PÁGINAS ESCOGIDAS
[Ilustración: Antonio Machado]
ANTONIO MACHADO
PÁGINAS
ESCOGIDAS
[Ilustración]
MCMXVII
CASA EDITORIAL CALLEJA
FUNDADA EN 1876
MADRID
PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
Copyright 1917, by
CASA EDITORIAL CALLEJA
Imprenta de Bernardo Rodríguez.—Barquillo, 8.—Madrid.
_PRÓLOGO_
_Mi costumbre de no volver nunca sobre lo hecho y de no leer nada de
cuanto escribo, una vez dado a la imprenta, ha sido causa en esta
ocasión de no poco embarazo para mí. El presentar un tomo de PÁGINAS
ESCOGIDAS me obligó, no sólo a releer, sino a elegir, lo que supone
juzgar. ¡Triste labor! Porque un poeta, aunque desbarre, mientras
produce sus rimas, está siempre de acuerdo consigo mismo; pero,
pasados los años, el hombre que juzga su propia obra dista mucho del
que la produjo. Y puede ser injusto para consigo mismo: si, por amor
de padre, con exceso indulgente, también a veces ingrato por olvido,
pues la página escrita nunca recuerda todo lo que se ha intentado,
sino lo poco que se ha conseguido._
_Si un libro nuestro fuera una sombra de nosotros mismos, sería
bastante; porque frecuentemente es mucho menos: la ceniza de un
fuego que se ha apagado y que tal vez no ha de encenderse más. Y en
el caso mejor, cuando nuestro libro nos evoca nuestra alma de ayer
con la viveza de algunos sueños que actualizan lo pasado, echamos de
ver que, entonces, llevábamos a la espalda un copioso haz de flechas
que no recordamos haber disparado y que han debido caérsenos por
el camino. La tristeza de volver sobre nuestra obra no proviene de
la conciencia de lo poco logrado, sino de lo mucho que renunciamos
a acometer. Nuestra incapacidad para fallar con justicia en causa
propia estriba también en la merma de simpatía por nuestra obra, y en
la enorme distancia que media entre el momento creador y el crítico.
En el primero coincidíamos con la corriente de la vida, cargada de
realidades virtuales que acaso no llegan nunca a actualizarse, pero
que sentimos como infinitamente posibles; en el segundo estamos fuera
de esta misma corriente, y aun fuera de nosotros, obligados a juzgar,
a encerrar y distribuir las vivas aguas en los rígidos cangilones
de las ideas ómnibus, a evaluar en moneda corriente lo más ajeno a
toda mercadería. Es muy frecuente—casi la regla—que el poeta eche a
perder su obra al corregirla. La explicación es fácil: se crea por
intuiciones; se corrige por juicios, por relaciones entre conceptos.
Los conceptos son de todos y se nos imponen desde fuera en el
lenguaje aprendido; las intuiciones son siempre nuestras. Juzgarnos
o corregirnos, supone aplicar la medida ajena al paño propio. Y al
par que entramos en razón y nos ponemos de acuerdo con los demás, nos
apartamos de nosotros mismos; cuantas líneas enmendamos para fuera,
son otras tantas deformaciones de lo íntimo, de lo original, de lo
que brotó espontáneo en nosotros._
_El poeta debe escuchar con respeto la crítica ajena, porque el
libro lanzado a la publicidad ya no le pertenece. Él lo entregó al
juicio de los hombres, sin que nadie le obligase a ello. Asístele,
sin embargo, el derecho de no ser demasiado dócil a admoniciones y
consejos, y le conviene, sobre todo, desconfiar aun de sus propias
definiciones. No se define en arte, sino en matemática—allí donde
lo definido y la definición son una misma cosa.—Ante la crítica
dogmática y doctrinera, aun la propia inepcia puede sonreír
desdeñosa._
_Cabe, no obstante, pedir al hombre de un libro un juicio valorativo
de su obra, un precio de su propia labor; cabe preguntarle: “¿En
cuánto estima usted esto que nos ofrece en demanda de nuestra
simpatía y de nuestro aplauso?” Responderé brevemente. Como valor
absoluto, bien poco tendrá mi obra, si alguno tiene; pero creo—y en
esto estriba su valor relativo—haber contribuído con ella, y al par
de otros poetas de mi promoción, a la poda de ramas superfluas en el
árbol de la lírica española, y haber trabajado con sincero amor para
futuras y más robustas primaveras._
ANTONIO MACHADO.
_Baeza, 20 de abril de 1917._
NOTA BIOGRÁFICA
Nací en Sevilla una noche de Julio de 1875, en el célebre palacio
de las Dueñas, sito en la calle del mismo nombre. Mis recuerdos
de la ciudad natal son todos infantiles, porque a los ocho años
pasé a Madrid, donde mis padres se trasladaron, y me eduqué en la
Institución Libre de Enseñanza. A sus maestros guardo vivo afecto
y profunda gratitud. Mi adolescencia y mi juventud son madrileñas.
He viajado algo por Francia y por España. En 1907 obtuve cátedra de
Lengua francesa, que profesé durante cinco años en Soria. Allí me
casé; allí murió mi esposa, cuyo recuerdo me acompaña siempre. Me
trasladé a Baeza, donde hoy resido. Mis aficiones son pasear y leer.
SOLEDADES
1903
SOLEDADES, GALERÍAS Y OTROS POEMAS
1907
_PRÓLOGO_
_Las composiciones de este primer libro, publicado en Enero de 1903,
fueron escritas entre 1899 y 1902. Por aquellos años, Rubén Darío,
combatido hasta el escarnio por la crítica al uso, era el ídolo
de una selecta minoría. Yo también admiraba al autor de_ Prosas
profanas, _el maestro incomparable de la forma y de la sensación,
que más tarde nos reveló la hondura de su alma en_ Cantos de vida
y esperanza. _Pero yo pretendí—y reparad en que no me jacto de
éxitos, sino de propósitos—seguir camino bien distinto. Pensaba
yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico,
ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una
honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que
algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz propia,
en respuesta animada al contacto del mundo. Y aun pensaba que el
hombre puede sorprender algunas palabras de un íntimo monólogo,
distinguiendo la voz viva de los ecos inertes; que puede también,
mirando hacia dentro, vislumbrar las ideas cordiales, los universales
del sentimiento. No fué mi libro la realización sistemática de este
propósito; mas tal era mi estética de entonces._
_Esta obra fué refundida en 1907, con adición de nuevas composiciones
que no añadían nada substancial a las primeras, en_ Soledades,
galerías y otros poemas. _Ambos volúmenes constituyen en realidad un
solo libro._
I
EL VIAJERO
Está en la sala familiar, sombría,
y entre nosotros, el querido hermano
que en el sueño infantil de un claro día
vimos partir hacia un país lejano.
