encerraria alguna intencion ó sospecha aquella pregunta hecha de

aquel modo, ó si seria meramente casual é hija de la poca aprension

del que la hacia. Parecióles en conclusion, que no se podia leer

en los ojos de Ferrus sino la espresion del mosto, y no dudó en

responder con cierta serenidad el mismo padre.

—Mi superior está achacoso; es sordo ademas _tanquam tabula_...

—Sí, que es gran sordera, repuso Ferrus, presumiendo que asi se

llamaba la enfermedad del padre.

—Y un tanto tierno de ojos, que es la razon de verle la capucha tan

sobre ellos como notarán vuesas mercedes. La humedad, sobre todo, de

esta noche debe de haberle perjudicado mucho. _Benedictus qui venit._

Venga ó no venga, añadió para sí el padre.

Efectivamente, no se le veía apenas rostro al padre que habia

permanecido callado. Ocultábale el medio de abajo una larga barba

blanca, y su capucha le envolvia todo el medio de arriba.

—¿Y viajan siempre vuesas reverencias con esos mozos de estribo?

preguntó Ferrus, reparando en un hermoso alano que casi detras del

padre silencioso reposaba, y que habia entrado sin ser antes de ellos

sentido.

—¡Ah! repuso el padre. Dios nos perdone esos medios mundanos de

defensa. Aunque _manet nobiscum dominus_, bueno es llevar ademas

un amigo consigo. Es el perro del convento: nuestro reverendo abad

no quiso que en estos tiempos de salteadores, ni el padre Juan, ni

yo, padre Modesto, como me llaman, para servir á Dios y á vuesas

mercedes, nos viniesemos sin ese corto ausilio siquiera para nuestra

seguridad, si bien _Deus vigilat_.

—¿Y de dónde, bueno padre mio? preguntó Ferrus con audaz curiosidad.

—De Jaen, hijo, repuso con estremada serenidad el padre; sí, hijo, de

Jaen. Llevamos una comision secreta, que bajo la fé de la obediencia

no podemos revelar, para el reverendo prior del convento de Andujar

de nuestra misma orden, que es como veis de San Francisco, hijos

mios; pensábamos haber caminado toda la noche, y haber llegado alli

antes de la mañana; empero Dios que nos ha enviado esta agua, y

los achaques de mi compañero, nos han obligado á pedir hospedage.

_Introibo_, dijimos, _ad altare_.

—Y bien dicho, habló por fin el camarero, que habia estado hasta

entonces observando al silencioso fraile, muy bien dicho, aunque

nosotros no lo entendamos. Pero lo dijo vuestra reverencia, y basta:

si les parece á sus reverencias, que vendrán cansados, prosiguió

el cortesano camarero, harémosles servir la refaccion para que se

retiren, señor Ferrus.

—_Amen_, repuso el padre: tanto mas cuanto que mañana hemos de

salir á la madrugada, si dais orden de que nos abran temprano en el

castillo.

—Daránse las órdenes todas que fueren necesarias, repuso Ferrus,

apartándose y hablando al oido al camarero. Pero ved que las

centinelas no se han relevado aun.

—Pudierais vos mudarlas, le contestó Rui Pero, mientras yo hago

disponer la cena; estos buenos padres nos dispensarán si los dejamos

solos un instante por su propio servicio.

—_Ite, misa est_, replicó el padre echando una bendicion gravísima á

entrambos alcaides, que se dieron el brazo mutuamente á pesar de sus

interiores rencillas, sin duda olvidándolo todo en momentos en que

necesitaban tanto de recíproco apoyo, y salieron de la sala.

—¡Cuerpo de Cristo! Por vida de Diego Gil y Martin Bravo, los mas

famosos monteros de Castilla, que Dios perdone, esclamó el padre

silencioso soltando una carcajada algo reprimida por la prudencia.

¡Voto va! que nunca hubiera dicho, fray Juan ó fray Peransurez,

que tañeseis de ladradura con tal primor. Por mi venablo que se os

entiende de cazar en latin á las mil maravillas.

