Las ocupaciones no me han permitido continuar este _diario_ hasta hoy.
En este momento llego de Lyón; he ido a acompañar a mi hijo al colegio.
Esta nueva separación de mi Alfonso me ha causado hondo pesar. Durante
la misa que esta mañana he oído en la capilla del establecimiento, sólo
veía los hermosos cabellos rubios de mi hijo en medio de aquella
multitud de cabecitas puras como las de un ángel.
¡Qué sensible es, Dios mío, haber de abandonar a manos mercenarias el
tierno pimpollo de nuestro corazón!
Al salir de la iglesia he experimentado una profunda melancolía. Ni la
isla de Baebey de Fourvieres, las pintorescas montañas del Saona, ni el
bullicio de las gentes que bajan por la pendiente de la Cruz Roja y
Lyón, han conseguido distraer mi imaginación. Parecía yo al Abraham
bíblico cuando vuelve la vista para contemplar a Agar y su hijo,
abandonados en el desierto, menos peligroso ciertamente que esta
multitud inmensa, donde las madres, obligadas por la sociedad, abandonan
a sus hijos.
Todo el día de hoy lo he pasado en compañía de Mme. de Vaux, mi buena
hermana, y mezclado mis lágrimas a las suyas, pues también es muy
desgraciada.
Ocho días he pasado en Lyón para poder ver alguna vez más a mi Alfonso y
con el fin de acostumbrarme a estar separada de él.
El abate Lamartine, que habita en su propiedad próxima a Dijón, nos cede
su casita próxima a la calle de Ursulinas en Mâcón, donde pasaremos el
invierno. Esta casa está junto al palacio de la familia que habitan mi
hermano político M. de Lamartine y sus dos hermanas.
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El día 10 de enero de 1802 está anotado únicamente con acciones de
gracias a la Providencia por los beneficios recibidos durante el año
pasado.