Un público heteróclito se agolpa impaciente bajo la gran claridad blanca
irradiada por los tres arcos voltáicos que alumbran la fachada del
teatro: los automóviles se acercan trompeteando; uno tras otro; los
landós se detienen al borde de la acera, y de ellos descienden
diligentes mujeres hermosas cubiertas de pieles y de encajes, con la
magnificencia de sus cabellos y la nieve de sus gargantas desnudas,
aljofaradas de piedras preciosas; mantones plebeyos, capas, boinas,
gabanes elegantes y relucientes sombreros de copa, se acercan ó separan,
siguiendo esos extraños calofríos que rizan el lomo temblequeante de las
multitudes, y al cabo desaparecen por las puertas del teatro; puertas
voraces, contraídas en una especie de succión insaciable.
Un joven, modestamente vestido, atraviesa resuelto aquel enjambre de
mujeres y de hombres, á los que mira con una expresión compleja de
respeto y desdén. Va pensando: «Algún día, muy pronto quizás, vendréis á
oírme...» Desaparece por una puertecilla lateral. Un empleado que pasea
por allí metido en un largo gabán de paño azul, el aire aburrido, las
manos á la espalda, le detiene:
--¿Qué desea usted?...
El interpelado responde aplomadamente:
--Ver al señor X... Conozco el camino.
Y sigue adelante, pisando recio, y dueño de sí mismo. Su entereza le
salva; parece «de la casa». El portero le saluda amablemente. ¡Menos
mal! El intruso recorre un largo pasillo, empuja una mampara, tuerce á
la izquierda, baja dos peldaños, sube después una escalerilla estrecha.
Ya está «entre bastidores». Aquel segundo corredor parece una calle, y
lo es, en efecto; una calle del grande y amable mundo de la farándula: á
ambos lados del pasillo hay puertas numeradas, éstas cerradas, aquellas
abiertas. Un individuo, con fiebre de impaciencia en los ojos, va de una
á otra precipitadamente, diciendo:
--¡Señorita A..., señorita B..., señorita C..., que se va á empezar!
Los cuartos se abren con estrépito, é invaden el corredor murmullos
arpegiantes de conversaciones y de risas, y frufruteos de faldas.
Aparecen las actrices sobresaltadas, los rostros embadurnados,
prendiéndose aún los últimos alfileres, y luego, gallardas en medio de
su inquietud, se dirigen hacia el escenario. Pasa un actor, rígido,
aparatoso, con una enorme nariz ciranesca y un bigote postizo. El recién
llegado le interroga:
--¿Tiene usted la bondad de decirme: el señor X...?
El comediante, sin detenerse, mira á su interlocutor de arriba abajo;
adivina en él á un autor incipiente; su gesto es despectivo.
--Al fondo, en el saloncillo...--responde.
Y se va.
El visitante encuentra al señor X... discreteando amenamente con varios
autores: allí están, sentados y formando semicírculo, D. Pedro y don
Luis, dramaturgos de altísima y merecida reputación; el señor N...,
crítico literario muy estimable; el señor O..., sainetero excelente,
Pontífice Máximo de la Risa, y otros escritores de menor historia y
cuantía. De pie, y apoyados familiarmente sobre el respaldo de los
sillones, algunos comediantes, vestidos ya para salir á escena, escuchan
la conversación y celebran sus donaires.
Al aparecer el intruso, todas las miradas refluyen hacia él, y por cada
uno de aquellos semblantes burlones y mundanos de «gente de teatro»,
pasa el mismo pensamiento, la misma expresión de sorpresa irónica: «¡Un
autor novel!» Siente el mozo en las mejillas el choque, casi hostil, de
tantos ojos curiosos, mas no se desconcierta, y confiado, sereno, con
esa serenidad risueña que distingue á los fuertes de voluntad, avanza
hacia el grupo:
--¿El señor X...?
--Servidor de usted.
Se levanta despacio, disimulando un gesto de mal humor, y sale al
encuentro del visitante.
--Yo soy H... Usted habrá recibido una carta que le anunciaba una
visita...
--¡Ah, sí!...
Los dos hombres se dan la mano.
--Pues aquí tiene usted mi comedia. Tres actos. Usted la leerá, ¿no es
eso?...
--Sí, sí, señor... ¿por qué no?... Advierto á usted que tengo en ensayo
muchas obras. Sin embargo...
--¿Cuándo quiere usted que vuelva por aquí?
