Hoy han salido mis hijos para Italia, donde fijarán su residencia. ¡Ay!
¡cuán sola he quedado en este retiro de Saint-Point! No puedo adivinar
cuánto tiempo durará esta situación.
* * * * *
Ya estamos en la ciudad; no pudiendo dedicarse a la caza, mi marido no
está bien en el campo. Estoy muy disgustada, pero en medio de mi
tristeza me encuentro aquí mejor; Nicole me acompaña por la mañana; sus
«Ensayos de moral» me llegan directamente al alma, y por las noches leo
a Mme. de Sevigné, mi confidente favorita; después... pienso mucho en
los ausentes. ¡Ay! ¡y en los muertos que no volverán!
Ayer recibí una visita del excelente, amable y resignado M. de X...
Aquél que tanto hubiera deseado casarse con Cesarina. No hemos hablado
de nada, puede decirse, pero su sola presencia y su ternura expresaban
muchísimo; he llorado mucho; todas aquellas personas, todos aquellos
objetos que amaron o fueron amados por mis hijos, despiertan en mi
corazón recuerdos de tristeza. ¡Triste de mí!... esta época tan lúgubre
de mi vida la lloraré siempre, ¿no habrá para mí consuelo? creo que sí;
y hasta tengo la certeza absoluta de volver a ver a los seres queridos
que murieron para este mundo. ¡Qué dicha la de poseer una fe como la
mía! Aun cuando la religión no nos diera más que esta fe en el
renacimiento del pasado, deberíamos bendecir a ella y a su fundador. ¡Y
quién no tiene en este mundo seres queridos que espera ver en el otro!