Han venido a pasar el día con nosotros mi cuñado y la señorita de
Lamartine, su hermana. Me han dicho que mi buen hermano está bien de
salud y que mi pobre hijo Alfonso ha ganado dos premios por su
aplicación en el estudio, y que sus maestros están muy satisfechos de su
comportamiento. Esta última noticia me ha enorgullecido bastante. Ruego
a Dios perdone mi vanidad, pues yo no he contribuido en nada a la
creación de la bondad que en el fondo del alma de mi hijo existe.
Esta tarde hemos recibido la visita de Mme. de Lavernette, que se ha
detenido aquí a su regreso de Lyón: me ha dicho que ha visto a mi
querido hijo Alfonso y que sus profesores le han dicho que el pobrecito
hace cuanto puede por salir airoso en la carrera.
Su padre disimula la satisfacción que le causa el oír elogiar a su hijo,
pero en realidad está más orgulloso que yo. ¿Cuánto durará esta
satisfacción? Del niño al hombre hay una distancia grande. Mme.
Lavernette me ha hecho entrega de una carta de Alfonso en la cual me
dice que desea vivir con nosotros. Yo temo que cuando venga lo
encontraré pálido, ojeroso y flaco. Y esto me tiene preocupada.
Las madres no podemos ser felices nunca. Cuando tenemos motivos para
felicitarnos, nosotras mismas envenenamos nuestra felicidad con
presagios y presentimientos tristes.