La señorita de Lamartine, mi buena cuñada, a quien adoro en el alma, nos
ha convidado hoy a comer en su castillo de Monceau. Este castillo es
propiedad de mi cuñada y del hermano mayor de mi marido, que es el jefe
de la familia. Los dos permanecen solteros.
M. de Lamartine era el que debía posesionarse de la inmensa fortuna de
mi familia: estaba enamorado de la señorita de Saint-Huruge, pero no
siendo ésta suficientemente rica, el matrimonio no se llevó a cabo, y él
ha preferido el celibato a casarse con otra mujer.
La señorita de Saint-Huruge es hoy demasiado vieja, y no piensa ya en
casamientos: es hermana del célebre Saint-Huruge, aquel gran tribuno de
los demagogos, que se hizo famoso en las revueltas de París. Fue un buen
hombre que se entregó con entusiasmo a la causa de la Revolución. Ella
es buena, piadosa y simpática. Mi cuñado y ella se veían en Mâcón en las
reuniones de familia, y aun se conservan en amistad sincera y constante.
Mi cuñado es un hombre de mucho mérito; puede decirse que es un sabio,
porque escribe con talento, posee grandes conocimientos científicos, y
es consultado por los principales políticos del departamento.
La nobleza intentó nombrarlo diputado en los Estados generales, pero su
delicada salud le impidió aceptar. Los republicanos también deseaban que
fuese miembro de la Convención, pero tampoco aceptó.
Cuando salió de la prisión, donde estuvo algún tiempo encerrado por las
ideas moderadas, volvió a sus posesiones del castillo de Monceau en
unión de su hermana, bella criatura que se ha dedicado a cuidar a su
hermano: parece que ha nacido para hacer la dicha de un esposo. Según se
dice, esta joven sintió antes de la Revolución ciertas inclinaciones que
fueron correspondidas por M. de Marigny, vecino y pariente próximo, buen
sujeto, poeta, músico distinguido, que hubo de emigrar el año 1791. Sus
bienes fueron vendidos en pública subasta, y murió el año 1799 en un
hospital de Mâcón. Después de su muerte, la señorita de Lamartine no
quiere ni oír hablar de matrimonio. Parece que una dulce tristeza invade
su ser y da a su fisonomía cierta gravedad.
Sus bienes de fortuna, que son bastante importantes, los ha tenido
unidos a los de su hermano, empleándolos en buenas obras. La oración, la
caridad y el gobierno de la casa son sus ocupaciones. Hace el bien por
hacerlo, sencillamente; no hay en sus actos ni un átomo de egoísmo: es
una santa mujer: es religiosa sin ser fanática ni supersticiosa. Pasamos
el día juntas, me quiere y la quiero mucho.