Y al modo de la idea, instintos, pasiones y sentimientos nac

Nota del Transcriptor:

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LA

MUERTE DEL CISNE

DEL AUTOR:

_En preparación_:

=La raza de Caín=, 3ª edición corregida por el autor.

_De esta obra se han tirado

cinco ejemplares en papel del Japón

numerados de 1 á 5._

ES PROPIEDAD.

QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY.

CARLOS REYLES

LA MUERTE

DEL

CISNE

TERCERA EDICIÓN

[Ilustración]

_Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas_

LIBRERÍA PAUL OLLENDORFF

50. CHAUSSÉE D'ANTIN, 50

PARÍS

PRIMERA PARTE

IDEOLOGÍA DE LA FUERZA

EL vasto y heterogéneo panorama espiritual del mundo en las

postrimerías del siglo XIX y los rojos albores del presente, brinda

al observador de los tiempos que corren un espectáculo magnífico y

emocionante. Turban el ánimo y pasman el espíritu las perspectivas

morales, dejadas como herencia á las generaciones vivas por las

generaciones muertas. Entre mil tribulaciones, el curioso se pregunta,

si está á punto de convertirse en realidad palpitante la transmutación

de valores anunciada por el terrible profesor de la Universidad de

Basilea, y si la Fuerza, como principio de la moral y medida de todas

las cosas, no amenaza de muerte, á pesar de la Conferencia de la Haya

y del humanitarismo, las entidades de las filosofías espiritualistas:

Justicia, Derecho, Bien, Mal, irguiéndose en medio de ellas, como un

león vivo y rugiente, sobre las ruinas de una acrópolis poblada sólo de

ídolos rotos, mutilados dioses y espectros terríficos en las sombras

medrosas, mas irrisorios á la honrada luz del sol.

Ha sido y será eternamente cruel designio y obra difícil para la

voluntad de los hombres, el despojarse de las amables creencias que

los encumbran á sus propios ojos. La humanidad, como las coquetas

empedernidas, ama los aderezos que la hermosean, aunque sepa que son

postizos, añadidos y falsas joyas. Á mayor abundancia de razones,

_su bovarismo_, la facultad peregrina de concebirse de una manera

diferente de la realidad y obrar en consecuencia, es incontrastable y

generalmente provechosa. Hace falta un grande y desinteresado valor

para mirar frente á frente á la temida Esfinge, aparte de que el

premio del resuelto enigma, suele ser el que tanto contribuyó á la

desdicha del lamentable Edipo; es menester una acendrada resignación

filosófica, en la que acaso pende el ascetismo de la cultura moderna,

para recibir amablemente las visitas de duelo de los desencantos y

sonreirles como á los amigos gruñones, pero leales, que nos quieren y

nos dicen la amarga verdad. Ésta es á veces sólo estéril superstición:

las grandes ilusiones son siempre fecundas, y aunque el viejo Cronos,

con manos impías, las despoje más tarde ó más temprano de sus virtudes

específicas sobre la inteligencia y el alma, la humanidad, reconocida á

las fieles servidoras, sigue creyendo en ellas aún después de muertas,

y hasta se complace muy comúnmente, con ingenuo y tozudo afán, en

prestarles á los rostros lívidos y yertos las lozanas apariencias de la

vida.

En tales ocasiones acontece á la eterna ilusa lo que á aquella infeliz

criatura que, habiendo perdido á causa de terrible enfermedad la divina

belleza del rostro, su tesoro, dicha y orgullo, providencial locura la

salva de un desencanto mortal, haciéndole ver reflejada en los espejos,

no la fealdad presente, sino la fenecida hermosura de los gozosos días.

La humanidad ha padecido muchas de estas demencias saludables. Ellas

le impidieron reconocer, cuando la verdad hubiera sido como escarcha

sobre los tiernos capullos de las rosas, la futileza de los adobes y

afeites que realzaban las gracias del alma á la luz de las candilejas

metafísicas. Hoy el arduo problema estriba en averiguar si éstas no

han perdido su mágico poder, y si la transfiguración de los hechos

reales por la óptica de los moralistas, es todavía conveniente para la

delicada salud del mundo.

Á decir verdad, la agonía de lo divino aparece á las inteligencias

libres de prejuicios hereditarios y atavismos religiosos, como un hecho

triste, pero incontestable, que se descubre en todos los horizontes y

que las ansias subjetivas del hombre no aciertan á disfrazar con un

nuevo espejismo celeste, quizá porque este nuevo espejismo no es ya

necesario á la Vida. Esta vez el _instinto vital_, el travieso mago

que en la filosofía nietzsquiana crea las ilusiones favorables á la

existencia, lucha en vano contra el Conocimiento, que las destruye

implacablemente... pero sólo para darle á aquel estímulo y ocasión

de forjar otras nuevas. La ciencia, la experiencia prolija del

caduco globo, levanta el velo de Maya, y en lugar de las desnudeces

impecables y sagradas perfecciones de la diosa, surge la razón física

de los fenómenos. El misterio de que se nutren las religiones, se

rompe como un hechizo al influjo de un conjuro eficaz. Las Iglesias,

las vírgenes violadas por el Saber, amarillean y enferman, y con

ellas palidece en el mundo la estrella del reino espiritual. Y

coincidencia peregrina: allí donde éste fué más efectivo y avasalló más

tiránicamente las conciencias, no ya la clorosis, sino el acabamiento

de todas las energías y la parálisis, dan seguros indicios de un

lúgubre é inevitable fin, como si el pecado capital de desarraigar la

planta humana de la tierra y cultivarla en místicas estufas, entrañase

la terrible penitencia del agostamiento, la esterilidad y la muerte.