--De hoy en un mes.
--Perfectamente. Servidor de usted.
--Beso á usted la mano.
Y transcurre aquel mes y el siguiente, y el señor X... no lee la comedia
de H..., tales y tantas son las preocupaciones que le agobian. Pero la
espera no debilita las energías del joven autor; al contrario, seguro de
vencer, busca recomendaciones, insiste, suplica, porfía, amenaza, y
luego, diplomáticamente, se amansa y vuelve á rogar. ¡Cuánta paciencia,
cuántos paseos inútiles, cuántas antesalas humillantes le cuesta el
pequeñísimo honor de ser leído!
--¿El señor director?
--Acaba de marcharse.
--¡Demonio! ¿A qué hora podré verle?
--Hoy, imposible. Venga usted mañana.
Y al día siguiente:
--¿Está?
--Sí; pero muy ocupado. Pásese usted por aquí más tarde.
Y después:
--¿El señor?...
--Se ha ido enfermo.
--¡Cómo ha de ser! Volveré mañana.
Y la persecución continúa sañuda, implacable, hasta que el señor X...,
vencido, obsesionado, lee la comedia.
--Sí--dice,--la obra está bien; pero si quiere usted verla representada
en mi teatro, ha de modificarla mucho.
H..., sin vacilar, responde:
--Cuanto sea preciso.
¿Y cómo no, si ve la victoria inmediata, resplandeciente, detrás del
estreno?... Lleno de inmensa fe en sí mismo, pone manos diligentes á su
labor: pule, corrige, burila, aligera unas escenas, alarga otras,
justifica ciertas situaciones, interpola en el papel de la primera
actriz varias frases un tanto platerescas y enfáticas, pero que
seguramente han de ser aplaudidas..., y con todo ello, ya «bien peinado»
y puesto en limpio, vuelve al despacho del señor director.
--Aquí tiene usted mi comedia; ó, mejor dicho, «nuestra comedia».
--Muy bien; la leeré otra vez.
--Y suponiendo que le guste á usted mucho, ¿cuándo podrá representarse?
--La temporada próxima.
¡Un año perdido, ó dos... ó acaso tres!... Bueno, á la juventud, para la
que toda la vida es porvenir, el tiempo no le importa.
Estos odiosos trances por que han pasado cuantos escritores llegaron al
teatro antes de haber conquistado en el libro ó en la Prensa un nombre
respetable, constituyen los prolegómenos--nada más que los
prolegómenos--de lo que propiamente podría llamarse «el dolor de
estrenar»; Gólgota durísimo, Calvario de ingratitud, al que ningún
autor, ni aun los privilegiados, puede estar nunca completamente seguro
de haber subido.
Aquella alegría indescriptible, tan vehemente y aguda, que llegaba á ser
dolorosa, con que el dramaturgo novel veía acercarse la noche de su
primer estreno, es algo precioso que va amortiguándose, por grados
insensibles y fatales, en el curso soporífero, interminable, de los
ensayos. Todos los días, desde las dos hasta las cinco ó las seis de la
tarde, el autor asiste á esa labor lenta, tenaz, puramente mecánica, de
los comediantes, que, poco á poco, van asimilándose sus papeles. Desde
el primer «ensayo de mesa», hasta que la obra, mal aprendida aún, «baja
á la concha», ¡cuántas horas monótonas, cuántas repeticiones, cuántos
tanteos baldíos, cuántas energías apagadas en el martirio, sin gritos ni
gestos, de la paciencia!...
Al principio, el autor experimenta un placer inefable «en oírse».
«Todo eso, tan bonito y «que suena» tan bien--piensa,--lo he escrito
yo...»
Cuanto el apuntador va diciendo, lo repiten los actores, lo que equivale
á dos representaciones simultáneas y paralelas. Pero el gozo narcisiano
de escucharse se reproduce tantas veces, que llega á emborronarse; los
pensamientos, á fuerza de resobados, se deslustran y vulgarizan; las
frases pierden su frescura, su elasticidad jugosa; las escenas de más
alta tensión dramática, pierden su calor. Lo que fué inspiración, ahora
es rutina; las figuras se desdibujan, el interés se apaga..., y al pobre
autor, desconcertado, incapaz de recobrar la tensión nerviosa en que se
hallaba al escribir su obra, le parece que nada de aquello que oye
decir, es suyo.
