Esta mañana he leído una novela de Mme. de Genlis, que se refiere a la
señorita de La Valliere. La novela tiene algo de histórico y está bien
escrita, pero me parece su lectura algo peligrosa para la juventud. Por
mi parte, me ha sugerido únicamente reflexiones sobre lo pasajero de
las cosas humanas y la insuficiencia del poderío de la tierra para hacer
feliz a un alma grande. Lo terreno no puede satisfacerle, y sólo en Dios
encuentra reposo a sus agitaciones.
¡Oh, Dios mío! Cada día siento mayor necesidad de consagrarme a Vos
únicamente y de sacrificároslo todo. Mi alma, emanación de la vuestra
es, y no puede encontrar la paz sin estar unida a lo que es su principio
y fin.
¡Perdón, Señor!... Esta mañana he cometido un pecado. A una pobre
muchacha que me ha pedido favor, le he contestado con desprecio y he
sentido un poco de orgullo al hablar con ella. Me arrepiento de ello, y
me impongo la obligación de servir y complacer en cuanto pueda a esta
pobre muchacha. Este arrepentimiento y esta obligación que me impongo,
debiera hacerla cien veces cada día.