2 de septiembre de 1801.

Estoy enferma de inquietud y sobresalto. Ayer fuimos otra vez castigados

por una horrorosa tempestad que ha acabado de destruir nuestras

cosechas. Se presentaba un año muy bueno, y apenas nos quedará para

vivir y dar de comer a las pobres familias de nuestros trabajadores.

Semejante desgracia nos obliga a hacer mayores economías. El proyecto

que teníamos hecho de ir este verano a Mâcón con nuestras niñas, se ha

frustrado y no sería extraño que hubiéramos de vender nuestro caballo y

también el coche.

Si Dios lo quiere así, paciencia; yo procuraré consolarme en mis

desgracias, y no teniendo que agradecer nada a este mundo, tendré a él

menos afición.

Nada endurece, nada ilusiona tanto como la prosperidad; y lo que a la

Naturaleza parece duro, es, acaso, una de las mayores gracias de Dios,

que deseando atraernos al verdadero bien, nos priva de todo aquello que

sólo es polvo. Si ayer me hubiera hecho estas reflexiones, hubiera sido

mejor: me considero, por tanto, culpable de esta falta.

Cuando nos ocurre alguna desgracia, mi marido sufre mucho en el acto,

pero después tiene más valor que yo. Esta mañana me decía: «Siempre que

ni tú ni mis hijos me falten de este mundo, lo demás poco me importa;

mis bienes y mi felicidad están en vuestros corazones.» Después ha

rezado conmigo mientras la tempestad bramaba furiosa y rompía las ramas

de los árboles. Los pobres aldeanos lloraban en el patio al ver la

catástrofe.

He leído esta noche _Un viaje a los Pirineos_, por M. Dusaux. La lectura

de este libro me ha interesado mucho, porque precisamente fue escrito en

el año 1788, época en que yo debí, en compañía de mi madre, haber hecho

un viaje por aquellos lugares; con bastante disgusto mío, hubimos de

detenernos en casa de unos parientes que teníamos en Limoges, que tenían

unas posesiones a seis leguas de la ciudad; pasamos allí una temporada;

llegó la primavera y con ella la noticia de que la duquesa de Orleans

necesitaba de la compañía y los consejos de mi madre, pues la Revolución

había empezado en París. ¡Lástima grande haberme perdido este viaje a

los Pirineos! Esos montes, esos valles, que yo conozco y que nacieron al

mismo tiempo que las grandes obras de la creación, deben encerrar

grandes maravillas, y las personas sentirán al verlos la aproximación

del infinito.

Durante las noches clarísimas, cuando el firmamento aparece cubierto de

estrellas y pretendo contar uno por uno aquellos mundos de luz más

grandes que el Sol y la Tierra, me consuelo ante aquellas miriadas de

mundos de no haber podido visitar las pequeñas porciones de tierra que

se llaman los Pirineos, o las insignificantes gotas de agua del Océano.

* * * * *

Hoy hace veinticuatro años que comulgué por vez primera. ¡Cómo se aleja

la existencia! Sólo es un sueño la vida, ¡Dios mío! Dadme el sueño tan

doloroso como queráis, pero concededme un buen despertar.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 57 / 235 题