Desde esta mañana me encuentro en Milly, pero por breves momentos.
Siempre que estoy aquí me hallo dispuesta a escribir algunos párrafos en
este _diario_, descuidado por tanto tiempo, y que ya tenía casi
abandonado. Ya no tiene para mí el interés de otros tiempos, ni para
continuarlo ni para leerlo de nuevo. Los acontecimientos consignados en
él se van alejando, todo huye volando: a medida que vamos envejeciendo,
vamos penetrándonos de la vanidad de todo y tenemos, por lo tanto, menos
interés en conservar los recuerdos. Ya no me interesan sino los que
pertenecen puramente al corazón, y éstos no hay necesidad de
consignarlos. No obstante, aun quedan algunas épocas que quiero ir
marcando debidamente: servirán más bien para mis hijos que para mí. Las
últimas de ellas, las que pueden conducir a la felicidad celeste, no
pueden descuidarse. Voy convenciéndome cada día más de que he entrado en
la vejez, a pesar de que no falta quien me diga que no se apercibe de
ello, y que estoy conservada como a los treinta años; pero «crecen los
hombres tras de mí», como dice Virgilio, a quien estoy leyendo esta
noche en un libro traducido por Boisgermain.