La historia guarda un profundo silencio relativamente á los pormenores
que acompañaron á las luchas de hombres con toros en un crecido número
de años. Hasta el reinado de Alfonso VI[1] no se hace mencion de ellos
como entretenimiento de la nobleza; y todos convienen en que el célebre
caballero Ruy, ó Rodrigo Diaz del Vivar, llamado el Cid Campeador, fue
el que por primera vez alanceó los toros desde el caballo.
Esta accion, hija del estraordinario valor y bizarría de aquel héroe,
dió orígen á un nuevo espectáculo que con general aceptacion vino á
sustituir al que se usaba en el siglo undécimo, que consistia en soltar
un cerdo, y luego dos hombres con los ojos vendados y armados con un
palo, los cuales iban dando hasta que uno topase con el cerdo, que
entonces era suyo; y la mayor diversion era cuando los dos
equivocadamente se apaleaban.
Si la nobleza y relevantes prendas de las personas que se dedican á tal
ó cual diversion, honesta se entiende, es suficiente motivo para
reputarla por buena y tenerla en estima, la lucha de toros gozará la
preeminencia, por haber sido el mas valiente caballero español el
primero á quien se le vió lidiarlos. No obstante, algunos creen que en
tiempo de los romanos se conocian ya estas fiestas en España, y apoyan
su opinion no solo en la historia, sino tambien en los restos de los
famosos anfiteatros que existen en Toledo, Mérida y otros pueblos; pero
aunque asegura aquella que los romanos eran muy aficionados á las
contiendas de hombres con fieras, no consta de manera alguna que los
toros fueran empleados para ellas, y sí otros animales; y es digno de
atencion que en Roma no se hubiese perpetuado esta diversion, siendo
propia de aquella república, y sí en España, que fue solamente una de
sus provincias conquistadas. Tampoco fundada me parece la opinion de los
que creen que los godos conocieron como espectáculo estas fiestas, y
creo que bastará ver lo que Manuel García dice en su _Epítome de las
recreaciones públicas_, página 226, para convencerse del poco fundamento
que tiene.
En el año 1100 estaba ya estendida la fiesta de toros, y conocida como
peculiar de los españoles, pues que el licenciado Francisco de Cepeda en
su _Resumpta historial de España_ dice llegando á esta época: “Se halla
en memorias antiguas que se corrieron (este año) en fiestas públicas
toros; espectáculo solo de España.” Se fomentó mucho esta diversion
cuando los príncipes, amonestados por el celo de los eclesiásticos,
proscribieron todas aquellas cuyas consecuencias eran á menudo funestas,
entre las cuales no comprendian los toros; lo cual es mucho de notar, y
viene en apoyo de lo racional y seguro que tienen.
Desde esta época la nobleza se dedicó enteramente á esta clase de
distraccion, que era privativa suya, y no habia ningun acontecimiento
de utilidad y alegría pública que no se solemnizase con corridas de
toros. Asi es, que nuestras crónicas nos dicen, que cuando Alfonso VII
casó en Saldaña con doña Berenguela la chica, hija del conde de
Barcelona, en el año de 1124, hubo entre otras diversiones la de correr
toros; y cuando el rey don Alfonso VIII casó á su hija doña Urraca con
el rey don García de Navarra, hubo en la ciudad de Leon dicha fiesta. La
reputacion que se iba adquiriendo era tal, que pensaron en establecerla
en varias partes fuera de España, principalmente en Italia, pero siempre
iban las reses enmaromadas y con perros; y no obstante estas
precauciones, sucedió en Roma el año de 1332, que murieron en las astas
de los toros diez y nueve caballeros romanos y muchos plebeyos, sin
contar los heridos, que fueron muchos, y de los que probablemente
moriria alguno; lo cual nunca sucedió en España, á pesar de la mayor
bravura de los toros, y de las mayores habilidades que con ellos se
hacian. Este suceso fue causa de que se prohibiesen en Italia,
convencidos de lo indispensable que es para torear con seguridad reunir
el valor de los descendientes de Rómulo, y la destreza que á par de
aquel brilla en el español.
En el reinado de don Juan II llegó á su punto la galantería
caballeresca, que se mezcló en toda clase de pasatiempos, y dió nuevo y
poderoso impulso á la diversion de que tratamos. Tres fueron las grandes
causas que concurrieron á fomentar con tanta rapidez el engrandecimiento
de este espectáculo: la primera, el espíritu de galantería que como
hemos dicho se introdujo en ellos, haciendo que cada caballero
comprometiera y dedicara á su dama los esfuerzos de su valor, la cual
habiéndolos presenciado, y juzgando por ellos si aquel caballero era
bastante valiente para merecer su atencion, premiaba sus afanes con un
distinguido favor. La segunda fue la parte que en ellas tomaron los
soberanos, pues no solo las autorizaban con su presencia, sino que
alternaban con los nobles en las lides, disputándoles como caballeros el
premio que la belleza guardaba al mas diestro y galan. La última causa
que concurrió fue la emulacion que existia entre la nobleza y los
caballeros moros de Granada, nacida por el trato que tanto en paz como
en guerra tenian con ellos; y como fueron muy frecuentes entre estos las
fiestas de toros hasta el tiempo del rey Chico, y hubo muchos muy
diestros, como fueron Malique-Alabez, Muza y Gazul, que hicieron
célebres sus nombres y habilidad en la plaza de Bibarrambla, de aqui es
que aquellos tratasen de imitarlos, y hacerles ver que en nada cedian
los caballeros castellanos á los musulmanes españoles.
Cuando en 20 de octubre del año 1418 casó el rey don Juan con doña María
de Aragon, hubo en Medina del Campo dichas fiestas de toros, y en el
reinado de Enrique IV se aumentó mas su esplendor; pero es imposible
marcar con fijeza la época en que esta diversion tomó el aspecto de
espectáculo público y nacional, y dejó de aparecer como un
entretenimiento de los guerreros y caudillos mas famosos: las leyes de
Partida la cuentan entre los espectáculos ó juegos públicos: la 57, tít.
15, parte 1, la menciona entre aquellas á que no deben concurrir los
prelados. Otra (la 4, parte 7, tít. de infamados) puede dar sospechas de
que en aquel tiempo se ejercia ya este arte por personas mercenarias,
pues que condena á infamia á los que lidian con fieras bravas por el
dinero: y de una ordenanza del fuero de Zamora se deduce que hácia fines
del siglo XIII habia en aquella ciudad plaza ó sitio determinado para
tales fiestas.
De cualquier modo que sea, ello es indudable que este fue uno de los
ejercicios de destreza y valor á que se dedicaron los nobles de la edad
media. La crónica del conde de Buelna es buen testimonio de ello: hé
aqui las palabras del cronista ensalzando el valor de este paladin,
triunfante tantas veces en las justas de Castilla y Francia, y que tanto
se distinguió en los juegos de Sevilla celebrados para festejar el
recibimiento de Enrique III cuando llegó alli desde el cerco de Gijon.
“E algunos (dice) corrian toros, en los cuales non fue ninguno que tanto
se esmerase con ellos asi á pie como á caballo, esperándolos, poniéndose
á gran peligro con ellos, é faciendo golpes de espada tales que todos
eran maravillados.”[2]
Esta diversion continuó estendiéndose y perfeccionándose, y se sabe que
fue una de las fiestas con que el condestable Sr. de Escalona celebró la
llegada de don Juan el II cuando vino por la primera vez á esta villa.
Enervándose algun tanto el espíritu marcial por la renovacion de los
estudios que iba haciendo nacer el gusto de las letras, fue mirada por
algunos la lucha de toros como diversion espuesta y sangrienta, de lo
que no hay que maravillar, pues desconociéndose las reglas y recursos
que hoy ponen tan á salvo á los lidiadores, solia alguna vez haber
disgustos y desgracias. Gonzalo Fernandez de Oviedo pondera la aversion
con que la piadosa Isabel la Católica vió una de estas fiestas, y fue
tal su disgusto, que pensó en proscribir de sus dominios tal
espectáculo; pero los partidarios que tenia, que eran muchos, y
principalmente entre los nobles, deseosos de conservar una diversion tan
acomodada al espíritu del siglo, propusieron á la reina envainar las
astas de los toros en otras mayores que fuesen de cuero, y vueltas las
puntas hácia atras, con lo que se templaba el golpe, y no se podrian
verificar heridas penetrantes. Este medio fue aplaudido y abrazado
entonces; pero ningun testimonio he visto que asegure la continuacion de
su uso, lo cual prueba, á mi parecer, que distraida la reina de su
propósito volvieron á gozar sin traba alguna de su favorita diversion.
Viene en apoyo de esta opinion la carta que desde Aragon escribió esta
virtuosa reina en el año de 1493 á su confesor Fr. Hernando de Talavera,
en que decia: “De los toros sentí lo que vos decis, aunque no alcance
tanto; mas luego alli propuse con toda determinacion de nunca verlos en
toda mi vida, ni ser en que se corran, y no digo defenderlos (esto es,
prohibirlos) porque esto no era para mí á solas.”
Llegó pues á estenderse y á autorizarse tanto esta diversion, que el
emperador Cárlos V, á pesar de no haber nacido ni criádose en España,
mató un toro de una lanzada en la plaza mayor de Valladolid, en
celebridad del nacimiento de su hijo Felipe II. En este mismo año una
señora de la antigua y noble casa de Guzman casó con un caballero de
Jerez, conocido por el _Toreador_. El célebre conquistador del Perú don
Fernando Pizarro era muy diestro y valiente rejoneador; y del famoso
don Diego Ramirez de Haro se cuenta que daba á los toros grandes
lanzadas cara á cara y á galope, y sin anteojos ni banda el caballo. El
rey don Sebastian de Portugal era tambien un hábil rejoneador. Se hallan
estas noticias y otras curiosas en el libro de ejercicios de la gineta,
que escribió don Gregorio Tapia y Salcedo en el año 1643, y en el que
tambien se hallan reglas para torear á caballo, pues en aquel tiempo era
este ejercicio una de las partes mas esenciales de aquel arte. Felipe
III en 1619 renovó y corrigió la plaza de Madrid, lo que prueba que este
monarca tenia en aprecio esta diversion. Don Felipe IV no solo la
protegió, sino que tambien rejoneaba y alanceaba desde el caballo, y ya
en su tiempo se iban reduciendo á una especie de arte sus reglas, como
se puede ver en las que imprimió en Madrid don Gaspar Bonifaz, del
hábito de Santiago y caballerizo de S. M. Don Luis de Trejo, del orden
de Santiago, tambien imprimió en Madrid unas advertencias para torear.