Hoy tiene ya las sienes plateadas,
un gris mechón sobre la angosta frente,
y la fría inquietud de sus miradas
revela un alma casi toda ausente.
Deshójanse las copas otoñales
del parque mustio y viejo.
La tarde tras los húmedos cristales
se pinta, y en el fondo del espejo.
El rostro del hermano se ilumina
suavemente. ¿Floridos desengaños
dorados por la tarde que declina?
¿Ansias de vida nueva en nuevos años?
¿Lamentará la juventud perdida?
Lejos quedó—la pobre loba—muerta.
¿La blanca juventud nunca vivida
teme que ha de cantar ante su puerta?
¿Sonríe al sol de oro
de la tierra de un sueño no encontrada,
y ve su nave hender el mar sonoro,
de viento y luz la blanca vela hinchada?
Él ha visto las hojas otoñales
amarillas rodar, las olorosas
ramas del eucaliptus, los rosales,
que enseñan otra vez sus blancas rosas...
Y este dolor que añora o desconfía
el temblor de una lágrima reprime,
y un resto de viril hipocresía
en el semblante pálido se imprime.
Serio retrato en la pared clarea
todavía. Nosotros divagamos.
En la tristeza del hogar golpea
el tic-tac del reloj. Todos callamos.
II
La plaza y los naranjos encendidos,
con sus frutas redondas y risueñas.
Tumulto de pequeños colegiales
que al salir en desorden de la escuela,
llenan el aire de la plaza en sombra
con la algazara de sus voces nuevas.
¡Alegría infantil, en los rincones
de las ciudades muertas!...
¡Y algo nuestro de ayer, que todavía
vemos vagar por estas calles viejas!
III
EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO
Tierra le dieron una tarde horrible
del mes de Julio, bajo el sol de fuego.
A un paso de la abierta sepultura,
había rosas de podridos pétalos,
entre geranios de áspera fragancia
y roja flor. El cielo
puro y azul. Corría
un aire fuerte y seco.
De los gruesos cordeles suspendido,
pesadamente, descender hicieron
el ataúd, al fondo de la fosa,
los dos sepultureros...
Y al reposar sonó con recio golpe,
solemne, en el silencio.
Un golpe de ataúd en tierra es algo
perfectamente serio.
Sobre la negra caja se rompían
los pesados terrones polvorientos...
El aire se llevaba
de la honda fosa el blanquecino aliento.
Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa;
larga paz a tus huesos...
Definitivamente,
duerme un sueño tranquilo y verdadero.
IV
RECUERDO INFANTIL
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.
Con timbre sonoro y hueco,
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
“Mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón.”
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.
V
Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
—La tarde cayendo está.—
“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón.”
Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.
La tarde más se obscurece,
y el camino, que serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
“Aguda espina dorada,
¡quién te pudiera sentir
en el corazón clavada!”
VI
Hacia un ocaso radiante
caminaba el Sol de estío,
y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante,
tras de los álamos verdes de las márgenes del río.
Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera
de la cigarra cantora, el monorritmo jovial,
entre metal y madera,
que es la canción estival.
En una huerta sombría,
giraban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas obscuras el son del agua se oía.
Era una tarde de Julio luminosa y polvorienta.
Yo iba haciendo mi camino,
absorto en el solitario crepúsculo campesino.
Y pensaba: “¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa,
toda desdén y armonía;
hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía
de este rincón vanidoso, obscuro rincón que piensa!”
Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente.
Lejos, la ciudad dormía
como cubierta de un mago fanal de oro transparente.
Bajo los arcos de piedra, el agua clara corría.
Los últimos arreboles coronaban las colinas,
manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas.
Yo caminaba cansado,
sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado.
El agua en sombra pasaba tan melancólicamente
bajo los arcos del puente,
como si al pasar dijera:
“Apenas desamarrada
la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera,
se canta: no somos nada.
Donde acaba el pobre río, la inmensa mar nos espera.”
Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría.
(Yo pensaba: ¡el alma mía!)
Y me detuve un momento,
en la tarde a meditar...
¿Qué es esta gota en el viento
que grita al mar: Soy el mar?
Vibraba el aire, asordado
por los élitros cantores que hacen el campo sonoro,
cual si estuviera sembrado
de campanitas de oro.
En el azul fulguraba
un lucero diamantino.
Cálido viento soplaba,
alborotando el camino.
Yo, en la tarde polvorienta,
hacia la ciudad volvía.
Sonaban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas obscuras, caer el agua se oía.
VII
CANTE HONDO
Yo meditaba absorto, devanando
los hilos del hastío y la tristeza,
cuando llegó a mi oído,
por la ventana de mi estancia, abierta
a una caliente noche de verano,
el plañir de una copla soñolienta,
quebrada por los trémolos sombríos
de las músicas magas de mi tierra.
... Y era el Amor, como una roja llama...
—Nerviosa mano en la vibrante cuerda
ponía un largo suspirar de oro
que se trocaba en surtidor de estrellas.—
... Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,
el paso largo, torva y esquelética.
—Tal cuando yo era niño la soñaba.—
Y en la guitarra, resonante y trémula,
la brusca mano, al golpear, fingía
el reposar de un ataúd en tierra.
Y era un plañido solitario el soplo
que el polvo barre y la ceniza aventa.
VIII
La calle en sombra. Ocultan los altos caserones
al Sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.
¿No ves, en el encanto del mirador florido,
el óvalo rosado de un rostro conocido?
La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo,
surge o se apaga como daguerreotipo viejo.
Suena en la calle sólo el ruido de tu paso;
se extinguen lentamente los ecos del ocaso.
¡Oh angustia! Pesa y duele el corazón. ¿Es ella?
No puede ser... Camina... En el azul la estrella.
IX
EL POETA
(En el libro _Epifanías_, de Martínez Sierra.)
Maldiciendo su destino,
como Glauco, el dios marino,
mira, turbia la pupila
de llanto, el mar que le debe su blanca virgen Scyla.
