Mañana se anuncia, al fin, el casamiento de mi primera hija, con un
gentilhombre del Franco Condado, que se llama M. de Cessia. Cecilia es
muy bella y más joven que él.
A pesar de la diferencia de edad, él es muy bueno y razonable. A los
dieciséis años recibió una herida formando parte del ejército de Condé,
y cojea un poco. Vive con su padre; que cuenta ya ochenta y seis años,
de carácter imperioso y absoluto, y dos hermanos solteros. Es un
excelente casamiento que, aunque me preocupa un poco, espero ha de hacer
la felicidad de mi Cecilia.
Alfonso está en París; ha sido muy bien acogido por M. de Pansey,
consejero de Estado y presidente del Tribunal de Casación. La prima de
Alfonso, madame de Pré, quien vive en compañía de M. de Pansey, es una
persona muy amable, aunque de mucha edad. Me admira que en las
postrimerías de la vida y cuando vamos a perder ya todo lo que pertenece
a este bajo mundo, seamos todavía sensibles a la ambición...
He penetrado en el cuarto de Alfonso y examinado sus libros, quemando
aquellos que yo creo perjudiciales: he encontrado el _Emilio_, de J. J.
Rousseau; me he permitido leer algunas páginas; no me pesa, porque, los
párrafos que he visto me han parecido magníficos, y me han hecho un gran
bien, tanto, que voy por mí misma a copiar alguno. Es bien sensible que
semejante libro esté envenenado por tantas extravagancias, buenas
únicamente para ahuyentar la fe y el buen sentido de los jóvenes.
Quemaré este libro, y sobre todo, la _Nueva Eloísa_, más peligroso
todavía, porque éste exalta las pasiones al propio tiempo que debilita
el espíritu. ¡Qué lástima que un talento tan grande como el de Rousseau
enloquezca de este modo!
Yo no temo nada por mí, puesto que mi fe está bien cimentada y es
superior a toda tentación; ¿pero y mis hijos, Dios mío?...
Por causa de Alfonso he tenido hoy un gran disgusto: han enviado de Lyón
y de Italia a sus tíos y tías gran número de notas por las muchas deudas
que ha contraído durante sus viajes; la familia, que sabe que yo le
mimo, me hace responsable de sus desaciertos; me han hecho en este
sentido muchos cargos, por lo que he derramado lágrimas de amargura.
¡Ah! efectivamente: ¡las faltas de mi hijo son mis faltas! ¿Por qué no
hube de ser yo más severa para él desde un principio? El hubiera temido
el disgustarme, de esto estoy bien segura: es verdad que no me amaría,
tal vez con la misma pasión, y que después, por circunstancias más
graves, el temor de afligirme hubiera sido tal vez para él como una
segunda conciencia. ¡Todo se pagará; pero antes pagaré yo en reproches
fundados y lágrimas amargas las ligerezas de mi pobre hijo!
Ahora se encuentra en París; M. de Larnaud, excelente sujeto, de ingenio
distinguido, vive en el mismo hotel y es íntimo amigo de mi cuñado,
quien acaba de recibir una carta confidencial de su amigo Larnaud, en la
que se le advierte que su sobrino está en peligro, porque, arrastrado
por sus amigos, se deja dominar por la pasión del juego; que pasa las
noches en casa de M. Livry, casa en la cual puede perder fácilmente
toda su fortuna, que si bien es cierto trabaja la mayor parte del día
con gran asiduidad, el cansancio del estudio y el poco dormir pueden
quebrantar su salud, si no lo alejan de París a todo trance.
Al saber esto, me he puesto en camino inmediatamente para París, en
compañía de mi segunda hija, Eugenia, de quien he hecho mi confidente.
He tomado de la gaveta de mi marido todo el dinero que dejó en ella
cuando salió para Borgoña, donde se encuentra en casa del abate
Lamartine. Mi amiga, madame Paradis; mi cuñado, M. de Lamartine, y mis
cuñadas, me proporcionarán más. He escrito a mi esposo para prevenirle y
evitar al mismo tiempo la escena de reproches que él dirigirá
naturalmente a nuestro hijo al saber el género de vida que hace.
Al llegar a París no quise apearme en el mismo hotel donde se aloja
Alfonso para no causarle una emoción de sorpresa demasiado fuerte y
dolorosa, y porque yo temblaba con motivo de la carta del buen M. de
Larnaud, ante el temor de que mi hijo estaría muy cambiado, y que
semejante cambio podría afectarme de una manera muy visible a sus ojos,
al encontrarme frente a frente sin ningún preparativo anterior.
Determiné, por lo tanto, visitar antes secretamente a M. y Mme. de
Larnaud, para que me lo contasen y prevenirlo todo convenientemente.