Don Diego de Torres escribió tambien unas reglas de torear, que se han
perdido, y que hay razones para creer que serian para los de á pie, lo
cual hace mas sensible su pérdida, en atencion á que todos los autores
arriba mencionados, y muchos mas que pudiera citar, escribieron con
particularidad para los de caballo; y no encuentro quien trate
espresamente de los de á pie, si esceptuamos á Novelli, hasta el año de
1750 en que lo hizo don Eugenio García Baragaña, cuyo escrito se
imprimió en Madrid ese mismo año.
El reinado de Cárlos II fue el último en que estas fiestas gozaron de su
esplendor y nobleza. La plebe no se podia mezclar en ellas, pues hasta
entonces gozaban de la aristocracia con que las verificaron los moros de
Toledo, Córdoba y Sevilla, cuyas cortes fueron en su tiempo las mas
cultas de Europa, y de las cuales tomaron los españoles el ceremonial de
este espectáculo; por lo que dice Bartolomé de Argensola:
Para ver acosar toros valientes,
Fiesta un tiempo africana y despues goda,
Que hoy les irrita las soberbias frentes &c.
Asi es que los caballeros, á imitacion de aquellos, ejecutaban todas las
suertes desde el caballo, y solo se apeaban en el lance que llamaban
_empeño de á pie_; en este caso se bajaba el caballero por haber perdido
el sombrero, guante ó algun otro de sus atavíos, ó bien porque el toro
le hubiese herido ó muerto el caballo ó alguno de los peones que para su
defensa llevaba; y no debia montar ni recoger lo perdido hasta haberle
quitado la vida. Se dice que en esta ocasion don Manrique de Lara y don
Juan Chacon cortaron á la fiera el pescuezo á cercen de una cuchillada.
Dejaron tambien renombre los caballeros Cea, Velada y Villamor; el duque
de Maqueda, Cantillana, Ozeta, Bonifaz, Sástago, Zárate, Riaño y otros
muchos celebrados por Quevedo. Fueron tambien famosísimos el conde de
Villa-mediana y don Gregorio Gallo, caballerizo de S. M. y del orden de
Santiago, el cual inventó la espinillera para defensa de la pierna, por
lo que entonces se llamó gregoriana, y que nuestros picadores conservan
llamándola _mona_.
A fines del siglo XVII rejoneaban con general aplauso en Zaragoza
delante de don Juan de Austria dos nobles caballeros llamados Pueyo y
Suazo, celebrados por el poeta Tafalla. Tambien eran famosos el marqués
de Mondejar, el conde de Tendilla y el duque de Medina Sidonia, el cual
era tan diestro y valiente con los toros, que no recelaba de que el
caballo fuese bien ó mal cinchado, pues decia que las verdaderas cinchas
habian de ser las piernas del ginete. Este caballero mató dos toros de
dos rejonazos en las bodas de Cárlos II con doña María de Borbon en el
año de 1673, y rejonearon entre una multitud de grandes el de Camarasa y
Rivadavia.
Cuando don Nicolas Rodrigo Novelli imprimió en 1726 su cartilla de
torear, eran diestros caballeros don Gerónimo de Olazo y don Luis de la
Peña, del hábito de Calatrava y caballerizo mayor del duque de Medina
Sidonia; tambien lo era don Bernardino Canal, hidalgo del Pinto, que fue
muy celebrado y aplaudido cuando rejoneó delante del rey el año de 1725.
El reinado de Cárlos II fue el de mas esplendor sin duda alguna para las
fiestas de toros; pero Felipe V, que subió en seguida al trono, mostró
tal aversion á ellas, que la nobleza dejó de verificarlas; por lo que
perdieron el carácter que las habia distinguido, pues aunque no
faltaban algunos caballeros que por su decidida aficion hicieron alguna
suerte con los toros, sin embargo, era privadamente para satisfacer su
deseo, pero no ya con el prestigio de ser un ejercicio peculiar y
honroso de la clase distinguida; y si fue un mal para la grandeza y
pompa del espectáculo la aversion del monarca, recibia por otra parte un
impulso estraordinario hácia su perfeccion como arte, y adquirió una
popularidad tal que se hizo general la aficion. Continuó estendiéndose
en los siguientes reinados, y habiendo hecho el gobierno construir en
algunas partes del reino plazas á propósito para estos espectáculos, y
destinado su producto para varios objetos de beneficencia, el interes
llamó á la arena una clase de hombres atrevidos, que con su aplicacion
hicieron nuevos juguetes y cambiaron del todo el modo de torear. El
toreo de á pie debe á ellos su perfeccion; pues antes de esta época solo
en el caso de que ya hicimos mencion arriba, llamado _empeño de á pie_,
ó cuando se tocaba á desgarretar, era que se veía hacer una que otra
suerte; pero era tanta la confusion en el último caso, y tanto el
bullicio que para dar muerte al toro sin orden ni estudio acudia, que
hoy no podriamos verlo sin tedio, pues las novilladas de los lugares ó
el toro embolado son fiestas mas arregladas y divertidas. Todavía el año
de 1725 se mataron los toros á desgarrete por la plebe en la plaza de
Madrid delante de SS. MM. Los encargados principalmente de esta
operacion eran esclavos moros, por lo que Lope de Vega dice en su
Jerusalen hablando de desgarretar...
...... Que en Castilla los esclavos
Hacen lo mismo con los toros bravos.
Gerónimo de Salas Barbadillo, Juan de Yagüe y otros autores
contemporáneos dicen que cuando no habia caballeros que matasen los
toros, lo hacian desde los tableros con garrochas ó lanzas, y ya en este
tiempo habia quien capease á pie, lo cual es muy antiguo, pues sabemos
que los moros lo hacian con el capellar y el alquicel. Se cuenta que en
una fiesta que se hizo por este tiempo en la plaza de Madrid, dos
hombres bastante decentes se pusieron debajo del balcon del rey haciendo
como que hablaban, y cuando venia el toro á meterles la cabeza lo
evitaban con solo un quiebro de cuerpo; lo que fue muy aplaudido de los
espectadores.
Fuése adelantando cada vez mas en el toreo de á pie, y se empezó á
vanderillear poniendo solo un regilete de cada vez, que llamaban harpon;
y todavía cuando escribió Novelli su tauromaquia no se habian puesto las
vanderillas á pares, aunque ya se conocia el poner parches á los toros.
En esta época empezó á sobresalir Francisco Romero, de Ronda, el que
perfeccionó mucho el toreo de á pie, y mas adelante inventó la suerte de
matar al toro cara á cara con el estoque y la muleta, lo que ejecutó él
primero, no sin admiracion y aplauso general. Era reputada por tan
espuesta y dificil esta suerte, que para hacerla era necesario ir
vestido con calzon y coleto de ante, correon ceñido y mangas acolchadas
de terciopelo negro, para resistir á las cornadas.
El abuelo materno del célebre don Nicolas Fernandez Moratin fue tan
valeroso y diestro, que dicen mató un toro á pie y de una estocada. Hubo
siempre muchos caballeros muy valientes y hábiles que hicieron suertes
con los toros, tanto á pie como á caballo: tales fueron Potra el de
Talavera, y Godoy, caballero estremeño; siendo aventajadísimo en el
capear á pie el famoso licenciado de Falces.
En el dia no faltan tampoco muchos caballeros muy diestros en todas
clases de suertes, pero no es lícito citarlos.
En cuanto al toreo de caballo, la vara de detener ha venido á relevar el
rejoncillo, y nuestros picadores no ceden en destreza y valor á los
antiguos caballeros.
Es bien conocido de todos el grado de perfeccion á que se ha hecho
llegar el toreo, y la popularidad y general aceptacion de que goza; y se
puede asegurar que una de las causas que han contribuido á ello ha sido
la odiosidad que han mostrado algunos hácia él, y la prohibicion del
señor don Cárlos III, pues se exasperó de tal modo la aficion, que casi
era epidémica, y sofocó la voz de sus opositores, haciendo renacer con
toda su magnificencia este espectáculo, que no obstante la prohibicion
existia con algunas modificaciones ó escepciones que toleraban[3].
El señor don Fernando VII (Q. E. G. E.) mostró aficion decidida á esta
hermosa diversion, y estableció en la ciudad de Sevilla una real escuela
de Tauromaquia, dotada decentemente, en la que se enseñaba tanto la
teórica como la práctica del arte por los mas esperimentados profesores.
Estas son en resúmen las principales particularidades que nos ofrecen
las fiestas de toros con respecto á su historia. Hubieramos podido ser
mas estensos, y engalanar, digamos asi, nuestra narracion con algunas
minuciosidades y reflexiones que hemos omitido en obsequio de la
brevedad; y con tanta mas razon, cuanto en el resto del discurso nos
veremos obligados á insistir en algunos de los puntos históricos
anteriores, como apoyos de la justa defensa que haremos del espectáculo.
A primera vista conozco que nuestro proyecto parece temerario y aun
ridículo, y no faltará quien declame contra él, y juzgue como inútil ó
perjudicialmente perdido el tiempo invertido en semejante trabajo; pero
si desnudos de su desfavorable prevencion leen y meditan las razones que
espondremos, conocerán la justicia de la causa que tomamos á nuestro
cargo, y nos habrán de conceder que no son perdidos el tiempo ni el
trabajo que hayamos empleado en desvanecer los errores, harto comunes,
en perjuicio del espectáculo, y hacer triunfar una verdad demasiado
desconocida hasta ahora.
Pueden dividirse muy bien en dos clases principales las invectivas y
acusaciones que á las fiestas de toros se hacen: las unas se dirigen
puramente contra la accion de torear, y las otras contra esta accion
convertida en espectáculo, y que se estienden por consiguiente á todo lo
accesorio á dichas fiestas. Para combatir pues con método estas
acusaciones, se hace preciso dividir tambien nuestra apología en dos
partes: en la una nos ocuparemos de la accion únicamente, y en la otra
de la totalidad del espectáculo. De esta manera se analiza muy bien la
cuestion, y podemos darle alguna libertad al discurso y un agradable
trabajo al raciocinio. Si no conseguimos el fin que nos proponemos, la
culpa será puramente nuestra, pero no será menos cierta por eso la
verdad que defendemos, y que nuestra mal cortada pluma no pudo
patentizar en el papel.
La accion de torear es tan antigua, que su orígen, envuelto con el de
las acciones que para satisfacer las primeras necesidades verificó el
hombre, se pierde en la oscuridad de los primeros tiempos. La luz que da
la historia es demasiado débil para desvanecer tan densas tinieblas y
guiar nuestra razon; asi es que tenemos que abandonarnos á las
congeturas, y por medio del discurso elevarnos si es posible hasta el
principio de la carrera de la especie humana sobre la tierra.