Él sabe que un Dios más fuerte
con la substancia inmortal está jugando a la muerte,
cual niño bárbaro. Él piensa
que ha de caer como rama que sobre las aguas flota,
antes de perderse, gota
de mar, en la mar inmensa.
En sueños oyó el acento de una palabra divina;
en sueños se le ha mostrado la cruda ley diamantina
sin odio ni amor, y el frío
soplo del olvido sabe sobre un arenal de hastío.
Bajo las palmeras del oäsis, el agua buena
miró brotar de la arena;
y se abrevó entre las dulces gacelas y entre los fieros
animales carniceros...
Y supo cuánto es la vida hecha de sed y dolor;
y fué compasivo para el ciervo y el cazador,
para el ladrón y el robado,
para el pájaro azorado,
para el sanguinario azor.
Con el Eclesiastes dijo: “Vanidad de vanidades,
todo es negra vanidad”;
y oyó otra voz que clamaba, alma de sus soledades:
“Sólo eres tú, luz que fulges en el corazón, verdad.”
Y viendo cómo lucían
miles de blancas estrellas,
pensaba que todas ellas
en su corazón ardían.
¡Noche de amor!...
Y otra noche sintió la mala tristeza
que enturbia la pura llama,
y un corazón que bosteza,
y un histrïón que declama.
Y dijo: “Las galerías
del alma que espera están
desiertas, mudas, vacías;
las blancas sombras se van.”
Y el demonio de los sueños abrió el jardín encantado
del ayer. ¡Cuán bello era!
¡Qué hermosamente el pasado
fingía la primavera,
cuando del árbol de otoño estaba el fruto colgado,
mísero fruto podrido,
que en el hueco acibarado
guarda el gusano escondido!
¡Alma, que en vano quisiste ser más joven cada día,
arranca tu flor, la humilde flor de la melancolía!
X
¡Verdes jardinillos,
claras plazoletas,
fuente verdinosa
donde el agua sueña,
donde el agua muda
resbala en la piedra!...
Las hojas de un verde
mustio, casi negras,
de la acacia, el viento
de Septiembre besa,
y se lleva algunas
amarillas, secas,
jugando, entre el polvo
blanco de la sierra.
Linda doncellita
que el cántaro llenas
de agua transparente,
tú, al verme, no llevas
a los negros bucles
de tu cabellera,
distraídamente,
la mano morena,
ni, luego, en el limpio
cristal te contemplas...
Tú miras al aire
de la tarde bella,
mientras de agua clara
el cántaro llenas.
DEL CAMINO
I
Daba el reloj las doce..., y eran doce
golpes de azada en tierra...
... ¡Mi hora!...—grité. El silencio
me respondió:—No temas;
tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla.
Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja,
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera.
II
En la desnuda tierra del camino,
la hora florida brota,
espino solitario,
del valle humilde en la revuelta umbrosa.
El salmo verdadero
de tenue voz hoy torna
al corazón y al labio,
la palabra quebrada y temblorosa.
Mis viejos mares duermen; se apagaron
sus espumas sonoras
sobre la playa estéril. La tormenta
camina lejos en la nube torva.
Vuelve la paz al cielo;
la brisa tutelar esparce aromas
otra vez sobre el campo, y aparece
en la bendita soledad tu sombra.
III
¡Tenue rumor de túnicas que pasan
sobre la infértil tierra!...
¡Y lágrimas sonoras
de las campanas viejas!
Las ascuas mortecinas
del horizonte humean...
Blancos fantasmas lares
van encendiendo estrellas.
—Abre el balcón. La hora
de una ilusión se acerca...
La tarde se ha dormido
y las campanas sueñan.
IV
Algunos lienzos del recuerdo tienen
luz de jardín y soledad de campo;
la placidez del sueño
en el paisaje familiar soñado.
Otros guardan las fiestas
de días aún lejanos;
figuritas sutiles
que pone un titerero en su retablo...
. . . . . . . . . . .
Ante el balcón florido
está la cita de un amor amargo.
Brilla la tarde en el resol bermejo...
La hiedra efunde de los muros blancos...
A la revuelta de una calle en sombra,
un fantasma irrisorio besa un nardo.
V
Las ascuas de un crepúsculo morado
detrás el negro cipresal humean...
En la glorieta en sombra está la fuente
con su alado y desnudo Amor de piedra,
que sueña mudo. En la marmórea taza
reposa el agua muerta.
GALERÍAS
INTRODUCCIÓN
Leyendo un claro día
mis bien amados versos,
he visto en el profundo
espejo de mis sueños
que una verdad divina
temblando está de miedo,
y es una flor que quiere
echar su aroma al viento.
El alma del poeta
se orienta hacia el misterio.
Sólo el poeta puede
mirar lo que está lejos,
dentro del alma en turbio
y mago sol envuelto.
En esas galerías,
sin fondo del recuerdo,
donde las pobres gentes
colgaron cual trofeo
el traje de una fiesta
apolillado y viejo,
allí el poeta sabe
el laborar eterno
mirar de las doradas
abejas de los sueños.
Poëtas, con el alma
atenta al hondo cielo,
en la crüel batalla
o en el tranquilo huerto,
la nueva miel labramos
de los dolores viejos,
la veste blanca y pura
pacientemente hacemos,
y bajo el Sol bruñimos
el fuerte arnés de hierro.
El alma que no sueña,
el enemigo espejo,
proyecta nuestra imagen
con un perfil grotesco.
Sentimos una ola
de sangre en nuestro pecho
que pasa..., y sonreímos,
y a laborar volvemos.
I
Desgarrada la nube; el arco iris
brillando ya en el cielo;
y en un fanal de lluvia
y sol el campo envuelto.
Desperté. ¿Quién enturbia
los mágicos cristales de mi sueño?
Mi corazón latía
atónito y disperso.
... ¡El limonar florido,
el cipresal del huerto,
el prado verde, el Sol, el agua, el iris!...
¡El agua en tus cabellos!...
Y todo en la memoria se rompía,
tal una pompa de jabón al viento.
II
Y era el demonio de mi sueño, el ángel
más hermoso. Brillaban
como aceros los ojos victoriosos,
y las sangrientas llamas
de su antorcha alumbraron
la honda cripta del alma.
—¿Vendrás conmigo?—No, jamás; las tumbas
y los muertos me espantan.—
Pero la férrea mano
mi diestra atenazaba.
