Yo contemplo mi equipaje,

mi viejo saco de cuero,

y recuerdo otro viaje

hacia las tierras del Duero.

Otro viaje de ayer

por la tierra castellana...

¡Pinos del amanecer,

entre Almazán y Quintana!...

¡Y alegría

de un viajar en compañía!

¡Y la unión

que ha roto la muerte un día!

¡Mano fría

que aprietas mi corazón!

Tren, camina, silba, humea;

acarrea

tu ejército de vagones;

ajetrea

maletas y corazones.

Soledad,

sequedad.

Tan pobre me estoy quedando,

que ya ni siquiera estoy

conmigo, ni sé si voy

conmigo a solas viajando.

MARIPOSA DE LA SIERRA

¿No eres tú, mariposa,

el alma de estas sierras solitarias,

de sus barrancos hondos

y de sus cumbres bravas?

Para que tú nacieras,

con su varita mágica

a las tormentas de la piedra un día

mandó callar un hada,

y encadenó los montes

para que tú volaras.

¡Anaranjada y negra,

morenita y dorada,

mariposa montés, sobre el romero

plegadas las alillas, o, voltarias,

jugando con el sol, o sobre un rayo

de sol crucificadas!...

¡Mariposa montés y campesina,

mariposa serrana,

nadie ha pintado tu color; tú vives,

tu color y tus alas,

en el aire, en el sol, sobre el romero,

tan libre, tan salada!...

Que Juan Ramón Jiménez

pulse por ti su lira franciscana.

Sierra de Cazorla, Mayo de 1915.

LAS ENCINAS

A los señores de Masriera, en recuerdo de una expedición al Pardo.

Encinares castellanos

en alcores y altozanos,

serrijones y colinas

llenos de obscura maleza;

encinas, pardas encinas

—humildad y fortaleza,—

mientras que llenándoos va

el hacha de calvijares,

¿nadie cantaros sabrá,

encinares?

El roble es la guerra; el roble

dice el valor y el coraje,

rabia inmoble,

con su torcido ramaje;

y es más rudo

que la encina y más nervudo;

el alto roble parece

que recalca y ennudece

su robustez como atleta

que, erguido, afinca en el suelo.

El pino es el mar y el cielo

y la montaña: el planeta.

La palmera es el desierto,

el sol y la lejanía:

la sed, una fuente fría

soñada en el campo muerto.

Las hayas son la leyenda.

Alguien en las viejas hayas

leía una historia horrenda

de crímenes y batallas.

¿Quién ha visto, sin temblar,

un hayedo en un pinar?

Los chopos son la ribera;

liras de la primavera,

cerca del agua que fluye,

pasa y huye

viva o lenta,

que se emboca, turbulenta,

o en remanso se dilata;

en su eterno escalofrío

copian el agua del río,

que fluye en ondas de plata.

De los parques las olmedas

son las buenas arboledas

que nos han visto jugar

cuando eran nuestros cabellos

rubios, y con nieve en ellos

nos han de ver meditar.

Tiene el manzano el rubor

de su poma;

el eucalipto el aroma

de sus hojas; de su flor

el naranjo la fragancia;

y es del huerto

la elegancia

el ciprés obscuro y yerto.

¿Qué tienes tú, negra encina

campesina,

con tus ramas sin color

en el campo sin verdor,

con tu tronco ceniciento

sin esbeltez ni altiveza,

con tu vigor sin tormento

y tu humildad, que es firmeza?

En tu copa ancha y redonda

nada brilla:

ni tu verde obscura fronda,

ni tu flor verdiamarilla.

Nada es lindo ni arrogante

en tu porte, ni guerrero,

nada fiero

que aderece su talante.

Brotas derecha o torcida,

con esa bondad que cede

sólo a la ley de la vida,

que es vivir como se puede.

El campo mismo se hizo

árbol en ti, parda encina.

Ya contra el hielo invernizo,

o bajo el sol que calcina,

y el bochorno y la borrasca,

el Agosto y el Enero,

los copos de la nevasca,

los hilos del aguacero,

siempre firme, siempre igual,

dócil, impasible y buena,

¡oh tú, robusta y serena,

oh casta encina rural!

¡Oh los negros encinares

de la raya aragonesa

y las crestas militares

de la tierra pamplonesa!

¡Encinas de Extremadura,

de Castilla, que hizo a España;

encinas de la llanura,

del cerro y de la montaña;

encinas del alto llano

que el joven Duero rodea,

y del Tajo, que serpea

por el suelo toledano!

¡Encinas de junto al mar,

en Santander; encinar

que pones tu nota arisca,

como un castellano ceño,

en Córdoba la morisca;

y tú, encinar madrileño,

tan hermoso y tan sombrío,

bajo el Guadarrama frío,

con tu adustez castellana

corrigiendo

la vanidad y el atuendo

y la hetiquez cortesana!...

