Hoy he ido a Mâcón a recibir a Alfonso.
El corazón me late cuando pienso que de aquí a pocas horas veré a mi
querido hijo.
* * * * *
Al fin, aunque algo tarde, ya ha llegado.
He rogado a Dios en el oratorio de las señoras Forcard, religiosas
exclaustradas que han hecho de su casa un convento. He calmado mi
ansiedad al pie de los altares.
Mi Alfonso ha llegado muy bien.
Yo creo que no ha perdido la piedad que yo he procurado comunicarle;
esto me causa mucho temor.