En esta fecha voy a narrar mi viaje a París, el cual gracias a mi hijo,
ha sido una continua dicha para mí. Tuve una satisfacción inmensa al ver
de nuevo aquella ciudad de mi niñez, y al conocer los numerosos amigos
con que cuenta Alfonso, todos ellos personajes distinguidos por su
nacimiento o sus talentos. Madame Récamier, a quien dicen que me
parezco, me he dispensado una acogida excelente; he asistido en su casa
a una lectura que ha dado M. de Chateaubriand, quien ha leído una
tragedia titulada «Moisés»; la figura de este grande hombre me ha
impresionado más que sus versos: tiene el aire majestuoso de un rey en
medio de su corte. Me gusta más el aire natural y sencillo de otros
hombres de gran talento, que estaban allí, y que yo ya conocía desde mi
niñez. No obstante, la gloria tiene para mí grandísimo prestigio; creo
que si mi hijo alcanzara algún día la más pequeña parte, estaría
altamente satisfecha. Pero yo pido a Dios para mi hijo muchas cosas
antes que esa gloria, que muy bien pudiera resultar vana, examinada
detenidamente.