La remota y misteriosa India es el pudridero del espíritu religioso;

en las aguas muertas de sus mil cultos monstruosos y extáticos, brotan

lujuriantes los nenúfares de la contemplación ascética y del nirvana,

entre cuyas raíces y tallos mueren sofocadas las tímidas vegetaciones

de la voluntad de vivir; Jerusalén llora las diligentes y briosas

virtudes que encendieron la llama activa de la fe en el pecho de

Pedro el Ermitaño y provocaron la colosal marea de las Cruzadas; en

la Ciudad Eterna muere el poder espiritual, que ya fué enterrado en

Menfis, Efeso, Eleusis y Delfos, y en todos los sagrados lugares de

la tierra donde el animal místico labró en piedra dura sus ansias

ardientes de lo infinito, el peregrino apasionado lee tembloroso sobre

las informes ruinas, la fugacidad de la cosas eternas y la nadería de

las cosas humanas.

La evolución del sentimiento religioso no deja lugar á dudas sobre el

humilde origen y el destino mortal de los dioses... Después de las

ingenuas cosmogonías de las primeras edades, en que el hombre mísero

é ignaro interpretaba los fenómenos más comunes como revelaciones del

misterio eterno y signos infalibles de las voluntades olímpicas, la

razón divina, perseguida y estrechada por la explicación materialista

del universo, vió destruir, como la ciencia hermética y la filosofía

escolástica, sus misterios, dogmas y entidades, y ha ido perdiendo

terreno hasta encerrarse en el ruinoso y lóbrego castillo de las

causas primeras y de lo incognoscible. En la práctica, Dios se hace

utilitario. Las religiones se humanizan. Desde luenga data, siguiendo

paralelamente las evoluciones del conocimiento y la misma, aunque en

apariencia opuesta derrota que los instintos dominadores, apéanse de

sus fueros y vienen transformándose en cosas útiles, en servidoras

solícitas de la Vida, ante cuyos intereses profanos abaten las altivas

y aureoladas testas los intereses divinos. La conservación de las

excelencias tradicionales y el freno moral, son los títulos más

remontados que sustenta la religión á los ojos de la culta Europa.

La utilidad práctica es la virtud característica de las _modernas

experiencias_ religiosas en la tierra del opulento yanqui. Sus

imperturbables doctores aseveran «que los principios especulativos no

son nada, que los resultados y consecuencias de las teorías lo son

todo». Pragmatismo y utilitarismo se dan la mano: la verdad es lo

útil. «Lo verdadero es lo oportuno en nuestra manera de pensar, como

lo justo es lo oportuno en nuestra manera de conducirnos» agregan.

En conclusión: los yanquis buscan _un Dios del que puedan servirse_.

Las flamantes disciplinas no forman santos ni profetas, que es fuerza

considerar como los grandes paquidermos fósiles de la religiosidad, ni

menos virtudes desinteresadas, contemplativas, caballerescas, amorosas

del renunciamiento, como las viejas y sublimes virtudes enseñadas

por Buda ó Cristo. No, los pastores de la americana grey, llámanse

Franklin, Emerson, Pierce James, ó también Haper, ese admirable

presidente de la Universidad de Chicago, que, sintiendo próximo su fin,

formulaba lleno de unción esta singularísima cuanto valerosa plegaria:

«Señor, permitid que haya para mí una vida después de esta vida, y

en esa vida permitid que haya mucho trabajo que hacer y tareas que

cumplir»; entre los credos y dogmas del nuevo culto figuran la vida

intensa, el pragmatismo, el _mindcure_ ó psicoterapia religiosa, tan

eficaz como la psicoterapia del doctor Dejerine en la medicina ó las

estaciones de psicoterapia del sutilísimo Barrès en la literatura;

los santos laicos son Washington, Edison, Roosevelt, Carnegie, Booker

Washington; los reyes del petróleo y del acero; el Napoleón de los

ferrocarriles, quien tenía por inmorales las tareas improductivas, en

una palabra: hombres robustos y esforzados, voluntades inteligentes y

heroicas, como las piden con hondo afán las necesidades orgánicas de la

época y la gestación del porvenir.

Las caliginosas nieblas del antropocentrismo se disipan y por eso la

moral como la religión, la filosofía y la ciencia, recorre también,

mal de su grado, la convulsa trayectoria de lo infinito á lo finito, de

lo absoluto á lo relativo, de lo divino á lo natural, de la vaporosa

metafísica á la sesuda biología, «llave secreta de la historia y las

acciones humanas, que en época no remota explicarán acaso la física

y la química...» como alguien conjetura osadamente. Y á juzgar por

lo que se ve, el conocimiento adelanta imperturbable por ese camino,

sin detenerse un punto á considerar con lástima, las ilusiones que á

su paso van muriendo. Á las morales de esencia mística, altruistas

é infalibles, siguen presto las morales de levadura fisiológica,

sensualistas y pecadoras, que hacen del placer, del egoísmo, de la

lucha, y finalmente con Guyau y Nietzsche, de la expansión de la vida y

del instinto de dominación, vale decir, de la fuerza, el resorte oculto

de la conducta y la base sólida é indestructible del Bien y del Mal.

POR otra parte, la impasible majestad de la Naturaleza, indiferente

á la moral humana, extraña, cuando no antagónica, á las necesidades

subjetivas del hombre, y ajena á toda finalidad racionalista, confirma

rotunda y cruelmente las desencantadas suposiciones que sugiere la

evolución filosófica. La ciencia y la historia también. De consuno

el origen animal del hombre, visto como en una caleidoscopio en las

múltiples y ascendentes fases zoológicas del embrión humano, y el

origen fisiológico y espúrio de la justicia, despojan á la humanidad de

su divino abolengo y tienden á destruir, con impertérrita lógica, las

verdades eternas, los principios absolutos, la posibilidad de una ética

infalible é inmutable.

