Susana lo sabe todo: yo se lo he contado, pero ella, que tiene una
penetración grande, ya se lo había presumido; ¡pobre hija mía! yo espero
que Dios le enviará aquello que puede y debe darle la felicidad,
teniendo en cuenta que su imaginación no está desbordada y posee un
corazón angelical; ella se dedica a sus deberes sin la menor turbación
ni inquietud, con una tranquilidad y una alegría, que me tienen
embelesada.
* * * * *
El _diario_ queda interrumpido por espacio de tres años. ¿Será que los
cuadernos se habrán extraviado o que los disgustos que han pasado por
ella durante estos tres años de amargura por la muerte de Cesarina,
fallecida a consecuencia de una anemia ocasionada por el nacimiento de
su tercer hijo, o que la enfermedad mortal, al mismo tiempo, de su
querida y bella Susana, no le hayan dejado el espacio ni la fuerza moral
para registrar sus desventuras?
Durante este tiempo, su hijo y su hija política hicieron un viaje a
Francia y otro a Inglaterra, perdiendo también su querido nietezuelo.
Nacioles una niña que es el ídolo de su madre y de su abuela, la cual
parece renovar en todo su imagen, aquella imagen venerable de la anciana
madre, que, a pesar de su edad, conserva en el corazón el fuego santo
del amor a sus hijos, a sus semejantes y a Dios.
Hasta el 29 de junio de 1824 no hay en su manuscrito ni una sola línea,
y sus páginas primeras no son más que sollozos, trazados a la cabecera
del lecho del dolor de su querida Susana, reflejando todas las
peripecias de la enfermedad y la esperanza; es una prolongada agonía
registrada hora por hora, minuto por minuto, abriendo en la última el
cielo a un ángel para dejar entre las sombras de la tierra a una
desconsolada madre.
No hago más que extractar unas pocas de estas notas monótonas si se
quiere, por el repetido acento del dolor. ¡Pobre madre mía!