—Vendrás conmigo...—Y avancé en mi sueño,
cegado por la roja luminaria.
Y en la cripta sentí sonar cadenas
y rebullir de fieras enjauladas.
III
Desde el umbral de un sueño me llamaron...
Era la buena voz, la voz querida.
—Dime: ¿vendrás conmigo a ver el alma?...
Llegó a mi corazón una caricia.
—Contigo siempre... Y avancé en mi sueño
por una larga, escueta galería,
sintiendo el roce de la veste pura
y el palpitar süave de la mano amiga.
IV
SUEÑO INFANTIL
Una clara noche
de fiesta y de luna,
noche de mis sueños,
noche de alegría
—era luz mi alma,
que hoy es bruma toda,
no eran mis cabellos
negros todavía,—
el hada más joven
me llevó en sus brazos
a la alegre fiesta
que en la plaza ardía.
So el chisporroteo
de las luminarias,
Amor sus madejas
de danzas tejía.
Y en aquella noche
de fiesta y de luna,
noche de mis sueños,
noche de alegría,
el hada más joven
besaba mi frente...,
con su linda mano
su adiós me decía...
Todos los rosales
daban sus aromas,
todos los amores
Amor entreabría.
V
Si yo fuera un poeta
galante, cantaría
a vuestros ojos un cantar tan puro
como en el mármol blanco el agua limpia.
Y en una estrofa de agua
todo el cantar sería:
“Ya sé que no responden a mis ojos,
que ven y no preguntan cuando miran,
los vuestros claros; vuestros ojos tienen
la buena luz tranquila,
la buena luz del mundo en flor, que he visto
desde los brazos de mi madre un día.”
VI
Llamó a mi corazón un claro día,
con un perfume de jazmín, el viento.
—A cambio de este aroma,
todo el aroma de tus rosas quiero.
—No tengo rosas; flores
en mi jardín no hay ya: todas han muerto.
—Me llevaré los llantos de las fuentes,
las hojas amarillas y los mustios pétalos.
Y el viento huyó... Mi corazón sangraba...
Alma, ¿qué has hecho de tu pobre huerto?
VII
Hoy buscarás en vano
a tu dolor consuelo.
Lleváronse tus hadas
el lino de tus sueños.
Está la fuente muda,
y está marchito el huerto.
Hoy sólo quedan lágrimas
para llorar. No hay que llorar, ¡silencio!
VIII
Y nada importa ya que el vino de oro
rebose de tu copa cristalina,
o el agrio zumo enturbie el puro vaso...
Tú sabes las secretas galerías
del alma, los caminos de los sueños
y la tarde tranquila
donde van a morir... Allí te aguardan
las hadas silenciosas de la vida,
y hacia un jardín de eterna primavera
te llevarán un día.
IX
¡Tocados de otros días,
mustios encajes y marchitas sedas;
salterios arrumbados,
rincones de las salas polvorientas;
daguerreotipos turbios,
cartas que amarillean;
libracos no leídos
que guardan grises florecitas secas:
romanticismos muertos,
cursilerías viejas,
cosas de ayer que sois mi alma, y cantos
y cuentos de la abuela!...
X
La casa tan querida
donde habitaba ella,
sobre un montón de escombros arruinada
o derruída, enseña
el negro y carcomido
maltrabado esqueleto de madera.
La Luna está vertiendo
su clara luz en sueños, que platea
en las ventanas. Mal vestido y triste,
voy caminando por la calle vieja.
XI
Ante el pálido lienzo de la tarde,
la iglesia con sus torres afiladas
y el ancho campanario, en cuyos huecos
voltean suavemente las campanas,
alta y sombría, surge.
La estrella es una lágrima
en el azul celeste.
Bajo la estrella clara,
flota, vellón disperso,
una nube quimérica de plata.
XII
Tarde tranquila, casi
con placidez de alma,
para ser joven, para haberlo sido
cuando Dios quiso, para
tener algunas alegrías... lejos,
y poder dulcemente recordarlas.
XIII
Yo, como Anacreonte,
quiero cantar, reír y echar al viento
las sabias amarguras
y los graves consejos;
y quiero, sobre todo, emborracharme;
ya lo sabéis... ¡Grotesco!
Pura fe en el morir, pobre alegría
y macabro danzar antes de tiempo.
XIV
¡Oh tarde luminosa!
El aire está encantado.
La blanca cigüeña
dormita volando,
y las golondrinas se cruzan, tendidas
las alas agudas al viento dorado,
y en la tarde risueña se alejan
volando, soñando...
Y hay una que torna como la saeta,
las alas agudas tendidas al aire sombrío,
buscando su negro rincón del tejado.
La blanca cigüeña,
como un garabato,
tranquila y disforme, ¡tan disparatada!,
sobre el campanario.
XV
Es una tarde cenicienta y mustia,
destartalada, como el alma mía;
y es esta vieja angustia
que habita mi usual hipocondría.
La causa de esta angustia no consigo
ni vagamente comprender siquiera;
pero recuerdo y, recordando, digo:
—Sí; yo era niño, y tú mi compañera.
XVI
Y no es verdad, dolor, yo te conozco;
tú eres nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío,
de barco sin naufragio y sin estrella.
Como perro olvidado, que no tiene
huella ni olfato y yerra
por los caminos, sin camino; como
el niño que la noche de una fiesta
se pierde entre el gentío
y el aire polvoriento y las candelas
chispeantes, atónito, y asombra
su corazón de música y de pena;
así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla.
XVII
¿Y ha de morir contigo el mundo mago
donde guarda el recuerdo
los hálitos más puros de la vida;
la blanca sombra del amor primero,
la voz que fué a tu corazón, la mano
que tú querías retener en sueños,
y todos los amores
que llegaron al alma, al hondo cielo?
¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
la vieja vida en orden tuyo y nuevo?
¿Los yunques y crisoles de tu alma
trabajan para el polvo y para el viento?
XVIII
Desnuda está la tierra,
y el alma aúlla al horizonte pálido
como loba famélica. ¿Qué buscas,
poeta, en el ocaso?
¡Amargo caminar, porque el camino
pesa en el corazón! ¡El viento helado,
y la noche que llega, y la amargura
de la distancia!... En el camino blanco
algunos yertos árboles negrean;
en los montes lejanos
hay oro y sangre... El Sol murió... ¿Qué buscas,
poeta, en el ocaso?
