Todo el día de hoy he estado reflexionando sobre lo peligroso de las
lecturas fútiles. Estoy en la creencia de que si me privo de ellas, será
un sacrificio para mí ciertamente, pero evitaré un peligro. He notado
que cuando estoy distraída con estas frívolas lecturas, las útiles y
serias me disgustan y cansan al momento. Decididamente, si he de
adquirir capacidad para educar a mis hijos, me conviene adquirirla y la
adquiriré en los libros serios; a ellos me inclino, pues, desde hoy.
Ayer, día 18, he recibido carta de mi madre, en la que me dice que ha
llegado de Alemania, sin indicarme dónde se encuentra. Yo creo, sin
embargo, que estará con la señorita de Orleans, ocupada en el arreglo
del matrimonio de esta princesa. ¡Quiera Dios que sean felices!...
* * * * *
Para mejor comprensión del anterior capítulo, conviene hacer saber que
Mme. de Roys (mi abuela), estaba de sub-aya en casa de los duques de
Orleans antes de que Mme. de Genlis fuese aya de los infantes.
Muerto el duque de Orleans, o mejor dicho, ejecutado Felipe Igualdad, la
familia de éste huyó de Francia, y Mme. de Roys se consagró con el mayor
cariño a la viuda duquesa de Orleans, hija del duque de Penthievre.
Largo tiempo vivió esta desgraciada familia en España.
La duquesa tuvo alguna sospecha de Mme. de Genlis, y la despidió de su
servicio, encargando al mismo tiempo a Mme. de Roys fuese a un convento
de Suiza en busca de la señorita de Orleans, donde se encontraba
recogida.
Esta princesa, conocida después por el nombre de madame Adelaida, era
muy joven, hermosa y excelente de corazón. Durante el reinado de su
hermano Luis-Felipe, dícese que ejerció gran influencia política.
Creyó mi madre que se trataba de casar a esta princesa desde el momento
que la separaban del convento. Pero no era este el motivo. Tratábase
únicamente de separar a la joven de la influencia directa de madame de
Genlis y de la acción política del partido orleanista.
La duquesa viuda de Felipe Igualdad jamás quiso asociarse a los manejos
revolucionarios de los partidarios de su marido, así como tampoco a las
intrigas dinásticas que se desarrollaban en este partido, capitaneado
por Dumouriez, hacia donde madame de Genlis conducía poco a poco a su
discípula. ¡Lástima grande que las intenciones de madame de Genlis
hubiesen triunfado! La virtud y la hermosura hubiéranse mezclado
horriblemente con las intrigas palaciegas.
La corte española honró en la viuda de _Igualdad_ a la víctima de la
Revolución y de los desaciertos de su marido.