Han llegado los enemigos hasta Besançon junto a Lyón; se espera en este
sitio una batalla: no sé si deba preocuparme o no por este esperado
acontecimiento: el peligro produce sangre fría y concentra en el
corazón todas sus fuerzas. Espero y creo en Dios.
Las gentes están agitadísimas, y cada cual se deja llevar por sus
opiniones. Hago esfuerzos para no decir nada en contra del espíritu de
paz y caridad que debe reinar entre los verdaderos cristianos, y a pesar
de mi excesiva moderación soy criticada. No importa, tengo fuerza de
voluntad para sufrirlo todo.
Mis ocupaciones y mis gastos son grandes; tengo poquísimo dinero, puesto
que mi viaje me arruinó, y mi marido no quiere reducir nuestros gastos.
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Hasta el día 10 de marzo de 1814 el _diario_ no es más que un confuso
relato de maniobras de los ejércitos austriacos y franceses, que toman y
vuelven a tomar, cada uno a su vez, la ciudad de Mâcón y demás
poblaciones vecinas. La batalla del 10 de marzo entre los soldados de
Angereau y los del general austriaco Bianchi, a las puertas de la
población, se observa con todas sus peripecias en el hogar desgraciado
de la atribulada madre que tiembla por la vida de su familia.
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El día 10 (jueves) han tenido otra batalla; los franceses, en número de
doce mil hombres, han atacado para rechazar a los austriacos. El combate
ha durado desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde con
igual ardor por ambas partes, pero al fin han sido rechazados los
franceses. Las pérdidas han sido casi iguales entre ambas partes; el
número de muertos y heridos dicen que asciende a cuatro mil hombres. No
hemos estado un momento sin oír cañonazos ni ver pasar heridos. ¡Qué
horrorosa jornada!
Después de la batalla, la noche que ha precedido al día siguiente, han
sido saqueadas casi todas las casas de los alrededores de Mâcón y muchas
de la misma ciudad, como la mayor parte de los arrabales de san Antonio
y la Barre. Se han cometido muchos excesos de todas clases: He aquí el
resultado de esta guerra cien veces maldita. ¡Qué inmensa
responsabilidad para los culpables de estas desgracias! Pobres madres
que ignoráis en este momento la muerte de vuestros hijos, ¡cuál será
vuestro desconsuelo al recibir la infausta noticia!
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Muchas señoras, el señor cura y yo nos hemos presentado al general
Bianchi, rogándole cesara el saqueo. Este general nos ha recibido muy
cortésmente, pero nos ha dejado ver que no se juzgaba dueño de dominar
por completo el pillaje: me parece, sin embargo, que ha tomado alguna
medida en este sentido, porque durante la noche han recorrido el pueblo
patrullas de soldados a caballo.