Descendí, pues, ante una fonda de la calle Richelieu, muy cercana a la
que él habita; era aún de día. ¡Dios mío! ¡cuánto sufría al retardar
hasta el día siguiente el placer de abrazarle, después de visitar a M. y
Mme. Larnaud! Estaba yo abatida por la inquietud, llorando y rogando
sentada en un canapé, con los balcones abiertos. Eugenia se asomó a
ellos para ver pasar los coches que se dirigían a la Opera o al teatro
Francés; de pronto lanzó Eugenia un grito, diciendo: «¡Mamá, ven, creo
que veo a Alfonso!» Corrí a la ventana y le reconocí efectivamente: iba
en un elegante cabriolé que él mismo guiaba, acompañado de otro joven:
su aire era alegre y animado, lo cual me quitó gran parte del pesar que
me oprimía; acababa de ver que estaba bien. Todas mis inquietudes
desaparecieron al verle; no quise en manera alguna interrumpir su
diversión de aquella noche.
* * * * *
Al día siguiente me levanté temprano, con la impaciencia de ver a mi
hijo, y preocupada por el efecto que le había de producir mi visita, y
el temor de encontrarle delicado, poco dispuesto para venirse conmigo, o
acaso enredado en algún mal negocio. Por fin le escribí dándole cuenta
de mi viaje y de las razones que lo habían motivado: se presentó
inmediatamente y pareció como que se admiraba mucho de vernos, sintiendo
y deplorando la conducta que habíamos observado. Su salud me pareció
menos mala de lo que yo temía; me dijo que por ser yo quien había ido a
buscarle, se vendría a Mâcón, pero que con ninguna otra persona se
hubiera venido; me ha pedido algunos días para arreglar sus negocios, y
yo le he concedido ocho: estos días los aprovecharé enseñando a Eugenia
todo lo más notable que París encierra.
* * * * *
Sigue el _diario_ con una extensa reseña de París, sus museos y
edificios más notables, expresando deseos de presenciar alguna diversión
pública, de lo que se abstiene por escrúpulos de conciencia.
* * * * *
Alfonso nos ha conducido hoy a Saint-Cloud en un cabriolé; es un sitio
en el cual pasé la mayor parte del tiempo de mi niñez, cuando mi madre
educaba a los hijos del duque de Orleans; en aquellos fui yo
extremadamente feliz; salí de allí a los quince años, y desde entonces
no había vuelto a ver aquellos lugares, a pesar de que tenía grandes
deseos y muy gratos recuerdos de ellos. He paseado todo el parque
acompañada de Alfonso y Eugenia; les hacía notar árbol por árbol todos
los sitios en donde había yo jugado cuando niña; hubiera querido poder
enseñarles las habitaciones, pero esto no fue posible, porque la
emperatriz María Luisa las tiene actualmente ocupadas.
He dado a Alfonso todo el dinero que yo me había traído, para pagar las
deudas adquiridas en el juego.
Me he dejado llevar a la Opera por M. y Mme. de Larnaud, quienes me han
asegurado que semejante espectáculo no viene a ser más que una academia
musical, y, por consiguiente, la Iglesia no lo prohíbe. Me he alegrado
mucho de verlo, porque tenía de ello una idea bastante exagerada; no me
ha producido la extrañeza que yo me figuraba, según lo que había oído
decir; antes al contrario, he sentido una impresión de compasión por
aquellas gentes y, a la vez, de cuando en cuando, decíame a mí misma: He
aquí la reunión de todas las artes, de todas las reputaciones y
talentos, ¿y esto es lo que ha concedido la celebridad en todo el mundo?
¿nada más que esto? Me pareció algo así como una gran función de
polichinelas; un juego de niños bien combinado, cuatro diabluras, un
poco de fuego producido con alcohol, contorsiones de toda especie y
máquinas cuyos secretos se adivinan en seguida, ¡esto es todo! ¡hombres!
¡hombres!...
Cuando sentí verdadera compasión por el público, que llenaba el teatro,
fue al advertir que muchas personas demostraban fastidio y otras
permanecían dormidas desde que dio principio el espectáculo.
He conseguido alejar a mi hijo de aquel abismo de seducciones. He vuelto
por Rieux, tierra de mi padre, en donde he pasado quince días al lado de
mi hermana. El día antes de mi salida mandé celebrar una misa en memoria
de mis padres junto a su tumba, donde descansan sus cenizas.
El recibimiento de mi marido y de la familia ha sido tan tierno para mí,
como frío para mi hijo. Hemos vuelto a Milly. Alfonso parece conformado
con esta soledad; trabaja, lee, escribe; siempre en su cuarto; por la
noche, junto al hogar, se habla con los vecinos de las derrotas de
nuestro ejército y de las calamidades que las locuras de Bonaparte han
atraído sobre Francia. La Europa entera se ha puesto sobre él: ¿qué será
de esta desgraciada Francia, invadida por innumerables ejércitos
extranjeros que ha provocado al mismo tiempo, así en España, como en
Rusia y Alemania? ¡Dios mío! ¡cuán cara tienen que pagar los pueblos la
pretendida gloria de los conquistadores y de los ambiciosos!
Todos los hombres solteros han sido llamados a las armas, los impuestos
se han cargado extraordinariamente. Nosotros, por economía, hemos
vendido nuestro caballo.