5 mayo de 1827.

El último domingo, a las once de la mañana, ha muerto mi cuñado, el jefe

de la familia Lamartine, a los ochenta años de edad. Su hermana y yo

hemos recibido su último suspiro: hasta este momento ha conservado clara

su poderosa inteligencia. Su muerte ha sido muy sentida en toda la

comarca; era un hombre de talento e ilustración superiores; poseía

conocimientos casi universales; su conversación era prodigiosamente

interesante y vasta; durante toda su vida fue, puede decirse, el rey de

la familia y de esta provincia. Había sido oficial de caballería del rey

Luis XV, durante los primeros años de su juventud; su delicada salud le

llevó nuevamente a Mâcón, donde se puso al frente de la administración

del tan importante como enredado patrimonio de mi padre político, el

cual radicaba entre Borgoña y el Franco Condado. Se le tenía como una

especie de oráculo: la comarca entera consultábale todo los asuntos,

hasta los más íntimos.

Había estado en relación con todos los hombres eminentes de la Asamblea

Constituyente, de la ciencia y de la literatura: M. de Buffon, Mirabeau,

los economistas y los filósofos. El ocupaba aquí una buena posición y

vivía en compañía de sus hermanas, solteras también: ha legado su finca

de Saint-Pierre indivisa a Alfonso y a Cecilia, su sobrina Mme. de

Cessia; y sus bellas tierras de Monceau a su hermana la señorita de

Lamartine, quien, a su muerte, las deja a Alfonso. Nadie resolvía nunca

nada en la familia sin él o después de haber dado él su opinión.

Este imperio absoluto sobre la familia, había frecuentemente contrariado

mis intenciones, ocasionándome bastantes disgustos; recuerdo los que

sufrí cuando el casamiento de mis hijas y al determinar la carrera que

habíamos de dar a Alfonso. ¿Quién sabe, si al contrariar mi voluntad

tenía razón? Yo opino que sí: en fin, gracias a Dios, todo ha terminado

felizmente para todos: acaso de aquella oposición que entonces se hacía

a mis proyectos, ha resultado el buen acierto que hemos tenido en su

realización.

La hermana de mi cuñado ha quedado muy rica, aunque realmente de nada le

sirven las riquezas, porque no disfruta de ellas y las reparte entre los

pobres: es la santa más delicada de la tierra que he conocido jamás; no

tiene nada en su santidad que moleste ni perjudique a nadie; su piedad,

cuando sale de la iglesia o de su oratorio, donde pasa la vida, se

convierte toda en dulzura y bondad; tiene la sonrisa de los ángeles en

la boca y una transparencia celestial en la mirada; es demasiado

escrupulosa para sí misma: no lo fía todo a la generosidad divina y

derrama la limosna a manos llenas; las gentes la bendicen y la aclaman

como santa.

Los preliminares para la boda de Sofía se han realizado; M. de

Morangies, nuestro vecino y pariente a la vez por parte de su esposa, es

quien nos ha presentado la demanda y el joven pretendiente.

No me ha desagradado su aspecto modesto y reflexivo, y su porte

exquisito, delicado y admirable de todo punto. Creo que es uno de esos

hombres rarísimos, que manifiestan a primera vista la seguridad de la

dicha que han de proporcionar a su esposa, pero ¡ay! se llevará a mi

Sofía muy lejos de nosotros y no vendrán a pasar en nuestra compañía más

que seis meses del año. ¿Qué va a ser de mí, sin esta criatura que me

quedaba como sombra de todas las demás? Ella, cándida como a los ocho

años, y espiritual como a los sesenta; era mi consejera y mi confidente

para todo; creo que la costumbre de tener con ella el corazón abierto,

ha apresurado su gran madurez de juicio; en cuanto a su piedad, es todo

un ángel y sólo temo el exceso, si es que puede llegar a serlo más;

parece una madre de familia; no me cabe duda de que, si tiene hijos, los

hará hombres de provecho.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 216 / 235 题