Con la mayor tristeza he vuelto a acompañar a mi Alfonso a Lyón. Mi
madre me ruega, en todas las cartas que me escribe, que vaya a
consolarla: se encuentra en Rieux, pequeño pueblo junto a Mont-Mirail. A
su regreso ha encontrado todos sus asuntos tan embrollados, que la pobre
está disgustadísima. Iré sola, porque no quisiera agravar sus gastos;
fuera muy mal hecho el que yo favoreciera mis comodidades mientras mi
madre sufre acaso la pérdida de sus bienes.
Con el objeto de emprender el viaje con entera libertad, he dado a criar
mi pequeñita a una robusta aldeana de Milly. El viaje que voy a
emprender es largo, pero me siento tan ágil como si tuviera quince años.
Ayer fui a oír misa a Bussiers e hice el camino a pie, aunque el
trayecto es largo y malo y el tiempo estaba lluvioso, no sentí molestia
alguna. Recuerdo mis buenos tiempos de niña y los paseos que hacía en
compañía de mi padre y de mi hermana desde el castillo de Saint-Cloud al
de Meudon.
Ha muerto mi pobre tía, mi institutriz durante los años de mi infancia.
Estoy preocupada por la suerte de la anciana Jacquelina, su camarera y
mi segunda madre: temo habrá de encontrarse, después de le muerte de mi
tía, completamente sola y en la indigencia acaso.
Yo desearía recogerla en mi casa, pero la familia se opone a ello, y mi
marido teme, con sobrada razón, agraviar a sus hermanos, de quienes
dependemos, pero me ha propuesto que podemos pagar secretamente una
pensión a la pobre Jacquelina, con la cual podrá la viejecita estar al
abrigo de la miseria y la soledad. Yo bien quisiera atender a esta mujer
como ella seguramente me atendería a mí si me encontrase en su lugar;
pero haré cuanto pueda en su favor, librándola desde luego de la
indigencia y proporcionándole cuantas comodidades permitan mis pocos
recursos.