10 de abril, día de Pascua.

Lyón, Burdeos y París han levantado bandera blanca, y se han puesto la

escarapela del mismo color; Bonaparte ha sido declarado indigno del

trono que no ha sabido sostener, y dicen que irá a la isla de _Elba_,

que le ha sido concedida en soberanía, además de seis millones de renta

anual.

Llega en este momento un correo de Lyón con bandera blanca; el

Ayuntamiento de aquí se ha reunido para resolver si se declararía la

caída de Bonaparte y la soberanía de los Borbones. Mi marido, mi yerno

M. de Cessia y Alfonso, han asistido; yo les animé cuanto pude, porque

para Francia no hay más salvación que la conciliación con Europa, bajo

la salvaguardia de los antiguos reyes que hoy se encuentran desterrados.

No creo que sea imprudente declararlo desde luego: el extremado ardor

con que yo defiendo lo que creo justo, me está produciendo serias

desazones; se me ha tachado de imprudente. Nada sabemos aún de positivo

sobre los acontecimientos actuales; se dice que París fue tomado el 31

de marzo, y estamos a 10 de abril sin haber recibido todavía noticias

oficiales. Se temía igualmente que hubiera algún trastorno con motivo de

los pronunciamientos, y algo debe haber de verdad sobre esto porque

anoche hubo en el paseo una intentona.

Hoy hemos pasado sin saber noticias de París, el pueblo estaba

excitadísimo, cuando allá sobre las seis de la tarde llegó un correo

portador del _Senatus consulto_, que declaraba la caída del imperio. El

gozo fue grande. Este aumentó por la noche con las noticias que se

recibieron de la abdicación de Napoleón y la exaltación de los Borbones.

Todo el mundo estaba en el paseo; éste parecía atestado materialmente,

el tiempo era magnífico; hablábanse las gentes sin conocerse apenas. Se

reunían, se felicitaban, se abrazaban; era aquello una manifestación

general de entusiasmo. Hubo luego iluminación y se prolongó el paseo

hasta la madrugada.

Al día siguiente tuvo lugar la solemne proclamación del nuevo orden de

cosas, con músicas y luminarias; se dieron gritos de «viva el rey.» He

tenido hoy a comer y almorzar a muchos miembros del consejo provincial,

que han llegado de Mâcón, donde han sido convocados por el gobernador de

la provincia.

He salido para Milly con mis tres pequeñitas. Estoy contenta y necesito

pasar aquí algunos días de reposo para ordenar en calma las ideas que

agitan mi cerebro.

Mañana procuraré escribir algunas reflexiones que me han sugerido los

acontecimientos ocurridos.

* * * * *

En las reflexiones que vamos a copiar, escritas en su retiro de Milly,

se advierte desde luego el sentimiento, tanto tiempo comprimido, que la

madre de familia abrigaba contra la dominación militar de Bonaparte, y

los deseos de que la Francia estuviera gobernada por un gobierno más

pacífico, que ella creía de buena fe había de ser el de los Borbones, a

cuya familia amaba desde su niñez. Esta página viene a ser el lirismo de

la esperanza, después de la desesperación. Un régimen tan odiado por las

mujeres no podía ser por ningún estilo todo lo popular que los

historiadores del partido quieren hacernos creer.

Continuemos leyendo las impresiones de aquella madre amantísima.

* * * * *

Milly, viernes 15 de abril.