Como creación de la Vida, imponiéndose una ley para asegurar la

vida, las reglas y las evaluaciones morales, dictadas siempre por

razones de utilidad, son impuras, deleznables, perecederas. Todas

van, igualadas por el rasero de la inexorable Parca, á la fosa común,

ó cuando menos, todas cambian con los tiempos, las latitudes y los

diferentes módulos de la cultura. Á un pueblo agrícola le conviene, y

se crea, una religión y una moral de pastores; un pueblo guerrero una

religión y una moral de soldados. _El bien en sí_, pájaro azul de la

inteligencia, no ha podido ser descubierto por las inquietudes divinas

del hombre en las excavaciones del pasado. Lo que aparece entre polvo

y frías cenizas son los códigos de los grupos dominantes, ó sean las

cristalizaciones útiles, y, por lo tanto, relativamente durables de

la conducta, producidas siempre por los pasajeros equilibrios de una

lucha sin fin. De donde se infiere que no existe una moral única,

sino mil morales, igualmente verdaderas en un momento determinado é

igualmente falsas después de él; y lo mismo podría aseverarse de la

justicia y del derecho teóricos que, en fin de cuenta, á pesar de las

transfiguraciones que les hacen sufrir los taumaturgos de las verdades

eternas, no pasan de ser entidades sin contenido alguno, fórmulas

vacías, cosas grotescas, y aun cosas de una grande inmoralidad, si no

llevan en las estériles entrañas los gérmenes del acto, los embriones

del hecho, ó lo que es idéntico: la potencia de convertirse en

realidades.

El derecho al placer, al triunfo, á la vida de los tristes, los

débiles, los enfermos, de los condenados por la naturaleza á la

melancolía, la derrota y la muerte, no es sino un sarcástico desmentido

de la grande justicia de la Fatalidad reinante en el universo todo, á

la pequeña justicia que impera solamente en el corazón de los hombres,

como una deidad sin virtudes milagrosas fuera de su templo. Suenen

tan doloridos y desjuiciados los clamores contra la injusticia de la

pastereulosis, que diezma las majadas, ó contra la temprana muerte

de un ser amado, indispensable á la dicha de numerosas criaturas, ó

contra la desgracia de un pueblo al que, adverso destino, por razones

inescrutables para nosotros, pero infalibles, azuza las Furias y los

males, como los anatemas de los vencidos contra el inícuo triunfo

de los vencedores, ó las iras de los justos _sin virtud_, contra el

pecado virtuoso. La victoria del fuerte sobre el débil, ó del rico

sobre el miserable, ó del inglés sobre el boer, se nos antoja injusta

é irritante porque la aislamos de la serie fenomenal á que pertenece

y que la determina, y no consideramos con bastante calma que «_un

phènomène actuel ce sont plusieurs passés qui luttent_». Por donde, no

sería ilógico admitir que generalmente lo que se llama injusticia es

el resultado de muchas virtudes anteriores, y lo que inspira nuestra

ilusa piedad, el fatal término de una serie infinita de incapacidades,

impotencias y pretéritos pecados.

Ser: he ahí la virtud suprema. Lo que es, aun bajo las réprobas

apariencias de la iniquidad, no puede menos de ser transcendentalmente

justo, porque, por el hecho de existir, demuestra su acuerdo íntimo y

perfecto con las leyes universales. Sin duda, estas consideraciones,

ú otras de parecido corte y talle, han inducido á muchos filósofos de

azules pergaminos idealistas, y particularmente á los historiadores

alemanes, á identificar la realidad y la verdad, el éxito y la

justicia, la fuerza y el derecho. Las aspiraciones más señoriles y

levantadas, tórnanse en cambio, desde tal punto de mira, en vanos

ajetreos si no poseen el divino poder de agrupar en turno suyo las

condiciones esenciales de la existencia, salir del Caos y del Limbo y

operar el milagro de transformarse en realidades, acaso humanamente

impías, pero eternamente legítimas y vencedoras.

PERO el turbador misterio del ser, las realidades materiales ó morales,

¿son otra cosa, en substancia, que las manifestaciones primigenias de

la fuerza palpitante en las entrañas de todos los fenómenos?

Muy sesudos pensadores hay que niegan la existencia del elemento

terrible y lo reducen á un concepto lógico. Para ellos, lo que llaman

ahitos de científica suficiencia el _dogma de la fuerza_, es un resto

de antropocentrismo, tendente á desaparecer como el principio vital, el

alma vegetativa, las virtudes específicas y otras entidades milagreras

de la filosofía escolástica. Según el autor de «Los orígenes de la

Francia contemporánea», en el mundo físico, como en el mundo moral,

«la fuerza es la particularidad que posee un hecho de ser seguido

de otro hecho. Todo lo que subsiste son los sucesos, sus condiciones

y dependencias: los unos morales ó concebidos bajo el tipo de la

sensación, los otros físicos ó concebidos bajo el tipo del movimiento».

Las causas desaparecen en esta sucesión colosal é interminable de los

fenómenos, y la fuerza acaba por ser concebida, no como causa del

movimiento, sino como _movimiento sintetizado_.

Sea lo que fuere, lo cierto es que, á pesar de nuestras repugnancias

metafísicas, sobre todo por lo que toca á la vida y más aun al alma,

las novísimas verdades que salen de los laboratorios y santuarios

donde ofician los sacerdotes del saber, nos llevan como de la mano

á considerar los fenómenos, cualquiera que sea la índole de éstos,

como _hechos de fuerza_, si no parece muy profana la expresión,

entendiéndose buenamente por fuerza el nombre común y sintético de las

energías naturales.

Ya veremos en el decurso de estas divagaciones heterodoxas, cómo, sin

salir de la isla de lo conocido, la cual no es tan diminuta como Littré

pensaba, aunque el océano de misterio que la rodea sea muy grande é

impenetrable; cómo, repito, puede decirse que la fuerza, vituperada y

maldecida por los poetas, sin sospechar que era el alma de su estro y

de sus rimas, es por igual el alma del mundo y la _causa primera_ de

todas las cosas.

