Me hallo en Belley, adonde he ido a buscar a mi Alfonso para las
vacaciones. Le he visto en el patio en cuanto he llegado; estaba tan
emocionado como yo misma: ha venido corriendo, y tan pálido, que llegué
a creer que iba a desvanecerse. ¡Ah! ¡Cómo nos hemos abrazado los dos!
¡Pobre hijo mío!
Mañana ha de pronunciar un discurso, con motivo de los ejercicios con
que los jesuitas tienen costumbre de manifestar en público los adelantos
de sus mejores discípulos. Esto me preocupa tanto como si fuese yo quien
debiese hablar.
* * * * *
Hay aquí una larga interrupción.