Me encuentro ya en la deliciosa morada de mi cuñado el abate Lamartine,
en Montculot, en medio de bosques y de fuentes, en una especie de
desierto que parece una abadía. Debiera estar aquí en paz, y sin embargo
no es así; los cuidados de madre de familia me siguen por todas partes,
incluso aquí mismo. ¡Ah! ¡cuántos reproches debo echarme en cara! Soy
extremada en todo, toda del mundo, y en la soledad, acaso demasiada
austera; los objetos presentes agítanse con violencia sobre mis
sentidos; en fin, yo sufro. Ofrezco todas mis penas a Dios, rezo muy
poco y leo mucho; estoy excesivamente impresionada por la brevedad de la
vida y la necesidad de prepararme para la eternidad. Trato
frecuentemente de penetrarme de lo que recuerdo haber escrito una vez,
esto es, que yo no quería considerar esta vida más que como un
purgatorio, y que todas las penas que Dios me envíe debo encontrarlas
dulces en comparación de las que yo merezco. Lo que me hace temblar es
el porvenir de mis seis hijas. ¡Cuántos disgustos preveo por esta
causa!; pero el tormento que semejante previsión me ocasiona es
condenable, porque vengo probando de continuo que el socorro de Dios
jamás me ha faltado en circunstancia alguna, y que con mayor fuerza de
razón debo yo considerar ser éste el verdadero centro de mi vida.