—¡Prudencia, Hernando! Sepamos lo que nos hacemos, ya que yo no sé

lo que me digo. ¿No os previne de que fuí monacillo y sacristan en

cierto tiempo, durante el cual, si mucho escatimé el rastro de las

vinagreras de la Almudena, no por eso dejé de oir las vocinas de los

padres en el coro? aprendí á tañer la mia en latin como habeis visto,

y alguna palabra entiendo voto á tal de cada ciento que digo.

—Pobre venado es este, Peransurez: es nuestro, dijo Hernando.

Hace la señal del pezuño chica, y va en la reduña, ¡voto á tal! No

tardarémos en tañer de oscisa. ¿Pondrémosle canes?

—Ved no nos obliguen á tañer de traspuesta: mirad que se levanta ya

el venado á la ceba. Yo os avisaré el momento.

—Los tiempos nos dirán, conforme vengan...

—Sí; pero ved, Hernando, que no es lo dificil la entrada; mirad por

la salida...

—Dios proveera, y mi venablo, repuso Hernando componiendo sus

hábitos, y echando de nuevo su capucha. Ya vienen hácia el buitron.

Volvian en esto ya los dos alcaides. No tardó mucho tiempo en

cubrirse la mesa, á la cual se sentaron los cuatro con la mayor

armonía y fraternidad. Poco tiempo hacia que cenaban, con imprudente

abandono Rui Pero y Ferrus, con mas reserva y comedimiento los dos

frailes, cuando llamó á las puertas del castillo un espreso que

enviaba el conde de Cangas y Tineo. Abriéronle inmediatamente, é

introducido en la sala echóse de ver en su traza que habia corrido

mucho, y que debia de ser en gran manera interesante su mensage.

Tomó Rui Pero el pliego cerrado que para él traía, y apartándose un

poco leyóle rápidamente, manifestando bien á las claras en su rostro

cuánta sorpresa le infundia.

—Señor Ferrus, grandes novedades, dijo despues de haberle recorrido.

—¿Qué decís? preguntó Ferrus tartamudeando.

—Nuestro señor el ilustre conde de Cangas y Tineo, maestre de

Calatrava, se halla á pocas leguas de aqui...

—¿Cómo? esclamó Ferrus levantándose.

—Sí, parece que el dia despues de vuestra salida de Madrid llegó

á la corte la nueva de los disturbios de Sevilla. Las cartas y

pesquisidores que envió su alteza á esa ciudad el mes pasado

para poner en paz los bandos que han estallado entre el conde de

Niebla, su primo, y el conde don Pedro Ponce y otros caballeros

y veinticuatros, no surtieron efecto, y el mal se acrecienta por

momentos. Temeroso su alteza de los resultados de tan grave daño,

hizo suspender su viage á Otordesillas: háse contentado con espedir

pliegos anunciando á la reyna doña Catalina que irá allá desde

Sevilla, y mandando disponer para entonces las funciones reales y

torneos que se preparaban en solemnidad del nacimiento del príncipe

don Juan. Háse traido consigo á los principales señores de la corte,

y esta noche debe dormir en Andujar.

—Gran novedad, por cierto, dijo Ferrus.

—Añádeme su señoría que en ese pueblo permanecerán tres dias, por

hallarse señalada para mañana la prueba del combate. Encárganos con

este motivo, añadió Rui Pero al oido de Ferrus, la mayor vigilancia.

—¡Voto á tal! no hay cuidado, dijo Ferrus dando una carcajada. No

vencerá el doncel. ¿Y piensa venir su grandeza por aqui?

—Parece que no, pues de Andujar pasa su alteza á Córdoba; desde

alli irá en la barca grande, el Guadalquivir abajo, á Sevilla, pues

que está su alteza muy doliente, y no le deja caminar á caballo su

físico Abenzarsal. Pero en atencion á todo esto, yo partiré mañana de

madrugada.

—Sea en buen hora, como gusteis, repuso Ferrus. Esto entre tanto

no altera el orden de nuestra cena. Podeis retiraros, buen hombre,

añadió Ferrus al emisario.