Señor, jamás hubo en el mundo una criatura más colmada de vuestros

beneficios que esta humilde pecadora. A medida que voy avanzando en

edad, me encuentro rodeada cada día de una protección particular de

vuestra divina piedad. En medio de todo lo que acaba de suceder, no he

sufrido particularmente una sola desgracia. Mis hijos se encuentran

todos a mi lado. Conservo a mi único varón, cuando tantos otros padres

han perdido los suyos. Su salud se modifica de continuo, tanto, que

puede decirse ya que está del todo restablecido. Todo lo que os pido,

Dios mío, es que le hagáis un buen cristiano. Combato, por mi parte,

todo lo que puedo, todos los impulsos que la ambición pretende encender

en mi pecho; todo esto que pido es en bien de mi hijo, de su alma. Pero

al pedir en bien del alma (y no deseando realmente más que eso), siento

una tristeza y un desfallecimiento que me causa horror. Acaso este será

un castigo de Dios por haberme inclinado demasiado a las cosas mundanas;

será que se me advierte la pérdida de los goces verdaderos; yo así lo

creo, porque antes de ahora, cuando me dedicaba a Dios solamente, era

feliz en mi retiro, me alzaba sobre las miserias terrenales y sentía una

inexplicable alegría, pero en la actualidad no puedo, sin esfuerzo,

alcanzar este entusiasmo celestial. ¿Será que mis sentidos se entorpecen

al peso de los años? Sin embargo, mi salud es buena y mejor que otras

veces, lo cual es todavía otro de los favores por que debo dar gracias a

Dios. Mis hijas están igualmente buenas, creciendo a mi lado en virtud y

hermosura, porque sus figuras son simpáticas y su piedad grande: tanto

es así, que yo misma, algunas veces, he notado escrúpulos excesivos en

ellas que me he visto obligada a combatir. Cecilia y su marido están

todavía con nosotros; su hijo, mi nietecito, se está haciendo cada día

más hermoso; su madre se lo cría, y hace en esto muy bien; nunca me ha

gustado dar los niños a manos mercenarias.

Va mejorando nuestra fortuna. Gozamos de la consideración y aprecio de

cuantos nos rodean y esto es una parte de los beneficios que Dios me

concede. Siempre debiera estar de rodillas para darle gracias o al menos

ocuparme continuamente de mis deberes proclamando su gloria, y empleando

por él todos los instantes que me concede y que tan buenos son,

entretanto que otros sufren amargamente.

* * * * *

Dios, porque es eterno, es paciente; esta frase no sé si de Bossuet o de

San Agustín, la recuerdo estos días al reflexionar sobre la caída de

Napoleón. ¡Qué ejemplo de la divina justicia!

¡Cuántas ambiciones ha despertado el ver este coloso de la gloria

elevado sobre el inicuo pedestal de barro! Europa entera parecía

humillada bajo su poder; no tenía él más que desear y emprender

cualquier cosa, para verla realizada antes de que su misma ambición

pudiera apetecer. Mientras fue instrumento divino, nada pudo sostener el

curso de sus conquistas, de sus devastaciones, del trastorno general que

parecía efectuarse por él, sobre toda la superficie del globo. No podía

decirse a cuál virtud lo debía, porque la iniquidad le llevaba

encadenado a un desenlace ruidoso y brillante a la vez ciertamente. Pero

vosotros, los que, alucinados por esa gloria, admiráis el coloso de la

maldad, escuchad; escuchad, sí, un momento; atended un instante y veréis

este prodigio disipado, desvanecido, destruido en menos tiempo del que

necesitó para elevarse. ¿Dónde encontrar el rastro de su paso? Porque

habéis de saber que le servirá de mortaja lo mismo que se ha dado en

llamar su gloria, para ser enterrado bajo las ruinas de diversas

naciones y de montones de cadáveres sacrificados a su ambición

desmedida, a su crueldad sin límites.

Empieza a renacer el reinado de San Luis con la ayuda y bajo la

protección divina.

Ensalcemos la bondad de Dios con cánticos de alabanza que resuenen sin

cesar sobre la tierra.

¡Que todas las madres enseñen a sus hijos himnos de gloria y de ventura

que ensalcen y glorifiquen la paz y la armonía!

* * * * *

Desde luego se comprenderá que un hijo cuya sangre era la de madre

semejante, y que además había estudiado en la historia de la antigua

libertad, no fuera jamás partidario de Napoleón Bonaparte.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 146 / 235 题