Ayer me dijeron que una pobre mujer carecía de pan y que tenía muchos
hijos que alimentar. En seguida me fui a visitarla, pero había muchas
personas en la casa y no me atreví a socorrerla por temor a que se
creyera que ejercía la caridad con ostentación. Volví a casa con la
intención de mandarle alguna cosa; se hizo tarde, y no me atreví a
mandar a los criados. ¡Acaso la pobre mujer habrá pasado la noche sin
alimentarse ni alimentar a sus hijos! Confieso que he obrado mal, y al
amanecer, he corrido a casa de la pobre mujer y la he socorrido. Nadie
debe avergonzarse de hacer el bien, cuando en el mundo se hace tanto
mal. He resuelto no caer jamás en esta debilidad.