M. de Vignet, el amigo de mi hijo, ha estado aquí unos días, acaba de
ser llamado a París por el embajador de Cerdeña, marqués de Alfieri, a
quien Alfonso conoce muchísimo. Esto es buen augurio para el porvenir
diplomático de este joven, quien empezaba ya a descorazonarse. ¡Ah!
¡cómo quisiera yo ver a mi hijo entrar pronto en una carrera tan digna
de él! Observo que mi salud va languideciendo de algún tiempo a esta
parte; yo creo que la causa de ello son los sufrimientos del corazón y
del espíritu, ocasionados por los contratiempos que mis hijos están
sufriendo. Es preciso que sobre esto reflexione detenidamente. Pronto
cumpliré cincuenta y dos años, y como quiera que no he sido de
complexión fuerte, necesito de mayores cuidados que muchas otras; eso
debería aumentar mi piedad y hacer que me ocupase solamente de Dios. En
lugar de esto, parece que mi alma participa de las debilidades de mi
cuerpo, porque encuentro que me faltan o se debilitan en mí aquellos
sentimientos vivos que penetran el alma y la elevan al cielo,
haciéndonos felices en todas las situaciones de la vida; me siento fría,
e insensiblemente arrastrándome sobre la tierra. ¡Oh! no es esta la
vejez que se necesita para preparar el alma. Entretanto, ¡Dios mío! mi
voluntad se dirige todavía hacia Vos, sostenedme y haced que pueda daros
todo lo que me resta... ¡Ay! ¡qué pobres e indignas de Vos son mis
ofrendas!