Tout ce qui trop longtemps reste dans l'ombre et dort
S'habitue au mensonge et consent à la mort!»
* * * * *
«Chantecler» es el drama del esfuerzo humano en su lucha implacable por
la vida; es el calvario del varón fuerte que, luego de vencer á su rival
poderoso y de sobreponerse á las asechanzas de los cobardes que le
envidian, encuentra á la faisana, la mujer emancipada, celosa del poder
y de los ideales del macho--ideales que no comprende y ante los cuales
se siente postergada,--y que sólo á regañadientes concluye por rendirle
pleitesía.
El distinguido crítico y académico Emilio Faguet, consigna--y es una
observación curiosa que merece anotarse--la escasa intervención que
tiene el amor en el Teatro de Edmundo Rostand. Así es, efectivamente. En
«La Samaritana» y en «L'Aiglon», v. gr., este sentimiento falta por
completo; «Les Romanesques», más que la historia de dos enamorados, es
una sátira contra el amor; en «La princesa lejana», la pasión que anima
al anciano príncipe es algo abstracto y platónico, casi místico; y en el
mismo «Cyrano de Bergerac», no es el Cyrano enamorado, sino el
espiritual y heroico, el que predomina.
Algo semejante ocurre en «Chantecler». En vano la faisana tratará de
sobreponerse á la voluntad del gallo galán y dictador. «Chantecler»
cantará siempre: su clarín es el grito que ahuyenta las sombras de la
tierra, y aleja las estrellas sin apagarlas, y llena los campos de
matices y echa sobre los surcos la alegría fecundante del trabajo: él es
quien llama al sol; él, símbolo de toda actividad, es la llave de oro de
la vida...
En estos días, y mientras cuatro compañías francesas se disponen á
salir de París para llevar á las principales ciudades de Europa y de
América el gran grito lírico de «Chantecler», Edmundo Rostand ha vuelto
modestamente á su retiro de Cambo.
Rostand es un ordenado que, como Balzac, escribe de prisa y siempre de
noche. A pesar de sus triunfos, el poeta está triste; continuamente se
lamenta de su constitución débil, que le impide realizar largos
esfuerzos mentales.
--Yo concibo mucho--dice,--pero no puedo trabajar: me canso; por lo
mismo, presiento que la mitad de las fábulas y de los personajes que he
ideado, morirán conmigo...
Y, aunque trabajase mucho, sería igual. Yo sé que ese dolor que
atormenta al poeta no tiene cura: como á todos los grandes, la sed que
atormenta á Edmundo Rostand, es sed de Infinito...
* * * * *