NO hay por qué adolorirse ni indignarse. Tal presunción es menos

temeraria y absurda que las hipótesis que, sin escándalo, llevan en

el disforme vientre las viejas cosmogonías. Mueve á risa el hecho

sólo de suponer, al punto en que han llegado las certidumbres é

intuiciones humanas, que las ciencias podrían aplicar sus instrumentos

infalibles y razones experimentales á descubrir la voluntad divina en

el orden del universo. Aunque nos pese y hiera nuestros sentimientos

más caros, los fenómenos físicos constatan invariablemente la

presencia de la fuerza y la ausencia de la divinidad. Y así como es

imposible concebir siquiera el universo sin la energía, que con los

nombres de cohesión, atracción, gravitación y otros mil mantiene los

cuerpos como tales y rige las raudas carreras de los astros en el

espacio infinito, tampoco es dado imaginar, á menos de acudir á las

triquiñuelas de la concepción dualista, que los filósofos no invocan

ya, los fenómenos de la conciencia sin el juego de los instintos,

pasiones y sentimientos de estirpe fisiológica; sin las energías

físico-psíquicas y físico-químicas, en fin, que se atraen ó rechazan,

funden ó combaten, pero que siempre tienden á ser, á realizarse, y

cuyas reacciones infinitas y complejísimas, dan pie y margen á la

intrincada urdimbre del universo: milagroso equilibrio de fuerzas y

luego de substancias y después de organismos y al fin de voluntades que

pugnan por destruirse. Un acto, un pensamiento, del mismo modo que una

vida ó un mundo, parécenme en su realidad primordial y esencia íntima,

formas de la materia, y por lo tanto, momentos sutiles de la fuerza, no

más sutiles, sin embargo, que la luz, la electricidad ó las operaciones

químicas, superiores á la de nuestros más poderosos laboratorios y más

clarovidentes que los más fabulosos prodigios de nuestra razón, que

realiza una microscópica gota de protoplasma...

Un hecho se ofrece á los ojos, fútil y vacuo al parecer, pero

sugestivo y transcendente en realidad: _es el carácter guerrero de los

fenómenos_. Esta combatividad originaria y común que les presta á todos

ellos así como un acentuado aire de familia, perceptible hasta para los

observadores miopes, induce á Le Dantec á substituir la noción de vida

universal por la noción más exacta de lucha universal. «Ser es luchar;

vivir es vencer.» Y tal sentencia, que el solo espectáculo del mundo

debió sugerir al hombre de las cavernas hace incalculables siglos,

resulta, á pesar de las doctas lucubraciones sobre la fraternidad de

San Agustín y los discursos sentimentales de los _pacifistas_, tan

verídica en lo que atañe á la materia como por lo que toca al espíritu.

El carácter belicoso y la condición cruel son los lazos de parentesco

que unen estrechamente los fenómenos físicos, vitales y morales. Los

instintos, sentimientos é ideas luchan también por el espacio y la

dominación. Y sus luchas y tiranías no son menos cruentas que las rudas

batallas de los elementos sexuales por el patrimonio hereditario, ó

los combates heroicos de la humilde amiba con el medio ambiente, ó las

feroces riñas de los hombres en la conquista del pan, de la gloria ó de

la mujer.

EL aspecto de un cerebro ó un alma después de sufrir las invasiones de

los bárbaros de ideas y sentimientos no familiares, debe de parecerse á

un fragoroso campo de batalla cubierto de cadáveres, ruinas, fugitivos

escuadrones y soldados ébrios de sangre y de victoria. ¡Hecatombes,

incendios, gritos de dolor, dianas triunfales! Jamás he percibido bien

la radical diferencia que á lo que parece existe, entre las luchas de

los ejércitos y las luchas de las ideas, ni creo que éstas sean de otro

linaje ni menos mortíferas. Las tiranías de la pluma parécenme tan

despóticas como las tiranías del sable y acaso más, si se considera que

las opresiones mentales, aparte su ingénito encono, violan sin piedad

lo realmente sagrado del individuo: los altares de la conciencia y del

alma. Por eso, sin duda, humorística, pero profundamente, decía el

dulce y maleante Renán: «más vale el soldado que el sacerdote, porque

al menos el soldado no tiene ninguna pretensión metafísica». Así

delataba con sutil socarronería, el carácter despótico y fanático de

los imperios espirituales.

Extraño é ingenuo prejuicio, en verdad, el que nos ha inducido en

todo tiempo á someternos humildemente á las coerciones hipócritas de

la Idea, creyéndola de otra prosapia más conspicua que las resueltas

coerciones del Factum. Cuántos furibundos anatemas y saetas envenenadas

dispara diariamente el idealismo á lo Cousin contra las iniquidades

de la fuerza bruta, y cuántas frases crespas y huecas no deposita,

como ofrendas de miel y de flores, á las plantas de la severa Palas...

vestida de punta en blanco y presta para el combate, porque es

combatiendo, porque es por medio de la destrucción y la conquista,

que la diosa de los ojos fríos y claros extiende sus dominios en las

tierras del alma... La Razón es esencialmente guerrera y dominadora.

Las ideas no son vírgenes tímidas de albas manos y blando corazón,

mas intrépidas amazonas que en los riscosos campos de la conciencia,

toman feudales castillos; entran á saco villas y ciudades; incendian,

matan, destruyen los templos y las mieses, y hacen prisioneros y

esclavos. Una modesta, una humildísima sensación se introduce á hurto

en el receptáculo misterioso de la célula nerviosa; sigilosamente se

atrinchera allí; congrega, muy luego, en torno suyo otras sensaciones

hermanas y al mismo tiempo combate y destruye poco á poco, pero

tenazmente, las sensaciones antagónicas: así dilata sus _zonas de

influencia_ á los centros nerviosos; conquista después de muchas

maniobras prolijas, las fuertes posiciones de los lóbulos cerebrales;

invade los dominios del alma, haciendo riza y estrago de todo lo que se

opone á su marcha triunfante, y sale, por fin, en son de guerra, audaz

y avasalladora al mundo exterior para transformarse, ejerciendo las

mismas violencias, en hechos reales é imperar sobre otros hechos.

Y al modo de la idea, instintos, pasiones y sentimientos nacen ó

mueren, crecen ó menguan, dominan ó caen en esclavitud gracias á las

mil formas de selección que reviste el juego universal de la fuerza.

Aun las cosas más delicadas y de cándida apariencia están sometidas á

las duras leyes de aquel juego y á su vez las practican cruelmente.

¿Qué son las intenciones en el arte sin la virtud, el don y la gracia;

sin el divino _poder_ de animar con un eurítmico soplo la materia

inerte y las formas inarticuladas? ¿Qué la grandeza moral sin las

severas disciplinas que torturan y dislocan las inclinaciones naturales

á fin de hacerlas encajar en los ortodoxos moldes de la regla? ¿Qué la

inteligencia, sin las tiranías y absolutismos del orden, del método;

sin la facultad despótica de clasificar los fenómenos, establecer

similitudes y descubrir las secretas é inefables correspondencias que

introducen una musical jerarquía en el reino de lo caótico, informe y

confuso?

