3 de julio de 1801.

Hoy he subido a los altos del castillo con el objeto de hacer una visita

a una anciana soltera de ochenta años, que vive gracias a una corta

pensión que le han dejado y a haberle cedido, sin pagar retribución

alguna, una pequeña habitación bajo el tejado del edificio. Vive en

compañía únicamente de una gallina dócil como un perro. Esta viejecita

se llama la señorita Felicidad. Sus cabellos blancos como el copo de su

rueca y su blanca sonrisa, indican que debió ser en otro tiempo una

mujer hermosa. A pesar de las incomodidades que su estancia en el

castillo nos pudiera causar, he podido con seguir de mi esposo que

continúe en su vivienda, porque son muy peligrosos los traslados de las

plantas cuando llegan a ser viejas. A cierta edad, una habitación es un

mundo, y el objeto más insignificante es un recuerdo querido que llega a

formar parte de nuestro mismo ser. He encargado a Juanita, la esposa de

nuestro mayordomo, que la visite y la sirva siempre que se le ofrezca.

Esta mujer, que ha servido muchos años en el castillo, sabe todas las

historias referentes a él; es muy agradable saber quiénes han vivido y

ocupado nuestra casa antes que nosotros.

Algún día, seguramente se hablará de mí como hoy se habla de otros.

¡Acaso este día no está lejano!

Después de comer, o sea a la una de la tarde, me pongo a leer y coser, y

después doy lectura al _Evangelio meditado_, teniendo a mis criados por

oyentes. Ya anochecido, voy a la iglesia; la oscuridad parece que ayuda

al recogimiento y a la piedad. De esta manera paso la vida mientras mi

marido se halla ausente.

Mis hijas y yo iremos pronto a tomar el fresco por las orillas del

bosque. Esta vida es demasiado dulce y ahuyenta los dolores físicos y

morales. ¡Dios mío! os doy las gracias, pero yo no soy merecedora de

tanta felicidad.

¡Que las inquietudes de mi espíritu no me impidan reconocer los inmensos

beneficios que de Vos recibo!

Cuando era niña creía que no era posible la vida fuera de la corte, del

Palacio Real o de los jardines de Saint-Cloud que habitábamos con mi

familia; pero, actualmente, pido a Dios que me agraden siempre los

lugares que su voluntad designe. Siempre que comparo la casa

destrozada, pero sana y bien orientada, situada en un valle ameno como

los de Suiza, donde pasé los primeros años de mi casamiento, con esas

casas ennegrecidas por el humo, con esas chozas cubiertas de heno y

retama, siempre que veo esas mujeres más laboriosas y más resignadas que

yo, a pesar de carecer de pan y abrigo para ellas y para sus hijos, me

considero demasiado favorecida y privilegiada por la bondad de Dios.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 39 / 235 题