A las diez de la mañana de ayer salimos de Milly para Changrenon, donde
vamos a pasar el día con los señores Rambuteau, nuestros vecinos. El
señor Rambuteau (hijo) es un joven muy simpático, noble, distinguido, de
un trato social muy fino y franco a la vez. La señorita de Rambuteau es
hermosísima, y bien quisiera yo que mis hijas se le pareciesen. Esta
joven es aquella célebre Madame de Mesgrigny, tan admirada por su
belleza en la corte de Napoleón.
Hemos sido obsequiados en casa de estos señores, entre otras cosas, con
la ejecución de algunas piezas musicales cantadas al piano con una
maestría incomparable por la señorita y su maestro: este profesor tiene
una preciosa voz de bajo y se llama Brevaí, quien no desperdicia ocasión
para educar a su discípula; ella, en cambio, hace honor a su maestro,
pero la palidez de su rostro indica que debe fatigarse demasiado en el
estudio.
* * * * *
A la vuelta de Changrenon me encuentro con una carta de mi hermana en la
cual me da noticias de mi hijo Alfonso, muy satisfactorias por cierto.
Me participa también que uno de sus arrendatarios de Vaux, a quien
durante la Revolución le había arrendado las tierras, le ha entregado
cuatro mil pesos, después de haber reconocido por sí propio que lo que
pagaba no era justo: además, se ha comprometido a pagarle por espacio de
veinte años una asignación en frutos de la cosecha. De estos raros
ejemplos de honradez y probidad debemos conservar eterno recuerdo.
¡Si todos imitáramos al arrendatario de mi hermana, cuán felices
fuéramos en el mundo!