PANTOJA. Hija mía, ¿cómo saliste de la iglesia sin que yo te viese.
DOROTEA. Salimos a respirar el aire puro. Electra se asfixiaba.
(_Aparte_.) La hora se acerca... Dios nos ayudará.
PANTOJA. Hija mía, ¿te sientes mal?
ELECTRA (_con voz apagada y medrosa_). Mi madre me llama.
PANTOJA (_cariñosamente, cogiéndola de la mano_). La voz dulce de tu
madre, hablándote en espíritu, te confortará, te ligará con lazos de
piedad y amor a esta santa casa. (_Óyese por la iglesia coro de
novicias._) Escucha, hija mía, esas voces de los ángeles, que te llaman
desde el Cielo.
ELECTRA (_delirando_). Es el canto de los niños jugando al corro. Entre
esas voces tiernas suena la de mi madre llamándome a su sepulcro.
PANTOJA. Estás alucinada. Es el coro de ángeles divinos.
ELECTRA. No hay ángeles, no, no... Oigo mi nombre, oigo el bullicio de
los niños, que remueve toda mi alma. Son los hijos del hombre, que
alegran la vida. (_Continúa oyéndose más apagado el coro de novicias._)
PANTOJA (_inquieto_). Hermana Dorotea, diga usted a la Hermana Guardiana
que vigile la puerta de la calle Nueva y la de la Ronda. (_A izquierda y
derecha._)
DOROTEA. Voy, señor.
PANTOJA. No, no: yo iré... No me fío de nadie... Quiero vigilar todos
los patios, todos los pasadizos y rincones del edificio. (_Alarmado,
creyendo sentir ruido._) Silencio... ¿No oye usted?
DOROTEA. ¿Qué?... Nada, señor... Es aprensión.
PANTOJA. Creí sentir rumor de voces... golpes en alguna puerta lejana.
(_Escucha._)
DOROTEA. ¿Hacia qué parte? (_Mirando al foro derecha, detrás de la
iglesia._)
PANTOJA. Hacia la Enfermería. ¡Oh, no tengo tranquilidad! Quiero ver por
mí mismo... Electra, vuelve a la iglesia... Hermana, llévela usted...
Espérenme allí... (_Dándoles prisa._) Pronto... (_Las conduce a la
puerta de la iglesia. Se va presuroso, muy inquieto, por el foro
derecha. Dorotea le ve alejarse, coge de la mano a Electra, y vivamente
vuelve con ella al centro de la escena. Electra, como sin voluntad, se
deja llevar._)