—Que os den de cenar, dijo Rui Pero al mismo, y disponeos mañana á

venir conmigo á la corte.

Retiróse el emisario, y siguieron cenando nuestros cuatro paladines,

y conversando acerca de la determinacion del rey, y del singular

acaecimiento que los habia acercado tanto á la corte.

—Bueno fuera, señor alcaide, dijo Peransurez dirigiéndose á Ferrus,

que era el mas afectado del licor, bueno fuera que hubieseis de

hospedar en este castillo á la corte...

—¡Ba! dijo Ferrus; no pasa por aqui, y ademas en un castillo

encantado...

—¡Encantado! Dios nos perdone, dijo con afectado escrúpulo el padre.

—¿No ha oido hablar nunca el padre de la mora Zelindaja, Zelindaja la

mora...? siguió Ferrus con dificultad, y riéndose á cada palabra con

la estúpida espresion de la embriaguez.

—¡Hola!

—¡Voto va! pues la mora... rico vino es este, padre; ¿no bebeis?

—Proseguid, dijo el padre haciendo con su mano un ademan de agradecer

el ofrecimiento.

—La mora, pues... vaya otro trago, señor Rui Pero.

—¿Y la mora? preguntó el padre.

—La mora... Zelindaja quereis decir, la que está encantada en la

torre...

—¿En la torre?

—Sí; aqui arriba sobre nosotros. ¡Pero qué vino! ¡qué paladar! ¿os

dormís, señor Rui Pero? ¡voto va!

—¿Con que arriba? preguntó el padre.

—Por ahí la llaman la mora, y dicen que aparece, y que... ¡ah!

¡ah! ¡ah! añadió Ferrus soltando una carcajada, y mirando el vino

que contenia aun la copa. ¿Qué haceis vos ahí, prosiguió vuelto en

seguida á los que le servian la mesa, escuchando, espiando, á ver

si se me escapa alguna imprudencia? Belitres. Si esperais á que yo

os diga donde está el preso... larga la llevais. Fuera de aqui;

llamaremos cuando os hayamos menester.

Diciendo y haciendo, se levantó Ferrus con trabajo, y cerró la

puerta despues que hubieron salido los sirvientes, espantados de las

palabras del alcaide.

—¿Con que el preso...? señor alcaide de... prosiguió Peransurez, que

asi como su compañero no perdia una palabra ni una accion de las que

se le escapaban al imprudente mancebo.

—El preso no se escapará mientras pendan de mi cintura las llaves

todas del alcázar. ¡Ah! ¡ah! ¡ah! notad, padres mios, la figura que

hace un camarero dormido, prosiguió Ferrus riéndose á carcajadas, y

señalando con el dedo la boca abierta del buen Rui Pero, á quien la

hora, el sueño, el vino y el cansancio tenian cabeceando sobre su

poltrona. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!

Al llegar aqui tocó Peransurez por bajo de la mesa el pie de

Hernando, que de puro impaciente no hacia ya mas que moverse habia

gran rato. Levantándose á un tiempo los dos, precipitóse cada uno

sobre el que tenia al lado. Tocóle á Peransurez el dormido Rui

Pero, que se halló ya maniatado y tapada la boca antes de acabar de

despertar: á Hernando Ferrus, cuyo asombro fue tal al ver levantarse

de repente, y en aquella tan inesperada forma, á los dos reverendos,

que no fue dueño de gritar ni de oponer la menor resistencia al

montero, el cual asi lo fajaba con sus poderosas manos como si fuese

un niño. Pusieron nuestros dos amigos á cada uno de los alcaides

un palo de hogar atravesado en la boca, y sugeto con cordel que

preparado llevaban, á manera de mordaza, y atáronlos en seguida

fuertemente de pies y manos á sus mismas poltronas, dejándolos

conforme se hallaban colocados, es decir, uno enfrente de otro con

la mesa en medio y sus copas delante. Era cosa de ver la figura

que hacian sin poderse mover ni remover ambos con la boca abierta,

y mirándose con ojos aun mas abiertos, sin acabar de comprender

si estaban encantados por el moro del castillo, ó si habrian dado

hospedage á dos diablos del otro mundo que venian á castigar su

descompuesta vida.

