Los disgustos que he sufrido por causa de mis hijos, acortarán mi
existencia y acabaré por sucumbir bajo el peso de tanto sufrimiento. Yo
he sentido sus penas con mayor fuerza que ellos mismos. La ociosidad de
Alfonso me consume. ¿Por ventura ha nacido para esto? Me lo he
encontrado solo en Milly donde se quedó antes, tranquilo, pero triste, y
tanto o más que nunca viviendo entre sus libros, y de cuando en cuando
escribiendo versos que no enseña jamás. Algunas veces, sus amigos, M. de
Vignet y M. Virieu, me hablan de él con especial entusiasmo; pero ¿de
qué le sirven sus talentos así encerrados, en el supuesto de que
verdaderamente lo sean? Por otra parte, ¿qué ha de ser esta poesía que
reconcentra sus ecos en un joven devorado por el deseo de actividad?
La causa de mi excesiva alegría por la vuelta de los Borbones, fue
porque esperaba que la familia no se opondría entonces a esta necesidad
de obrar, y que estos príncipes, a quienes habíamos servido en la
desgracia, emplearían a mi hijo en alguno de los muchos cargos de que ha
de ser capaz; ¡pero después de tres años no hemos tenido de ellos ni una
sola mirada!
No dejo de comprender que, así los príncipes como los ministros, están
abrumados de solicitudes a su alrededor, y que no pueden dirigir sus
miradas hasta el fondo de las provincias para ir escogiendo y
clasificando los talentos jóvenes y desconocidos. Es preciso resignarse
al olvido. Al fin y al cabo esto no vale la pena de disgustarse; pero
¡ah! que mi hijo está en la edad de las ilusiones, que son para él lo
que para mí las realidades. Acaso el sentimiento secreto que en él
adivino procede de este desengaño sufrido. Porque no es natural ni
corriente que un joven de su imaginación y de sus años, se abandone y
encierre en la soledad más absoluta; aparece como que haya perdido por
la muerte o por otra causa cualquiera, algún objeto querido, cuya falta
ocasiona en él tristeza tan profunda.