Ayer he ido a Saint-Point, y estoy muy fatigada, a pesar de haber hecho
el viaje mitad a pie y mitad a caballo sobre un asno. Los caminos están
impracticables, y a no ser por el borriquillo, no me hubiera determinado
a hacer este viaje, que ha sido, sin embargo, muy agradable, pues hemos
paseado mucho. He acompañado a mis hijas a la iglesia y he pedido a Dios
que las haga felices. También le he dado gracias por habernos concedido
aquellas fincas, con las cuales ni mi marido ni yo contábamos. Da
lástima ver los edificios: el castillo está casi arruinado, las paredes
interiores están desnudas, y los adornos, los escudos y las chimeneas,
destrozados a fuerza de martillazos.
Durante los días de saqueo del año 1789, unos aldeanos, venidos de otros
departamentos lejanos, todo lo destrozaron; particularmente los escudos
heráldicos, aparecen hechos trizas. Nada puede lisonjear nuestro amor
propio. Yo me alegro de ello, porque algunas veces este amor propio lo
he tenido con exageración. Todo me sonríe, el país, los parientes, los
amigos, los vecinos, que vivían a mi puerta y me saludaban con un
jubileo tal, como si hubiese llegado la Providencia. Soy muy feliz, y
esto me causa espanto, porque en este mundo lo bueno dura poco. Es
indispensable que me mortifique con las buenas obras, y que no me deje
arrastrar sino por el reconocimiento hacia el divino Dispensador.