El hombre, antes de haber cultivado su ingenio y de haberlo hecho
fecundo hasta el estremo de verse árbitro por él de todo lo creado,
vagaba confundido con el resto de los animales. Muchos de ellos,
superiores á él en los recursos físicos, le hacian la guerra á cara
descubierta, y mas de una vez lo confinaron y vencieron. Pacíficos
poseedores de cuanto les rodeaba, satisfacian á su antojo sus
necesidades, y gozaban completamente de la independencia que en su
orígen tuvieron las especies. Por otra parte la tierra árida en unos
parages, cubierta en otra de maleza, y llena en todos de despojos y
otros malos pasos, de aguas sin curso y hediondos pantanos, se negaba á
ser transitada, ofreciendo apenas al mísero mortal lo mas indispensable
para prolongar una existencia tan precaria como infeliz.
Sin embargo, este estado de cosas debió durar poco. Si se nos permite
esta espresion, diremos que todos los animales que pueblan el globo,
sean de la clase que quiera, y pertenezcan á esta ó aquella especie, son
seres pasivos: sometidos á cierto orden de leyes eternas, invariables,
no pueden esceder en un punto los límites que á todas sus acciones
señaló de antemano el dedo del destino: sufren las incomodidades que los
cercan sin intentar elevarse á las causas que las producen, ni á los
medios de evitarlas, y caminan á la muerte por el mismo sendero que
caminaron sus abuelos: la vida del primer animal de cada especie es la
misma que la del último, y si en algunos hay variaciones, es porque
habiendo caido bajo el dominio inmediato del hombre, esperimentan
ciertas modificaciones que les imprime su mano; pero esto mismo confirma
lo pasivo de su existencia y la imposibilidad en que estan de cambiar
por sí ó espontáneamente la serie de sus operaciones.
Al contrario, el hombre desde el momento que esperimentó sensaciones
incómodas intentó destruir sus causas, y conociendo la necesidad que
tenia de obrar de acuerdo con algun otro hombre, se unió á él y echó el
cimiento del edificio social: iba con su industria mejorando por dias el
aspecto de la naturaleza, y con su valor ahuyentó las fieras que le
disputaban audaces el dominio de los campos, y el leon, el tigre, la
pantera y la hiena evitaron medrosas su presencia. Deseoso de abandonar
la vida errante que hasta entonces habia tenido, y de fijar su
residencia en los parages mas risueños y floridos, construyó mansiones
fijas y sembró el germen de las poblaciones; reunió tambien en rebaños
los animales dóciles y domesticables, para que multiplicándose mas y mas
bajo su proteccion y cuidado, le suministrasen con su carne, leche y
pieles, alimentos y vestido. La misma solicitud y esmero del hombre para
protegerlos y aumentarlos parece que le autoriza, segun la espresion de
un sabio naturalista[4], para inmolarlos á su antojo.
Por este tiempo hizo tambien la conquista de los animales que le son mas
útiles, y cuya dominacion le da mas gloria. Pero viniendo á fijarnos en
el toro, diremos que fue seguramente uno de los primeros que
esperimentaron el yugo; porque lo esquisito de su carne, la sabrosa y
abundante leche de las hembras, la estension de su piel y la utilidad
con que podia emplear sus fuerzas para diferentes objetos, le harian
fijar en él bien pronto la vista. Su conquista sería bien facil en
aquellos paises en que por razon del clima y de la calidad de los
vegetales tiene un carácter lánguido y poco enérgico; pero en aquellos
que como España crian toros soberbios y fuertes, no pudo verificarse
sino á fuerza de constancia, ardides y peligros, y hé aqui el orígen de
la accion de torear. Nada mas natural ni mas glorioso al hombre. Si
alabamos hoy el valor y la destreza con que los salvages del Orinoco
burlan la ferocidad del caiman; si nos admira el arrojo del árabe que en
sus abrasadores desiertos vence y somete al leon; si no podemos oir sin
estremecimiento la caza del elefante ó la pesca de la ballena, y
apreciamos y medimos la superioridad del hombre por lo grande de estas
acciones, ¿se deberá vituperarla de someter al toro hasta el estremo de
hacerle servir de juguete y distraccion...? Ciertamente que sería una
ridícula contradiccion.
Hemos visto que es un atributo peculiar del hombre sojuzgar las fieras
de los diferentes paises que habita; que esta accion es indispensable
para adelantar en la carrera de la civilizacion; y que en muchos paises
se perpetúa tanto por necesidad, como por ostentar y gloriarse el hombre
con la fuerza y superioridad que le fueron concedidas. “Todo animal
(dice Fergusson)[5] se deleita en el ejercicio de sus fuerzas. Retozan
con sus garras el lobo y el tigre; el caballo olvidando el pasto da
alguna vez su crin al viento para correr los campos; y el novillo y aun
el inocente recental topan con las frentes antes de sentirlas armadas,
como si se ensayasen para las luchas que los esperan. El hombre no menos
propenso á ellas se complace tambien en el uso de sus facultades
naturales, ora ejercitando su agudeza y elocuencia, ora su fuerza y
destreza corporal contra un antagonista. Sus juegos son frecuentemente
imagen de la guerra; en ellos derrama su sudor y su sangre, y mas de una
vez sus fiestas y pasatiempos terminan con heridas y muertes. Nacido
para vivir poco, parece que hasta sus diversiones lo acercan al
sepulcro.”
No obstante lo espuesto, se nos puede objetar que si bien la accion de
torear fue en su principio laudable por la necesidad en que estaba el
hombre de someter las fieras y luchar con ellas, en el dia, que solo se
debe considerar como un mero pasatiempo, es vituperable por hallarse
espuesta su vida sin una utilidad inmediata. Muchas son las razones con
que se puede rebatir esta objecion, pero solo espondremos las mas
fuertes y convincentes para no estendernos demasiado.
Es evidente que para las diversas operaciones que se necesita hacer
diariamente con los toros es preciso valerse de ciertas mañas, que no
son otra cosa sino partes, digamos asi, del arte de torear; que estas
_mañas_ (como lo da á entender bien su nombre) necesitan cierta destreza
y habilidad que solo se adquieren con el ejercicio de estos mismos
actos, y de aqui la necesidad de repetirlos como por ensayos, para
perpetuarlos entre aquellos que los han de tener por oficio,
perfeccionarlos, alejar el peligro que pudiera haber en ellos, y hacer
que los que empiezan á ejercitarlos pierdan el miedo y den lugar á la
aficion y serenidad que son necesarias para su seguridad. Por
consiguiente no deben considerarse estos actos como meros pasatiempos,
sino como de necesidad, y distraccion al mismo tiempo.
Nosotros concederiamos sin embargo alguna mas fuerza á la objecion, si
peligrase efectivamente la vida en la proporcion ó con la probabilidad
que se supone. Los que hacen esta objecion son personas que conocen poco
ó nada el arte de torear, y que ademas no han tenido la curiosidad de
formar una tabla necrológica de los que en determinado número de años
han muerto en la accion de torear ó de sus consecuencias inmediatas: si
tal hubieran hecho, y hubiesen ademas calculado aproximadamente el
número de suertes que en ese tiempo se habia hecho con los toros, verian
cuán remoto es el peligro; y si luego rebajan, como es justo para que
el cálculo sea exacto, los contratiempos que la embriaguez y la
ignorancia de los que las hicieron causaron, y que son generalmente los
casos desgraciados, se verá desaparecer enteramente hasta la idea del
peligro mas remoto. Ademas la esperiencia de tantos años no pasó sin
dejar vestigios, y el hombre ha aprendido á conocer y distinguir
claramente las inclinaciones de los toros, y sobre ellas ha cimentado
las bases de un arte tan exacto cuanto son invariables sus principios.
En consecuencia, pues, de todo lo dicho, resulta que si la accion de
torear en su orígen no carecia de algun riesgo, la utilidad que de ella
se sacaba la hicieron de primera necesidad: que se perpetuó no solo por
esta necesidad, sino por lo natural que es al hombre el deseo de dominar
y hacer alarde de sus facultades, pues tanto las físicas como las
morales se realzan con esta accion; y por último, que si ha llegado en
el dia á ser como un mero pasatiempo en muchos casos, no por eso deja de
traer utilidad; y que la seguridad que el hombre ha llegado á conseguir
en ella, le ponen fuera de los tiros que le asestan sus opositores, y
desmiente con la esperiencia los peligros de que les acusan.
Réstanos aun que hacer una consideracion con respecto á esta accion, y
es que en todos tiempos fue peculiar de los hombres mas nombrados y
respetables. Con muy pocas palabras probaremos esta asercion. Cuando los
hombres empezaron á reunirse y á formar pequeñas sociedades, no habia
clases, ni gerarquías, ni empleos, ni distinciones. Constituidos á
guerrear continuamente con los animales carniceros, y siendo la caza de
ellos la que principalmente los alimentaba, su caudillo era el mas
valeroso, y su gefe el que se presentaba constantemente con mas trofeos;
y como el toro era uno de los que se perseguian con mas ardor, es
evidente que el mas condecorado de ellos sería el que mejor lo burlase y
sometiese. Cuando los años apagaban el vigor y reducian á la inaccion al
guerrero, sus anteriores hazañas le aseguraban el respeto de la tribu,
que lo recompensaba reconociéndolo por su cabeza. La historia de todos
los pueblos apoya este modo de pensar; y la historia, como ya hemos
visto, nos muestra la accion de torear como peculiar y privativa de los
caudillos y grandes del reino. Sabemos ya la causa por qué dejó de
ocupar á la nobleza, y vino á ser casi un patrimonio de la clase
inferior; pero la accion no deja de ser grandiosa, aunque privada del
prestigio de estar en poder de la clase noble.
Estas breves reflexiones sobre la accion de torear convencen á
cualquiera de lo útil y sublime que en sí encierra. Hemos visto que
nació de las primeras y mas urgentes necesidades del género humano, que
con ella las satisfizo, y que en ella encontró un modo de hacer alarde
de sus mas brillantes prerogativas. Si al principio era una verdadera
lucha en que apenas peleaba el hombre con ventajas, ahora tiene delante
del toro una seguridad incontrastable; y este nuevo triunfo de su
ingenio es una prueba positiva de su escelencia y superioridad
intelectual, mientras que los medios con que consigue su objeto son otra
nueva prueba de su aventajada organizacion. En poco se diferenciara de
los demas animales sino les impusiera el sello de la esclavitud que
publica donde quiera su vasta dominacion. Las regiones medio incultas en
que habita el salvage ofrecen un número grande de animales silvestres,
que, orgullosos con su libertad y poderío, parten con el hombre el
imperio de la naturaleza, y muchas veces se lo disputan y usurpan. ¡Qué
degracion la de estos miserables! ¡Gloria eterna al hombre que sabe
llenar el fin para que vino al universo! ¡Loor eterno al hombre que no
solo somete las bestias mas feroces y poderosas, sino que alcanza hasta
hacerlas servir de juguete y distraccion!
