El espíritu errabundo, lleno de lozanos verdores, de Alfredo de Musset,
flotaba sobre Francia, y la estrella del divino Hugo incendiaba el cielo
del arte con resplandores inmortales; era como un florecimiento
esplendoroso de juventud, el mocerío, deslumbrado por los magos del
lirismo, sufría la sed exquisita de los amores caballerescos, de los
viajes arriscados, de las aventuras extremadas y peregrinas.
Alberto Glatigny era hijo de un carpintero. A los quince años tropezó en
la bohardilla de la casa paterna un volumen, roído de polillas y medio
deshecho, de las «Obras completas» de Ronsard, y aquel libro, cuyos
versos se acostumbró á recitar en voz alta, fué para su alma temprana
una revelación. Dos años después el futuro poeta huía de su pueblo para
ir á establecerse en Pont-Audemer, donde, mientras se dedicaba á
aprender el oficio de tipógrafo, escribió un drama en tres actos. Una
compañía de comediantes vagabundos pasó por allí, y Glatigny, cautivado
por aquel vivir errante, se unió á ellos: su alma debió de experimentar
entonces una emoción análoga á la que produce la música en las tardes de
lluvia; la misma sensación de melancolía y de silencio que con vigores
rembranescos retrata Rusiñol en su inolvidable cuento «La alegría que
pasa».
Aquella existencia nómada enajenó su alma. «A esos enamorados de la
luna--dice,--á esos perseguidores de una estrella, les he amado con todo
mi corazón, y al buscarles por los incontables caminos de la vida, les
hallé siempre. Yo he oído la alegre canción que vibra en ellos, y os
juro que es una alegre canción de amor y de esperanza, como aquella cuyo
eco mortecino susurrea entre los labios entreabiertos y risueños de los
niños dormidos».
Pocas historias conozco tan accidentadas ni tan dolorosas como la de
Alberto Glatigny, quien en poco más de quince años ejercitó las
profesiones de apuntador, comediante, autor dramático, improvisador y
poeta.
Tras una dilatada excursión por provincias, Glatigny, siguiendo la
opinión de varios amigos que le querían bien y el duro consejo de los
públicos que le habían silbado, resolvióse á cambiar el teatro por la
poesía, y marchó á la conquista de París. Iba solo, hambriento, sin
recomendaciones ni otro equipaje que un manuscrito guardado en el
bolsillo interior de su larga levita gris. En París conoció á Teodoro de
Banville, su maestro predilecto; á Baudelaire, Leconte de Lisle, Cátulo
Mendés, Bataille, Monselet y demás contertulios del cafetín de «Los
Mártires», y figuró entre los fundadores del grupo El Parnaso
Contemporáneo, que tantos nombres había de legar á la posteridad.
Durante aquella época, Glatigny, que acababa de publicar «Los Pámpanos
Locos», su primer libro de versos, luchaba desesperadamente con la
miseria. «Cierta noche--escribe Mendés,--en pleno invierno, bajo las
frías estrellas, después de haber cenado una zanahoria cogida en el
campo, no tuvo otro abrigo que un extraño traje de teatro, fabricado con
periódicos viejos, manchados de vivos colores...
Cansado de tanta miseria, el desgraciado poeta volvió al teatro,
oficiando, simultáneamente, de comediante y de autor, y en Nancy estrenó
«La sombra de Callot», y en el Casino de Vichy la linda comedia «Hacia
los sauces», que el público, no siempre avisado, rechazó injustamente.
Más tarde regresó á París, donde publicó el libro «Flechas de oro», que
obtuvo gran éxito, y se batió con Alberto Wolf, que había censurado sin
miramientos la obra de Banville. El desafío fué á pistola. Al oír pasar
cerca de su cabeza la primera bala, Glatigny se volvió hacia sus
padrinos, diciendo con resignación exquisitamente cómica: «Está visto
que han de silbarme en todas partes...»
Pero la poesía produjo siempre poco, y Glatigny, que había vivido una
corta temporada en el Concierto del Alcázar improvisando versos, tuvo
que volver á su antigua vida nómada. Entonces compuso sus comedias «Los
dos ciegos» y «El bosque», que más tarde había de representarse en el
teatro Odeón; y poco después, hallándose en Córcega, publicó un libro
autobiográfico, esmaltado de graciosos paisajes de alma, que titulaba
«El primer día del año de un vagabundo», y le valió de Víctor Hugo un
billete de cien francos y una carta que empezaba así:
«Su libro me ha recreado y conmovido. Usted, dulce y querido poeta, nos
mueve á sonreír con lo mismo que le hizo sangrar, y tiene usted el arte
amable y doloroso de extraer de sus propios sufrimientos un placer para
nosotros...»
A los treinta y dos años Alberto Glatigny regresó al lado de su familia,
pero ya la enfermedad de riñones que había de matarle le tenía cogido.
Allí, en Lillebonne, su pueblo natal, le esperaba, con el amor de la
santa Emma Gavien, la única dicha que el destino le reservaba como
queriendo poner, á su triste vida un ocaso de mayo. Para el pobre
poeta, feo y seco, en quien las mujeres jamás detuvieron una mirada,
aquel amor fué, al mismo tiempo que una gran alegría, una regeneración.
Odió la bohemia, sintió la afición al hogar y una saludable reacción
ordenadora invadió su alma, ganosa de gustar en la quietud de su retiro
los placeres que no halló en los caminos y en el acogimiento frío y
banal de las habitaciones alquiladas.
Por aquella época, lleno el pensamiento de su amor á Emma, escribía á
Mallarmé:
Et les yeux mouillés, j'admire
ce coeur humble et grand; alors
á pleins poumons je respire;
je suis fort parmi les forts.
Et voulant qu'elle soit fiere
du moi, plus tard, je reprende
la besogne familiere:
j'arrete les vers errants.
Deseaba ser rico y famoso para ella; para que ella, «_plus tard_...»,
cuando él no existiese, pudiera enorgullecerse de haberle querido.
Pero no pudo; no pudo resistir la luz de aquella gran felicidad que
empezaba, y murió á los treinta y cuatro años, cuando iba á ser dichoso.
Tal es la triste historia del olvidado Alberto Glatigny, llamado á
ocupar algún día entre los poetas líricos franceses del siglo XIX un
puesto de honor.