XIX
CAMPO
La tarde está muriendo,
como un hogar humilde que se apaga.
Allá, sobre los montes,
quedan algunas brasas.
Y ese árbol roto en el camino blanco
hace llorar de lástima.
¡Dos ramas en el tronco herido, y una
hoja marchita y negra en cada rama!
¿Lloras?... Entre los álamos de oro,
lejos, la sombra del amor te aguarda.
XX
LOS SUEÑOS
El hada más hermosa ha sonreído
al ver la lumbre de una estrella pálida
que en hilo suave, blanco y silencioso
se enrosca al huso de su rubia hermana.
Y vuelve a sonreír, porque en su rueca
el hilo de los campos se enmaraña.
Tras la tenue cortina de la alcoba
está el jardín envuelto en luz dorada.
La cuna casi en sombra. El niño duerme.
Dos hadas laboriosas lo acompañan,
hilando de los sueños los sutiles
copos en ruecas de marfil y plata.
XXI
RENACIMIENTO
Galerías del alma... ¡El alma niña!
Su clara luz risueña;
y la pequeña historia
y la alegría de la vida nueva...
¡Ah, volver a nacer, y andar camino,
ya recobrada la perdida senda!
Y volver a sentir en nuestra mano
aquel latido de la mano buena
de nuestra madre... Y caminar en sueños,
por amor de la mano que nos lleva.
XXII
Tal vez la mano, en sueños,
del sembrador de estrellas,
hizo sonar la música olvidada
como una nota de la lira inmensa,
y la ola humilde a nuestros labios vino
de unas pocas palabras verdaderas.
XXIII
Y podrás conocerte recordando
del pasado soñar los turbios lienzos,
en este día triste en que caminas
con los ojos abiertos.
De toda la memoria, sólo vale
el don preclaro de evocar los sueños.
CANCIONES [Ilustración] HUMORADAS
I
Abril florecía
frente a mi ventana.
Entre los jazmines
y las rosas blancas
de un balcón florido,
vi las dos hermanas.
La menor cosía,
la mayor hilaba...
Entre los jazmines
y las rosas blancas,
la más pequeñita,
risueña y rosada,
su aguja en el aire,
miró a mi ventana.
La mayor seguía,
silenciosa y pálida,
el huso en su rueca,
que el lino enroscaba.
Abril florecía
frente a mi ventana.
Una clara tarde
la mayor lloraba,
entre los jazmines
y las rosas blancas,
y ante el blanco lino
que en su rueca hilaba.
—¿Qué tienes?—le dije.—
Silenciosa y pálida,
señaló el vestido
que empezó la hermana:
en la negra túnica
la aguja brillaba;
sobre el blanco velo,
el dedal de plata.
Señaló a la tarde
de Abril que soñaba,
mientras que se oía
tañer las campanas.
Y en la clara tarde
me enseñó sus lágrimas...
Abril florecía
frente a mi ventana.
Fué otro Abril alegre
y otra tarde plácida.
El balcón florido
solitario estaba...
Ni la pequeñita,
risueña y rosada,
ni la hermana triste,
silenciosa y pálida,
ni la negra túnica,
ni la toca blanca...
Tan sólo en el huso
el lino giraba
por mano invisible;
y en la obscura sala
la luna del limpio
espejo brillaba...
Entre los jazmines
y las rosas blancas
del balcón florido,
me miré en la clara
luna del espejo
que lejos soñaba...
Abril florecía
frente a mi ventana.
DE LA VIDA
(_COPLAS ELEGÍACAS_)
¡Ay del que llega sediento
a ver el agua correr
y dice: La sed que siento
no me la calma el beber!
¡Ay de quien bebe y, saciada
la sed, desprecia la vida:
moneda al tahur prestada
que sea al azar rendida!
¡Del iluso que suspira
bajo el orden soberano,
y del que sueña la lira
pitagórica en su mano!
¡Ay del noble peregrino
que se para a meditar,
después de largo camino,
en el horror de llegar!
¡Ay de la melancolía
que llorando se consuela,
y de la melomanía
de un corazón de zarzuela!
¡Ay de nuestro ruiseñor,
si en una noche serena
se cura del mal de amor
que llora y canta sin pena!
¡De los jardines secretos,
de los pensiles soñados,
y de los sueños poblados
de propósitos discretos!
¡Ay del galán sin fortuna
que ronda a la Luna bella;
de cuantos caen de la Luna,
de cuantos se marchan a ella!
¡De quien el fruto prendido
en la rama no alcanzó;
de quien el fruto ha mordido,
y el gusto amargo probó!
¡Y de nuestro amor primero,
y de su fe mal pagada,
y, también, del verdadero
amante de nuestra amada!
LA NORIA
La tarde caía
triste y polvorienta.
El agua cantaba
su copla plebeya
en los cangilones
de la noria lenta.
Soñaba la mula,
¡pobre mula vieja!,
al compás de sombra
que en el agua suena.
La tarde caía
triste y polvorienta.
II
Yo no sé qué noble,
divino poeta,
unió a la amargura
de la eterna rueda
la dulce armonía
del agua que sueña,
y vendó tus ojos,
¡pobre mula vieja!...
Mas sé que fué un noble,
divino poeta,
corazón maduro
de sombra y de ciencia.
EL CADALSO
La aurora asomaba
lejana y siniestra.
El lienzo de Oriente
sangraba tragedias
pintarrajeadas
con nubes grotescas.
. . . . . . . . . . .
En la vieja plaza
de una vieja aldea,
erguía su horrible
pavura esquelética
el tosco patíbulo
de fresca madera...
La aurora asomaba
lejana y siniestra.
LAS MOSCAS
Vosotras las familiares,
inevitables golosas,
vosotras, moscas vulgares,
me evocáis todas las cosas.
¡Oh viejas moscas voraces
como abejas en Abril,
viejas moscas pertinaces
sobre mi calva infantil!
¡Moscas del primer hastío
en el salón familiar,
las claras tardes de estío
en que yo empecé a soñar!
Y en la aborrecida escuela
raudas moscas divertidas,
perseguidas
por amor de lo que vuela,
que todo es volar... sonoras
rebotando en los cristales,
en los días otoñales...