Añádanse á esto las perplejidades torturantes que en el ánimo del
dramaturgo incipiente van sembrando las pequeñas exigencias de los
actores y los consejos, impertinentes casi siempre de los amigos. En un
entreacto del ensayo, la primera actriz le llama con cierto misterio.
--¿Quiere usted explicarme--murmura,--cómo debo «decir» esta frase?...
Yo la he estudiado mucho y «no la siento».
Añade algunas observaciones:
--¿Ve usted?... Si la grito, desentona; si la digo con ironía,
también...; si la digo riendo, ¡peor!...
Efectivamente; la primera actriz parece tener razón. Además, ha
confesado que aquella frase «no la siente», y no sintiéndola, ¿cómo va á
repetirla bien?... El autor trata entonces de sustituir algunas
palabras; pero esto, así, de sopetón, tampoco es posible; mejor será
cambiarlo todo.
--¡No pase usted apuros--exclama;--mañana la traeré á usted una frase
nueva!
Lo peor es que la característica también le pide otra frase para adornar
un mutis que, bien aderezado, puede ser de gran lucimiento para ella; y
que el galán afirma que tal ó cual escena es empachosamente larga, y
conviene á todo trance aligerarla; y que el actor cómico se lamenta de
que su papel es corto, y hay en él pocos chistes... Batiéndose en
retirada, el autor infeliz promete á todos lo mismo:
--Yo lo pensaré, yo lo estudiaré... Desde luego, lo que usted indica me
parece muy bien. Lo importante es que usted, dentro de su papel, se
encuentre á gusto...
Pero su suplicio no termina aquí. Al salir del ensayo, su mejor amigo le
traba por un brazo.
--Tu obra--dice,--es muy hermosa; pero, á mi juicio, está mal
construída. Yo, en lugar de tres actos, hubiera escrito cuatro, más
cortos; y casi todo lo que ahora es segundo acto, pasaría á ser
primero...
El autor defiende su obra, insiste el otro, discuten acaloradamente y no
llegan á un acuerdo. El amigo concluye, con énfasis profético:
--Hijo mío, haz lo que quieras; mi opinión leal, ya la sabes; yo creo
que caminas á un desastre. ¡Ahora, tú allá!...
Y cuando se marcha el dramaturgo, desorientado, piensa que su pobre
comedia, en efecto, debe de ser muy poca cosa cuando nadie, ni la
primera actriz, ni el galán, ni la característica, ni el actor cómico,
ni el amigo que ha presenciado los ensayos, acaban de encontrarla
completamente bien.
Un autor primerizo se halla en el teatro, según la frase vulgar, «como
gallina en corral ajeno». La misma timidez que informa sus gestos y
palabras, desautorizándole, eriza su camino de pequeños obstáculos. Sus
incertidumbres, su miedo al fracaso, le hacen accesible á las
observaciones de todo el mundo. Así, el apuntador, el electricista, el
maestro carpintero, el individuo encargado de mover el telón, animados
de los mejores deseos, también le aconsejan, aumentando con ello la
selva de sus terribles inquietudes.
Y, al fin, llega la noche del estreno; noche dramática, cruel,
desgarradora; noche injusta, en la que el éxito es para todos, y el
fracaso para el autor únicamente.
Pero no; no seamos pesimistas y coloquémonos en un término medio
prudente: supongamos que la obra ha gustado bastante.
¿Y después?
Nada ó casi nada. Los periódicos hablan sumariamente de la nueva
comedia, el nombre del dramaturgo vive unas cuantas horas la vida
febril, inapresable, de la actualidad, y el público que lee aquel nombre
por primera vez, lo olvida en seguida. Una noche, sólo una noche, ha
bastado para destrozar y convertir en liviano recuerdo los esfuerzos,
las amarguras y las zozobras de tantos años. La obra subsiste en el
cartel quince, veinte días...; luego cae en olvido. Su autor, que á
fuerza de verla ensayar casi la odia, ni siquiera tiene el consuelo de
ir á verla: no puede, se aburriría; todos sabemos que Alfredo de Musset
se durmió profundamente y hasta llegó á roncar, en un palco de la
Comedia Francesa, durante la representación de «Un capricho», su
comedia mejor...
Tal es, lectores, la escena de ese calvario durísimo, de ese triunfo
inane y filante, de esa victoria aniquiladora y cruel como una derrota,
por la que suspiran tantos autores y en la que sólo hay la desilusión de
un gran dolor: «el dolor de estrenar...»