Hecho esto por nuestros dos reverendos, y apoderados ya del manojo

de llaves que pendian del cinto de Ferrus, fue su primer cuidado

recapacitar lo que acababan de oir al ébrio alcaide.

Parecia por el misterio de sus palabras que la torre era el lugar

del castillo destinado al prisionero. Estaban en ella, pero era

indispensable hallar una subida, y si habia dos, aquella en que

estuviesen menos espuestos á ser notados, ó á encontrar importunas

centinelas. En punto á esto convinieron que era preciso ponerse

en manos de Dios, que veía sus intenciones, y no dejaria de

favorecerlas; y echáronse á buscar una subida, que no tardaron en

encontrar. Probando llaves lograron abrir una puertecita encubierta

detras del hogar por un tapiz viejo: empujáronla, y una escalera

oscura les probó que habian dado con lo que necesitaban. Armado cada

uno de un agudo venablo, y llevando en la mano izquierda Hernando,

que iba delante, una linterna sorda de metal, diéronse á subir con la

mayor confianza en Dios, donde los dejaremos, ora trepando escaleras,

ora recorriendo largas y oscuras galerías, ora, en fin, probando

llaves en cada puerta que encontraban, todo con el mayor silencio

posible por no dar la alarma en el castillo.

Hallábase colocado el cuarto, donde se divisaba la misteriosa luz

desde los alrededores de la fortaleza, en el estremo de una galería,

y como quiera que las puertas fuesen todas de la mayor seguridad,

no se creía prudente establecer centinelas demasiado inmediatas. Al

único que hácia aquella parte se ponia, preveníasele de antemano

que no se separase del estremo de la galería mas distante de la

prision. El que se hallaba á la sazon en aquel punto era un mancebo

profundamente ignorante acerca de las circunstancias de los presos

que parecian custodiarse con tanto interes en la fortaleza, pero que

habia oido hablar lo bastante del encantamiento del castillo, y de

la voz nocturna, para no tenerlas todas consigo en aquella incómoda

faccion.

—Por Santiago, decia apoyándose en su partesana, que no entré yo al

servicio del señor conde para habérmelas con brujas y hechiceros;

este instrumento que bastaria para matar millones de moros, unos

despues de otros se entiende, acaso no seria suficiente á hacer un

ligero rasguño en la mano del moro que fundó este maldito castillo.

Dicen que la señal de la cruz es grande arma contra las artes del

demonio, añadia en otro paseo de los que daba, sin apartarse mucho de

su puesto como el que tiene miedo ó frio; y siendo esto cierto, ¿cómo

es que hay cristianos hechizados? Cuerpo de Cristo, si me hechizasen

tengo para mí que lo que mas habia de sentir habia de ser aquello del

no comer y del no dormir; ¡voto va!

En estas y otras reflexiones cogió entretenido al mancebo cierto

profundo gemido que salió del estremo opuesto de la galería.

—¡Santa María! esclamó dando diente con diente el faccionario.

Asunto concluido. ¿Si será la mora que viene á pedirme su esposo,

segun dicen las gentes que lo pide todas las noches á los ecos?

Sin embargo, yo no soy eco, añadió lastimeramente como si quisiese

conjurar el encanto con esta lógica observacion.

Otro gemido mas prolongado resonó de alli á poco, y el ruido de una

cadena arrastrada por el suelo se prolongó hasta el infinito en el

oido del infeliz.

—¡Santo Dios! decia el soldado, y persignábase tan de prisa como

si fuese la última vez que habia de persignarse en su vida, y sin

apartar los ojos del punto de donde él se figuraba que salia el ruido.

En esto estaba á la orilla de la escalera, y vuelto de espaldas á

ella, cuando dos manos de hierro, apoderándose de sus piernas, le

levantaron en alto.