Moscas de todas las horas,
de infancia y adolescencia,
de mi juventud dorada;
de esta segunda inocencia,
que da en no creer en nada,
de siempre... Moscas vulgares,
que de puro familiares
no tendréis digno cantor,
yo sé que os habéis posado
sobre el juguete encantado,
sobre el librote cerrado,
sobre la carta de amor,
sobre los párpados yertos
de los muertos...
Inevitables golosas,
que ni labráis como abejas,
ni brilláis cual mariposas;
pequeñitas, revoltosas,
vosotras, amigas viejas,
me evocáis todas las cosas.
ELEGÍA DE UN MADRIGAL
Recuerdo que una tarde de soledad y hastío,
¡oh tarde como tantas!, el alma mía era,
bajo el azul monótono, un ancho y terso río
que ni tenía un pobre juncal en su ribera.
¡Oh, el mundo sin encanto, sentimental inopia
que borra el misterioso azogue del cristal!
¡Oh, el alma sin amores, que el Universo copia
con un irremediable bostezo universal!
* * *
Quiso el poeta recordar, a solas,
las ondas bien amadas, la luz de los cabellos,
que él llamaba en sus rimas rubias olas.
Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos...
Y un día—como tantos,—al aspirar un día
aromas de una rosa que en el rosal se abría,
brotó como una llama la luz de los cabellos,
que él en sus madrigales llamaba rubias olas;
brotó, porque un aroma igual tuvieron ellos...
Y se alejó en silencio para llorar a solas.
ACASO...
Como atento no más a mi quimera,
no reparaba en torno mío, un día
me sorprendió la fértil primavera,
que en todo el ancho campo sonreía.
Brotaban verdes hojas
de las hinchadas yemas del ramaje,
y flores amarillas, blancas, rojas,
bariolaban la mancha del paisaje.
Y era una lluvia de saetas de oro
el sol sobre las frondas juveniles;
del amplio río en el caudal sonoro
se miraban los álamos gentiles.
—Tras de tanto camino, es la primera
vez que miro brotar la primavera,
dije; y después, declamatoriamente:
—¡Cuán tarde ya para la dicha mía!—
Y luego, al caminar, como quien siente
alas de otra ilusión:
Y todavía
¡yo alcanzaré mi juventud un día!
JARDÍN
Lejos de tu jardín quema la tarde
inciensos de oro en purpurinas llamas,
tras el bosque de cobre y de ceniza.
En tu jardín hay dalias.
¡Malhaya tu jardín!... Hoy me parece
la obra de un peluquero,
con esa pobre palmerilla enana,
y ese cuadro de mirtos recortados...,
y el naranjito en su tonel... El agua
de la fuente de piedra
no cesa de reír sobre la concha blanca.
A UN NARANJO Y A UN LIMONERO VISTOS EN UNA TIENDA DE PLANTAS Y FLORES
Naranjo en maceta, ¡qué triste es tu suerte!
Medrosas tiritan tus hojas menguadas.
Naranjo en la corte, ¡qué pena da verte
con tus naranjitas secas y arrugadas!
Pobre limonero de fruto amarillo
cual pomo pulido de pálida cera,
¡qué pena mirarte, mísero arbolillo
criado en el verde tonel de madera!
De los claros bosques de la Andalucía,
¿quién os trajo a esta castellana tierra,
que barren los vientos de la adusta sierra,
hijos de los campos de la tierra mía?
¡Gloria de los huertos, árbol limonero,
que enciendes los frutos de pálido oro,
y alumbras del negro cipresal austero
las quietas plegarias erguidas en coro;
y fresco naranjo del patio querido,
del campo risueño y el huerto soñado,
siempre en mi recuerdo maduro o florido,
de fronda y aromas y frutos cargado!
HASTÍO
Sonaba el reloj la una
dentro de mi cuarto. Era
triste la noche. La Luna,
reluciente calavera,
ya del cenit declinando,
iba del ciprés del huerto
fríamente iluminando
el alto ramaje yerto.
Por la entreabierta ventana,
llegaban a mis oídos
metálicos alaridos
de una música lejana.
Una música tristona,
una mazurca olvidada,
entre inocente y burlona,
mal tañida y mal soplada.
Y yo sentí el estupor
del alma, cuando bosteza
el corazón, la cabeza,
y... morirse es lo mejor.
NEVERMORE
La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda.
Las nubes iban pasando
sobre el campo juvenil...
Yo vi en las hojas temblando
las frescas lluvias de Abril.
Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor
—recordé,—yo he maldecido
mi juventud sin amor.
Hoy, en mitad de la vida,
me he parado a meditar...
¡Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar!
II
Húmedo está, bajo el laurel, el banco
de verdinosa piedra;
lavó la lluvia, sobre el muro blanco,
las empolvadas hojas de la hiedra.
Del viento del otoño el tibio aliento
los céspedes undula, y la alameda
conversa con el viento...
¡El viento de la tarde en la arboleda!
Mientras el Sol, en el ocaso, esplende,
que los racimos de la vid orea,
y el buen burgués, en su balcón, enciende
la estoica pipa en que el tabaco humea,
voy recordando versos juveniles...
¿Qué fué de aquel mi corazón sonoro?
¿Será cierto que os vais, sombras gentiles,
huyendo entre los árboles de oro?
DE LA VIDA
(_COPLAS MUNDANAS_)
Poeta ayer, hoy triste y pobre
filósofo trasnochado,
tengo en monedas de cobre
el oro de ayer cambiado.
Sin placer y sin fortuna,
pasó como una quimera
mi juventud, la primera...,
la sola, no hay más que una:
la de dentro es la de fuera.
Pasó como un torbellino,
bohemia y aborrascada,
harta de coplas y vino,
mi juventud bienamada.
Y hoy miro a las galerías
del recuerdo, para hacer
aleluyas de elegías
desconsoladas de ayer.
¡Adiós, lágrimas cantoras,
lágrimas que alegremente
brotabais, como en la fuente
las limpias aguas sonoras!
¡Buenas lágrimas vertidas
por un amor juvenil,
cual frescas lluvias caídas
sobre los campos de Abril!
“No canta ya el ruiseñor
de cierta noche serena;
sanamos del mal de amor,
que sabe llorar sin pena.”
Poeta ayer, hoy triste y pobre
filósofo trasnochado,
tengo en monedas de cobre
el oro de ayer cambiado.
SOL DE INVIERNO
Es mediodía. Un parque.
Invierno. Blancas sendas.
Simétricos montículos
y ramas esqueléticas.
