¡Triste de mí! ¡Qué día tan desgraciado el de hoy para esta pobre mujer!
Al llegar hoy a casa he encontrado sobre la chimenea una carta de mi
hermana dirigida a mi esposo: la he abierto (pues para ello estoy
autorizada), y ¡oh, Dios mío!... he leído en ella que mi hermano ha
muerto de una manera trágica. ¿Qué será de mi madre ante esta horrible
desgracia? ¡Dios mío! ¡Dios mío! Auxiliad a mi desgraciada madre y tened
piedad de mi pobre hermano: perdonadle sus faltas, sed con él
misericordioso.
Después de recibir tan infausta noticia, sólo he salido de casa para ir
a la iglesia. Yo espero que mi hermano estará en el cielo, porque mi
hermana me dice que ha muerto en el seno de la religión cristiana.
Estoy muy desconsolada, y mi alma sólo encuentra alivio en aquello que
la aproxima a la Divinidad.
* * * * *
Estos días hemos celebrado los funerales por el eterno descanso del alma
de mi hermano. Me han acompañado a la iglesia cuatro de mis hijas. He
llorado al ver las muchachas del pueblo vestidas de blanco, según
costumbre en estos casos, entonando cánticos fúnebres, y muchos jóvenes
orando con gran recogimiento. Yo espero que Dios habrá oído las
plegarias de estas buenas gentes, y se apiadará de nosotros y de mi
hermano.
He tenido noticias de que mi madre sufre mucho: en París se ha creído
que mi hermano estaba complicado en una conspiración contra Bonaparte.
Yo no lo creo, porque ni medios ni voluntad tenía para estas cosas. Sin
duda su regreso de Inglaterra ha despertado sospechas e inducido a este
error, porque después de muerto han ido a registrar su domicilio, y sólo
han encontrado papeles que indicaban sus aficiones literarias.