Este día lo he pasado muy apaciblemente. ¡Quiera Dios que lo hayan
pasado así todas las personas que conozco!
Continuamente pienso en mi marido: hoy debe estar con mi hijo Alfonso en
Lyón. ¡Cuánto me gustaría estar con ellos!
Seguramente que lo habrá sacado del colegio.
Por la mañana, he recibido carta de mi madre, que continúa en Alemania y
sigue bien: esto me ha causado una alegría inmensa.
Esta mañana he leído en un libro de Mme. de Genlis: en él se hace una
descripción de la vida de los frailes de la Trapa, que me ha
impresionado mucho. También me ha sorprendido el leer que estos hombres
no encuentran en este mundo, donde viven en las mayores privaciones, un
solo punto de desgracia, y ven con gusto aproximarse la muerte. Esto me
acaba de convencer de que la felicidad no se encuentra en los mundanales
placeres, y sí en el cumplimiento del deber, por penoso que éste sea.
Cuando se ha empleado el tiempo en terminar un trabajo cualquiera, se
encuentra uno contento, y dentro de las leyes de actividad impuestas
por Dios mismo.
El que esté bien convencido de esta verdad, y se deje sin resistencia
conducir tranquilamente por las circunstancias y por las personas que
tienen derecho a gobernarnos, será más feliz, como yo lo soy desde que
me he amoldado a esta manera de ser.
En algún tiempo tuve yo la pretensión de subordinar todo a mi única
voluntad, y siempre estaba inquieta: después he reconocido que si mis
deseos se hubiesen cumplido, casi siempre eran en perjuicio mío. Hoy
vivo completamente entregada a la infinita y soberana sabiduría, y me
siento mejor física y moralmente. ¡Bendito sea Dios! El es el único
sabio. El únicamente debe gobernar el mundo.