Bajo el invernadero,
naranjos en maceta,
y en su tonel, pintado
de verde, la palmera.
Un viejecillo dice
para su capa vieja:
“¡El sol, esta hermosura
de sol!...” Los niños juegan.
El agua de la fuente
resbala, corre y sueña,
lamiendo, casi muda,
la verdinosa piedra.
A UN VIEJO Y DISTINGUIDO SEÑOR
Te he visto, por el parque ceniciento
que los poetas aman
para llorar, como una noble sombra
vagar envuelto en tu levita larga.
El talante cortés, ha tantos años
compuesto de una fiesta en la antesala,
¡qué bien tus pobres huesos
ceremoniosos guardan!
Yo te he visto aspirando distraído,
con el aliento que la tierra exhala
—hoy, tibia tarde en que las mustias hojas
húmedo viento arranca,—
del eucalipto verde
el frescor de las hojas perfumadas.
Y te he visto llevar la seca mano
a la perla que brilla en tu corbata.
CAMPOS DE CASTILLA
1912
_PRÓLOGO_
_En un tercer volumen, publiqué mi segundo libro,_ Campos de Castilla
(1912). _Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada—allí
me casé; allí perdí a mi esposa, a quien adoraba,—orientaron mis
ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano. Ya era, además, muy
otra mi ideología. Somos víctimas—pensaba yo—de un doble espejismo.
Si miramos afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo
externo pierde en solidez, y acaba por disipársenos cuando llegamos a
creer que no existe por sí, sino por nosotros. Pero si, convencidos
de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo nos parece
venir de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo
que se desvanece. ¿Qué hacer, entonces? Tejer el hilo que nos dan,
soñar nuestro sueño, vivir; sólo así podremos obrar el milagro de
la generación. Un hombre atento a sí mismo y procurando auscultarse,
ahoga la única voz que podría escuchar: la suya; pero le aturden los
ruidos extraños. ¿Seremos, pues, meros espectadores del mundo? Pero
nuestros ojos están cargados de razón, y la razón analiza y disuelve.
Pronto veremos el teatro en ruinas, y, al cabo, nuestra sola sombra
proyectada en la escena. Y pensé que la misión del poeta era inventar
nuevos poemas de lo eterno humano, historias animadas que, siendo
suyas, viviesen, no obstante, por sí mismas. Me pareció el romance la
suprema expresión de la poesía, y quise escribir un nuevo Romancero.
A este propósito responde_ La tierra de Alvargonzález. _Muy lejos
estaba yo de pretender resucitar el género en su sentido tradicional.
La confección de nuevos romances viejos—caballerescos o moriscos—no
fué nunca de mi agrado, y toda simulación de arcaísmo me parece
ridícula. Cierto que yo aprendí a leer en el Romancero general que
compiló mi buen tío D. Agustín Durán; pero mis romances no emanan de
las heroicas gestas, sino del pueblo que las compuso y de la tierra
donde se cantaron; mis romances miran a lo elemental humano, al campo
de Castilla y al Libro Primero de Moisés, llamado Génesis._
_Muchas composiciones encontraréis ajenas a estos propósitos que
os declaro. A una preocupación patriótica responden muchas de
ellas; otras, al simple amor de la Naturaleza, que en mí supera
infinitamente al del Arte. Por último, algunas rimas revelan las
muchas horas de mi vida gastadas—alguien dirá: perdidas—en meditar
sobre los enigmas del hombre y del mundo._
A ORILLAS DEL DUERO
Mediaba el mes de Julio. Era un hermoso día.
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,
buscando los recodos de sombra, lentamente.
A trechos me paraba para enjugar mi frente
y dar algún respiro al pecho jadeante;
o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante,
y hacia la mano diestra vencido y apoyado
en un bastón, a guisa de pastoril cayado,
trepaba por los cerros que habitan las rapaces
aves de altura, hollando las hierbas montaraces
de fuerte olor—romero, tomillo, salvia, espliego.—
Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.
Un buitre de anchas alas, con majestuoso vuelo,
cruzaba solitario el puro azul del cielo.
Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo,
y una redonda loma cual recamado escudo,
y cárdenos alcores sobre la parda tierra
—harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra;—
las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero
para formar la corva ballesta de un arquero
en torno a Soria.—Soria es una barbacana
hacia Aragón que tiene la torre castellana.—
Veía el horizonte cerrado por colinas
obscuras, coronadas de robles y de encinas;
desnudos peñascales; algún humilde prado
donde el merino pace y el toro arrodillado
sobre la hierba rumia; las márgenes del río
lucir sus verdes álamos al claro sol de estío;
y, silenciosamente, lejanos pasajeros,
¡tan diminutos!—carros, jinetes y arrieros,—
cruzar el largo puente, y bajo las arcadas
de piedra ensombrecerse las aguas plateadas
del Duero.
El Duero cruza el corazón de roble
de Iberia y de Castilla.
¡Oh tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas,
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones,
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones,
que aún van, abandonando el mortecino hogar,
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!
Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus andrajos, desprecia cuanto ignora.
¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada
recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada?
Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;
cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.
¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra
de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.
La madre en otro tiempo fecunda en capitanes,
madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes.
Castilla no es aquella tan generosa un día,
cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía,
ufano de su nueva fortuna y su opulencia,
a regalar a Alfonso los huertos de Valencia;
o que, tras la aventura que acreditó sus bríos,
pedía la conquista de los inmensos ríos
indianos a la corte; la madre de soldados,
guerreros y adalides que han de tornar cargados
de plata y oro a España en regios galeones,
para la presa cuervos, para la lid leones.
Filósofos nutridos de sopa de convento
contemplan impasibles el amplio firmamento;
y si les llega en sueños, como un rumor distante,
clamor de mercaderes de muelles de Levante,
no acudirán siquiera a preguntar: “¿Qué pasa?”
Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.
Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus harapos, desprecia cuanto ignora.
El Sol va declinando. De la ciudad lejana
me llega un armonioso tañido de campana.
—Ya irán a su rosario las enlutadas viejas.—
De entre las peñas salen dos lindas comadrejas;
me miran, y se alejan huyendo, y aparecen
de nuevo ¡tan curiosas!... Los campos se obscurecen.
Hacia el camino blanco, está el mesón abierto
al campo ensombrecido y al pedregal desierto.
POR TIERRAS DE ESPAÑA
El hombre de estos campos, que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra.
