Ha llegado mi marido, y hemos salido con nuestros hijos a dar un paseo
por las altas montañas, que parece como si crecieran impulsadas por la
poderosa mano de Dios; están pobladas de hayas, abetos y retama, cuyas
amarillentas flores aseméjanse a láminas doradas sobre un fondo verde:
de trecho en trecho hay grandes matorrales entre hierbas, sobre los que
se distinguen algunos carneros; a cada momento se encuentran lindas
cascadas que se desprenden de lo alto de las rocas y serpentean sus
aguas por entre las hojas y los abetos más verdes que los otros por la
continua humedad que reciben. Este grandioso espectáculo expresa el
sentimiento y la grandeza del Creador. Nuestra alma es un espejo
viviente donde se reflejan todas estas bellezas, y en cuyo centro está
Dios siempre que no permítimos colocar nubes ni sombras sobre la
Naturaleza y el espejo.
Desde lo más alto de la montaña pudimos ver el Mont-Blanc y la
cordillera de los Alpes cubierta por la nieve: mi marido camina a pie en
compañía del guarda, y detrás de nosotros mis hijas, montadas en asnos
que unos muchachos conducen del diestro. El dueño de los asnos, nuestro
antiguo mayordomo, dirige la expedición. Hemos necesitado más de tres
horas para llegar a la cima más alta; yo me había figura que subiríamos
en media hora, pero las distancias nos engañan como el tiempo en la
vida: aunque el engaño es a la inversa: en la existencia, se nos figura
el tiempo largo, y es corto: creemos cortas las distancias y resultan
largas.
Todo el día lo hemos pasado corriendo con los niños y sentándonos sobre
la hierba. El panorama que se desarrolla a nuestra vista es magnífico:
las colinas del Mâconnais, blanqueadas por pueblecitos, desde los cuales
llegaba hasta nosotros el sonido lanzado desde sus campanarios. Las
praderas interminables del Bresse, parecidas a las de Holanda, que yo
conocía por las vistas de ellas que mi hermano me mandaba cuando estuvo
en aquel país de secretario de la embajada; y allá a lo lejos el
Mont-Blanc, que cambia de aspecto según reciben sus nieves los rayos del
sol: blanco, violado, negruzco; imitando a un hierro que se colora de
rojo o se ennegrece al fuego de la fragua y según las operaciones que
el obrero realiza con él.
Hemos tendido sobre la hierba nuestros manteles, y comido juntos, los
pastores, nuestros criados y nosotros. Terminada la comida, hemos vuelto
a montar en nuestros borriquillos y empezado el descenso de la montaña
por diferente camino del que habíamos ascendido, el cual está rodeado de
avellanos campestres.
La algazara de los niños, el ruido que hacen las cabalgaduras al caminar
por entre los guijarros de la sierra, el canto de los mirlos, las
detonaciones que producen los escopetazos que mi marido y el guarda
tiran a las perdices, forman, en conjunto, un ruido semejante al de una
caravana a la llegada al oasis. Los pastorcillos debieron tener miedo al
sentir aquel ruido, porque al llegar a un pequeño claro que forman los
árboles en la falda del monte, encontramos una pequeña manada de
corderos y cabras sin pastor y bajo la única vigilancia de dos grandes
perros negros, que, al vernos, ladraban con fuerza.
Algo más lejos, observamos las cenizas humeantes de una hoguera entre
dos grandes piedras. Junto al fuego había unos zuecos de madera. Desde
luego comprendimos que los partorcillos guardianes de los corderos
debían de estar cerca de nosotros, y que al ruido de las voces y de los
tiros se habrían escondido entre las matas cercanas sin tiempo para
recoger el calzado. Tuve entonces una idea que fue muy del agrado de mis
niños. Junto a las cenizas de la hoguera apagada, nos detuvimos un
momento, y mi marido colocó dentro de cada uno de los zuecos doce
sueldos, y mis hijas un puñado de confites que habían guardado para
merendar. Hecho esto, emprendimos de nuevo la marcha, gozando en la
alegría que los pequeños pastores habían de experimentar, cuando después
de haber pasado nosotros salieran de su escondite recelosos e
ignorantes de lo ocurrido, y se encontraran con la sorpresa que les
habíamos preparado. Seguramente que ellos creerían que las hadas de la
montaña les habrían hecho aquel regalo, escondiéndose después entre las
sombras del bosque donde ellas viven.
Habíamos caminado un buen rato, cuando oímos el eco de repetidas
risotadas y alegres exclamaciones. Eran los pastorcillos que discutían
entre el estupor que el hallazgo les hubo causado y la natural alegría
que había producido en ellos tan inesperado acontecimiento.
Como habíamos previsto, atribuyeron el hecho a las hadas del bosque,
pero al contar a sus padres lo ocurrido, éstos le indicaron la verdad
del suceso, que bien pronto adivinaron; tanto es así, que al día
siguiente nos pagaron la sorpresa con otra sorpresa, pero de un modo muy
delicado, según acostumbran aquellos buenos campesinos.
Cuando un criado abrió la puerta de la casa que da a un patio abierto,
se encontró cuatro cestitas de junco llenas de quesos, panecillos de
manteca hechos en forma de zuecos y avellanas. Los pastorcillos que
habían dejado allí aquellos regalos, se escondieron y pudieron oír
también nuestras exclamaciones de asombro; misterio por misterio,
ofrenda por ofrenda.
Esta delicadeza de los campesinos nos encantó; no hemos sabido jamás a
qué choza pertenecían los autores del anónimo presente.
Aquellos cambios de atención entre los pobres campesinos y nosotros los
ricos, según ellos nos llaman, son muy convenientes y ayudan a formar el
corazón de nuestros pequeñuelos, enterneciéndolo de tal suerte, que no
puedan los años y las vicisitudes de la vida endurecerlo.