El estro poético y la nobleza del carácter, el prestigio del héroe y

la virtud de la idea no tienen, mal que pese á nuestras magníficas

ilusiones, otra genealogía que la de los hechos cesáreos. Ideas y

sentimientos parecen no ser, aunque nos asombre y acongoje, cosas

específicamente distintas de la energía creadora, sino modalidades

supremas de ella; cristalizaciones perfectas del espíritu, semejantes á

las cristalizaciones regulares del reino inorgánico, á las que tiende

la fuerza madre impulsada, sin duda, por extraña y fatal inclinación.

La armonía misteriosa de un organismo, de un alma ó de un mundo

tuvieron, mientras el conocimiento real de las causas permaneció

silencioso, el excelso y común origen en la inteligencia divina;

pero ésta fué el símbolo de la ignorancia y del azoramiento humanos

que bordó la encantada imaginación de las religiones sobre el tenue

cañamazo de un universo quimérico. Formidables intuiciones invitan hoy

á pensar que no existe otra Inteligencia que la inteligencia de la

materia, ni otra Razón que la razón física, ni más Harmonía que los

pasajeros equilibrios de una eterna lucha.

Sea en el mundo físico ó en el mundo moral, en el corazón ó en el

cerebro, el principio que todo lo vivifica, es la voluntad de poder y

dominación que diría Nietzsche, ó más propiamente aún, el ejercicio

de la fuerza. Las guerras religiosas y las rivalidades enconadas de

las sectas y escuelas entre sí; las herejías y los cismas combatidos

por el fuego y por el hierro; las persecuciones feroces de los

idealistas; las revoluciones _rojas_ de los teóricos, y la propensión

irrefrenable de las Iglesias y las filosofías á convertir el influjo

moral en Poder, muestran hasta qué punto los principios activos de la

fuerza, aunque disfrazados por ideales máscaras, ordenan las maniobras

de las huestes espirituales para la conquista y sumisión del mundo.

Los aparatos y máquinas de guerra cambian en las diversas contiendas

por la dominación, pero el _resorte_ es el mismo bajo la engañosa

disparidad de las formas. Los ejércitos emplean armas y estratagemas;

la diplomacia razones y argucias; seducciones y dulces violencias el

amor; imperativos categóricos las morales, y las religiones milagros

para convencer, recompensas para seducir y terrores para dominar.

Nada escapa á la tremenda ley que ordena imperiosamente á todas las

cosas reñir y asesinar. Cuanto existe en el cielo y la tierra es una

conquista: el fruto del crimen y del robo; cuanto nace ó se forma en

el tiempo y el espacio: la opresión de la fuerza triunfante sobre

la fuerza vencida. Los peces grandes devoran á los pequeños, las

microscópicas bacterias al hombre, los pensamientos robustos á los

débiles, los dioses á los dioses. Nos alimentamos de la carne viva de

los otros. Mas sirva de triaca á tanto dolor y de consuelo á tristeza

tanta, que de esta lucha eterna y sin cuartel de los elementos, los

organismos y las voluntades nacen los astros, los seres y las almas...

La fuerza sólo es real, y su ejercicio la causa primera de lo existente

y la condición necesaria de la vida.

ESTA verdad, monstruo que con uñas de diamante desgarra la piel

femenina de la celeste ilusión, tiene sólo de nueva el haber sido

anunciada formalmente y lanzada con grande estruendo á los cuatro

puntos cardinales por las líricas trompetas de Nietzsche, y, sobre

todo, el que éste hiciera de la antiguaya de Heráclito, la enjundia

de su doctrina filosófica y la substancia crítica disolvente de las

morales que liban aún el néctar de la sabiduría en los labios divinos

de los grandes iniciados, desde Rama hasta Jesús.

Las ideas-bacantes de Nietzsche, cual si fueran seguidas del bullicioso

cortejo de Pan, introducen el desorden, el ruido y la alegría en la

ceremoniosa corte del pensamiento ortodoxo. Los instintos prepotentes,

las pasiones fogosas y desmandadas, los egoísmos vencedores, y el

orgullo satánico:

«Qui nous rend triomphants et semblables aux Dieux».

apetitos, concupiscencias, ímpetus rebeldes salen en tropel de

las lóbregas mazmorras en que los aprisionaron Apolo y Cristo, y,

revelándose contra sus irreconciliables adversarios, pretenden

arrebatarles el cetro del mundo. Á la religión del Alma, sustentada

con grande penuria á los flacos pechos de la metafísica, y enemiga

de la Naturaleza y la realidad, sucede la religión de la Vida, que

se nutre en las morenas y ópimas mamas de la tierra, no reconociendo

otras reglas ni leyes que las que ella misma se dicta para asegurar su

reinado. La filosofía de la historia y la historia de la filosofía,

proclaman de consuno la legitimidad de aquella desconcertante sucesión,

y hasta la ciencia parsimoniosa, despojando con un gesto impasible y

cruel á Psiquis de la inmortalidad para conferírsela á la materia,

fortifica el novísimo culto y establece su noble celsitud. Lo inmortal

no es el alma, sino el _plasma germinativo_, depósito minúsculo y

misterioso de la conciencia del mundo y del jugo potencial de todas

las generaciones, que éstas se transmiten, por medio del acto genésico,

como una herencia sagrada y eterna...

Ya la poética imaginación de los griegos simbolizaba en la Carrera

de la Antorcha, ese juego divino de la Vida; y las fiestas de Osiris

en Egipto, las Dionisíacas en Grecia, las Priapeas en Roma, las de

Demeter en Sicilia, unidas á los juegos atléticos y á los cultos

cándidos ó torpes de la fuerza generatriz en muy incipientes ó colmadas

civilizaciones, dan indicios inequívocos del instinto seguro, aunque

mal interpretado á veces, de los derechos de la naturaleza y de la vida

que siempre indujo al hombre á la adoración de la animalidad humana en

su impuro, pero fecundo esplendor.