Hoy ve sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.
Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,
pastores que conducen sus hordas de merinos
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.
Pequeño, ágil, sufrido; los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.
Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
esclava de los siete pecados capitales.
Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,
guarda su presa y llora la que el vecino alcanza;
ni pára su infortunio, ni goza su riqueza;
le hieren y acongojan fortuna y malandanza.
El numen de estos campos es sanguinario y fiero;
al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,
veréis agigantarse la forma de un arquero,
la forma de un inmenso centauro flechador.
Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
—no fué por estos campos el bíblico jardín:—
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.
EL HOSPICIO
Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
en donde los vencejos anidan en verano,
y graznan en las noches de invierno las cornejas.
Con su frontón al Norte, entre los dos torreones
de antigua fortaleza, el sórdido edificio
de grieteados muros y sucios paredones
es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!
Mientras el Sol de Enero su débil luz envía,
su triste luz velada, sobre los campos yermos,
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,
a contemplar los montes azules de la sierra;
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
sobre la tierra fría la nieve silenciosa...
AMANECER DE OTOÑO
Una larga carretera
entre grises peñascales,
y alguna humilde pradera
donde pacen negros toros. Zarzas, malezas, jarales.
Está la tierra mojada
por las gotas del rocío,
y la alameda dorada,
hacia la curva del río.
Tras los montes de violeta
quebrado el primer albor.
A la espalda la escopeta,
entre sus galgos agudos, caminando un cazador.
NOCHE DE VERANO
Es una hermosa noche de verano.
Tienen las altas casas
abiertos los balcones
del viejo pueblo a la anchurosa plaza.
En el amplio rectángulo desierto,
bancos de piedra, evónimos y acacias,
simétricos dibujan
sus negras sombras en la arena blanca.
En el cenit, la Luna; y en la torre,
la esfera del reloj iluminada.
Yo en este viejo pueblo paseando
solo como un fantasma.
PASCUA DE RESURRECCIÓN
Mirad: el arco de la vida traza
el iris, sobre el campo que verdea.
Buscad vuestros amores, doncellitas,
donde brota la fuente de la piedra.
En donde el agua ríe y sueña y pasa,
allí el romance del amor se cuenta.
¿No han de mirar un día, en vuestros brazos,
atónitos, el Sol de primavera,
ojos que vienen a la luz cerrados,
y que, al partirse de la vida, ciegan?
¿No beberán un día en vuestros senos
los que mañana labrarán la tierra?
¡Oh; celebrad este domingo claro,
madrecitas en flor, vuestras entrañas nuevas!
Gozad esta sonrisa de vuestra ruda madre.
Ya sus hermosos nidos habitan las cigüeñas,
y escriben en las torres sus blancos garabatos.
Como esmeraldas lucen los musgos de las peñas.
Entre los robles muerden
los negros toros la menuda hierba,
y el pastor que apacienta los merinos
su pardo sayo en la montaña deja.
CAMPOS DE SORIA
I
Es la tierra de Soria árida y fría.
Por las colinas y las sierras calvas,
verdes pradillos, cerros cenicientos,
la primavera pasa,
dejando entre las hierbas olorosas
sus diminutas margaritas blancas.
La tierra no revive; el campo sueña.
Al empezar Abril está nevada
la espalda del Moncayo;
el caminante lleva en su bufanda
envueltos cuello y boca, y los pastores
pasan cubiertos con sus luengas capas.
II
Las tierras labrantías,
como retazos de estameñas pardas,
el huertecillo, el abejar, los trozos
de verde obscuro en que el merino pasta,
entre plomizos peñascales, siembran
el sueño alegre de infantil Arcadia.
En los chopos lejanos del camino
parecen humear las yertas ramas
como un glauco vapor—las nuevas hojas,—
y en las quiebras de valles y barrancas
blanquean los zarzales florecidos
y brotan las vïolas perfumadas.
III
Es el campo undulado, y los caminos,
ya ocultan los viajeros que cabalgan
en pardos borriquillos,
ya al fondo de la tarde arrebolada
elevan las plebeyas figurillas
que el lienzo de oro del ocaso manchan.
Mas si trepáis a un cerro y veis el campo
desde los picos donde habita el águila,
son tornasoles de carmín y acero,
llanos plomizos, lomas plateadas,
circuídos por montes de violeta,
con las cumbres de nieve sonrosada.
IV
¡Las figuras del campo sobre el cielo!
Dos lentos bueyes aran
en un alcor, cuando el otoño empieza,
y entre las negras testas, doblegadas
bajo el pesado yugo,
pende un cesto de juncos y retama,
que es la cuna de un niño;
y tras la yunta marcha
un hombre que se inclina hacia la tierra,
y una mujer que en las abiertas zanjas
arroja la semilla.
Bajo una nube de carmín y llama,
en el oro fluído y verdinoso
del Poniente las formas se agigantan.
V
La nieve. En el mesón al campo abierto
se ve el hogar donde la leña humea,
y la olla al hervir borbollonea.
El cierzo corre por el campo yerto,
alborotando en blancos torbellinos
la nieve silenciosa.
La nieve sobre el campo y los caminos
cayendo está como sobre una fosa.
Un viejo acurrucado tiembla y tose
cerca del fuego; su mechón de lana
la vieja hila, y una niña cose
verde ribete a su estameña grana.
Padres los viejos son de un arriero
que caminó sobre la blanca tierra,
y una noche perdió ruta y sendero,
y se enterró en las nieves de la sierra.
En torno al fuego hay un lugar vacío,
y en la frente del viejo de hosco ceño,
como un tachón sombrío
—tal el golpe de un hacha sobre un leño.—
La vieja mira al campo, cual si oyera
pasos sobre la nieve. Nadie pasa.
Desierta la vecina carretera,
desierto el campo en torno de la casa.
La niña piensa que en los verdes prados
ha de correr con otras doncellitas
en los días azules y dorados,
cuando crecen las blancas margaritas.
VI
¡Soria fría, _Soria pura,
cabeza de Extremadura_,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero;
con sus murallas roídas
y sus casas denegridas!
¡Muerta ciudad de señores
soldados o cazadores;
de portales con escudos
de cien linajes hidalgos,
y de famélicos galgos,
de galgos flacos y agudos,
que pululan
por las sórdidas callejas,
y a la media noche ululan,
cuando graznan las cornejas!