Alfonso me escribe desde Roma cartas llenas de entusiasmo sobre los
monumentos de esta ciudad célebre; mucho me gustaría estar en su
compañía, pero mi pobreza no me lo permite. Los gastos de su viaje nos
ayudan a cubrirlos sus tíos. Para este objeto, nos dieron ayer
trescientos pesos. Alfonso, si es económico, podrá pasar con
cuatrocientos pesos el invierno en Nápoles, pero como es joven y de
imaginación viva y ardiente, ¿qué va a hacer entregado a sí mismo en los
países lejanos? Yo, que aspiraba a verle partir, aspiro ahora a verle
volver; durante el día, lo recomiendo veinte veces a la protección
divina, ¡Qué desgracia es tener un hijo desocupado! A pesar de la
repugnancia de la familia por verle servir a Bonaparte, deberíamos mejor
pensar en él que en semejantes repugnancias; cuando se trata de los
hijos conviene hacer caso omiso de las opiniones políticas.
Yo confío en que su amigo M. Almón de Virieu irá a reunírsele; es un
bellísimo sujeto, ya entrado en años, y que ha de serle de gran utilidad
en algunas circunstancias.
* * * * *
En esta época fue cuando yo abandoné Roma para ir a Nápoles, en cuya
ciudad hice la vida errante y poética descrita en el episodio, verdadero
en su fondo, titulado _Graziella_. (Véase el primer volumen de las
_Confidencias_).