—¡Perdon, señora Zelindaja, perdon! clamó con voz medio ahogada el

miserable, y pasando por encima de la cabeza de un padre Francisco, á

quien no tuvo siquiera tiempo de observar, cayó rodando de espaldas

por la escalera, hasta una puerta que habian cerrado tras sí nuestros

aventureros, donde quedó casi exánime y sin sentido.

—¿Hay mas? dijo Peransurez mirando á todas partes.

—No, repuso Hernando: aquella debe ser su prision: ¿no oís una cadena?

—Él es; apresurémonos. Sacando en seguida el manojo y llegando á la

puerta comenzaron á probar llaves en la cerradura. Abrió, por fin,

una de las mas gruesas, y entrambos se precipitaron dentro de la

prision, igualmente impacientes de dar libertad al encadenado doncel.

Una lámpara mortecina lucia siniestramente sobre un pedestal.

—¡Basta, crueles, basta ya! esclamó una voz penetrante, arrojándose

á sus pies al mismo tiempo, con todo el desorden del dolor y de la

desesperacion, una figura cadavérica vestida de negras ropas.

Dificil fuera pintar el asombro de nuestros dos reverendos al ver

venir sobre ellos aquella estraña sombra, que no era otra cosa lo que

á su vista se ofrecia, y el sobrecogimiento de la víctima luego que

paró la atencion en sus nuevos huéspedes; de tan distinta especie que

los dos hombres que hasta entonces habian solido visitar su encierro

para traerla el alimento.

—Religiosos, Santo Dios, religiosos, esclamó ésta. Habeis oido,

señor, por fin mis oraciones, y el bárbaro me envia estos emisarios

de vuestra palabra divina para ausiliarme en los últimos momentos de

esta vida miserable. Lo acepto, señor, lo acepto.

Un mar de lágrimas corrió de los ojos hundidos de la encarcelada,

que abrazaba con religioso fervor el hábito de Hernando: éste,

inmóvil en su puesto no sabia qué interpretacion dar á aquella

horrible escena. Todo el valor de Peransurez le habia abandonado;

creíase efectivamente delante de la encantadora mora, y estaba ya

á dos líneas de maldecir en su corazon su osadía y su malhadada

incredulidad.

Repuesto algun tanto Hernando de su primera sorpresa, hízose atras

cuanto pudo, desviando su hábito del contacto de la infeliz. Ésta,

levantando entonces la cabeza, y sacudiendo sobre los hombros una

larga cabellera, único resto de su antigua hermosura, quedó mirando

largo rato á nuestros amigos sin atreverse á proferir una palabra.

—Quien quiera que seais, dijo por fin animándose Hernando, y

descubriendo su rostro, ser de este mundo ó del otro, mora ó

cristiana, hablad: ¿qué nos quereis?

—Hernando, ¿sois vos? esclamó la víctima levantándose, despues de

haber mirado largo rato con la mayor duda y agitacion al montero

espantado. ¡Ah! no, continuó, ¡Hernando era montero! y volvió á caer

en el mismo estupor.

No pudo menos Hernando al oirse nombrar por la fantasma, como un

antiguo conocido, de fijar mas en ella la atencion; y agarrando

con una mano á Peransurez, que á su derecha y un poco detras de él

estaba,—¡Cielos! esclamó sin apartar los ojos de la figura negra.

Dejadme; ¿seria posible?

—¡Ah! conocedme, sí, gritó levantándose y asiendo la lámpara la

infeliz, conocedme si me habeis visto alguno vez; hé aqui en mi

rostro los efectos de su barbarie; no soy la misma ya: no soy

hermosa... el llanto, el dolor me han afeado. Miradme bien, miradme,

prosiguió acercando la luz á su semblante.

—¡Ella, ella es! Peransurez, salvemonos, gritó Hernando retrocediendo.

—¿Adónde? no: ¿adónde? Deteneos. Yo saldré tambien con vosotros.

—¡Vivís aun, señora! esclamó Hernando al sentirse detenido por la

víctima ¿vivís?

—Vivo; sí, vivo para llorar y padecer: tocadme aun si lo dudais.

—¿Es falsa vuestra muerte? ¿Sois vos, señora?