Desde este momento debe considerarse la accion unida al espectáculo.
Para mayor claridad lo dividiremos en las tres grandes y diferentes
épocas en que naturalmente se divide: pasaremos rápidamente por la
primera, nos detendremos algo mas en la segunda, y será la tercera
nuestro objeto principal.
Para elevarnos hasta el principio de estas fiestas es preciso, como lo
fue para la accion, valernos del discurso, y representarnos á los
primeros hombres recogiendo los frutos de sus asíduos trabajos; entonces
gozaban ya de algunos ratos de recreo, y sus diversiones serian sin
duda, como puede deducirse de la historia, imágenes de sus mas
frecuentes operaciones. Asi es que las luchas entre fieras y de hombres
con animales los ocupó esclusivamente, porque el atraso en que estaban
no les permitia otros espectáculos que los mas sencillos y naturales.
Es imposible describir las particularidades de estas fiestas; pero se
puede asegurar que asi como la accion de torear, tuvo el espectáculo de
los toros un orígen sencillo y natural, y que en todo tiempo fue
apreciado y aplaudido.
Desde esta época hasta que la historia nos habla de esta fiesta, hay un
espacio inmenso en que no podemos seguir la suerte que corrió esta
diversion. Por lo tanto lo pasaremos en silencio, y nos detendremos á
examinar la edad media del espectáculo, comparándolo con la edad
correspondiente de los pueblos de quienes era propio; y veremos que se
acomodaba perfectamente la índole del uno con la del otro, y que sus
atractivos eran mas que suficientes para llamar la atencion general.
La edad que precedió á la de hoy está caracterizada principalmente por
un espíritu novelesco y marcial. Todo lo que no era estraordinario, lo
que carecia de proezas militares y aventuras caballerescas, y donde no
habia una princesa bellísima por quien suspirase un atrevido paladin
que cada dia le dedicaba cien lanzadas y mil mandobles, no era del gusto
de aquellos siglos, en que el entendimiento se enervaba con lo
maravilloso, al tiempo mismo que el cuerpo se fortalecia con la fatiga.
Los hombres no respiraban sino horror y corage, y donde quiera que se
fijase la vista, solo se ofrecian guerras y desastres. Las armas se
llevaban toda la atencion, y antes sabia la juventud esgrimir que leer.
Las treguas que alguna vez se conseguian se empleaban en adiestrar
nuevos guerreros, y los escritos que tanto en prosa como en verso
corrian por las manos de la multitud, solo se dirigian á entusiasmar el
corazon de los lectores aficionándolos al estrépito de las armas, y
refiriéndoles con los encantos de la poesía las hazañas casi increibles
de sus memorables héroes. La ociosidad no tiene lugar entre unos hombres
activos y guerreadores: el tiempo que estaban suspensas las hostilidades
se ocupaba completamente en las justas, los torneos, las luchas &c. Y
por lo que tenian de comun estos espectáculos con el de los toros, como
tambien para dar á conocer el genio de aquellos siglos con mas
particularidad, y poder deducir consecuencias á favor de nuestras
fiestas, daremos una idea aunque sucinta de los juegos con que se
entretenian los pueblos de quienes Abraham Ortelio dijo muchos siglos
antes alabando su valor “que entraban cantando en las batallas,” _prelia
agrediuntur carminibus_.
Segun Jovellanos[6], la idea que tenemos de los torneos y de las justas
es muy mezquina y distante de su magnificencia; pero crece al paso que
se levanta la consideracion á sus circunstancias. “Porque ¿quién se
figurará, dice, una anchísima tela pomposamente adornada y llena de un
brillante y numerosísimo concurso; ciento ó doscientos caballeros
ricamente armados y guarnidos, partidos en cuadrillas y prontos á entrar
en lid; el séquito de padrinos y escuderos, pages y palafreneros de cada
bando; los jueces y fieles presidiendo en su catafalco para dirigir la
ceremonia y juzgar las suertes; los farautes corriendo acá y allá para
intimar sus órdenes, y los tañedores y menestriles alegrando y
encendiendo con la voz de sus añafiles y tambores; tantas plumas y
penachos en las cimeras, tantos timbres y emblemas en los pendones,
tantas empresas y divisas y letras amorosas en las adargas; por todas
partes giros y carreras, y arrancadas y huidas; por todas choques y
encuentros y botes de lanza y peligros y caidas y vencimientos? ¿Quién,
repito, se figurará todo esto sin que se sienta arrebatado de sorpresa y
admiracion? ¿Ni quién podrá considerar aquellos valientes paladines
ejecutando los únicos talentos que daban entonces estimacion y nombradía
en una palestra tan augusta, entre los gritos del susto y el aplauso, y
sobre todo á vista de sus rivales y sus damas, sin sentir alguna parte
del entusiasmo y la palpitacion que herviria en sus pechos aguijados por
los mas poderosos incentivos del corazon humano, el amor y la gloria?”
En efecto, desde que la galantería se introdujo en todas las fiestas y
pasatiempos se hicieron mas espectables, y el espíritu y entusiasmo que
por ellas todas las clases tenian les daba un carácter y animacion que
las engrandecia sobremanera. Las damas que concurrian á ellas las
embellecian con sus gracias y hermosura, y lejos de ser indiferentes y
pasivos adornos del circo esplendoroso, tomaron una parte muy activa en
las funciones, y eran el móvil y el alma que impulsaba todas y cada una
de las partes del espectáculo. Se les consultaba para la adjudicacion de
los premios que ellas mismas debian entregar al combatiente vencedor,
que henchido de gloria y cubierto de polvo y sudor se acercaba á la
humana beldad, que hermoseada por aquel amable pudor inseparable de la
virginidad, le multiplicaba la satisfaccion de merecer el premio por
adquirirlo bajo tan gratos auspicios.
Es estraño á la verdad que la aficion á las damas y á las armas hermanen
tan bien, y se hallen constantemente juntas; pero no es por eso menos
cierto que los pueblos mas guerreros fueron siempre los que tributaron
mas respeto y homenage al sexo encantador. No es por tanto una
arbitraria ficcion de los mitologistas suponer que Marte y Venus se
amaron: fue, sí, simbolizar, por decirlo asi, la propension que tiene el
guerrero á suspirar por una beldad á quien dedique sus hazañas, y en
cuyos brazos descanse de sus peligros y trabajos.
En los tiempos que nos ocupan estaba la nobleza encargada de la defensa
pública; formaba la caballería, y era el mas poderoso apoyo de las
huestes. La pólvora no se habia presentado aun para cambiar el modo de
guerrear; se lidiaba de hombre á hombre y cuerpo á cuerpo, y por tanto
era indispensable que la fuerza y destreza corporal estuviesen muy
ejercitadas. Los caudillos se veían precisados á estar mas diestros, y
ser mas forzudos y valerosos que los simples soldados, y siendo aquellos
de la clase noble, se hacia indispensable que fuera su educacion activa
y belicosa. Los mismos soberanos caminaban al frente de su ejército en
tiempo de guerra, y en tiempo de paz justaban con los grandes. Don Juan
el II justó algunas veces como aventurero[7], y don Pedro el cruel[8]
salió herido en una mano en un torneo que se celebró en Torrijos.
Vemos pues lo indispensable que era entonces esta clase de espectáculos,
y que la pompa y magnificencia con que eran adornados los hacian
merecedores de la atencion general. Sin embargo, tenian algo de cruel y
sanguinario, que solo podia tolerarse por la necesidad en que se estaba
de familiarizar á los pueblos con la sangre y los lances de la guerra.
Por este tiempo se lidiaban ya los toros desde el caballo, y se picaba
con el rejoncillo, y este espectáculo se hacia con el mismo ceremonial
que hemos visto se empleaba para las fiestas y torneos: venia ademas en
su apoyo no ser cruel ni sanguinario, y tan apropósito cuando menos como
los otros para dar á conocer el valor y gallardía de los caballeros. Asi
es, que se iba fomentando sobre las ruinas de los primeros, á lo que
contribuyó no poco el no estar comprendido en la prohibicion que de los
que se miraban como sangrientos se habia hecho. Esto es una prueba de lo
mas racional y seguro de estas fiestas sobre las demas de su tiempo, y
da á conocer la razon de haberse perpetuado hasta nuestros dias, en que
ya ni vestigios se hallan de las costumbres caballerescas, cuyo
esterminio concluyó con tanta gloria suya y universal aplauso el
inimitable Cervantes.
Baste pues para hacer la apología de estas fiestas segun se verificaban
en la edad media, saber que no fueron reputadas por los concilios como
sangrientas; que eran esclusivamente propias de la grandeza; que se
consideraban como el acto mas á propósito para hacer alarde los
caballeros de su valor y destreza; que las damas las favorecian
constantemente con su asistencia, y se envanecian y vanagloriaban cuando
el caballero que era dueño de su corazon se distinguia entre los demas;
que á pesar de ir decayendo el gusto caballeresco y los espectáculos en
que mas relucia, el de los toros seguia verificándose con la misma pompa
y general aplauso que en los tiempos anteriores se celebraran los demas;
que fue el único que ocupó últimamente la clase distinguida, y que no
hubiera probablemente decaido de este grado de esplendor si, como ya
hemos dicho en la parte histórica, no hubiera Felipe V mostrado aversion
hácia él, y si la nobleza, que se amolda siempre á los gustos y aun á
los caprichos de los soberanos, hubiera conservado su carácter
primitivo.
Si no fuera por temor de esceder los límites propuestos, nos
estenderiamos sobre una multitud de objetos de los que se puede sacar un
sin número de razones en apoyo de las fiestas de toros. Pero
desentendiéndonos ya de todo lo que pertenece á los tiempos anteriores,
examinaremos el espectáculo segun se halla en el dia, deteniéndonos como
es indispensable en esta época para hacer patentes las razones que lo
apoyan.
El pueblo español ha perdido todos los espectáculos que en otro tiempo
hicieron su recreo. La afinacion progresiva del gusto ha hecho olvidar
las justas y los torneos; apenas hay memoria de los fuegos de artificio,
las máscaras han sufrido enérgicas prohibiciones, las romerías, los
juegos escénicos, las danzas de espadas se han olvidado casi del todo, y
la parte mas considerable de la nacion, que es la que se alimenta del
trabajo diario, no tiene una sola ocasion al año en que pueda
proporcionarse algunas horas de apetecida diversion con el ahorro de sus
fatigas. Volvamos los ojos hácia esta numerosa porcion del estado, y no
podrá menos que lastimarnos su infelicidad. Vagando triste y
silenciosamente por las calles y plazas de su infeliz aldea pasan el dia
que destinan al reposo; el tedio los persigue, y la taciturna ociosidad
de semejantes dias se los hace aborrecibles; si quieren sacudir este
fastidio no tienen mas recurso que la taberna, donde solo hallan
pendencias y disgustos en vez de la paz y la alegría.
