Se encuentra refugiada en mi casa mi hija Cecilia, que ha venido huyendo
del Franco-Condado; el día 9 de marzo alumbró entre el tronar de los
cañones y los gritos lastimeros de los heridos. Por todas partes hay
soldados; estamos abrumados de gentes a quienes alimentar; tenemos un
general en casa, y damos de comer a los que le acompañan, en número de
veintiocho. Nos tienen arruinados.
Alfonso está en Milly, en donde hay igualmente unos trescientos hombres;
cuatro oficiales se alojan en la casa con sus caballos y sus asistentes.
Se están temiendo siempre nuevas batallas; sin embargo, creo que se irán
alejando de estos contornos, porque las tropas francesas se encuentran
junto a Villafranca, y los austriacos entre esta ciudad y sus cercanías.
Mi hijo Alfonso salió el 10, con M. Pierreclos, para asistir a la gran
batalla frente a Villafranca. Estuvieron un momento cercados por un
cuerpo austriaco que se adelantaba oculto detrás de una montaña. La
velocidad de sus caballos les salvó; sin embargo, algunas balas
atravesaron sus vestidos y uno de los caballos quedó herido. A pesar de
este percance, pudieron llegar a Pierreclos y a Milly, abandonados ya
estos pueblos por el enemigo.
Ayer tuvieron otra batalla junto a Villafranca, en la que los franceses
fueron rechazados; se dice que las pérdidas han sido grandes por ambas
partes. Han entrado gran número de heridos. ¡Dios mío! ¿cuándo se
apaciguará vuestra cólera? ¡Perdonad nuestras faltas y haced que
nuestros males terminen!