19 de julio.

Ha llegado mi marido, y hemos salido con nuestros hijos a dar un paseo

por las altas montañas, que parece como si crecieran impulsadas por la

poderosa mano de Dios; están pobladas de hayas, abetos y retama, cuyas

amarillentas flores aseméjanse a láminas doradas sobre un fondo verde:

de trecho en trecho hay grandes matorrales entre hierbas, sobre los que

se distinguen algunos carneros; a cada momento se encuentran lindas

cascadas que se desprenden de lo alto de las rocas y serpentean sus

aguas por entre las hojas y los abetos más verdes que los otros por la

continua humedad que reciben. Este grandioso espectáculo expresa el

sentimiento y la grandeza del Creador. Nuestra alma es un espejo

viviente donde se reflejan todas estas bellezas, y en cuyo centro está

Dios siempre que no permítimos colocar nubes ni sombras sobre la

Naturaleza y el espejo.

Desde lo más alto de la montaña pudimos ver el Mont-Blanc y la

cordillera de los Alpes cubierta por la nieve: mi marido camina a pie en

compañía del guarda, y detrás de nosotros mis hijas, montadas en asnos

que unos muchachos conducen del diestro. El dueño de los asnos, nuestro

antiguo mayordomo, dirige la expedición. Hemos necesitado más de tres

horas para llegar a la cima más alta; yo me había figura que subiríamos

en media hora, pero las distancias nos engañan como el tiempo en la

vida: aunque el engaño es a la inversa: en la existencia, se nos figura

el tiempo largo, y es corto: creemos cortas las distancias y resultan

largas.

Todo el día lo hemos pasado corriendo con los niños y sentándonos sobre

la hierba. El panorama que se desarrolla a nuestra vista es magnífico:

las colinas del Mâconnais, blanqueadas por pueblecitos, desde los cuales

llegaba hasta nosotros el sonido lanzado desde sus campanarios. Las

praderas interminables del Bresse, parecidas a las de Holanda, que yo

conocía por las vistas de ellas que mi hermano me mandaba cuando estuvo

en aquel país de secretario de la embajada; y allá a lo lejos el

Mont-Blanc, que cambia de aspecto según reciben sus nieves los rayos del

sol: blanco, violado, negruzco; imitando a un hierro que se colora de

rojo o se ennegrece al fuego de la fragua y según las operaciones que

el obrero realiza con él.

Hemos tendido sobre la hierba nuestros manteles, y comido juntos, los

pastores, nuestros criados y nosotros. Terminada la comida, hemos vuelto

a montar en nuestros borriquillos y empezado el descenso de la montaña

por diferente camino del que habíamos ascendido, el cual está rodeado de

avellanos campestres.

La algazara de los niños, el ruido que hacen las cabalgaduras al caminar

por entre los guijarros de la sierra, el canto de los mirlos, las

detonaciones que producen los escopetazos que mi marido y el guarda

tiran a las perdices, forman, en conjunto, un ruido semejante al de una

caravana a la llegada al oasis. Los pastorcillos debieron tener miedo al

sentir aquel ruido, porque al llegar a un pequeño claro que forman los

árboles en la falda del monte, encontramos una pequeña manada de

corderos y cabras sin pastor y bajo la única vigilancia de dos grandes

perros negros, que, al vernos, ladraban con fuerza.

Algo más lejos, observamos las cenizas humeantes de una hoguera entre

dos grandes piedras. Junto al fuego había unos zuecos de madera. Desde

luego comprendimos que los partorcillos guardianes de los corderos

debían de estar cerca de nosotros, y que al ruido de las voces y de los

tiros se habrían escondido entre las matas cercanas sin tiempo para

recoger el calzado. Tuve entonces una idea que fue muy del agrado de mis

niños. Junto a las cenizas de la hoguera apagada, nos detuvimos un

momento, y mi marido colocó dentro de cada uno de los zuecos doce

sueldos, y mis hijas un puñado de confites que habían guardado para

merendar. Hecho esto, emprendimos de nuevo la marcha, gozando en la

alegría que los pequeños pastores habían de experimentar, cuando después

de haber pasado nosotros salieran de su escondite recelosos e

ignorantes de lo ocurrido, y se encontraran con la sorpresa que les

habíamos preparado. Seguramente que ellos creerían que las hadas de la

montaña les habrían hecho aquel regalo, escondiéndose después entre las

sombras del bosque donde ellas viven.

Habíamos caminado un buen rato, cuando oímos el eco de repetidas

risotadas y alegres exclamaciones. Eran los pastorcillos que discutían

entre el estupor que el hallazgo les hubo causado y la natural alegría

que había producido en ellos tan inesperado acontecimiento.

Como habíamos previsto, atribuyeron el hecho a las hadas del bosque,

pero al contar a sus padres lo ocurrido, éstos le indicaron la verdad

del suceso, que bien pronto adivinaron; tanto es así, que al día

siguiente nos pagaron la sorpresa con otra sorpresa, pero de un modo muy

delicado, según acostumbran aquellos buenos campesinos.

Cuando un criado abrió la puerta de la casa que da a un patio abierto,

se encontró cuatro cestitas de junco llenas de quesos, panecillos de

manteca hechos en forma de zuecos y avellanas. Los pastorcillos que

habían dejado allí aquellos regalos, se escondieron y pudieron oír

también nuestras exclamaciones de asombro; misterio por misterio,

ofrenda por ofrenda.

Esta delicadeza de los campesinos nos encantó; no hemos sabido jamás a

qué choza pertenecían los autores del anónimo presente.

Aquellos cambios de atención entre los pobres campesinos y nosotros los

ricos, según ellos nos llaman, son muy convenientes y ayudan a formar el

corazón de nuestros pequeñuelos, enterneciéndolo de tal suerte, que no

puedan los años y las vicisitudes de la vida endurecerlo.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 47 / 235 题