Todo ha terminado. Alfonso está de vuelta. La madre de la joven inglesa
se ha llevado su hija a Turín para alejarla de él, pero tengo la
seguridad de que ellos se escriben de cuando en cuando. Estoy muy
triste. Mi marido, disgustado por nuestra pena, por la pérdida de las
cosechas, y por las deudas de su hijo que es preciso pagar antes de que
se case, para que la familia a quien se una no resulte engañada; mi
marido, digo, desea vender la casa de Mâcón y retirarse al campo; quiere
vivir completamente aislado de las gentes. Si lo hace así, ¿cómo voy a
colocar las dos hijas solteras que me quedan? ¿Quién vendrá por ellas al
fondo de una pobre aldea? Semejante conversación con mi esposo y el
temor de que venda la casa, me ha hecho derramar muchas lágrimas esta
noche. Mis dos hijas pequeñas me han visto llorar, y en seguida han
corrido ambas a encerrarse sin ruido en el gabinete de las Musas, junto
a mi alcoba (en este gabinete están esculpidas en la madera de los
arrimaderos, las nueve Musas). Al entrar yo en el referido gabinete, he
sorprendido a las dos arrodilladas, rogando y llorando ante Dios para
que me consuele. ¡Qué dichosa me he considerado al ver la ternura y la
sensibilidad de mis piadosas hijas! Pero ¡ay! ello no hace sino
disgustarme más al ver que no puedo ocuparme como debo del porvenir a
que son acreedoras, por las virtudes que atesora su corazón.