Dios muere y los dioses resucitan. Otra vez reanúdase, con más ahinco

y encono, el duelo á muerte del espíritu y la materia, del alma y del

cuerpo, de la razón y del instinto. Sólo que esta vez el instinto,

el condenado instinto de las religiones, aparece en la palestra

nietzsquiana armado de las fuerzas naturales y luciendo el mágico

penacho del poder de crear las ilusiones propicias á la existencia

que la Razón tiende torpemente á destruir con sus construcciones

artificiosas, ironías y escepticismos. Y la elección de la Vida

entre aquello que la propaga y robustece, y aquello que la amengua

y desvirtúa, no puede ser dudosa. Lo bueno, lo justo, lo verdadero

es lo favorable á ella; lo malo, lo injusto, lo falso lo que á ella

se opone. El mundo moral, el mundo de la idea: la verdad imaginaria

opuesta _á lo que es_, se desvanece y surge el mundo de las realidades

indestructibles y las verdades útiles parido con dolor por una nueva y

próvida Fatalidad. Y aquí se produce la _transmutación de valores_ que

indujo al gran revolucionario de la filosofía á oponer con magnífica

pompa verbal y mefistofélico empaque, lo que nadie osó: á la pequeña

inteligencia del cerebro, la grande inteligencia del instinto; á las

falsas jerarquías del derecho, caprichoso y sentimental, las legítimas

jerarquías que, en todos órdenes de cosas, establece la fuerza; á la

piedad del individuo, virtud egoísta de los débiles, la _piedad de la

especie_, don de las almas heroicas; al amor del hombre, venero de una

humanidad doliente y apocada, el culto del _superhombre_, germen de

la vida desbordante de belleza y generosos ímpetus; á la destructora

_moralina_ de los esclavos, la moral creadora de los _aristos_; á la

religión de la paz y la humildad, la religión del esfuerzo y de la

lucha trágica contra el Destino; á los mandamientos seráficos de Jesús,

que nos desarraigan de la tierra y convierten en sombras vagorosas y

fantasmas del miedo, los mandamientos de las leyes inexorables que

rigen al universo todo, los cuales vuelven al ensoberbecido primate al

seno de la Naturaleza y lo nutren de sus truculentos jugos.

En la intrincada selva de Zaratustra, donde se oye la flauta de Pan y

retumban las carreras de los centauros, las virtudes ascéticas huyen

despavoridas, como vírgenes medrosas, ante las desatadas pasiones y

libres fuerzas naturales, faunesas fecundas, que coronan de frescos

pámpanos la bicorne testa de Dionisos y restablecen en culto del riente

dios. La esencia de la filosofía de Nietzsche, de quien panegiristas

ó detractores tienen, por lo general, un conocimiento harto sumario y

epidérmico, está concretada y contenida en las siguientes afirmaciones:

la voluntad de dominación es el nervio del mundo: todo tiende á ocupar

más espacio; la Vida, la única cosa sagrada, se dicta sus leyes y

fines, que no tienen otro objeto que el de asegurar la triunfante

expansión de la vida, lo cual entraña la adoración de la fuerza como

origen y medida de todas las cosas, y el amor de la existencia, no

como espectáculo transcendente y finalista, sino como espectáculo

estético. Y este estetismo heroico, sin enjundia en apariencia, es

lo que impide á Nietzsche de caer, como su maestro Schopenhauer, en

el abismo del nirvana. Ambos afirman que el mundo no tiene finalidad

alguna y que lógicamente no cabe explicarlo; concuerdan también al

figurarse que la esencia de la vida es el ejercicio de la fuerza, á la

cual, por darle un nombre más concreto y á la vez menos objetivo, _que

no suponga el conocimiento imposible del fenómeno_, llama el maestro

voluntad de vivir y el discípulo voluntad de dominación; pero aquí se

separan, divergen y mientras Schopenhauer, impelido por los resabios

de su íntimo comercio con Buda, quiere abolir toda individuación, todo

egoísmo, todo deseo para llegar á la inefable _euthanasia_ y escapar

al dolor, Nietzsche llama á sí los dolores, pasiones, instintos y

exasperadas apetencias del alma, á fin de embravecer en la criatura

la voluntad de dominación, hacer más terrible la lucha del deseo

insaciable y aumentar de ese modo el precio, la hermosura y la sombría

majestad de la existencia. El culto trágico de la vida y el estetismo

heroico florecen entonces ufanamente, como rosales de rosas escarlatas

y jocundas, cultivadas por el altivo Don Juan en el acerbo jardín de

las Furias.

MAS la voluntad de vivir y la voluntad de dominación, que á veces las

sutilezas del raciocinio transforman en la boca de los filósofos en

entidades metafísicas son, al parecer, dos interpretaciones, digámoslo

así, de la fuerza á secas, de la energía ó principio generador del

universo, y según todas las apariencias y probabilidades, también

de las almas, como son igualmente interpretaciones de ese principio

dinámico, si se hunde el escalpelo en el riñón de las cosas, el _agua_

de Tales de Mileto, el venerable precursor de Quintón, y el _fuego

viviente_ de Heráclito; lo _indefinido_ de Anaximandro y la _unidad

absoluta_ de los alejandrinos; la _idea_ de Platón y la _actividad

pura_ de Aristóteles; la _substancia única_ de Spinoza, y, por decirlo

todo, la _causa primera_ de las filosofías y lo _divino_ de las

religiones.

El vergonzante cuanto contumaz intento de reducir las causas

generatrices de lo creado á un solo principio y establecer la unidad

de naturaleza física de todos los fenómenos, se columbra aquí y allá,

como un errante fuego fátuo, entre las tinieblas de la filosofía de

Jonia y Abdera; en la del Pórtico, y, en general, en todo el panteísmo;

tiene sus chispazos y vislumbres en plena Edad media; se formula

más ó menos categóricamente en las estrambóticas explicaciones del

iatro-mecanicismo y del iatro-quimismo, y se depura y acicala en

la moderna escuela materialista, hasta aparecer, por fin, como una

afirmación razonada y formal, en la concepción unicista ó monista

del universo y la doctrina físico-química de la vida, á las que han

prestado últimamente eficacísimo concurso, el formidable trabajo de

los laboratorios y, sobre todo, considerándolos de cierta manera, los

desconcertantes descubrimientos de Le Bon y Burke.

