Ayer quedamos definitivamente instalados aquí, en Saint-Point. El día lo
he pasado arreglando mi pequeño ajuar. Estoy muy cansada. A la caída de
la tarde he ido a la iglesia que está lindante con nuestro jardín, y he
dado gracias a Dios. Para ir al templo, hay que atravesar el cementerio.
He visto en él una fosa abierta, que me ha hecho pensar mucho en lo
efímero de nuestra existencia. Mientras yo estaba contemplando la fosa
se ha verificado el entierro. He presenciado una escena por demás
conmovedora.
La hija del hombre muerto, linda joven de unos dieciséis años, se ha
desmayado al ver caer la primera porción de tierra sobre el ataúd que
encerraba el cadáver de su padre. Yo la he auxiliado con un frasquito de
sales y ha vuelto en sí; después me la he llevado a mi casa, donde se ha
reanimado un poco después de haber tomado unos bizcochos y algo de vino.
Lo que más le ha consolado ha sido el ver que yo lloraba también, y que
mis hijos, al verme llorar a mí, lloraban igualmente. Aquel padre ha
sido llorado por quien ni de nombre le conocía, mientras su hija
balbuceaba algunas palabras que partían el corazón. ¡Pobre hija!
Las gentes del campo se admiran cuando ven que comparten con ellos los
sufrimientos personas que por su posición ellos creen de naturaleza
diferente.
Ya era de noche cuando acompañamos a la joven hasta su casa. En la
puerta estaban sus hermanitos, que al verla le preguntaban si su padre
volvería más tarde. ¡Inocentes criaturas!...
Este suceso ha hecho que mis hijas comprendan lo que son estas eternas
separaciones de familia que la muerte produce, y que ellas habrán de
sufrir tarde o temprano. A los niños no se les debe ocultar estas
tristes escenas de la vida. Antes por el contrario, hay que hacer por
que las vean. ¿Aprender a sufrir no es, pues, aprender a vivir?