Mi cuñado, el abate Lamartine, ha muerto; hacía bastante tiempo que su
vida era una prolongada espera de este momento. Espero que Dios habrá
sido misericordioso para el hombre que tanto lo había sido para su
prójimo. Fue lanzado contra su voluntad a la carrera eclesiástica, hacia
la cual no sentía la menor disposición, y se concretó a vivir solitario
en su magnífica finca de Montculot, la cual ha quedado propiedad de
Alfonso, con la obligación de entregar cierta cantidad a la hermana del
difunto y pasar una pensión a mi esposo. Le he escrito para que mande
poderes para tomar posesión, en su nombre, de aquella magnífica casa y
de las tierras que la circundan.