Mi hijo Alfonso se encuentra en este momento viajando en la Saboya,
acompañado de la familia Maistre, cuyo sobrino, M. Luis de Vignet,
persona distinguidísima, es muy amigo de él. Este joven, de grande
ingenio y mucho talento, como el que yo supongo en mi hijo, tiene como
él también un carácter algo melancólico. Me recuerda la figura que yo
atribuí en mi juventud a Werther, de Goethe; pero él es, como su
familia, muy cristiano.
Esta amistad, bajo esta correspondencia, me satisface por mi hijo, que
tiene necesidad de buenos ejemplos de fe positiva, porque su religión,
demasiado libre y demasiado vaga al mismo tiempo, me parece producida
por el sentimiento y no por la fe.
* * * * *
Como ya tengo indicado, mi hijo solicita un empleo diplomático; mi
hermano mayor y yo hemos despertado en él este deseo que le cuesta
buenos disgustos. Como quiera que en París no tenemos una protección
directa para abrir las puertas de las personas influyentes, y nuestro
nombre, aunque digno, no es de gran resonancia para llamar la atención
de los ministros, perdemos el tiempo. Alfonso se cansa e impacienta, no
pudiendo obtener una ocupación activa para su espíritu; y sus disgustos
recaen sobre mí y me afligen mucho.