Las concluyentes experiencias del primero, muestran, entre otros

portentos, que los indivisibles é inmortales átomos de Demócrito y

Epicuro son, en realidad, diminutos y colosales depósitos de la

energía dispersa en el universo, la cual en efluvios magnéticos,

emanaciones de distinta índole y explosiones perennes y varias de la

misma naturaleza que la luz, la electricidad ó el calor, abandona las

prisiones del átomo y retorna al éter de donde salió, formando por

tal arte, el maravilloso puente aéreo que una la materia ponderable

á la materia intangible... De este inopinado modo aparece la radio

actividad, que en mayor ó en menor grado poseen todos los cuerpos,

y que es el fenómeno específico de su disociación ó muerte, como el

último suspiro de la materia antes de volver á la nada... Pero, en

verdad, ¿es la vuelta á la nada? ¿la muerte dulce y silenciosa de la

materia indestructible? ¿la substitución del dogma clásico «nada se

crea, nada se pierde,» base de la química y la mecánica, por la fórmula

heterodoxa «nada se crea, todo se pierde»? Sí, desde luego, si el éter

de donde salió la materia y adonde vuelve al fin, siguiera siendo para

nosotros la nada, por escapar á nuestros medios de apreciación; pero

no es probable que siga siendo así. Las grandes fuerzas del universo

son sus manifestaciones. La mayor parte de los fenómenos físicos no son

posibles sin su existencia. Le Bon acierta á imaginarlo, al igual de

la materia, como un milagroso equilibrio de la energía, sólo que móvil

é intangible, «fuente primera de las cosas y último término de ellas».

Lord Kelvin supone que el éter es un sólido dotado de extraordinaria

elasticidad y que llena todos los ámbitos del espacio. Para algunos

físicos, y no de los menos célebres y autorizados, la molécula material

es sólo éter. De todas maneras y como quiera que se mire, el éter es

algo, y lo que resulta del cómputo y coordinación de tantas abstrusas

hipótesis é indiscutibles certezas, es que la materia parece á todas

luces una forma de la energía universal contenida en el éter; que

materia y fuerza son la misma cosa, y que entre el mundo tangible y el

mundo inmaterial no existe ningún abismo. Los efluvios sutiles de la

radioactividad, ni completamente materiales ni completamente etéreos,

participan de las dos naturalezas y unen los dos mundos.

Por su parte, los discutidos y zarandeados experimentos del sabio

profesor de Cambridge, sobre la generación espontánea, hacen, cuando

menos, vislumbrar el misterioso tránsito de la materia inerte á la

materia organizada. Los _radiobos_, los artificiales animálculos

producidos por la acción del radium sobre la gelatina esterilizada,

ofrecen singularísimo parentesco con la materia viviente, y aunque

el rigorismo científico de los institutos les rehuse el carácter de

bacterias, puede admitirse, sin cándida credulidad, que aquellos

semi-organismos, engendrados por un embrujo del hombre, constituyen,

mejor que el cristal, el eslabón precioso que une lo inanimado á lo

animado.

Aún la vida, como el Homúnculos de Wagner, no ha surgido inquieta de

la panza fecunda de las retortas; pero las distancias, tenidas por

insalvables, entre los mundos orgánico é inorgánico que mil analogías y

correspondencias intrínsecas aproximan y confunden, se reducen á cada

nuevo descubrimiento y no tardarán en desaparecer en absoluto, como

van en camino de hacerlo, á la par de los dioses, dogmas y augustas

entidades de la teología y la metafísica, las viejas murallas de la

China y los místicos fosos que separaban celosamente los dominios

linderos del cuerpo y del alma.

ASEGURABA el honestísimo Taine que «las mismas leyes rigen al hombre

y á la piedra del camino». Esta afirmación inaudita y escandalosa en

su época, va convirtiéndose, limada de ángulos y puntas por el uso,

en certidumbre cuasi burguesa ó trivialísima verdad, sobre todo desde

que la síntesis de los conocimientos actuales afirma, implícita y aun

formalmente, el común origen del mundo físico, del mundo orgánico y del

mundo moral. En efecto, á pesar de las travesuras del neo-vitalismo y

las argucias de la metafísica, en lo palpable, en la juridicción de

los hechos susceptibles de un principio, al menos, de demostración,

el avance de las ciencias concurre por vías distintas y múltiples á

destruir las viejas dualidades de la materia y la energía, de lo

inerte y lo animado, de la bestia y del hombre, del cuerpo y del alma,

dividida asimismo, según Pitágoras y Aristóteles, en la Noûs ó alma

pensante é inmortal, y la Psiquis ó alma vegetativa y perecedera. Las

manifestaciones vitales son consideradas por una novísima doctrina que

goza de gran predicamento, como metamorfosis _energéticas_ de idéntico

modo que las demás manifestaciones de la luz ó el calor; otra, no

menos en boga, arguye que la vida parece distinta de la fuerza y el

pensamiento distinto de la vida, porque el análisis no ha llegado á su

sazón aún, y, en general, los sabios proclaman, sin ambages ni miedo á

los inquisitoriales potros, que las piedras _viven_ y _mueren_, que los

metales se _fatigan_, que la materia, aun la más pesada y consistente,

es una cosa animada, velocidad pura, una forma estable de la fuerza;

la vida, un _complexus_ de operaciones físico-químicas de la misma

naturaleza que las que dan origen al _individuo cristalino_, el cual

nace, asimila y se reproduce de un modo casi idéntico á como lo hace

la substancia viviente; la inteligencia, una máquina explosiva de más

rápidos efectos, pero no de distinta fábrica, que la inteligencia bruta

directora de la maravillosa adaptación de los órganos sexuales de

las plantas para ser fecundados por los insectos, ó preparado en el

andar de los siglos, los faros luminosos de los halosauropsis, á fin

de que éstos puedan servirse de sus órganos visuales en los abismos

tenebrosos del mar, adonde no llegan las ondas clementes de la luz...