Ya sé, encinas

campesinas,

que os pintaron, con lebreles

elegantes y corceles,

los más egregios pinceles;

que os cantaron los poetas

augustales;

que os asordan escopetas

de cazadores reäles;

mas sois el campo y el lar

y la sombra tutelar

de los buenos aldeanos

que visten parda estameña

y que cortan vuestra leña

con sus manos.

RETRATO

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido

—ya conocéis mi torpe aliño indumentario;—

mas recibí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina;

pero mi verso brota de manantial sereno;

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética

corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

mas no amo los afeites de la actual cosmética,

ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos

y el coro de los grillos que cantan a la Luna.

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico, o romántico? No sé. Dejar quisiera

mi verso como deja el capitán su espada,

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo

—quien habla solo, espera hablar a Dios un día;—

mi soliloquio es plática con este buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo; con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

A DON MIGUEL DE UNAMUNO

(POR SU LIBRO “VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO”)

Este donquijotesco

Don Miguel de Unamuno, fuerte vasco,

lleva el arnés grotesco

y el irrisorio casco

del buen manchego. Don Miguel camina

jinete de quimérica montura,

metiendo espuela de oro a su locura,

sin miedo de la lengua que malsina.

A un pueblo de arrieros,

lechuzos y tahures y logreros

dicta lecciones de Caballería.

El alma desalmada de su raza,

que bajo el golpe de su férrea maza

aún duerme, puede que despierte un día.

Quiere enseñar el ceño de la duda,

antes de que cabalgue, al caballero;

cual nuevo Hamlet, a mirar desnuda

cerca del corazón la hoja de acero.

Tiene el aliento de una estirpe fuerte

que soñó más allá de sus hogares,

y que el oro buscó tras de los mares.

Él señala la gloria tras la muerte.

Quiere ser fundador, y dice: “Creo;

Dios, y adelante el ánima española...”

Y es tan bueno y mejor que fué Loyola:

sabe a Jesús y escupe al fariseo.

1905

A DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS

Como se fué el maestro, la luz de esta mañana

me dijo:—Van tres días

que mi hermano Francisco no trabaja.

¿Murió?—Sólo sabemos

que se nos fué por una senda clara

diciéndonos: “Hacedme

un duelo de labores y esperanzas.

Sed buenos y no más; sed lo que he sido

entre vosotros: alma.

Vivid; la vida sigue;

los muertos mueren y las sombras pasan.

Lleva quien deja y vive el que ha vivido.

Yunques, sonad; enmudeced, campanas.”

Y hacia otra luz más pura

partió el hermano de la luz del alba,

el sol de los talleres,

el viejo alegre de la vida santa.

¡Oh, sí; llevad, amigos,

su cuerpo a la montaña,

a los azules montes

del ancho Guadarrama!

Allí hay barrancos hondos

de pinos verdes donde el viento canta.

Su corazón repose

bajo una encina casta,

en tierra de tomillos, donde juegan

mariposas doradas.

Allí el maestro, un día,

soñaba un nuevo florecer de España.

ÍNDICE

_Págs._

PRÓLOGO 7

SOLEDADES

SOLEDADES, GALERÍAS Y OTROS POEMAS

Prólogo 15

El viajero 17

La plaza y los naranjos encendidos 21

En el entierro de un amigo 23

Recuerdo infantil 25

Yo voy soñando caminos 27

Hacia un ocaso radiante 29

Cante hondo 33

La calle en sombra 35

El poeta 37

Verdes jardinillos 41

Del camino 43

Galerías 55

Introducción 57

Sueño infantil 67

Campo 97

Los sueños 99

Renacimiento 101

CANCIONES.—HUMORADAS

Abril florecía 109

De la vida 113

La noria 117

El cadalso 121

Las moscas 123

Elegía de un madrigal 127

Acaso... 129

Jardín 131

A un naranjo y a un limonero vistos

en una tienda de plantas y flores 133

Hastío 135

Nevermore 137

De la vida 141

Sol de invierno 143

A un viejo y distinguido señor 145

CAMPOS DE CASTILLA

Prólogo 149

A orillas del Duero 153

Por tierras de España 157

El hospicio 159

Amanecer de otoño 161

Noche de verano 163

Pascua de Resurrección 165

Campos de Soria 167

A un olmo seco 185

LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ

Siendo mozo Alvargonzález 189

Feliz vivió Alvargonzález 191

Mucha sangre de Caín 193

Alvargonzález ya tiene 195

El sueño 197

Aquella tarde... 207

Otros días 221

Castigo 235

El viajero 243

El indiano 255

La casa 261

La tierra 271

Los asesinos 281

PROVERBIOS Y CANTARES 295

Viaje 303

Mariposa de la sierra 307

Las encinas 309

Retrato 315

A Don Miguel de Unamuno 319

A Don Francisco Giner de los Ríos 321

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las

versalitas como MAYÚSCULAS.

* Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la

grafía de mayor frecuencia.

* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Para preservar la coherencia con el Índice, se sustituye por

“Prólogo” el encabezado de las introducciones a “Soledades” y

“Campos de Castilla”.

* Se han añadido encabezados entre corchetes para no dejar lugares

vacíos en la jerarquía de títulos.

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