Estoy enferma de inquietud y sobresalto. Ayer fuimos otra vez castigados
por una horrorosa tempestad que ha acabado de destruir nuestras
cosechas. Se presentaba un año muy bueno, y apenas nos quedará para
vivir y dar de comer a las pobres familias de nuestros trabajadores.
Semejante desgracia nos obliga a hacer mayores economías. El proyecto
que teníamos hecho de ir este verano a Mâcón con nuestras niñas, se ha
frustrado y no sería extraño que hubiéramos de vender nuestro caballo y
también el coche.
Si Dios lo quiere así, paciencia; yo procuraré consolarme en mis
desgracias, y no teniendo que agradecer nada a este mundo, tendré a él
menos afición.
Nada endurece, nada ilusiona tanto como la prosperidad; y lo que a la
Naturaleza parece duro, es, acaso, una de las mayores gracias de Dios,
que deseando atraernos al verdadero bien, nos priva de todo aquello que
sólo es polvo. Si ayer me hubiera hecho estas reflexiones, hubiera sido
mejor: me considero, por tanto, culpable de esta falta.
Cuando nos ocurre alguna desgracia, mi marido sufre mucho en el acto,
pero después tiene más valor que yo. Esta mañana me decía: «Siempre que
ni tú ni mis hijos me falten de este mundo, lo demás poco me importa;
mis bienes y mi felicidad están en vuestros corazones.» Después ha
rezado conmigo mientras la tempestad bramaba furiosa y rompía las ramas
de los árboles. Los pobres aldeanos lloraban en el patio al ver la
catástrofe.
He leído esta noche _Un viaje a los Pirineos_, por M. Dusaux. La lectura
de este libro me ha interesado mucho, porque precisamente fue escrito en
el año 1788, época en que yo debí, en compañía de mi madre, haber hecho
un viaje por aquellos lugares; con bastante disgusto mío, hubimos de
detenernos en casa de unos parientes que teníamos en Limoges, que tenían
unas posesiones a seis leguas de la ciudad; pasamos allí una temporada;
llegó la primavera y con ella la noticia de que la duquesa de Orleans
necesitaba de la compañía y los consejos de mi madre, pues la Revolución
había empezado en París. ¡Lástima grande haberme perdido este viaje a
los Pirineos! Esos montes, esos valles, que yo conozco y que nacieron al
mismo tiempo que las grandes obras de la creación, deben encerrar
grandes maravillas, y las personas sentirán al verlos la aproximación
del infinito.
Durante las noches clarísimas, cuando el firmamento aparece cubierto de
estrellas y pretendo contar uno por uno aquellos mundos de luz más
grandes que el Sol y la Tierra, me consuelo ante aquellas miriadas de
mundos de no haber podido visitar las pequeñas porciones de tierra que
se llaman los Pirineos, o las insignificantes gotas de agua del Océano.
* * * * *
Hoy hace veinticuatro años que comulgué por vez primera. ¡Cómo se aleja
la existencia! Sólo es un sueño la vida, ¡Dios mío! Dadme el sueño tan
doloroso como queráis, pero concededme un buen despertar.