Aunque tuviesen inmediata alguna ciudad en que hubiese teatro no
conseguirian distraerse y dilatar su ánimo: la educacion y género de
vida en que se han criado les vedan los placeres que exigen para
percibirse otro gusto y delicado tacto. Ellos necesitan diversiones que
hieran vivamente los sentidos, y en que se mueva el ánimo mas por la
parte puramente óptica ó de perspectiva que por la intelectual; mas
claro, les entusiasma ver hechos grandes, sorprendentes, que exigen
mucho valor y habilidad; pero no puede escitarles lo sublime de los
afectos, lo correcto del estilo, lo fluido y sonoro de la versificacion,
ni las demas bellezas que no pueden percibirse sino por los que esten
adornados con una educacion y conocimientos no vulgares. ¿Qué
espectáculos pues daremos á esta apreciable y laboriosa parte de la
nacion? ¿La dejaremos limitada á los reducidos bailes dominicales que
solo se ven en algunas provincias, y que en manera alguna merecen el
nombre de tales? “Creer que los pueblos puedan ser felices sin
diversiones, dice Jovellanos, es un absurdo. Creer que las necesitan y
negárselas, es una inconsecuencia tan absurda como peligrosa. Darles
diversiones y prescindir de la influencia que puedan tener en sus ideas
y costumbres, sería una indolencia harto mas absurda, cruel y peligrosa,
que aquella inconsecuencia. _Resulta pues que el establecimiento y
arreglo de las diversiones públicas será uno de los primeros objetos de
toda buena política._” La autoridad de un hombre tan respetable por
todos títulos como el autor que citamos basta por sí para decidir sobre
la necesidad que tienen los pueblos de un espectáculo acomodado á su
genio, y cuyas bellezas no necesiten para comprenderse los esfuerzos de
la imaginacion, sino que baste asistir á él para gozar y recrearse.
Este espectáculo será por tanto el mas estendido, hará la holganza de
todo el reino, y se podrá llamar por consiguiente la diversion nacional.
Se reunirán en su recinto el letrado, el militar, el artista, el
marinero, el comerciante, el labrador, todas las clases, por último,
todos los sexos y edades; pero ¿á todos podrá ser inocente ó provechoso
un mismo espectáculo? ¿De qué clase deberá ser su índole? Es evidente
que no puede ser igual el efecto que una sola cosa, sea de la clase que
quiera, produzca en individuos tan diferentes en gustos y ocupaciones, y
tambien lo es que para fijar el carácter de la diversion nacional debe
atenderse principal y casi esclusivamente al espíritu que anima la
inmensa mayoría de los concurrentes. Ahora bien, á esta diversion, sea
la que fuere, que hemos llamado nacional, concurrirá una corta porcion
de personas de instruccion y carrera, y constituirá la mayoría la masa,
digamos asi, de la nacion. Hemos dicho que concurrirá una corta porcion
de aquellos hombres cuyos conocimientos los hacen influir tanto en la
fuerza moral de las naciones, porque ellos estan en una proporcion muy
pequeña con respecto á la multitud de los demas habitantes, que son los
que constituyen la fuerza física, y por consiguiente á estos últimos
debemos tener presente en la eleccion de espectáculos. ¿Y les
ofreceremos por ventura aquella porcion de piezas dramáticas que
ocuparon el teatro en el siglo de su prostitucion? ¿Les dejaremos
aficionarse á este género de diversion en que no hay nada que deje de
ser lúbrico, malicioso, indecente y chabacano? Entre presentarles un
teatro selecto, modelo de bellas letras, y cuyo lenguaje no entienda, ó
un teatro vil, grosero, en que se le ofrezcan los mas peligrosos
ejemplos adornados con el atractivo de la ilusion escénica y con las
dulzuras hechiceras del canto y de la poesía, no hay medio que escoja la
razon. Pero aun suponiendo que fuese el pueblo capaz de comprender y
aficionarse á las bellezas de un teatro clásico, escogido, ¿sería esto
un bien, ó un mal? Esta cuestion es muy delicada, y se necesita mucha
madurez y detencion para decidir en ella con acierto; pero si atendemos
al influjo que tienen las diversiones en las costumbres de los pueblos,
y á la necesidad que hay de que esten en relacion y armonía con la
ocupacion y el género, de ventajas que la sociedad debe prometerse de
la clase de que se juzguen peculiares, se conocerá bien pronto la índole
de las que deben hacer las delicias del pueblo trabajador. La historia
ofrece entre otros varios un ejemplo colosal de lo perjudicial que puede
ser á un pueblo generalizar en todas las clases hasta el estremo una
misma y sola aficion. Despues de haber sostenido Atenas por algunos
siglos una serie de guerras, ya con los pueblos estraños, ya entre los
suyos propios, aniquilado su valor y agotados sus recursos, empezó á
disfrutar de una paz poco ventajosa, y que habia comprado á costa de su
antigua prepotencia. Desembarazados los atenienses de las ocupaciones
marciales, se dedicaron con ardor al cultivo de las letras, y en breve
cobraron por su saber nuevo nombre y prestigio, colocándose nuevamente á
la cabeza hasta de los mismos por quienes poco antes habian sido
derrotados. Lisonjeados por las ventajas conseguidas bajo el pendon de
Minerva, se generalizó el gusto á las letras de tal modo, que las
academias, los liceos, los teatros, á pesar de haber gran número, no
bastaban á recibir la multitud que á ellos acudia, y las plazas
públicas llegaron á convertirse en aulas de ciencia universal. Pero esta
popularidad de la sabiduría, lejos de ser ventajosa á las ciencias, fue
muy perjudicial; empezó á viciarse el gusto, y las sutilezas
escolásticas, perpetuadas por desgracia hasta nuestros dias, mudaron el
amor á la verdad, única base del saber, en amor á las disputas y juegos
de palabras, fecundos manantiales de ignorancia y embolismo. Empezaron á
fomentarse las sectas mas ridículas, á propagarse las opiniones mas
estravagantes, á odiarse los que seguian diverso rumbo en su filosófica
presuncion, y á manifestarse, en fin, todos los elementos que tienden
visiblemente á la destruccion de los pueblos. El pueblo de Atenas,
tomando en su verdadera acepcion aquella voz, dejó de ser sabio, y como
ya habia dejado de ser guerrero, se encontró sin recursos que oponer á
la ambicion romana, y dobló vil y cobardemente la cerviz. Si hubiera
conservado espectáculos á propósito para mantener entre la multitud las
ideas de gloria y valor, y hubiera al mismo tiempo creado las academias
para un corto número, pues tal debe ser y es efectivamente la
proporcion entre el caudillo y los soldados, entre el sabio y los
ignorantes, hubiera tenido para contrastar á los romanos todos los
elementos con que puede contar un pueblo para sostener su independencia.
Apenas se hallará cosa que tenga mas influencia sobre las costumbres de
los hombres que las diversiones en que ocupan las horas de recreo,
porque son una parte muy esencial de la educacion del pueblo, y por
tanto no puede ser que dejen de modificar en bien ó en mal su índole y
su condicion. Debe ofrecerse al pueblo trabajador una clase de
espectáculos que lo divierta sin fatigar su ruda imaginacion, y sin que
estorbe en manera alguna el orden de sus ideas. Se debe huir de
presentar á su consideracion imágenes tiernas, lascivas, y todas
aquellas situaciones seductoras en que la malicia y la sensualidad se
demuestran con el mas vivo y agradable colorido. Semejantes objetos no
solo perjudican la moral, sino que atacan directamente los cimientos de
la pública felicidad, porque presentan al miserable jornalero un punto
de comparacion que hace contrastar los trabajos de su clase, y que
podria ser orígen de su aburrimiento y desesperacion. Pero tampoco
huyendo este estremo debemos caer en el de embrutecerlo y endurecer su
corazon, familiarizándolo con la sangre de sus iguales. Debe buscarse un
espectáculo en que se escite un laudable deseo de ser fuerte y valeroso,
pero no inhumano y sanguinario; en que no se cimente el triunfo y la
gloria en el vencimiento ó la muerte de otro hombre, sino en el de una
fiera atrevida y poderosa; en que no haya odiosidad directa y personal
que haga mas sangrienta la venganza, sino emulacion y fraternidad que
aseguren el triunfo y el aplauso. Un espectáculo semejante conviene sin
duda al pueblo en su totalidad, porque de él no solo han de salir los
soldados que deben sostener y asegurar la tranquilidad de los pueblos y
la independencia del pais, sino todas las demas clases activas que
necesitan fuerza y valor para el desempeño de sus respectivas
obligaciones; y estas clases deben estar acostumbradas á vencer y
arrostrar los peligros hasta en sus juegos y pasatiempos, pero de
ninguna manera deben ni pueden estar adornados de los conocimientos que
fomenta el teatro. No podria sostenerse el edificio social sino hubiera
entre los que componen los pueblos esta diversidad de instruccion y de
ocupaciones que son las que mantienen la armonía y permanencia de los
lazos que tan estrechamente los ligan. Los unos deben mandar, dirigir;
los otros obedecer, ejecutar; aquellos necesitan estudios, ciencias;
estos valor, fuerzas. De otro modo la ignorancia enmascarada con la
apariencia del saber, y alegando un derecho que está en contradiccion
con los mismos principios en que se apoya, intentará manejar los grandes
negocios y ser el árbitro de la soberanía; se creerian todos con iguales
méritos, se desplomaria la sociedad, y quedarian sepultados entre sus
escombros los vanos proyectos de realizar un pueblo que solo puede
existir en imaginaciones acaloradas; esto es, un pueblo de sabios.
Florezcan en las capitales todos los monumentos que acrediten el grado
de perfeccion en que se hallan los conocimientos humanos, haya academias
y sociedades, conservatorios y museos, y tengan los sabios cuanto
conduzca á su perfeccion. La clase media en instruccion encuentre en la
escena las bellezas de la poesía, los encantos de la música, y los
graciosos ademanes de Terpsícore; pero dejemos á la clase inferior un
espectáculo propio suyo, y no porque las demas gocen de todas las
comodidades de la vida, olvidemos esta numerosa porcion de la sociedad.
