Milly, 25 de septiembre.
Mi pobre esposo ha sufrido una pérdida de cuatro mil doscientos pesos.
El comerciante encargado de vender el vino se ha declarado en quiebra.
Esta gran desgracia mi marido la sufre con la mayor resignación.
Según se dice, el comerciante de vinos, que es de Nuits, resulta ser un
desgraciado, pero de una honradez sin límites. Esta mañana ha venido él
mismo a anunciarnos la suspensión de pagos, diciendo que va a convocar a
todos sus acreedores para que se repartan cuanto le queda, y que no se
reserva nada para él. ¿Cómo no apreciar semejante conducta y no
compadecer a quien nos arruina tan contra su voluntad? Porque no hay
duda que vamos a quedar por ello pobres durante todo el año, ya que sólo
contábamos con la suma que se ha perdido. ¡Hágase la voluntad de Dios!
Admiro la calma de mi marido después de semejante contratiempo; él
sufre, sin embargo, por mis hijos y por mí; pero exteriormente, es
decir, en cuanto no nos hiera materialmente a nosotros, es un hombre de
bronce.
Alfonso debía regresar el día 17 del colegio; fui a recibirle en Mâcón.
Llegó por la noche, solo. Le encontré mucho mejor de lo que esperaba; es
ya cuatro dedos más alto que yo, está algo flaco y pálido; parece un
buen muchacho: los jesuitas, sus maestros, se admiran de sus facultades;
ha venido cargado de coronas, premios, discursos en latín y en francés,
versiones y poesías latinas y... a pesar de todo, es modesto sin
petulancia alguna. Lo que me ha agradado también mucho es que parece
inclinado a la piedad. ¡Dios lo quiera! ¡Porque creo que es lo único que
puede hacerle feliz!
Después de su llegada he corrido a la iglesia, llenos los ojos de
lágrimas de alegría, a dar gracias a Dios por el gran favor que acaba de
hacerme con el feliz regreso del hijo de mi corazón.
* * * * *
Al presentar a Alfonso a toda la familia en Monceau, he sentido un poco
de orgullo. Sin embargo, no le encuentro el tono tan dulce como yo
quisiera. Creo que debo alejarle de mí, que tanto le amo y que tanto le
mimo por añadidura; y por otra parte, he de mimarle por condescendencia.
¡Cuan difícil es formar un hombre!... Tanto mi marido como yo nos
encontramos apurados para acertar en lo que debemos hacer con él.
Adora la carrera militar, que es la de su padre: ¡pero esa guerra contra
la Prusia devora tantos y tantos jóvenes! y además, la carrera de las
armas es mortal de necesidad para la juventud inocente.