Alfonso ha regresado a París, donde fue muy bien recibido por todos, y
particularmente por el rey Carlos X. Se le hubiera nombrado
inmediatamente primer secretario de Estado en España, si hubiese querido
aceptar; él prefiere esperar para ir a Londres, lo cual se le ha
prometido para dentro de un año; allí será solamente ministro
plenipotenciario. Me ha traído una magnífica araña para mi sala de
Mâcón, y bastante dinero, pues ha comprendido que andaba yo algo escasa
por mis muchos gastos y recelos de mortificar a mi pobre marido. Estoy
muy contenta por que mis hijos quieren pasar el invierno en Mâcón en
compañía nuestra; ahora se encuentran en Saint-Point. Alfonso me ha
mandado algunos versos que va componiendo, los cuales me han gustado
mucho; dice en ellos lo mismo que yo diría si tuviera su talento para
expresarlo; es el eco de mi voz, porque yo no dejo de sentir la belleza,
pero al pretender expresarla enmudezco. Esto me sucede también en mis
horas de recogimiento místico; en mis meditaciones siento como un fuego
dentro del corazón, cuya llama no puede salir del pecho; verdaderamente,
Dios no necesita de mis palabras para comprender mis intenciones, pero
yo desearía que el fuego que pugna por salir del pecho convertido en
palabras, se deslizara poco a poco por mi boca en cantos de alabanzas,
en acciones de gracias, en himnos y oraciones; y que después pudieran
escribirse, para que por siempre fuera su gloria ensalzada como yo lo
deseo en los misteriosos secretos de mi corazón. Doy gracias a Dios
porque ha concedido a mi hijo lo que yo deseo para mí: su voz será la
mía; sus sentimientos iguales que los míos son.
(Hay aquí párrafos que son un himno de reconocimiento para su hijo).