Hay una clase de fiestas muy á propósito para llenar todos sus deseos,
que reune los requisitos que hemos visto deben tener sus pasatiempos, y
cuyos atractivos son por otra parte tan poderosos, que lejos de chocar
con las ideas de las otras clases de la sociedad, volarán todas á
presenciarlas. Vamos á examinar en pocos renglones si la lidia de toros
se encuentra en el caso que decimos.
De cuanto hemos dicho se deduce que el espectáculo que haya de ofrecerse
al pueblo debe influir en su ánimo de modo que le comunique energía,
valor, y deseo de hacerse memorable por sus hazañas, pero sin viciarlo
ni hacerlo sediento de sangre humana. La lidia de toros llena
completamente ambos objetos. Es el suyo burlar á una fiera altiva y
poderosa, y hacerla espirar á los pies del lidiador. Pero no es una
lucha como las que en tiempo de los romanos entablaban los infelices á
quienes condenaban á morir devorados por una fiera, y que deseosos de
alcanzar la libertad, que solian concederles cuando la vencian, se
empeñaban en un combate horroroso, con el que solo conseguian prolongar
la muerte y hacerla doblemente dolorosa. En los toros se ve volar á la
fiera sin poder apoderarse de él en derredor del torero, que con la
serenidad que le infunden su conocimiento y su ligereza, mira hasta con
lástima al corpulento bruto afanarse y correr en vano hasta encontrar,
cuando cree mas seguro el triunfo, su perdicion y su muerte. No es un
brutal arrojo el que arrastra al cerco al lidiador, sino un valor
racional con que se presenta á la fiera, porque sabe el modo seguro de
hacer inútil su saña y de eludir sus intentos. No es su agitacion
aquella que trastornaba al gladiador cuando encerrado en el anfiteatro
se le abrian mil puertas para el sepulcro, y un resquicio apenas para
tornar á la vida: es una mezcla del gozo que anticipadamente se le viene
á la imaginacion por su victoria, y de los temores que le asaltan de no
llenar cumplidamente sus deberes y sus deseos. Pero la idea del peligro
ni aun lejano no aparece jamas en la mente del buen torero, que sabe
bien que no hay lance para el que no tenga seguro recurso, y regla
segura para practicarlo. Ni en él se le ofrece al espectador aquella
imponente y aterradora figura del atleta cuya sola presencia estremecia,
sino la mas elegante y gallarda que imaginarse puede. Adornado con telas
de seda bordadas de oro y plata, elige para su vestido la hechura que se
amolda mejor á la configuracion de su cuerpo, y sus varoniles y escelsas
formas lucen tanto mas cuanto ciñe mas su ropage.
En este espectáculo admira y discurre el filósofo la escelencia del
hombre, que desde la desnudez é ignorancia primitivas, ha sabido alzarse
con el influjo del mundo y sacrificar á su antojo y diversion las
bestias mas poderosas. El naturalista observa las alteraciones que el
cuidado y el estado de domesticidad han producido en el caballo y el
toro, y cuanto los desvia de su primitivo modo de ser y de obrar. El
político conoce con cuán poco se contenta y distrae al pueblo laborioso,
y aprecia dentro de sí el efecto que el espectáculo hace en el carácter
de la multitud. El matemático vislumbra la posibilidad de reducir el
toreo á demostraciones, porque considera en el toro un cuerpo que se
mueve con direccion y velocidad conocidas, y en el torero todos los
medios para variar la primera y acelerar ó retardar la segunda. El
economista ve en el consumo de toros y caballos uno de los elementos que
mas influyen en el fomento de la cria del ganado vacuno y caballar. El
viajero admira un espectáculo tan grandioso, tan magnífico; aquella
mezcla de trages y colores, y aquel murmullo y vocerío y contínuo
movimiento lo entretienen y embelesan, y cuando suena el timbal, sale el
toro con aspecto amenazador, y ve á los toreros burlarlo risueños de mil
maneras, llega al colmo su admiracion, y prorumpe en aplausos y
aclamaciones. Todas las clases, todos los sexos, todas las edades y
condiciones de la vida concurren á él, se enagenan y se olvidan de sus
penas. Inútiles serian nuestros esfuerzos para hacer concebir lo grande,
lo bello de tales fiestas al que no las hubiese presenciado.
Sin embargo, la lidia de toros esperimenta continuamente las mas severas
censuras y las acusaciones mas escandalosas, y no satisfariamos el
deber que nos hemos impuesto sino las refutásemos completamente.
Hemos manifestado ya que los pueblos necesitan diversiones, y que deben
ser de las que hablen mas á los sentidos que al entendimiento, y hemos
manifestado igualmente que las pasiones que deben inspirarles han de ser
heróicas y varoniles sin que rayen en barbarie ó ferocidad. Las lidias
de toros satisfacen como hemos visto ambos estremos; pero dicen sin
embargo sus detractores que son bárbaras, inmorales, sangrientas,
perjudiciales á la agricultura, al estado, á las artes, á la industria y
á la humanidad. ¿Hay mas de que acusar á este espectáculo? Cuanto mas lo
humillen con sus fútiles sofismas, tanto mas completo y glorioso será su
triunfo.
Son bárbaras, dicen, las corridas de toros; ¿y por qué? preguntamos. ¿Es
acaso porque en ellas luchen los hombres cuerpo á cuerpo con una fiera?
¿Qué se dirá entonces de la caza de montería? Si es barbaridad lidiar á
un toro cuya sencillez es tan conocida, y para lo cual hay reglas tan
seguras, ¿no será bárbaro y hasta brutal internarse en los bosques ó en
lo quebrado de un monte persiguiendo fieras mucho mas astutas y
carniceras que el toro, sin que sean menos poderosas? La diferencia que
hay entre el cerco despejado, diáfano, igual, y el monte sombrío,
cubierto de maleza; entre el javalí que se mete por el cuchillo á
trueque de dar la dentellada, y el toro que embiste ostigado y se le
separa con un lienzo; entre la seguridad que da el arte del toreo, y los
riesgos para que no sirven los ardides de la caza; entre el pronto y
eficaz socorro que tiene el torero rodeado siempre de defensores, y la
soledad y desamparo en que frecuentemente se halla el cazador, pueden
servir para apreciar cuanto tiene de mas espuesto la caza de montería, y
no vemos sin embargo que se le acuse de barbaridad.
Se pasan años sin que una sola gota de sangre humana manche la arena de
las plazas de toros, y se pasarian siglos si estuviese esta diversion
bajo el pie que debe ponerse, y que indicaremos en su lugar; mientras
que apenas sale al monte una batida sin que haya un contuso, un herido,
ó acaso un muerto. El hijo del famoso don Pelayo, que fue muy dado á
esta aficion, sabemos que murió á manos de un oso en los montes de
Cangas; y pudieramos citar muchos mas de quienes da cuenta la historia,
las crónicas y otros escritos.
Ademas que sería bárbara la lidia de toros, si fuera inherente á ella
ver sucumbir ó padecer al hombre por carecer de recursos para librarse
del toro; pero como el fin de las lidias es burlar al toro sin riesgo
del torero, que para conseguir su objeto tiene un arte que le da reglas
tan seguras como puede inferirse de las bases en que se apoyan, á saber,
las inclinaciones particulares de las diferentes clases de toros, que
conocidas distintamente y confirmadas por la esperiencia de muchos años,
suministran los elementos de la mas rigorosa exactitud, es evidente que
no tiene lugar la acusacion, ni respecto al objeto de las lidias, ni á
los medios de conseguirlo: el objeto, burlar una fiera; los medios, un
arte seguro, cierto. Para que faltasen sus reglas dejaria antes de ser
noble y magnánimo el leon, feroz y sanguinario el tigre, pacífica y
mansa la oveja, amorosa la paloma, amigo fiel el perro. Si son eternas,
invariables, las determinaciones instintivas de los animales que la
esperiencia nos ha dado á conocer, serán tambien invariables, exactas,
todas las reglas que de ellas rigorosamente se dedujeren. ¿De dónde pues
los fundamentos para apellidar bárbaro al espectáculo? Si no los hay en
su objeto, si no los hay en los medios de conseguir este objeto, ¿los
habrá tal vez en sus accidentes? Veamos. La muerte de los toreros que
han perecido en las plazas es sin duda el apoyo de la acusacion; pero
¡qué impotente! ¡qué modo tan caduco de raciocinar! ¡con cuánta razon
podriamos abusando del raciocinio, y silogizando con tan poca lógica,
calificar de bárbaro el oficio de minero, de buso, de volatin, de
plomero, de polvorista, de albañil, de... Nunca acabariamos de enumerar
todos los oficios en que encontró el hombre mas ó menos veces la muerte,
pero sí podemos asegurar, que cualquiera de los referidos cuenta mas
víctimas que el toreo, pues los volatines con particularidad llevan en
un corto número de años mas hombres al sepulcro que los toros en un
siglo, y esto sin contar los que se lisian todos los dias en las
escuelas de gimnástica y en los ejercicios preparatorios de su
profesion. El hundimiento de la mina de mercurio de Guancavélica redujo
repentinamente á polvo mas hombres que pueden herir los toros mientras
dure el mundo. El busear, y aun la simple accion de nadar, matan todos
los años por solo bañarse un número crecido de gentes. Y no se nos diga
que lo útil ó necesario de estos oficios hace que se desprecien sus
riesgos, pues esta razon pone en nuestras manos las mas concluyentes
pruebas. Si la sociedad reporta ventajas de estos oficios, ya hemos
visto cuántas y cuán grandes las reportan los pueblos de las corridas de
toros; y la utilidad personal que obliga al albañil, por ejemplo, á fiar
su vida á una ruinosa almena, no es mayor ni tiene prestigios mas
seductores que la que obliga al torero á presentarse en el cerco de
donde recoge el precio de su trabajo y los aplausos de la multitud.
¿Y será mas justa, tendrá mas fuerza la acusacion de inmoralidad que á
las lidias se hace?
Todo lo que ataca las sólidas bases de la moral, todo lo que pueda
viciar ó pervertir el orden saludable de las ideas de los pueblos, y
suscitar las pasiones detestables que inducen á los hombres á fomentar
su engrandecimiento sobre la ruina de otro, debe reputarse por inmoral.
