Hoy he subido a los altos del castillo con el objeto de hacer una visita
a una anciana soltera de ochenta años, que vive gracias a una corta
pensión que le han dejado y a haberle cedido, sin pagar retribución
alguna, una pequeña habitación bajo el tejado del edificio. Vive en
compañía únicamente de una gallina dócil como un perro. Esta viejecita
se llama la señorita Felicidad. Sus cabellos blancos como el copo de su
rueca y su blanca sonrisa, indican que debió ser en otro tiempo una
mujer hermosa. A pesar de las incomodidades que su estancia en el
castillo nos pudiera causar, he podido con seguir de mi esposo que
continúe en su vivienda, porque son muy peligrosos los traslados de las
plantas cuando llegan a ser viejas. A cierta edad, una habitación es un
mundo, y el objeto más insignificante es un recuerdo querido que llega a
formar parte de nuestro mismo ser. He encargado a Juanita, la esposa de
nuestro mayordomo, que la visite y la sirva siempre que se le ofrezca.
Esta mujer, que ha servido muchos años en el castillo, sabe todas las
historias referentes a él; es muy agradable saber quiénes han vivido y
ocupado nuestra casa antes que nosotros.
Algún día, seguramente se hablará de mí como hoy se habla de otros.
¡Acaso este día no está lejano!
Después de comer, o sea a la una de la tarde, me pongo a leer y coser, y
después doy lectura al _Evangelio meditado_, teniendo a mis criados por
oyentes. Ya anochecido, voy a la iglesia; la oscuridad parece que ayuda
al recogimiento y a la piedad. De esta manera paso la vida mientras mi
marido se halla ausente.
Mis hijas y yo iremos pronto a tomar el fresco por las orillas del
bosque. Esta vida es demasiado dulce y ahuyenta los dolores físicos y
morales. ¡Dios mío! os doy las gracias, pero yo no soy merecedora de
tanta felicidad.
¡Que las inquietudes de mi espíritu no me impidan reconocer los inmensos
beneficios que de Vos recibo!
Cuando era niña creía que no era posible la vida fuera de la corte, del
Palacio Real o de los jardines de Saint-Cloud que habitábamos con mi
familia; pero, actualmente, pido a Dios que me agraden siempre los
lugares que su voluntad designe. Siempre que comparo la casa
destrozada, pero sana y bien orientada, situada en un valle ameno como
los de Suiza, donde pasé los primeros años de mi casamiento, con esas
casas ennegrecidas por el humo, con esas chozas cubiertas de heno y
retama, siempre que veo esas mujeres más laboriosas y más resignadas que
yo, a pesar de carecer de pan y abrigo para ellas y para sus hijos, me
considero demasiado favorecida y privilegiada por la bondad de Dios.