¿Hasta cuándo continuaré escribiendo en este libro? Sólo Dios lo sabe.
Comprendo que, a pesar de mis años, tengo sobre la tierra deseos y
pasiones, y esto me aflige; mi corazón, sin embargo, es de Dios, a quien
diariamente suplico se apiade de mí.
El estado actual de Francia me horroriza: los periódicos avivan el voraz
incendio, que existe no solamente en la opinión sino en los corazones.
Hemos tenido aquí grandes luchas con motivo de las elecciones entre M.
Rambuteau y M. Doria; Dios no puede gustar de estos hechos en que se
calumnian los hombres mutuamente. M. de Villele ha sido arrojado del
ministerio; todo el mundo se encarniza contra la religión, que es mi
único cuidado político. No me agrada por ningún estilo esta continua
guerra de invectiva entre los periódicos de distintos partidos. ¿Cómo se
comprende esta libertad sin límites que la prensa disfruta y que se dice
es una necesidad del gobierno constitucional? Yo temo que este gobierno,
del cual esperábamos tanto, no produzca más que tempestades, hasta
dentro de las mismas familias; es muy frecuente que el espíritu de los
hombres, antes que el espíritu de Dios, sea el que sople en estos
desgraciados tiempos. Dentro de este sistema de gobierno no se observa
más que vanidad, egoísmo, y deseos de realizar actos que tengan mucha
resonancia, sean éstos del género que quiera.
M. de la Maisonfort, ministro del rey en Florencia, ha muerto en Lyón de
vuelta de Toscana. M. de Vitrolles ha sido nombrado en su lugar; se cree
que no irá hasta pasado mucho tiempo a ocupar su puesto; esto va a
detener indefinidamente a Alfonso en Italia. Sofía, mi consuelo, mi
sociedad única, mi hija querida, marcha este invierno a Mende. ¡Triste
de mí!... Mi pobre marido está cada día más delicado, puesto que su
dolorosa enfermedad va progresando; yo me consagro completamente a él,
procurando hacerle olvidar el tiempo, como quisiera olvidarlo yo
también, hasta que vuelva mi hijo de Italia. Se habla de nombrarle
ministro de Francia, no sé dónde; ¿qué me va a suceder si es su
alejamiento un destierro sin fin? ¡Qué triste es el ocaso de la vida,
después de una continuada existencia de temores! ¿Dónde me refugiaré yo,
si no es en la oración, que me calma siempre, como la conversación de
un buen amigo justo, poderoso y sabio? ¡Ah! ¡qué felices son aquellos
que creen en esta comunicación sensible de la criatura con el Creador
del Universo!