Pero... ¿hay algo de esto en las corridas de toros? Hemos visto cuál es
el objeto de este espectáculo, los medios; conocemos su índole, y no se
vislumbra que envuelva, ni aun como episodio, la idea mas remota de
inmoralidad. Estendámonos á los accidentes. Un gentío inmenso se reune
en un recinto espacioso para presenciar el mas grande de los
espectáculos; se reune en medio del dia, á la faz de todos, y cada uno
en los que le rodean tiene centinelas de vista que observen sus
operaciones, y no puede ejecutar ninguna accion, ningun movimiento capaz
de ofender la decencia pública. Si á pesar de esto no falta quien
traspase los límites del decoro con alguna palabra ó accion
descompuesta, ¿en qué reunion en que haya mezcla de sexos, de edades y
de condiciones, no sucede lo mismo? ¿No vemos en las funciones de
iglesia ser el templo impía, sacrílegamente profanado con acciones
indecorosas, con palabras obscenas...? ¡Con cuánta impudencia se repiten
estos actos á los ojos del pueblo, y en la presencia de un Dios!!! ¡Y
cuánto mayor es el escándalo asi contrastado por la santidad y devocion
del templo...!
Sin embargo, conocemos que el desenfreno y obscenidad del populacho es
escandaloso, cuando reunido en los andamios y casi ébrio se entrega á su
descomunal vocería. Este abuso puede cortarse, y debe efectivamente ser
arrancado de raiz; pero no basta por sí para calificar de inmoral al
espectáculo; lo primero, porque ya se ha dicho es un abuso, y como tal
independiente de la fiesta; y lo segundo, porque mas ó menos manifiesta
no hay clase alguna de reunion considerable en que no se haga lugar. Si
fueran suficientes los abusos para condenar la clase de espectáculos en
que se introducen, ¿cuál sería la suerte del teatro? Este espectáculo,
el primero y el mas digno de ocupar la atencion de un pueblo culto, lo
decimos con dolor, está sembrado de inmoralidades: aqui una hija,
arrastrada por su criminal amor, desobedece la voz de un padre tierno, y
se entrega clandestinamente á un seductor; alli un padre déspota,
inhumano, tiraniza á su hija hasta ofrecerle la disyuntiva de casarse
con quien aborrece ó sepultarse en la clausura; acá vemos un héroe que
apenas comienza á reposar sobre sus laureles, cuando la calumnia ó la
alevosía lo hace sucumbir traidoramente, y se elevan sobre su cadáver.
Delitos y crímenes enormes, injusticias, crueldades escandalosas,
venganzas, sangre, muerte y horrores, esto nos ofrece hoy el teatro; y
la juventud no puede presenciar sin peligro semejantes escenas, porque
si una parte se indigna contra ellas y aborrece mas y mas tales vicios,
otra parte, y quizás mas considerable, seducida por lo lisonjero que es
satisfacer las pasiones mas viles, pondrá tal vez mañana en juego para
conseguirlo los mismos medios con que vió llevar hoy á efecto en la
escena un proyecto semejante al que medita.
No pueden los abusos torcer mas la marcha de un espectáculo: el teatro
se dirije á inculcar máximas saludables y virtuosas; á pintar el vicio
no solamente con el mas horrible colorido, sino vilipendiado y
confundido siempre ante la virtud; jamas debe quedar victorioso, impune,
en la catástrofe, y no debe dar un solo paso que no lo acerque al abismo
de su perdicion. No obstante, vemos todos los dias piezas dramáticas en
que todo conspira á inducir á la maldad. Por otra parte, ¡qué escesos
no se cometen en el teatro! ¡qué liviandades...! ¿Y diremos por eso que
el teatro es inmoral? ¿Imitarémos la conducta de los que quieren que se
proscriban los toros, y fulminaremos un anatema contra Talía? ¿No será
mejor purgar de abusos estos espectáculos? ¡Cuánto mas vale perfeccionar
que abolir!
Sin embargo, mucho resta, dirán los detractores del toreo, que alegar en
contra de semejantes fiestas. ¿Se negará por ventura que son
sangrientas? Aun concediendo que la sangre humana no se vierta en ellas,
¿con qué derecho se conduce de la pradera á la plaza, de la vida á la
muerte, al inocente toro? ¿con qué derecho al caballo generoso? ¿no se
necesita un corazon de piedra para ver á estos hermosos animales
heridos, destrozados, lanzar el último aliento? Cuando por un accidente
se ve un hombre herido ó muerto, ¿quién no detestará semejante
diversion?--Hemos llegado á una de las acusaciones mas fuertes, mas
famosas, y en cuya refutacion debemos detenernos mas. Procedamos con
método.
Oponen lo primero que aun cuando no sea propio, esencial del
espectáculo, el derramamiento de sangre humana, lo es el de la sangre
del toro y del caballo, y que es por consiguiente sangrienta la
diversion. A la verdad que hasta ahora nadie ha negado que se derrame
sangre en los toros, pero es la sangre de irracionales la que en ellos
humea, y si esto es suficiente para calificar de sangrienta una cosa y
proscribirla, proscríbanse las cocinas, pues no hay nada mas sangriento.
Si en la plaza se derrama la sangre del caballo y el toro en sacrificio
forzoso del gusto del pueblo, y de la necesidad que hemos visto tiene de
un espectáculo de esta clase, en las cocinas se vierte con una
vituperable prodigalidad la de una multitud de especies de animales, sin
otro motivo que el lujo de los opulentos y la depravacion de sus
paladares. Asi pues, ó entiéndase por sangriento solo aquello en que se
derrame la sangre humana, y entonces no ha lugar la acusacion contra
nuestras fiestas, ó de lo contrario se acogen á las cocinas.
¿Con qué derecho, replican, se conduce al toro á la muerte? ¿con qué
derecho al caballo?--¡Qué inconsecuente hipocresía! ¡Con qué derecho...
decis...! Con el que os asiste para sepultar diariamente en vuestras
casas de matanza millares de reses y de ganado lanar, con el que os
abrogasteis cuando pusisteis el freno al caballo, y lo hicisteis víctima
de vuestra utilidad en la paz, de vuestra barbarie en la guerra... Pero
el hombre, es verdad, tiene un derecho, aun en el estado de salvage, á
la vida de otros animales: la naturaleza ha criado un gran número de
especies para servir de alimento á otras; y el hombre, que no es
esclusivamente hervíboro, como algunos supusieron, debe alimentarse con
la carne de otros animales; y adelantando luego al estado de
civilizacion á que la especie ha llegado, puede estender su derecho con
títulos legítimos un poco mas allá de lo que por mera necesidad le está
concedido. En efecto, él se afana en reunir y proteger los animales
mansos; él se constituye á guerrear contra el lobo y el raposo, contra
el buitre y el gavilan, que sin su cuidado los devorarian, y se
constituye por este solo hecho árbitro de su destino. Sus intereses van
conformes con los de la naturaleza: para ella nada son los individuos;
son todo las especies: el hombre no las estingue, ni podria; todo su
poder se limita á multiplicar los individuos de las que le son útiles,
y á disminuir ó alejar las que le son perjudiciales; y de aqui procede
la multitud y la fecundidad de los animales que ha domesticado, y cuyas
especies estan reducidas á un número de individuos respectivamente muy
corto en los paises en que no los maneja y protege. Por consiguiente es
muy natural que este esceso en el número de individuos que la especie
debe á su cuidado, sirva para alimentarlo en justa recompensa de él; asi
la especie se mejora y no padecen los individuos; porque como carecen de
la facultad de pensar no pueden comprender su porvenir, y el tiempo que
aparecen en el gran teatro de la naturaleza gozan una existencia tan
pacífica y regalada, que llegan á preferirla al estado de libertad
primitiva. Resulta pues que el hombre tiene un derecho _natural_ para
alimentarse de muchos animales, y otro derecho _adquirido_ para inmolar
aquellos que se multiplican bajo su cuidado, mucho mas cuando satisface
una necesidad tan urgente en el estado de sociedad, como es proporcionar
un espectáculo acomodado al gusto de la multitud.
Se hace ademas ridícula la acusacion que de sangrienta se hace á
nuestras fiestas, por oirla muchas veces de boca de hombres que cometen
mayores escesos con la indiferencia mas fria; como por ejemplo, cuando
se espanta y horroriza un francés, que presenciaba con gusto las
carreras de caballos, en que ademas de verlos reventar á menudo, vería
no pocas veces quedar estropeado ó muerto el ginete sin alterarse por
eso, sino que tal vez se alegraria porque ganaba cinco mil francos que
llevaba á favor del contrario. Mucho mas ridículo aun es el horror que
suelen inspirar nuestras fiestas al tétrico inglés, que familiarizado
con el suicidio, le conmueve la muerte de los caballos, mientras que
asiste ansioso al _pugilato_, donde ve luchar no á dos fieras, no á un
hombre con una fiera, sino á dos hombres, que arrastrados por el interes
mas vil, acometen á un semejante, á un conocido, á un amigo quizás para
destrozarlo y acabar con él si preciso fuere: estos espectáculos han
ocupado á uno de los pueblos mas civilizados de la Europa moderna,
autorizados por el gobierno hasta muy pocos años hace; y en el dia,
aunque clandestinamente, los sostiene y aplaude. ¡Crueles! ¿Y sufriremos
que nos llamen impunemente bárbaros porque sostenemos los toros, un
pueblo en que se tolera que dos hombres se maten á puñadas en presencia
de la multitud, y se prohibe que el anatómico estudie sobre el cadáver
en el retiro del anfiteatro su estructura y organizacion?
Nunca acabaríamos si hubieramos de hacer una reseña aunque breve de los
espectáculos y juegos que ocupan á muchos de los pueblos que censuran de
sangrientas las corridas de toros, ni seriamos menos estensos si
limitándonos á nuestra nacion manifestásemos los que como mero
pasatiempo se usan en diferentes provincias, y son indudablemente mas
sangrientos que los toros, sin que ni unos ni otros hayan merecido nunca
tal impugnacion. ¿Y será por ventura la causa de tan estraña
inconsecuencia el ser mucho mas pequeños los animales víctimas de
semejantes juegos? Cuando hacen servir el amor zeloso de los gallos como
el móvil de su odio y la causa porque se matan, ¿juzgarán por no
sangrienta la pelea porque se necesite la sangre de mil gallos para
componer la de un toro? ¿les asistirá la misma razon á los pueblos que
salen con la escopeta los dias festivos á manifestar su destreza
matando docenas de pajarillos que ni se cuidan levantar del suelo? Pues
deben saber los que asi piensan que no le cuesta menos á la naturaleza
producir la masa enorme del elefante ó del condor que la diminuta
hormiga, ó el pequeño pájaro, mosca, y que son unos mismos los derechos
que tienen todos á la vida. Y si hemos de convenir con el príncipe de
los naturalistas antiguos[9], en las obras mas pequeñas, en los animales
microscópicos es donde con mas fuerza ostenta la naturaleza su poderío:
_nunquam magis natura quam in minimis_.