Todo vive de la misma vida y una es el ánima de toda cosa. Y lo que

más espanta y maravilla es que esa ánima guerrera, esa actividad

creadora y á una mortífera que los físicos descubren en las entrañas

del átomo, los fisiólogos en la célula viva y los psicólogos en los

orígenes del pensamiento, los moralistas, con zozobra y pasmo, empiezan

á columbrarla en el fondo del acto moral y en el corazón de las

sociedades.

Parando mientes en tales hechos, y aun contra las protestas y ascos

de nuestra indignada voluntad, difícil es no caer en la pecaminosa

tentación de atribuir los fenómenos físicos ó morales á la causa

generadora--fuerza, energía ó movimiento--que ya buscaron en sus hornos

tenebrosos los alquimistas medioevales. Llamémosle fuerza, porque

es el término empleado corrientemente en la explicación de todos

los fenómenos. Ella une estrechamente los seres y las cosas como

el hilo de seda las diferentes perlas del collar; ella dirige en la

orquestación del universo, las inverosímiles arquitecturas moleculares

y las construcciones pasmosas del espíritu; ella, finalmente, se impone

cada vez con más tiranía al entendimiento como el _principio único_ del

que serían portentosos atributos por orden cronológico, la materia, la

vida, la inteligencia, el alma...

ESTE monismo archi-materialista, no barruntado por Heráclito en la

remota antigüedad, ni tampoco por Spinoza, ni Goethe, ni el mismísimo

Haekel en los tiempos modernos, traería aparejadas catástrofes

inmensas en el orden moral, y, por añadidura, sorpresas apocalípticas

para nuestro orgullo infanzón de vástagos del Espíritu, así que los

pacientes y sapientísimos varones que exploran la razón de las cosas,

empezasen á descubrir los gérmenes terribles de la fuerza en el alma

blanca de lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero... Acaso va á desarrollarse

ante nuestros ojos estupefactos el grande drama del mundo que, en los

abismos de la conciencia _sublimal_, viene preparándose sigilosamente

desde luengos siglos. Es posible. El aire huele á tormenta. Sea lo

que fuere, lo cierto y lo que está al alcance de cualquier quisque,

á poco de haber rumiado en las aulas algunos desperdicios de ciencia

filosófica, es que desde el naturalismo jonio acá; desde que las

cosmogonías y las éticas pierden su carácter divino y se convierten

en explicaciones naturales del universo y la conducta, los fermentos

activos de la fuerza entran más ó menos secretamente en la composición

de las ideas. El _amor propio_ de La Rochefoucauld, que es, en último

término, una forma obscura y ambagiosa del limpio y franco _deseo

de poder_ de Hobbes; el _derecho natural_ de Spinoza; el _instinto

de soberanía_ de Mandeville, primo carnal del _instinto invasor_ de

Blanqui y de la _fuerza fundamental_ del ser humano de Stirner; el

_interés_ de Helvecio, Bentham y del utilitarismo; el _principio

selectivo_ de Lamark, Darwin y la escuela evolucionista; el _mayor

motivo_ de Spencer y las mismas _ideas-fuerzas_ de Fouillee, y, por

último, la _expansión de la vida_ de Guyau y la _voluntad de poder_ de

Nietzsche, principios más universales de la conducta, tentado estoy

de decir que no son otra cosa, en substancia, que el reconocimiento

teórico más ó menos implícito de la energía _combativa_ que, en la

práctica, ha dirigido los movimientos armónicos ó desordenados del

alma humana.

Pero hay más. De un modo preciso ya el estupendo Heráclito nos advierte

que la guerra es la madre de todas las cosas; Hobbes y Spinoza aseguran

que el derecho natural es el derecho del más fuerte, y Pascal que la

fuerza «es una entidad que no se deja manejar como uno quiere porque

es una calidad palpable, en cambio que la justicia es sólo una calidad

espiritual de la que se puede disponer caprichosamente», de lo que

deduce que «no pudiendo hacer fuerte lo justo, se ha hecho justo lo

fuerte»; Vaunenargues afirma «que todo se ejecuta en el universo por

la violencia», formulando antes que Darwin, como ya lo había hecho

Lucrecio en la antigüedad, la ley de la lucha por la vida, «la más

absoluta é inmutable de la Naturaleza»; Helvecio, cortando por un

inopinado atajo del humanitarismo, á la manera de tantos apóstoles de

los ideales fraternos, como Prudhon que acierta á ver en «la _dignidad_

la cualidad altanera que empuja al hombre á la dominación de los otros

hombres y á la absorción del mundo» ó Anatole France, quien con su

sonrisa bondadosa nos dice que «vivimos de la muerte de los otros»,

pronuncia esta diamantina sentencia: «La fuerza es un don de los

dioses. Armándote de esos brazos membrudos el cielo te ha declarado su

voluntad. Huye de estos lugares, cede á la fuerza ó combate», bellas y

crueles palabras, hijas del mismo numen inspirador que hace ponderar

á Kant los efectos saludables del antagonismo, de la discordia y del

_deseo insaciable_ de posesión y de mando, y deja caer de los verídicos

labios de Carlyle las duras é inmaculadas perlas de su idealismo

altanero y señoril: «La fuerza bien comprendida es la medida de todo

mérito; toda realidad durable es justa porque demuestra su acuerdo con

las leyes eternas de la Naturaleza; el derecho es el eterno símbolo

de la fuerza». De modo que el derecho y la fuerza son idénticos, la

realidad es la verdad, «la cosa fuerte es la cosa justa»; lo cual

induce, como la _Idea_ de Hegel, de la que toda realidad es un momento,

á la glorificación del hecho, á legitimar la _misión histórica_ de los

maestros alemanes y las _aplicaciones prácticas_ de Bismark; á concluir

con Strauss que «la Necesidad es la Razón misma» ó con Nietzsche que

el derecho es un legado de la Fuerza, y el Bien y la Verdad, formas

antiguas de ella.

La Muerte Del Cisne · 第 1 / 11 段