—¿Mi muerte decís? preguntó la desdichada. El bárbaro la ha

propalado. ¡Justicia, señor; misericordia! añadió levantando los ojos

al cielo. Por piedad continuó, ¿quién sois el que tanto os pareceis

al montero de don Enrique? ¿Qué os trae á esta prision?

Hernando, sumido en el mas profundo letargo, apenas reconocia debajo

de aquella palidez y cadavérico aspecto á la hermosa que tantas veces

habia visto triunfante en el mundo de lujo y de belleza.

—¡Monstruo! dijo por fin para sí: ¡monstruo abominable!

—¿Quién sois? acabad; y ¿qué quereis? tornó á preguntar la encerrada:

¿venís á prolongar mis males, á remediarlos por ventura?

—A salvaros, señora, repuso Hernando. Conocedme ¡voto va! El montero

Hernando, señora, os ha de sacar de esta maleza.

—¿Con que no me habia engañado? ¡Ah! Decidme, ¿por qué feliz azar os

veo, y cómo en ese trage?

—El montero de ley, señora, no caza siempre del mismo modo: dejemos

para mejor ocasion ese punto. Ved que necesitamos salir del monte.

¡Ea! Venid con nosotros.

—¿Con vosotros? Adónde: ¡ah! no me engañeis. Mas facil es que me

mateis aqui. ¿Qué resistencia puedo oponeros? Si sois tan crueles

como todos los que hasta ahora he visto en este castillo...

—¿Qué hablais, señora? no veniamos á salvaros: no presumiamos

siquiera que vivieseis: el bárbaro que ha osado reduciros á este

estremo no se ha contentado con una presa. Sin embargo en el momento

actual vuestra presencia nos hace mas falta de todas suertes que

un ojo avezado al cazador. Vuestra presencia va á confundir la

iniquidad, y á atajar acaso un torrente de sangre.

Mucho tardaron Hernando y Peransurez en determinar á la desdichada á

que los siguiese; sus preguntas exigian larguísimas esplicaciones,

que no podian darse en aquel momento sin comprometer la suerte de una

espedicion tan incierta y azarosa ya por sí. A poder de ruegos en

fin y de observaciones logróse de ella que dejase el satisfacer sus

dudas para mejor ocasion; el tiempo urgía: nuestros dos reverendos

habian pasado ya gran parte de la noche en dar con la prision, y

despues de tantos afanes faltábales aun desempeñar la verdadera

mision que en tal peligro les habia puesto.

Resolvióse unánimemente que Hernando se despojaria del hábito que

sobre su trage traía, y que lo vestiria lo mejor que pudiese la

recien libre cautiva, porque si bien su estatura era muy diversa,

tambien era de advertir que habian entrado de noche, que iban á salir

al rayar el alba, y que probablemente no estarian á su salida de

faccion los mismos que lo habian estado á su entrada. Dos frailes

habian entrado: dos frailes salian: nada habia que decir, si durante

la noche no se descubria su accion, cosa dificil, pues habian quedado

cerrados por dentro y amordazados Ferrus y Rui Pero. A la salida

ningun ostáculo podrian encontrar dos frailes, pues durante la cena

se habia dado la orden de abrirles el rastrillo en cuanto se dejasen

ver á la puerta al amanecer.

Cortó, pues, Hernando el hábito con su cuchillo de monte, y dejólo

mas adaptado á la estatura de la hermosa. Hecho lo cual trataron

de buscar por la parte, que no habian recorrido aun, la prision del

doncel, dejando para despues de encontrarla el determinar la forma

de sacarle y salir el mismo Hernando del castillo, cosa que á éste

le parecia sencillísima; pues todo se lo parecia cuando era hecho en

obsequio de su señor, y cuando tenia en la mano su venablo y al lado

su fiel Bravonel; el cual los seguia silenciosamente toda la noche

como si estuviera penetrado de lo mucho que convenia el sigilo en

aquella peligrosa tentativa.

[Ilustración]

El doncel de don Enrique el doliente, Tomo IV (de 4) Historia caballeresca del siglo quince · 第 9 / 17 题