Oponen tambien que las lidias de toros traen un perjuicio grande á la
agricultura, porque se le priva al año de un número considerable de
reses que pudieran emplearse en la labranza, al mismo tiempo que perecen
centenares de caballos que pudieran igualmente prestar buenos oficios al
labrador. Esta objecion es tan especiosa como falsa, aunque á primera
vista aparezca con todo el prestigio de una evidente verdad. Asi es que
no serán necesarios grandes esfuerzos para demostrar su falsedad.
Los labradores tienen su caudal diseminado, por decirlo asi, en la
superficie de la tierra, tanto en granos como en ganados &c., y sus
arcas rara vez corresponden en riqueza á la que ostentan en sus cortijos
ó haciendas. Esto es tan general, que aun cuando haya alguno que posea
la suficiente cantidad de numerario para llamarse rico solo por él, son
sin embargo tan raros estos ejemplos, que no pueden reputarse por otra
cosa mas que por escepciones de una regla general. Por consiguiente
habremos de convenir en que la riqueza de esta clase consiste en
efectos, y por consiguiente que tantas mas ventajas obtendrá cuanto sea
mayor la salida de estos efectos, mientras que por el contrario se
empobrecerá cuando falte ó se disminuya el consumo de ellos. Para
convencernos de esta verdad basta solo figurarnos á los labradores
despues de un año felicísimo con las eras llenas de grano y las dehesas
de ganado cuyo valor aproximado forme un considerable capital: si los
consumos son grandes, podrá vender á buen precio tanto el grano como el
ganado, y recibir una cantidad suficiente para emprender con ardor la
labranza en el año próximo y beneficiar cuanto le sea posible sus
ganaderías; pero si por el contrario escasean, tendrá que bajar los
precios, y siendo á pesar de todo mezquina la venta, lo será tambien la
cantidad que percibe, y se hallará por consiguiente sin los medios
necesarios para estender y fomentar la especie de industria que ejerce.
La riqueza de los labradores es imaginaria si faltan los consumos, y la
misma prodigalidad con que los granos y los ganados se multiplican
contribuyen doblemente á empobrecerlo, pues por una parte pierden el
valor y por otra aumentan los gastos con su abundancia. Por el
contrario, jamas se ha visto que por ser escesivos los consumos de estos
ó aquellos productos se haya perjudicado el ramo de industria á que
pertenezcan, sino que se aumentan y perfeccionan. La esperiencia está en
un todo de nuestra parte, y principalmente en la materia que nos ocupa:
echemos una ojeada por la hermosa casta de caballos andaluces, y veremos
que empezó á multiplicarse y á recibir mejoras cuando los consumos eran
mayores que son hoy, y que conforme han ido disminuyendo ha perdido sino
en la calidad de los caballos, como sin embargo creen muchos, al menos
en la abundancia de potradas y en lo numerosas que eran. Con respecto á
los toros sucede lo mismo; cuando habia mas plazas y se hacian al año
muchas corridas mas que hoy, habia en todas las provincias mas
ganaderías famosas y mayor número de cabezas de ganado vacuno: muchas de
estas ganaderías no existen ni aun en el nombre, desaparecieron con la
disminucion de los consumos, y las que se conservan famosas son aquellas
de que mas toros se sacan para las plazas. Ademas de que el consumo que
en ellas se hace de toros y de caballos no solo concurre á beneficiar la
cria del ganado vacuno y caballar como lo hiciera cualquier otro
consumo, sino que las beneficia de un modo particular y directo; lo
primero, por el esmero con que los criadores de toros de plazas cuidan y
afinan el ganado, y por la mucha estima que asi adquieren los toros; y
lo segundo, porque en las plazas mueren todos los caballos malos y
viejos de que ya el labrador ha obtenido cuantas ventajas pueden ellos
proporcionarles, y es la última vender á un precio bastante alto un
animal que por su edad ó por sus enfermedades ni puede ya recompensar
con su trabajo los gastos y esmero de su manutencion y cuidado, ni mucho
menos presentarse en feria. Estos animales se verian por último
condenados á perecer, ó serian onerosos para sus dueños, si en las
plazas de toros que es su única salida no los comprasen á un precio que
nunca hubiera podido obtener sin este recurso su dueño, y esto es una
ventaja positiva y muy considerable para los labradores.
En otro pais cuyo suelo fuera menos rico y productivo que lo es el
nuestro podria decirse tal vez que el consumo de las plazas podria
perjudicar por hacerse con menoscabo de otros consumos del mismo género;
pero esta objecion no tiene lugar en España, pues aunque se triplicara
la poblacion, y con relacion á este mismo aumento crecieran los
consumos, no por eso llegaria el caso de que se resintiese la cria de
ganados del que se hiciera en las plazas. Cualquiera que haya paseado
nuestras provincias, ó que al menos tenga noticias circunstanciadas de
ellas, y sepa el número de ferias que en ellas se celebran, y la
multitud y abundancias de ganados que á ellas concurren, se persuadirá
no solo del ningun daño que las corridas de toros causan á la
agricultura, sino de la necesidad que tiene de ellas para beneficiar el
ganado, activar su consumo y entresacar en el caballar la hez que con
tantas ventajas del labrador se consume en las plazas.
Cuando oimos decir que las corridas de toros son perjudiciales al
Estado, quisieramos que nos presentasen algunas de las razones en que se
apoya tan estraña asercion; pero jamas hemos visto ninguna ni
conveniente ni adecuada, pues era la mas fuerte el perjuicio que
suponian recibia la clase agrícola. Hemos visto ya que lejos de ser ella
perjudicada recibe beneficios de gran tamaño, y anunciaremos ademas,
aunque rápidamente, algunas de las principales ventajas que las corridas
de toros proporcionan al Estado.
Bastaba solo el fomento de la agricultura en uno de sus mas preciosos
ramos para persuadir á cualquiera la utilidad de las corridas de toros,
porque sabemos que la principal riqueza de un Estado, y la única que le
puede servir de apoyo invariable, es la que se cimenta en el fomento de
sus productos territoriales, y por tanto no puede dejar de ser que las
corridas de toros lo robustezcan, habiendo visto qué directamente
influyen en el aumento de aquellos productos. Ademas hemos visto que
llena una de las primeras necesidades de un gobierno que vele por la
felicidad de los pueblos, como es un espectáculo nacional y varonil, sin
que por eso sea bárbaro é inhumano, y bajo este aspecto recibe el Estado
una nueva ventaja. Tambien son las plazas de toros frecuentemente
arbitrios con los cuales se cubren ciertas atenciones, para cuya
satisfaccion hubiera sido preciso exigir á los pueblos alguna nueva
contribucion ó impuesto, que por suave y módica que fuera, jamas la
pagaria con el gusto y exactitud con que satisface el precio del billete
para los toros. El equipo y armamento de algun cuerpo que se forma
repentinamente, la conclusion de alguna obra pública de conocida
utilidad, el establecimiento de casas de beneficencia &c., son bienes
positivos y considerables que reporta el Estado de las corridas de
toros, pues no hay espectáculo alguno que se haya hecho objeto de tantos
arbitrios, y de que se hayan sacado tantas y tan cuantiosas sumas en
beneficio del Estado. Ademas que segun se deduce de las reflexiones que
al principio hemos hecho, influye de un modo bastante directo y poderoso
en el carácter del pueblo, haciéndolo valeroso y amigo de la gloria sin
viciar por eso las ideas de humanidad y dependencia que deben mantenerlo
obediente y moderado.
Si no recibiese el Estado otro beneficio de las corridas de toros,
bastaria no solo para hacer ver que no le son perjudiciales, sino para
demostrar su utilidad, saber que siembran en los pueblos la semilla de
su independencia cuando fomentan su heroismo y su fraternidad.
No con mas fundamentos que las anteriores acusaciones se hace á nuestras
fiestas la de que son perjudiciales á las artes y á la industria.
Jamas vimos apoyada semejante opinion en escrito alguno con la solidez
necesaria para convencer, y cuando la oimos en boca de los detractores
de las lidias, sus raciocinios para probarlas eran falsos, especiosos,
fundados en algun abuso, ó bien deducido de las que ya hemos visto
enteramente refutadas, y cuyas consecuencias quedan destruidas como los
principios de que emanaban.
Las artes no sufren ninguna especie de atraso ó de perjuicio ni directa
ni indirectamente de las corridas de toros, antes bien recibirán calor y
nueva vida, pues es tal el enlace que tienen todas las clases entre sí,
y todas las partes que componen la máquina social, que cuando alguna ó
muchas de ellas esperimentan mejora ó engrandecimiento, las demas
participan de los saludables efectos del agente que promovió el bien de
la primera: asi es, que promoviendo las corridas de toros la riqueza de
los labradores y el aumento por consecuencia de los productos
territoriales, fomentan indirectamente las artes ofreciéndoles con
abundancia las primeras materias. Sería nunca acabar si partiendo de
este principio hubieramos de ir manifestando los beneficios que todas
las artes pueden reportar indirectamente de las corridas de toros, pues
se formaria una cadena que al modo de los sorites nos llevaria hasta
donde quisieramos poner su conclusion.
La industria dicen que padece con las corridas de toros, porque la mayor
parte de los que á ellas concurren son artesanos, jornaleros y
trabajadores, y como se hacen generalmente en dias de trabajo, pierden
no solo el precio del boletin, sino lo que hubieran podido ganar en sus
respectivos talleres; de modo que la industria padece tanto por lo que
se deja de adelantar en ella, como por la suma que se le substrae. Esta
objecion es mas especiosa que sólida, porque sea la que quiera la suma
que la multitud espenda en los toros, y concediendo desde luego que sea
la clase industrial la que de ella se desprende, como no hace mas que
pasar de las manos de una á las de otra porcion de la misma clase, es
claro que la industria propiamente dicha no sufre perjuicio alguno. Por
otra parte hemos visto la necesidad que hay de dar diversiones al
pueblo, y cuán justo es que el pobre tenga alguna ocasion en su vida
para con el ahorro de sus afanes proporcionarse unas horas de apetecida
diversion. Mucho mas podriamos insistir en este punto; pues con solo
enumerar los ramos de industria que ponen en movimiento y á quienes dan
actividad las corridas de toros, ocupariamos algunas páginas; pero no lo
creemos necesario atendido cuanto en el discurso de nuestra narracion
hemos espuesto.
Mucho mas breve seremos refutando la objecion de los que dicen que las
fiestas de toros son perjudiciales á la humanidad, porque de la
refutacion que á las otras hemos hecho resulta destruida la presente, y
bastaba saber que muchas casas de beneficencia, como hospitales,
hospicios &c., tienen impuestos muy considerables sobre estas fiestas,
para conocer que la humanidad reporta sus beneficios hasta en los
últimos de sus asilos.