Mi madre me dice en carta que hoy he recibido, que se dispone a volver
de Alemania con la señorita de Orleans; esta joven princesa tiene un
miedo terrible al mar y no quiero atravesar la Francia; por estas
causas todavía no han resuelto hacer el viaje a España.
Ayer fui en compañía de mi cuñado a un pueblecito de Champagne junto al
castillo de Peronne, perteneciente a mi familia. M. de Lamartine me ha
enseñado una casita que acaba de edificar en el pueblo, la cual quedará
como herencia para nuestros hijos. Mi cuñado habla de ellos como un
verdadero padre de familia.
Con todas estas tierras que deben heredar de sus tíos, tendrán mis hijos
un buen porvenir. ¡Quiera Dios que sean ricos en honor y piedad, que es
lo que constituye la verdadera riqueza!
Diariamente hago leer a mi hijo Alfonso una parte de un libro religioso
escrito por un sacerdote alemán: en este libro se aprende a comprender
la religión y su emanación de la Naturaleza. La inteligencia de Alfonso
me satisface, pero temo haya de darle algún disgusto su carácter
demasiado altivo e imperioso, si no se corrige. Con mucha frecuencia se
incomoda con sus hermanos, y esto me disgusta.